Así nacen y… ¿no cambian?

Bruno es físicamente igual que mi marido, lo vimos desde que nació. De carácter… eso ya es otra cosa. Creo que es más mezcla de los dos. Mi padre dice que su forma de ser le recuerda mucho a mí de pequeña. Claro, yo hay cosas de las que no me acuerdo, pero por los vídeos que he visto de esa época, sí que algo mío tiene, como que habla por los codos y es muy extrovertido. Mi madre, en cambio, dice que tiene rasgos de mi hermana, como la personalidad tan marcada o el ir en contra de las normas. Y mi suegra, por su lado, dice que es pillo y gamberrete como mis cuñados cuando eran niños.

Es mandón a su muy simpática manera de ser, absorbente, listo y le encanta que estemos siempre por él. Por ejemplo, muchas veces, cuando estoy hablando con alguien, suelta el clásico Hola, mami! Una cosa… Yo le respondo: ¿qué? y él: mmm…. No sé. Como madre primeriza, me parece increíble que, quedándole dos meses y pico para cumplir los dos años, ya tenga una personalidad tan marcada.

Realmente cada día es una sorpresa y, hasta que no eres madre, no eres consciente de la maravilla que es ver crecer, evolucionar y aprender a tu hijo.

El otro día justo lo hablaba con mi marido y con mi suegra. La personalidad, ¿nace o se hace? Muchas veces he leído que la forma de ser de una persona se forja en sus primeros tres años de vida. ¡Qué fuerte! Antes de ser madre, no me lo acababa de creer, pero ahora corroboro que es así.

Éste es uno de los temas que siempre se ha discutido en el mundo de la psicología. ¿Somos lo que somos desde el momento en el que somos concebidos o también influye la forma y el ambiente en que se nos eduque? Algunos filósofos clásicos, como Platón y Descartes, aseguraban que ciertos aspectos de nuestra personalidad ya existen cuando nacemos y que, independientemente del ambiente en el que crezcamos, desarrollaremos nuestro carácter según la genética que tengamos. Unos siglos más tarde, Locke hablaba de la tabula rasa, que afirma que los seres humanos nacemos con la mente en blanco y que nuestra personalidad se desarrolla a partir de las experiencias que vivamos durante la infancia y la adolescencia. Ni tanto, ni tan calvo.

Volviendo a mi experiencia como mamá de Bruno, he observado (y sigo observando cada día) que tiene rasgos del carácter muy míos o de mi marido (es decir, rasgos heredados), como ser mandón o perseverante, por ejemplo. Y también tiene rasgos que se le han ido definiendo por nuestra forma de tratarle y por el ambiente en el que vive. Voy a daros algunos ejemplos.

¿Por qué es así de sociable y simpático con todo el mundo? Pues porque va a la guardería desde los siete meses, porque está acostumbrado a estar con gente diferente y porque sabe que cada día no le va a buscar su papá o su mamá a la guardería, sino también su abuelo, su abuela, etc.

¿Por qué le gusta que estemos siempre por él y no es demasiado independiente? Pues porque es hijo único, primer nieto por un lado y tercero por el otro, y casi siempre es el centro de atención (en el buen sentido, ¿eh?). Es evidente que recibirá un trato muy diferente al del hijo de mi prima, que es del mismo mes que Bruno y tiene un hermanito con el que se lleva trece meses exactos. El mayor no recuerda haber estado nunca “de hijo único” con sus padres, porque desde que tiene uso de razón siempre ha compartido protagonismo con su hermano. Ningún caso es mejor ni peor que otro, cuidado. Simplemente son situaciones muy diferentes que me sirven para ilustrar la teoría de que el ambiente, la familia y el contexto en el que crezcamos influirán mucho en nuestra personalidad.

Ahí va el último ejemplo. El otro día me di cuenta de que Bruno ya empieza a intentar expresar sus sentimientos. Cuando se le va la mano y pega a algún niño, le digo que mami está triste porque no le gusta que pegues. Cuando oye esto, entonces le da un besito al niño y me viene corriendo a decir ¿mami contenta? Y le respondo Sí, ahora mami está muy contenta porque Bruno ha pedido perdón al niño y le ha dado un besito. Y entonces, le cambia la cara. Sonríe y se queda súper tranquilo y feliz. Qué pasada. A ver, es pequeño y claro, no sabe expresar muchos sentimientos, pero por lo menos la diferencia entre contento y triste ya la entiende perfectamente.

Con esto quiero decir que, por supuesto, otro aspecto determinante en la que será su personalidad es la forma en la que lo eduquemos emocionalmente. Y en esta educación emocional no sólo intervenimos su papá y su mamá, sino también sus profesoras, abuelos o tíos, por ejemplo. De nosotros depende, en gran parte, que en un futuro sepa identificar sus emociones y  expresar cómo se siente. Básico.

Así pues, estoy de acuerdo con la mayoría de corrientes psicológicas de la actualidad, que afirman que la personalidad nace y se hace. Un bebé nacerá con los ojos marrones y la simpatía de su padre y con el pelo liso y el perfeccionismo de su madre, pero también se irá haciendo más o menos sociable, más o menos independiente y más o menos tozudo dependiendo de la educación que reciba de su familia, su escuela y su entorno.

 

Lo que es normal para ti, es mágico para ellos

Me siento a escribir este post sobre Embarazo y crianza y, según mi agenda, veo que me toca la parte de Crianza, porque la última vez escribí sobre mi embarazo. Entonces, me pongo a pensar… En seguida me viene a la cabeza lo que hablábamos con mi marido el otro día: la paciencia que hemos desarrollado desde que somos padres. ¡Y eso que no nos podemos quejar, porque Bruno es un niño muy fácil y duerme muy bien por las noches! Sin embargo, igualmente, hay muchos momentos en los que tenemos que respirar, contar hasta diez, y… Ooooommmm. Ni me quiero imaginar a los papás y mamás que no duermen, que tienen que hacer malabares para que sus peques coman o que los tienen con fiebre cada dos por tres.

Este post es muy realista, pero le daré un toque de ironía porque, al fin y al cabo, describe situaciones reales que vale la pena que nos tomemos con humor.

Primer episodio: el otro día volvíamos en coche de pasar el fin de semana fuera. Veníamos del Empordà. Una hora y media larga de coche y Bruno había hecho la siesta justo antes de subir al coche (¡gran error!), así que no se durmió en todo el viaje. Primero íbamos cantando, mirando los coches y motos que pasaban por la autopista… pero estas distracciones duraron quince minutos, veinte como máximo. Después, empezó el ¡Mami, milaaaaa! (su versión de ¡Mami, mira!). Cada cosa que veía o hacía, me decía ¡Mami, milaaaa! Se estaba aburriendo, y me iba explicando, a su manera, todo lo que veía o todo lo que le venía a la cabeza. Iba llamando mi atención para que estuviera pendiente de él. ¡Me giré tantas veces a mirarle! Creo que más de cien, en serio. Y terminé con tortícolis en el cuello.

Segundo episodio: mi hermana ha estado casi un mes fuera de viaje. Bruno la adora (y ella a él, claro) y casi cada día me preguntaba ¿Y Paula? Yo le respondía Se ha ido de viaje en avión. Y ya decía Paula, avión. El día que volvía le fuimos a dar una sorpresa a su casa cuando llegó. Le expliqué a Bruno que iríamos a casa de Paula porque ya había vuelto “del avión”. Pues se pasó toooodo el día (pero todo, de verdad) preguntándome ¿Casa Paula? (su manera de decir ¿Vamos a casa de Paula?). Cada diez minutos o así, me lo iba preguntando. Había algún rato que se le olvidaba, pero luego se volvía a acordar y otra vez lo mismo. Desde las diez de la mañana, hasta las seis de la tarde, cuando por fin fuimos a casa de mi hermana.

Tercer episodio: nueve de la mañana, justo antes de salir hacia el parvulario. Recién vestido y peinado, pañal limpio, mochilita preparada… Me voy un momento a la cocina a buscar el tupper que me llevaré para comer y oigo un ruido enorme de repente! Voy a su habitación y había tirado toooodos los Legos que tiene. Los había sacado de su caja y todos por el suelo. Pensé que en ese momento no daba tiempo de recogerlos, teníamos que salir de casa porque si no llegaríamos tarde y empezaríamos mal el día. Podría haberme puesto histérica, gritarle, decirle que el día antes me había pasado toda la tarde ordenando su habitación. Pero no, no lo hice. Pensé que no pasaba nada, que por la tarde ya lo recogeríamos. ¿Qué más da? Flexibilidad y paciencia son dos palabras clave que me encantan desde que soy madre.

Estos tres episodios son un pequeño ejemplo para contarte que el día a día con un niño, con un bebé, o con un toddler (palabra inglesa que me gusta mucho y que hace referencia a los peques de uno a tres años) muchas veces es cansado, incluso agotador, pero nos hace desarrollar muchísimo nuestra paciencia. Además, como ya sabrás si eres mamá, aunque casi no tengamos tiempo para nosotras y estemos agotadas después de la “doble jornada laboral” (la de trabajo y la de estar con nuestros hijos), nos compensa muchísimo ver que ellos crecen felices y que nuestro tiempo es oro para ellos.

Cuando estaba terminando de escribir este post, me acordé de un vídeo de estos que veo por Facebook y me guardo porque me gustan mucho y sé que los usaré para algo en un futuro.

Éste me llegó al alma porque es súper real y por la frase del final, que me hizo saltar las lágrimas. Lo único que no me gustó es que muestra que la madre está todo el día con sus hijas, lo hace todo, y el padre sólo llega a casa para darles las buenas noches y preguntarles cómo les ha ido el día. Aparte de esto, que encuentro bastante machista, el vídeo es genial.

Lo normal para ti… es mágico para ellos. Muchas veces lo pienso. Cuando estamos todos manchados porque ha comido macarrones con tomate y tengo que poner a lavar el babero, el pijama, la funda de la trona y fregar el suelo de debajo de donde ha comido, tendría dos opciones: o desesperarme, quejarme y decirle “el próximo día te daré yo los macarrones para que no te manches, porque esto es un desastre” o sonreír, pensar en lo que ha disfrutado saboreando sus macarrones, en lo mayor que se ha sentido comiendo solo con su tenedor pequeñito y haber disfrutado de este momento de risas que hemos pasado los dos. Porque, como resume el vídeo al final, lo que es normal para nosotros, para ellos es mágico.

Pues eso, que ojalá todos los problemas fueran estos y no olvidemos que todos los momentos divertidos, de amor y de alegría que pasemos con nuestros hijos, quedarán grabados en su mente y en su alma para siempre.

¿Estás bien? Pues tus hijos, también

Últimamente, cuando me pongo a escribir un post, me sale hacer referencia a mis gurús, a las personas que me inspiran, a los que yo llamo “mis guías espirituales”. Hace unas semanas os hablé de Victor Küppers, que me encanta. Otra de las personas que más me inspiradora últimamente es Lucía Galán, más conocida como “Lucía mi pediatra”.

Es una pediatra asturiana que vive y ejerce en Alicante, mamá de dos hijos, que escribe y da conferencias sobre crianza, compaginar el trabajo con la educación de nuestros hijos, encontrar tiempo para nosotras…

Hace algunas semanas, un sábado por la mañana, tuve la oportunidad de ir a escucharla al auditorio del colegio de Los Corazonistas. “Educar desde la tranquilidad”. Qué gran título para la conferencia. Cuando lo leí, ya quise comprar la entrada.

En la conferencia hablaba de cosas muy diversas: el postparto, las enfermedades más comunes que pueden tener los niños, cómo dedicarles tiempo de calidad, etc. Escuchar a Lucía me transmitió mucha tranquilidad y me ayudó a entender que los padres somos los referentes más importantes de nuestros hijos y que, lo que nos ocurre a nosotros, les afecta a ellos. Si estamos tranquilos e intentamos no vivir ahogados en las prisas y en el ritmo de vida frenético, nuestros hijos lo agradecerán. Muchísimo.

Al salir de la conferencia, me compré el segundo libro que ha escrito Lucía, Eres una madre maravillosa. Casi me lo he terminado y he marcado varias páginas para copiarme frases suyas que me gustan y que me quiero copiar para irlas releyendo de vez en cuando. Una de mis preferidas la voy a compartir contigo, a ver si te puedo transmitir la tranquilidad que sentí yo al leerla.

Y aprendí. Aprendí a no juzgarme. A no ser tan dura conmigo misma. Aprendí de mis errores, descubrí cómo potenciar mis fortalezas y cómo trabajar y mejorar mis debilidades. Así que, la próxima vez que la culpa sobrevuele tu cabeza, que intente amargarte la vida y oscurecer el espejo donde cada mañana se miran tus hijos, repítete: Aun con toda mi montaña de defectos, soy una madre maravillosa”.

Genial. Absolutamente genial. La tengo muy presente porque llevo varias semanas trabajando muchísimo. Dejo a Bruno en la guardería a las nueve de la mañana y muchos días llego a casa tarde, sobre las siete o siete y media de la tarde. Son muchas horas, sí. Pero, ¿qué voy a hacer, sentirme mal por trabajar? No, de ninguna manera. Tengo la grandísima suerte de trabajar en algo que me apasiona, a lo que no me importa dedicar muchas horas, así que tengo que aprovecharlo. Evidentemente, elegí ser mamá para dedicarme a mi hijo lo máximo posible, pero no por compaginarlo con el trabajo tengo que sentirme mal.

A veces es difícil, porque estoy trabajando y pensando en qué estará haciendo él, pero he aprendido a verlo de manera positiva. En la guardería está encantadísimo, disfruta mucho. Después, una tarde está con su papá, otra con su abuela, otra con su abuelo y dos conmigo. ¡No me puedo quejar!

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Además, me he dado cuenta de que es cierto lo del “tiempo de calidad”. Parece que sea una moda de esta sociedad en la que las mamás y los papás no tenemos demasiado tiempo, pero creo que es verdad. He comprobado que es mejor tiempo de calidad que cantidad de tiempo.

Es mágico llegar a casa, dejar el móvil en silencio, estirarme con mi hijo en el suelo y contarle cuentos. Le encanta. Le encanta y me encanta. Después, cuando se cansa, me pongo a tocar la guitarra y cantamos los dos juntos. Le encanta. Le encanta y me encanta. Luego a la bañera con calma, le doy la cenita tranquilamente, y a dormir. Con calma y tranquilidad. Felices porque hemos pasado la tarde juntos y ha sido súper divertido. Y muchos días llega su papá y podemos estar un rato los tres. Todavía mejor.

Con esto quiero decir que me he dado cuenta de que, si otro día de esa semana llego más tarde y no puedo explicarle cuentos, no pasa nada. Los días que pueda, lo haré. Antes, me sentía mal porque tengo amigas que salen de trabajar a las dos y pasan todas las tardes con sus hijos. Ahora ya no, en gran parte gracias a la conferencia de Lucía y a su segundo libro. Te lo recomiendo.

Otro aspecto importante que a muchos nos cuesta es dedicarnos tiempo a nosotros mismos e invertir tiempo en nuestra pareja. ¡Es tan importante! Así, estaremos más descansados y felices para dedicarles tiempo de calidad a nuestros hijos. No hacen falta grandes cosas. Yo mañana, por ejemplo, me tomo la mañana libre, hago un pequeño “parón” después de estas tres semanas tan frenéticas, y me voy a un SPA en el centro de Barcelona, me harán un masajito y luego me iré a comer tranquilamente con mi marido. ¿Es malo hacer esto porque, mientras tanto, nuestro hijo estará en la guardería? ¡Pues claro que no! Cuando le vayamos a buscar, estaremos tan relajados y contentos, que nos hará muchísima ilusión pasar toda la tarde jugando con él, explicándole cuentos o cantando.

Si nosotros estamos bien, nuestros hijos también lo estarán.

¿Responsabilidades para nuestros hijos? Sin prisa, pero sin pausa

Desde que nace, un bebé depende completamente de sus padres al cien por cien. Es de los pocos mamíferos que, sin su mamá y su papá, no podría sobrevivir. Tras haber sido mamá he ido viendo que, poco a poco, van aprendiendo a valerse por sí mismos y a ser autónomos. Los padres les ayudamos en ese proceso al enseñarles a hablar, a andar, a comer, pero además de ayudarles a desarrollarse, me he dado cuenta de que tenemos que ir dejando que asuman pequeñas responsabilidades. Es decir, dejar poco a poco de ser imprescindibles y animar a nuestros hijos a que tomen sus propias decisiones.

Evidentemente, no es de un día para otro y no podemos pretender que con dos años se hagan la cama o que con cuatro años saquen a pasear al perro, pero se trata de empezar por pequeñas cosas. Aquí tenéis una pequeña tabla publicada por guiainfantil.com que me ha gustado.

 

 

El otro día fui a casa de una amiga y aluciné cuando su hijo, de dos años y medio, puso el plato y los cubiertos en el lavavajillas al acabar de cenar. Me quedé impresionada y le pregunté: ¿cómo lo has hecho? Me respondió: se lo enseñé y… paciencia. Creo que ahí está la clave. Muchas veces, los padres preferimos hacer las tareas del hogar nosotros porque las hacemos más rápido y mejor. Considero que es un error. Deberíamos intentar ofrecerles a nuestros hijos espacio, tiempo y confianza para que las hagan ellos.

Es difícil, lo sé. Nosotros estamos empezando ahora con la rutina de que Bruno nos ayude a recoger sus juguetes y hay muchos días en los que acabo recogiéndolos yo, porque no tengo la paciencia de esperar a que lo haga él solito. Cuando terminamos de jugar y toca irse a la bañera, le digo: “¡Vamos a recogeeeer!” y entonces se me queda mirando fijamente (en plan “te estoy entendiendo”) y pone dos juguetes en la caja de madera donde sabe que se guardan y sigue jugando con los otros. Algunos días espero, con paciencia, a que lo vaya haciendo, poco a poco. Pero reconozco que muchos lo acabo haciendo yo, porque no quiero que se haga tarde y que se nos retrase la hora del bañito y la cena. Así que, señoras y señores, el problema es nuestro por vivir a un ritmo tan frenético en el que no somos capaces de esperar a que lo hagan solos. Porque ahora, con 15 meses, es recoger los juguetes, pero con cuatro años será ducharse solo y, con siete, prepararse la mochila del cole.

Yo recuerdo que, cuando era pequeña y mi madre me pedía ayuda para hacer algo, me sentía importantísima y súper mayor. Me encantaba ir a comprar el pan cogida de la mano de mi hermana en el pueblo donde pasábamos el verano (la panadería estaba a una calle de casa), o ayudar a poner la mesa, o a emparejar calcetines. El hecho de sentirse útiles sube mucho la autoestima de los niños y le aporta autonomía e independencia, dos cualidades que les servirán mucho en el futuro.

Siguiendo con nuestro papel como padres, daría tres consejos:

  • Ser constantes: si queremos enseñar a nuestro hijo a que se vista solo o a que ponga la mesa, lo debemos mantener cada día. No le tenemos que decir un día que se tiene que vestir solo y, al siguiente, vestirle nosotros porque tenemos prisa.
  • Explicarle cómo se hace: es nuestro deber, como padres, enseñarles a hacer lo que les pedimos. No les podemos pedir que se bañen solos si no saben cómo se lava el pelo o cómo se abre la botella del gel de baño.
  • Valorar sus logros: ¡felicitemos a nuestros hijos! Les animará mucho ver que son capaces de hacer las cosas por ellos mismos y que nosotros, sus papás, estamos contentísimos con lo que han conseguido.

Para terminar, compartiré con vosotros algo que me encantaba de pequeña: las tareas con puntos. Mi padre, en su trabajo, imprimía en color (¡en aquella época era algo muy especial!) una tabla con el nombre de mi hermana y mío y las diferentes tareas que teníamos que hacer en casa: poner y sacar la mesa, hacer la cama, ducharse sola, poner la ropa en la cesta de la ropa sucia, recoger los juguetes, vestirse sola, etc. Cuando hacíamos bien algo, nos ponía una pegatina en el recuadro de esa tarea. A final de semana, dependiendo de cómo lo habíamos hecho, ¡había premio! Y recuerdo que podía ser ir el domingo al quiosco a comprar un chicle Bubaloo o un sobre de cromos ¡y éramos la mar de felices!

Leyendo sobre este tema, he visto que a esto que hace veintipico años ya hacía mi padre, se le llama “Tabla de logros”. Os invito a que la hagáis en casa, es una pasada. ¡Yo ya tengo ganas de que Bruno sea más mayor para hacerla! Aquí tenéis algunos ejemplos de las que más me han gustado de las que he encontrado. Sugerencia: si queréis poner premio, que no sea algo material, sino cosas como: que papá y mamá me preparen mi plato preferido para comer el domingo, que vayamos al parque una tarde en la que no solemos ir, que me hagan cosquillas en la cama, que me dejen disfrazarme con su ropa…

¡Espero que disfrutéis mucho preparando la “Tabla de logros” de vuestra familia con vuestros hijos!

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Mil millones de veces mejor que como lo había imaginado

Mira que me la habían repetido mis padres, pero no entendí esta frase hasta que fui mamá.  “No hay ninguna carrera ni máster que te enseñe a ser padre (o madre)”. Totalmente cierto. Además, añadiría que la maternidad son unos estudios muy largos (creo que duran desde que el día en que nace tu primer hijo y para toda la vida) y que empiezan directamente con las prácticas.

Cuando me pusieron a Bruno “piel con piel”, recién nacido, todavía sucio y desnudito, vi a una personita tan indefensa, mirándome fijamente con los ojos súper abiertos, apretándome fuerte el dedo índice con sus manitas todavía arrugadas después de tantos meses nadando en líquido… que no me lo podía creer. Me lo había estado imaginando durante todo el embarazo, pero fue mil millones de veces mejor. Si has sido mamá, entenderás este sentimiento tan inexplicable. Y es que, realmente, no se puede describir con palabras. Todavía me emociono cuando lo pienso.

En ese primer momento, además del subidón hormonal, te suele entrar un poco de vértigo, porque ves que esa personita depende totalmente de ti ¡y que nadie te ha enseñado qué tienes que hacer ni cómo debes hacerlo! Creo que, desde el primer día, tienes que confiar en ti misma, seguir lo que te diga tu corazón, apoyarte en tu pareja (si la tienes) y familia, y disfrutar.

Generalmente, durante el embarazo, todo el mundo te “prepara” para la maternidad, diciéndote que es lo más bonito del mundo (supongo que por eso la mayoría repiten una, dos ¡o incluso más veces!), pero que te esperan unos meses (o años) sin dormir, sin tener tiempo para ti, con el peque enfermo porque lo pillará todo en la guarde, con muchas lloreras y un larguísimo etcétera. Después de mi experiencia, te aseguro que cada niño es un mundo, no hay que generalizar. No siempre es así. En mi caso, por ejemplo, la verdad es que ha sido muy fácil, mucho más de lo que me esperaba: Bruno es un tragón desde que nació, la lactancia fue fácil y sin mastitis, el “destete” lo hizo él solo, a poco a poco y a su ritmo, dormía 6 horas seguidas desde los 3 meses, va unas horas a la guarde desde el mes de septiembre y, en estos siete meses, sólo ha estado enfermo tres días… En mi caso, ha sido una maravilla. Eso sí, también es cierto que tengo amigas que no han dormido más de cinco horas seguidas durante el primer año, que han sufrido los cólicos de sus bebés o que han tenido una lactancia complicada. Puede que sea una lotería, o que haya aspectos genéticos que influyan. No lo sé. En cualquier caso, lo que sí te aconsejo es que vayas con buena predisposición, no pensando en negativo (“no voy a dormir” o “seguro que dar el pecho duele un montón”) y con energía positiva. Eso siempre. Porque estoy convencida de que el bebé lo nota. La energía de la mamá y del papá (pero sobre todo la de la mamá, porque es quien más tiempo suele pasar con el bebé) se transmite al bebé. Si estás nerviosa y preocupada, seguramente tu peque no sabrá relajarse solito para dormir bien. En cambio, si le transmites serenidad y alegría, probablemente tendrá más facilidad para mamar y para hacer una buena digestión.

Un aspecto que sí que me gustaría destacar es que tienes que ser consciente de que tu ritmo de vida cambiará y tus prioridades también. Debes ser consciente de que te será más difícil hacer planes y quedar con una amiga a una hora concreta, porque seguramente antes de salir de casa tu bebé se hará caca y tendrás que cambiarle el pañal. Si eres flexible y no tan exigente contigo misma, te sentirás mejor. Otro consejillo: no te exijas estar “divina de la muerte” ni intentes recuperar tu figura dos meses después del parto, como las modelos que salen en las revistas del corazón. Eso pasa en un bajísimo porcentaje de chicas que son mamás. Tranquila, no te estreses, todo llegará. Lo importante es que tú estés bien, animada, positiva y con ganas de “hacer de mami”.

Mira que durante el embarazo leí un montón de blogs de mamás primerizas, artículos sobre crianza, educación positiva, etc. La teoría me la sabía súper bien (como todas las embarazadas), pero cuando tuve a Bruno en mis brazos… me olvidé de todo y me salió algo que debía ser mi esencia, el instinto o algo así. Me salió quererle, mimarle, darle muchos besitos, acariciarle, cantarle canciones… Eso es, para mí, empezar a ser mamá.

Ahora ya ha cumplido un año (que, efectivamente, como todas me decíais, ha pasado volando) y sigo leyendo mucho sobre formas de educar, sobre cómo compaginar el trabajo con la maternidad (este tema da para un post entero), sobre actividades para disfrutar con el bebé… pero sin presionarme, con calma, sin querer ser la madre perfecta, ya que la perfección no existe.

Sobre todo, lo que más  es dedicarle tiempo de calidad, estar con él y hacerle feliz. Para mí siempre será el mejor hijo y, yo para él, la mejor mamá del mundo.