Yoga moment!

Recuerdo un día, hace más de un año ya, en que mis alumnos estaban más inquietos de lo normal. Era un día lluvioso y seguramente no habían salido al patio, estaban completamente revolucionados. Entre juegos fallidos y manualidades desastrosas mi paciencia comenzó a verse afectada y en un acto impulsivo alcé la voz y dije: Yoga moment! Honestamente no sé de dónde me salió pero automáticamente me miraron todos con cara de: ¿y ésta qué dice? y, aprovechando su atención, me senté en postura de loto, cerré los ojos y empecé a cantar Ommmmm… abrí los ojos y les pedí a todos que se sentaran e hicieran lo mismo. Les pareció divertido y se sentaron, cantamos un momento y después hicimos unos ejercicios de equilibrio (la postura del árbol). Esto ayudó a que mis pequeños se concentraran en otra cosa y vieran el hecho de mantener el equilibrio como un reto. Les repetí que si nos concentrábamos y respirábamos podríamos aguantar más tiempo,  de repente tenía niños sorprendentemente calmados y concentrados.

Yoga para niños y niñas, EL YOGA EN LA ESCUELA VOl. 1

Realmente me quedé muy sorprendida. Soy practicante (no muy habitual, pero lo intento) de yoga desde hace unos años y debo decir que es algo que me ha ayudado mucho, sobre todo en momentos difíciles. Escuchaba a mis profesores repetir en cada sesión lo afortunados que somos en la vida y lo importante que es valorar lo que tenemos. Me consideraba una persona un pelín torpe y al principio las posturas me costaban mucho, pero con el tiempo si practicaba y me concentraba, ¡la cosa iba mejorando! Esto hizo que mi autoestima mejorara, salía de clase súper contenta y con ganas de volver y seguir aprendiendo.

Pues estaba yo en mi proceso de descubrir lo bien que me iba practicar yoga cuando me encontré con ese día lluvioso con el que comencé este post. A raíz de la respuesta de mis alumnos comencé a investigar sobre el yoga y los niños y por una coincidencia de la vida conocí a Cristina, profesora de yoga para niños y adolescentes.  Tuve la oportunidad de hablar con ella, de que me explicara lo que hace en su centro y los resultados que genera esta práctica en los más pequeños. Me acuerdo que me quedé muy asombrada cuando me contó sobre un proyecto que hizo con niños, hijos de padres que estaban en la cárcel. Me contó cómo ella vio a los niños incrementar su autoestima, estar más contentos y seguros, concentrarse en ellos mismos, entre mil cosas más. De repente vi clarísimo lo importante que era hacer yoga con los niños.

Fue así como comenzamos a practicar yoga cada día con nuestros alumnos en todas las clases de WonderFUN. El proyecto comenzó el verano pasado, buscamos posturas divertidas e hicimos un póster para cada una de las clases. Cada día, antes de comenzar con las actividades, los alumnos escogían las posturas que querían hacer y se dedicaban unos cinco o diez minutos de la clase a practicar, respirar, relajarse y concentrarse.  Los niños iban mejorando con el tiempo e iban incrementando el nivel de dificultad de sus posturas, ¡fue una pasada!

Vivimos en un mundo muy acelerado en el que hay que levantarse muy temprano, vivir las prisas de los adultos, ir muchas horas al cole, hacer deberes, actividades extraescolares, etc. Esto, en algunos casos, conlleva problemas físicos y emocionales, dificultad en el aprendizaje, estrés y depresión. Se han realizado varios estudios que comprueban cómo la práctica de yoga en niños puede reducir estos problemas. Aquí algunos beneficios:

Flexibilidad: Al utilizar todos los músculos de tu cuerpo, esta práctica ayuda al fortalecimiento físico del niño y no sólo eso, también les ayuda a crear conciencia de su cuerpo y movimientos.

Equilibrio y coordinación: El equilibrio es la base del yoga. De hecho es el ejercicio que más utilizo con mis alumnos y el que mejor funciona. Estas posturas están diseñadas para incrementar una estabilidad tanto física como mental. Los niños aprenden que, si están tranquilos, obtendrán mejores resultados y podrán aguantar más tiempo la postura. Es increíble ver cómo el niño, una vez que comienza a dominar las posturas, se siente motivado por sus propios logros.

Concentración: Los niños se dan cuenta que si están concentrados en su esfuerzo obtendrán mejores resultados no sólo en la práctica sino también fuera de ella. Hay estudios que demuestran que aquellos que practican yoga tienen un mejor rendimiento en la escuela.

Autoestima y confianza: El yoga, al igual que a nosotros los adultos, nos enseña a ser perseverantes, pacientes y trabajar en nuestros retos. El profesor sirve como guía pero en realidad es el niño quien tiene que trabajar para cumplir sus objetivos. Es por esto que cuando un niño después de intentarlo varias veces domina una postura, su confianza y autoestima se eleva y le da las herramientas para seguir practicando y plantearse nuevos retos.

Conexión cuerpo-mente: Esta práctica ayuda a los niños a desarrollar una mente sana en un cuerpo sano. Les da la oportunidad de encontrar un espacio para conectar con ellos mismos y alejarse de las presiones que puedan tener (sociales, familiares y personales) ocasionadas por lo rápido que se mueve el mundo en el que vivimos.

Os invito a establecer un Yoga moment! con vuestros peques y compartir momentos en familia divertidos al mismo tiempo que se desarrollan diferentes habilidades. Os recomiendo este canal que tiene muchos vídeos y que a mí me ha dado ideas divertidas para practicar con mis alumnos. Tiene muchísimos vídeos con diferentes temáticas y es en inglés.

¡Qué lo disfrutéis y feliz día lluvioso! Hoy seguro que tocará hacer un Yoga moment más largo e intenso.

 

 

 

 

¿Es malo estar triste, mamá?

Hace unos días, en mi ratito de lectura diaria, llegó a mis manos un artículo que me encantó y que me inspiró mucho para escribir sobre cómo trabajar las emociones con nuestros hijos en casa. El artículo explicaba cómo ayudarles a expresarlas, tanto si son positivas como negativas. Una herramienta que está siendo un éxito en muchas familias es “El botiquín de las emociones”. Se trata de un botiquín que podemos usar tanto los adultos como los niños y que ayuda a curar las “heridas internas”, calmar el malestar emocional y a transformar cualquier mal momento en alegría.

El primer paso es que construyas el botiquín con tus hijos, para que se impliquen en hacerlo y entiendan para qué sirve cada uno de los objetos que hay dentro de él. Podéis forrar una caja de cartón con papel de seda de colores o con goma eva y hacer separadores en el interior de la caja para que cada objeto vaya en su sitio.

Una vez lo tengáis preparado, deberíais dejar el botiquín en un sitio visible de la casa para que los niños (y los adultos) podáis acceder a él fácilmente.

El funcionamiento es el siguiente: un adulto puede curar a un niño y un niño puede curar a otro niño o a un adulto, o incluso curarse a sí mismo. Lo primero que tenemos que hacer es preguntar al “paciente” qué le pasa, que problema tiene, qué emoción necesita tratar. Después, le daremos un diagnóstico y, finalmente, le recetaremos lo que consideremos más oportuno. De esta forma, el niño aprende a ponerse en el lugar de los demás, a intentar entender lo que nos pasa, aprende a empatizar. También empieza a saber qué siente con cada emoción, cuáles le hacen sentir bien o mal, etc.

Al principio puede ser un poco complicado que sepan usarlo ellos solos pero, con tu ayuda,  poco a poco tus hijos irán aprendiendo qué objeto necesitan y cuál les funciona mejor según lo que sientan.

¿Qué ha de tener el “Botiquín de las emociones”?

  • Tiritas pegabesitos: tiritas de colores o con dibujos. Hay que tener muchas, porque curan la mayoría de los males y se usan casi cada día.
  • Pedorretas lanzarrisas: son un remedio genial cuando estamos tristes. Las puedes comprar en una tienda de bromas.Resultado de imagen de whoopee cushion
  • Gasas abrazadoras: tienen que ser largas para que podamos abrazar bien al paciente. Cuanto peor se sienta, más grande ha de ser el trozo de gasa.
  • Toalla recogelágrimas: cualquier toalla de manos puede servir, pero son muy chulas las toallas compactas con dibujos, porque ocupan poco y así podemos tener varias dentro del botiquín.
  • Cojín quitapenas: si es de colores alegres o con alguna frase motivadora, mejor. Sirve para abrazarlo y que las penas desaparezcan.
  • Vaporizador antimiedos: sólo necesitas un vaporizador y un poquito de colonia diluida en agua. Puedes pegarle el dibujo de un monstruo para que los niños sepan que, si vaporizan ese spray, los miedos desaparecen. Si tu hijo tiene miedo por la noche, se lo puede llevar a la cama, por si necesita vaporizar en algún momento por la noche.
  • Caramelos curangustia: son el complemento perfecto para la toalla recogelágrimas, porque suelen eliminar el llanto del todo. Te aconsejo que tengas bastantes en un botecito dentro del botiquín, porque nunca se sabe cuándo harán falta.

  • Pelota antirrábica: ideal para tratar el estrés, el enfado o la rabia. Puedes lanzarla contra el suelo para deshacerte de estas malas sensaciones. Tiene que ser una pelota de goma de esas que botan mucho. Cuanto más alto bote, mejor se sentirá el paciente.
  • Tarro de la calma: es el complemento perfecto que se puede usar después de la pelota antirrábica. Una vez el paciente ha conseguido calmarse, puede ponerse a contemplar el tarro de la calma. Simplemente tienes que coger un bote con tapa que cierre bien (mejor que sea de plástico, para que no se rompa si se cae al suelo) y llenarlo de agua, purpurina y tres o cuatro gotitas de colorante del color que te guste. Así, cuando tu hijo (o tú) necesitáis tranquilizaros, sólo tenéis que agitar el bote y ver como cae la purpurina y se mezcla con el líquido de color.

Resultado de imagen de tarro de la calma

  • Como parte opcional, puedes añadir un fonendoscopio y una bata de médico, para que tus hijos se lo pongan cada vez que tengan que curar una emoción y entren en el papel más fácilmente.

Esto es todo. Cuando lo leí, me pareció un recurso súper chulo, tanto para tenerlo en casa como en la clase. Es una herramienta muy accesible y atractiva para los peques, que les ayudará muchísimo a saber identificar lo que les pasa y a “autocurarse”. De esta forma, podrán conocerse bien e ir canalizando las emociones de manera positiva. Y, sobre todo, entenderán que estar enfadado, triste o tener miedo no es malo, sino que son emociones y sentimientos que existen, que irán sintiendo a lo largo de toda su vida y que es importante que sepan gestionar.

Como dice el gurú Daniel Goleman, la inteligencia emocional es “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, así como los ajenos, de motivarnos y de saber manejar las emociones”. Tal cual. Está en nuestras manos, como papás y mamás, ayudar a nuestros hijos a identificar sus problemas, entender lo que les pasa, y saber solucionarlo. Si lo necesitan, les prestaremos ayuda y, poco a poco, ellos solitos sabrán hacerlo.