¿Estás bien? Pues tus hijos, también

Últimamente, cuando me pongo a escribir un post, me sale hacer referencia a mis gurús, a las personas que me inspiran, a los que yo llamo “mis guías espirituales”. Hace unas semanas os hablé de Victor Küppers, que me encanta. Otra de las personas que más me inspiradora últimamente es Lucía Galán, más conocida como “Lucía mi pediatra”.

Es una pediatra asturiana que vive y ejerce en Alicante, mamá de dos hijos, que escribe y da conferencias sobre crianza, compaginar el trabajo con la educación de nuestros hijos, encontrar tiempo para nosotras…

Hace algunas semanas, un sábado por la mañana, tuve la oportunidad de ir a escucharla al auditorio del colegio de Los Corazonistas. “Educar desde la tranquilidad”. Qué gran título para la conferencia. Cuando lo leí, ya quise comprar la entrada.

En la conferencia hablaba de cosas muy diversas: el postparto, las enfermedades más comunes que pueden tener los niños, cómo dedicarles tiempo de calidad, etc. Escuchar a Lucía me transmitió mucha tranquilidad y me ayudó a entender que los padres somos los referentes más importantes de nuestros hijos y que, lo que nos ocurre a nosotros, les afecta a ellos. Si estamos tranquilos e intentamos no vivir ahogados en las prisas y en el ritmo de vida frenético, nuestros hijos lo agradecerán. Muchísimo.

Al salir de la conferencia, me compré el segundo libro que ha escrito Lucía, Eres una madre maravillosa. Casi me lo he terminado y he marcado varias páginas para copiarme frases suyas que me gustan y que me quiero copiar para irlas releyendo de vez en cuando. Una de mis preferidas la voy a compartir contigo, a ver si te puedo transmitir la tranquilidad que sentí yo al leerla.

Y aprendí. Aprendí a no juzgarme. A no ser tan dura conmigo misma. Aprendí de mis errores, descubrí cómo potenciar mis fortalezas y cómo trabajar y mejorar mis debilidades. Así que, la próxima vez que la culpa sobrevuele tu cabeza, que intente amargarte la vida y oscurecer el espejo donde cada mañana se miran tus hijos, repítete: Aun con toda mi montaña de defectos, soy una madre maravillosa”.

Genial. Absolutamente genial. La tengo muy presente porque llevo varias semanas trabajando muchísimo. Dejo a Bruno en la guardería a las nueve de la mañana y muchos días llego a casa tarde, sobre las siete o siete y media de la tarde. Son muchas horas, sí. Pero, ¿qué voy a hacer, sentirme mal por trabajar? No, de ninguna manera. Tengo la grandísima suerte de trabajar en algo que me apasiona, a lo que no me importa dedicar muchas horas, así que tengo que aprovecharlo. Evidentemente, elegí ser mamá para dedicarme a mi hijo lo máximo posible, pero no por compaginarlo con el trabajo tengo que sentirme mal.

A veces es difícil, porque estoy trabajando y pensando en qué estará haciendo él, pero he aprendido a verlo de manera positiva. En la guardería está encantadísimo, disfruta mucho. Después, una tarde está con su papá, otra con su abuela, otra con su abuelo y dos conmigo. ¡No me puedo quejar!

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Además, me he dado cuenta de que es cierto lo del “tiempo de calidad”. Parece que sea una moda de esta sociedad en la que las mamás y los papás no tenemos demasiado tiempo, pero creo que es verdad. He comprobado que es mejor tiempo de calidad que cantidad de tiempo.

Es mágico llegar a casa, dejar el móvil en silencio, estirarme con mi hijo en el suelo y contarle cuentos. Le encanta. Le encanta y me encanta. Después, cuando se cansa, me pongo a tocar la guitarra y cantamos los dos juntos. Le encanta. Le encanta y me encanta. Luego a la bañera con calma, le doy la cenita tranquilamente, y a dormir. Con calma y tranquilidad. Felices porque hemos pasado la tarde juntos y ha sido súper divertido. Y muchos días llega su papá y podemos estar un rato los tres. Todavía mejor.

Con esto quiero decir que me he dado cuenta de que, si otro día de esa semana llego más tarde y no puedo explicarle cuentos, no pasa nada. Los días que pueda, lo haré. Antes, me sentía mal porque tengo amigas que salen de trabajar a las dos y pasan todas las tardes con sus hijos. Ahora ya no, en gran parte gracias a la conferencia de Lucía y a su segundo libro. Te lo recomiendo.

Otro aspecto importante que a muchos nos cuesta es dedicarnos tiempo a nosotros mismos e invertir tiempo en nuestra pareja. ¡Es tan importante! Así, estaremos más descansados y felices para dedicarles tiempo de calidad a nuestros hijos. No hacen falta grandes cosas. Yo mañana, por ejemplo, me tomo la mañana libre, hago un pequeño “parón” después de estas tres semanas tan frenéticas, y me voy a un SPA en el centro de Barcelona, me harán un masajito y luego me iré a comer tranquilamente con mi marido. ¿Es malo hacer esto porque, mientras tanto, nuestro hijo estará en la guardería? ¡Pues claro que no! Cuando le vayamos a buscar, estaremos tan relajados y contentos, que nos hará muchísima ilusión pasar toda la tarde jugando con él, explicándole cuentos o cantando.

Si nosotros estamos bien, nuestros hijos también lo estarán.

¿Responsabilidades para nuestros hijos? Sin prisa, pero sin pausa

Desde que nace, un bebé depende completamente de sus padres al cien por cien. Es de los pocos mamíferos que, sin su mamá y su papá, no podría sobrevivir. Tras haber sido mamá he ido viendo que, poco a poco, van aprendiendo a valerse por sí mismos y a ser autónomos. Los padres les ayudamos en ese proceso al enseñarles a hablar, a andar, a comer, pero además de ayudarles a desarrollarse, me he dado cuenta de que tenemos que ir dejando que asuman pequeñas responsabilidades. Es decir, dejar poco a poco de ser imprescindibles y animar a nuestros hijos a que tomen sus propias decisiones.

Evidentemente, no es de un día para otro y no podemos pretender que con dos años se hagan la cama o que con cuatro años saquen a pasear al perro, pero se trata de empezar por pequeñas cosas. Aquí tenéis una pequeña tabla publicada por guiainfantil.com que me ha gustado.

 

 

El otro día fui a casa de una amiga y aluciné cuando su hijo, de dos años y medio, puso el plato y los cubiertos en el lavavajillas al acabar de cenar. Me quedé impresionada y le pregunté: ¿cómo lo has hecho? Me respondió: se lo enseñé y… paciencia. Creo que ahí está la clave. Muchas veces, los padres preferimos hacer las tareas del hogar nosotros porque las hacemos más rápido y mejor. Considero que es un error. Deberíamos intentar ofrecerles a nuestros hijos espacio, tiempo y confianza para que las hagan ellos.

Es difícil, lo sé. Nosotros estamos empezando ahora con la rutina de que Bruno nos ayude a recoger sus juguetes y hay muchos días en los que acabo recogiéndolos yo, porque no tengo la paciencia de esperar a que lo haga él solito. Cuando terminamos de jugar y toca irse a la bañera, le digo: “¡Vamos a recogeeeer!” y entonces se me queda mirando fijamente (en plan “te estoy entendiendo”) y pone dos juguetes en la caja de madera donde sabe que se guardan y sigue jugando con los otros. Algunos días espero, con paciencia, a que lo vaya haciendo, poco a poco. Pero reconozco que muchos lo acabo haciendo yo, porque no quiero que se haga tarde y que se nos retrase la hora del bañito y la cena. Así que, señoras y señores, el problema es nuestro por vivir a un ritmo tan frenético en el que no somos capaces de esperar a que lo hagan solos. Porque ahora, con 15 meses, es recoger los juguetes, pero con cuatro años será ducharse solo y, con siete, prepararse la mochila del cole.

Yo recuerdo que, cuando era pequeña y mi madre me pedía ayuda para hacer algo, me sentía importantísima y súper mayor. Me encantaba ir a comprar el pan cogida de la mano de mi hermana en el pueblo donde pasábamos el verano (la panadería estaba a una calle de casa), o ayudar a poner la mesa, o a emparejar calcetines. El hecho de sentirse útiles sube mucho la autoestima de los niños y le aporta autonomía e independencia, dos cualidades que les servirán mucho en el futuro.

Siguiendo con nuestro papel como padres, daría tres consejos:

  • Ser constantes: si queremos enseñar a nuestro hijo a que se vista solo o a que ponga la mesa, lo debemos mantener cada día. No le tenemos que decir un día que se tiene que vestir solo y, al siguiente, vestirle nosotros porque tenemos prisa.
  • Explicarle cómo se hace: es nuestro deber, como padres, enseñarles a hacer lo que les pedimos. No les podemos pedir que se bañen solos si no saben cómo se lava el pelo o cómo se abre la botella del gel de baño.
  • Valorar sus logros: ¡felicitemos a nuestros hijos! Les animará mucho ver que son capaces de hacer las cosas por ellos mismos y que nosotros, sus papás, estamos contentísimos con lo que han conseguido.

Para terminar, compartiré con vosotros algo que me encantaba de pequeña: las tareas con puntos. Mi padre, en su trabajo, imprimía en color (¡en aquella época era algo muy especial!) una tabla con el nombre de mi hermana y mío y las diferentes tareas que teníamos que hacer en casa: poner y sacar la mesa, hacer la cama, ducharse sola, poner la ropa en la cesta de la ropa sucia, recoger los juguetes, vestirse sola, etc. Cuando hacíamos bien algo, nos ponía una pegatina en el recuadro de esa tarea. A final de semana, dependiendo de cómo lo habíamos hecho, ¡había premio! Y recuerdo que podía ser ir el domingo al quiosco a comprar un chicle Bubaloo o un sobre de cromos ¡y éramos la mar de felices!

Leyendo sobre este tema, he visto que a esto que hace veintipico años ya hacía mi padre, se le llama “Tabla de logros”. Os invito a que la hagáis en casa, es una pasada. ¡Yo ya tengo ganas de que Bruno sea más mayor para hacerla! Aquí tenéis algunos ejemplos de las que más me han gustado de las que he encontrado. Sugerencia: si queréis poner premio, que no sea algo material, sino cosas como: que papá y mamá me preparen mi plato preferido para comer el domingo, que vayamos al parque una tarde en la que no solemos ir, que me hagan cosquillas en la cama, que me dejen disfrazarme con su ropa…

¡Espero que disfrutéis mucho preparando la “Tabla de logros” de vuestra familia con vuestros hijos!

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Mil millones de veces mejor que como lo había imaginado

Mira que me la habían repetido mis padres, pero no entendí esta frase hasta que fui mamá.  “No hay ninguna carrera ni máster que te enseñe a ser padre (o madre)”. Totalmente cierto. Además, añadiría que la maternidad son unos estudios muy largos (creo que duran desde que el día en que nace tu primer hijo y para toda la vida) y que empiezan directamente con las prácticas.

Cuando me pusieron a Bruno “piel con piel”, recién nacido, todavía sucio y desnudito, vi a una personita tan indefensa, mirándome fijamente con los ojos súper abiertos, apretándome fuerte el dedo índice con sus manitas todavía arrugadas después de tantos meses nadando en líquido… que no me lo podía creer. Me lo había estado imaginando durante todo el embarazo, pero fue mil millones de veces mejor. Si has sido mamá, entenderás este sentimiento tan inexplicable. Y es que, realmente, no se puede describir con palabras. Todavía me emociono cuando lo pienso.

En ese primer momento, además del subidón hormonal, te suele entrar un poco de vértigo, porque ves que esa personita depende totalmente de ti ¡y que nadie te ha enseñado qué tienes que hacer ni cómo debes hacerlo! Creo que, desde el primer día, tienes que confiar en ti misma, seguir lo que te diga tu corazón, apoyarte en tu pareja (si la tienes) y familia, y disfrutar.

Generalmente, durante el embarazo, todo el mundo te “prepara” para la maternidad, diciéndote que es lo más bonito del mundo (supongo que por eso la mayoría repiten una, dos ¡o incluso más veces!), pero que te esperan unos meses (o años) sin dormir, sin tener tiempo para ti, con el peque enfermo porque lo pillará todo en la guarde, con muchas lloreras y un larguísimo etcétera. Después de mi experiencia, te aseguro que cada niño es un mundo, no hay que generalizar. No siempre es así. En mi caso, por ejemplo, la verdad es que ha sido muy fácil, mucho más de lo que me esperaba: Bruno es un tragón desde que nació, la lactancia fue fácil y sin mastitis, el “destete” lo hizo él solo, a poco a poco y a su ritmo, dormía 6 horas seguidas desde los 3 meses, va unas horas a la guarde desde el mes de septiembre y, en estos siete meses, sólo ha estado enfermo tres días… En mi caso, ha sido una maravilla. Eso sí, también es cierto que tengo amigas que no han dormido más de cinco horas seguidas durante el primer año, que han sufrido los cólicos de sus bebés o que han tenido una lactancia complicada. Puede que sea una lotería, o que haya aspectos genéticos que influyan. No lo sé. En cualquier caso, lo que sí te aconsejo es que vayas con buena predisposición, no pensando en negativo (“no voy a dormir” o “seguro que dar el pecho duele un montón”) y con energía positiva. Eso siempre. Porque estoy convencida de que el bebé lo nota. La energía de la mamá y del papá (pero sobre todo la de la mamá, porque es quien más tiempo suele pasar con el bebé) se transmite al bebé. Si estás nerviosa y preocupada, seguramente tu peque no sabrá relajarse solito para dormir bien. En cambio, si le transmites serenidad y alegría, probablemente tendrá más facilidad para mamar y para hacer una buena digestión.

Un aspecto que sí que me gustaría destacar es que tienes que ser consciente de que tu ritmo de vida cambiará y tus prioridades también. Debes ser consciente de que te será más difícil hacer planes y quedar con una amiga a una hora concreta, porque seguramente antes de salir de casa tu bebé se hará caca y tendrás que cambiarle el pañal. Si eres flexible y no tan exigente contigo misma, te sentirás mejor. Otro consejillo: no te exijas estar “divina de la muerte” ni intentes recuperar tu figura dos meses después del parto, como las modelos que salen en las revistas del corazón. Eso pasa en un bajísimo porcentaje de chicas que son mamás. Tranquila, no te estreses, todo llegará. Lo importante es que tú estés bien, animada, positiva y con ganas de “hacer de mami”.

Mira que durante el embarazo leí un montón de blogs de mamás primerizas, artículos sobre crianza, educación positiva, etc. La teoría me la sabía súper bien (como todas las embarazadas), pero cuando tuve a Bruno en mis brazos… me olvidé de todo y me salió algo que debía ser mi esencia, el instinto o algo así. Me salió quererle, mimarle, darle muchos besitos, acariciarle, cantarle canciones… Eso es, para mí, empezar a ser mamá.

Ahora ya ha cumplido un año (que, efectivamente, como todas me decíais, ha pasado volando) y sigo leyendo mucho sobre formas de educar, sobre cómo compaginar el trabajo con la maternidad (este tema da para un post entero), sobre actividades para disfrutar con el bebé… pero sin presionarme, con calma, sin querer ser la madre perfecta, ya que la perfección no existe.

Sobre todo, lo que más  es dedicarle tiempo de calidad, estar con él y hacerle feliz. Para mí siempre será el mejor hijo y, yo para él, la mejor mamá del mundo.