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El tiempo es la necesidad que tenemos de sentirnos libres

Nadie nace sabiendo hablar, ni sabiendo leer, ni sabiendo vestirse solo. A todo nos tienen que enseñar o tenemos que aprender. De igual manera, nadie sabe ser mamá o papá cuando nace su primer hijo. A eso también tenemos que aprender, poco a poco.

Conozco a muchos tipos de madres y padres diferentes, ninguno mejor que otro, simplemente diferentes. Cada uno tiene su día a día, su trabajo, su forma de vivir e intenta ejercer su papel de padre o madre lo mejor que puede. Lo que sí suele ser un denominador común de todos es que, en algún momento, dicen la frase ¿Por qué el día no tiene más horas? No llego a todo.

¿Te suena? Seguramente sí. Hoy hablaremos de cómo podemos organizarnos y aprender a dedicarnos tiempo a nosotros mismos cuando somos mamás o papás. Sí, a eso también podemos aprender.

Hace unas semanas tuve el placer de pasar un par de horitas desayunando con otras mamás y, justamente, estuvimos tratando este tema de la falta de tiempo y de cómo nos las ingeniamos para sacar algún ratito al día para nosotras. El post de hoy se lo dedico a ellas y a todas las mamás que nos leen. Perdonadme los papás, pero hoy va para ellas, para nosotras.

Creo que, en general, las mujeres somos como las “directoras de orquesta” y, el resto de la familia, toca su instrumento cuando nosotras se lo indicamos. Quizás somos un poco controladoras y queremos tenerlo todo bajo control. Y el hecho de ver que, sin nosotras, la familia no tira, es una enorme responsabilidad, es una sobrecarga emocional que dificulta mucho que podamos descansar, tanto a nivel físico como mental.

Muchas veces tenemos la sensación de que no llegamos a todo e incluso nos sentimos culpables. ¿Sabes por qué? Por la presión social y por la idealización de la maternidad. Se espera que siempre tengamos que estar llenas de energía para nuestros hijos, siempre contentas y de buen humor, siempre dispuestas a ayudar. No olvidemos que, además de mamás, somos personas. Somos mujeres, hijas, esposas, hermanas, amigas, trabajadoras… Somos muchísimas cosas. Evidentemente, ser madres es lo más importante de nuestra vida, nuestros hijos y familia son nuestra prioridad, pero también necesitamos tiempo para nosotras. Si no, llega un punto en el que “petamos”.

No es cuestión de ponernos dramáticas, para nada, sólo es cuestión de ser conscientes de que también necesitamos nuestros momentos, nuestro tiempo libre. Muchas estaréis leyendo esto algo incrédulas y pensando: ¿Cómo lo puedo conseguir? Después te daré algunos consejos, pero los principales son dos: organizándote bien y, sobre todo, sin sentirte culpable.

Piensa que la única persona que puede cambiar el hecho de tener tiempo para sí misma o no, eres tú. Sólo tú. Y, además de tu(s) hijo(s), tu pareja, tu familia o tus amigos, tú también eres una prioridad. No olvides esto nunca. Si te abandonas y te dejas en segundo plano, si no te mimas, empezarás a sentirte triste, vacía y seguramente las cosas no irán bien.

Te voy a contar cómo lo hago yo, a ver si te puede funcionar a ti también. Empieza por un poquito: pueden ser quince minutos al día, una mañana a la semana o lo que tú puedas. Intenta que, como mínimo, sean quince o veinte minutos cada día, aunque lo ideal es una horita. Tómate ese ratito para relajarte, mimarte sólo a ti, para tener una cita contigo misma. Piensa: Tengo este ratito para mí y lo voy a aprovechar.

A partir de aquí, puedes hacer lo que más te apetezca, depende de tu manera de ser: ir a correr o a nadar, hacerte una mascarilla de esas que tienes guardadas y que nunca te pones, ir de compras, leer una revista tranquilamente sentada en una terracita al sol, quedar con una amiga, leer un capítulo (o más) de un libro, mirar un capítulo (o más) de una serie, escuchar tu lista de canciones preferidas en Spotify, tomarte una infusión calentita, disfrutar de un baño tú sola sin que nadie entre, hacer esa llamada a una amiga que tanto te apetece y que nunca haces, salir a pasear tranquilamente y sin rumbo… y un larguísimo etcétera. Depende de lo que más te guste o más te apetezca en ese momento. Al principio te parecerá muy difícil y tendrás que “obligarte” a dedicarte ese tiempo diario (o semanal), como tú decidas. Pero intenta que no sea media hora al mes, porque no es suficiente. Sin embargo, como sucede con todas las rutinas, en cuanto te acostumbres, te darás cuenta de cuántos beneficios tiene. Aprovecha estos momentos, aunque sean cortitos. Regálate unos minutos al día ¡y verás qué bien te sientan!

La siguiente duda que tendréis muchas es: ¿y cuándo lo hago? No busques tiempo, hazte tiempo. Por la mañana antes de que se despierten los niños, mientras duermen la siesta, por la noche cuando duerman, mientras están en la extraescolar… “Mi momento” es una horita o horita y media (depende del día) es después de cenar con mi marido, cuando Bruno está durmiendo. Y, una vez al mes, intento reservarme una mañana o una tarde enteras para mí. Tienes que encontrar el momento. Ganarás muchísimo, créeme. Lo he comprobado. Ganarás autoestima, paciencia, positivismo, reducirás tus niveles de estrés y, sobre todo, valorarás mucho más el tiempo que estés con tus hijos, porque también tendrás el tuyo contigo misma.

Después, también considero muy importante que dediquemos una noche a la semana (o cada dos semanas) para ir al cine con nuestra pareja, o a dar un paseo, o a cenar. Sí, los dos solos, no es lo mismo ir todos que ir los dos. Somos papá y mamá, pero también somos pareja y necesitamos nuestro tiempo juntos, para que el amor siga creciendo y evolucionando. Muchas veces acabamos hablando de los hijos, es cierto, porque es lo más importante que hemos hecho juntos, pero no pasa nada. Aunque hablemos de ellos, estaremos solos, disfrutando el uno del otro. Y, si podemos permitirnos dejar a los niños con los abuelos o con los tíos e irnos de finde romántico los dos, ¡todavía mejor! Sé que esto, para muchos, son palabras mayores, pero si nos lo proponemos, seguro que podemos conseguirlo.

Te regalo una reflexión que intenta resumir lo que pienso sobre este tema:

Está claro que mi hijo me ocupa muchísimo tiempo que antes tenía libre, pero esto de mi vida personal se acabó, ahora sólo soy mamá, no puede ser. Ser madre es maravilloso, pero también es un trabajo muy demandante y cansado, por eso tengo que recargar energías, disfrutar de mi tiempo, porque mis necesidades son igual de importantes que las del resto de la familia. Es evidente que el rol que me requiere más tiempo es el de ser mamá y acepto que nunca había sido tan feliz, pero dedicarme mi tiempo y estar por mí misma no es egoísmo, sino amor propio. Si estoy bien y soy feliz, mi hijo también lo será.

Me gustaría terminar citando una frase de Séneca que dice: Todas las cosas nos son ajenas, sólo el tiempo es nuestro. ¡Ánimo, no siempre es fácil, pero puedes conseguirlo!

Está prohibido prohibir porque sí

Cuando los padres educamos a nuestros hijos buscamos la manera de establecer límites y normas para que aprendan a comportarse y sean felices. Lo que guía estos límites y las normas de comportamiento de los niños es cómo los padres resolvemos las situaciones cotidianas. Es decir, consintiendo y prohibiendo diferentes cosas a los pequeños. Por tanto, el comportamiento de nuestros pequeños será consecuencia directa de las respuestas que vayamos dando ante sus diferentes conductas y está en nuestras manos enseñarles a ser personas autónomas, seguras de sí mismas y que sepan moverse por el mundo.

En mi opinión, hay tres aspectos totalmente necesarios a la hora de educar: primero de todo, muchísimo amor y empatía para que nuestros hijos sean niños felices, que para mí es lo más importante. En segundo lugar, darles desde muy pequeños las herramientas necesarias para que sepan expresar cómo se sienten y qué necesitan, para que se conviertan en personas independientes y capaces de salir adelante ante cualquier situación. Por último, creo que es fundamental enseñarles a comportarse, que sepan que en su familia hay unas normas y marcar unos límites que ellos conozcan desde pequeñitos. El “todo vale” o la libertad extrema, creo que no funciona. Como todos sabemos, los niños necesitan sus rutinas y sus límites, así aprenden cómo tienen que actuar en cada situación.

Dicho esto, voy a lanzar ahora la frase que he elegido como título de este post: ESTÁ PROHIBIDO PROHIBIR PORQUE SÍ. Responderle a nuestro hijo “porque lo digo yo”  o “tú haz esto y calla” no funciona. Obviamente, hay situaciones en las que es necesario que intervenga un adulto (llámese madre, padre o profesor), porque existe un peligro real. Pero muchas veces los padres prohibimos cosas porque nosotros mismos les tenemos miedo. Si les prohibimos cosas constantemente, nuestros hijos crecerán con la idea de que hay cosas peligrosas que deben evitar y aprenderán a ser inseguros, asustadizos y dependientes. Por tanto, cuando los adultos tomemos la decisión de prohibir conductas, debemos hacerlo con moderación para evitar consecuencias negativas en nuestros pequeños. Y, sobre todo, razonarles muy bien por qué les estamos aconsejando que no hagan (o que sí hagan) ciertas cosas.

¡No les sobreprotejamos! Hay determinadas cosas que no deberíamos prohibir nunca a un niño:

  • Correr, saltar y gritar: porque a veces son la manera que tienen de expresar sus emociones. Los padres tenemos que tener paciencia y poner límites (eso siempre) pero límites en los que nuestros hijos puedan moverse y expresarse libremente.
  • Dibujar o pintar: muchas veces nos da pereza que lo ensucien todo y ni siquiera les dejamos sacar las pinturas del cajón. ¿Habías pensado que así podríamos estar coartando su creatividad?
  • Dar su opinión: el niño tiene sus propios pensamientos y deseos y necesita poder expresarlos. Por eso, es importante que no se reprima lo que tiene que decir con expresiones como. “Ya sé lo que te pasa, tú eres muy pequeño para entenderlo”.
  • Comer solos: a menudo, por falta de tiempo, hay padres que prefieren dar de comer a sus hijos en vez de enseñarles a comer solos. Así no ensucian y van más rápido. Pero a los niños les encanta sentirse autónomos y útiles, así que… ¿qué pasa si tardan una hora en cenar en vez de veinte minutos?
  • Ayudar en casa: muchos papás no dejan que sus hijos les ayuden y les dicen “lo vas a tirar”, “se te va a caer al suelo”, “es igual, déjalo, que yo ya lo puedo hacer sola”… Luego, cuando el niño es mayor, se suelen quejar porque no hacen nada. Pues para evitar esto, es bueno dejar que el niño colabore en las tareas de la casa desde pequeño. Esto hará que se sienta útil. A Bruno, por ejemplo, le encanta ayudarme a poner la lavadora. Evidentemente, cuando me ayuda él tardo mucho más que si la pongo yo sola, ¡pero lo disfrutamos tanto! Le gusta sacar la ropa sucia de la cesta, ponerla dentro de la lavadora, cerrar la tapa, ¡y ya poner el jabón es lo más de lo más!

En mis artículos siempre intento citar a autores que me gustan y que tienen reflexiones que creo que nos pueden servir a todos. Hoy he recuperado una reflexión de Rosa Jové, la popular psicóloga autora de maravillas como La crianza feliz, Ni rabietas ni conflictos o Dormir sin lágrimas (libros que, por cierto, te recomiendo). En uno de sus artículos escribió que Educar niños obedientes no trae como resultado dar al mundo niños felices. La obediencia se consigue casi siempre a través del miedo, así que lo más conveniente es educar personas que entiendan desde bien temprano qué es el respeto, la reciprocidad y esa empatía construida a través del afecto sincero. ¡Me escribiré esta frase bien grande y la colgaré en la nevera de casa para tenerla siempre presente! Creo que es muy necesario huir de la tradicional psicología conductista en la que, si hacemos algo malo, se nos castiga y, si hacemos algo bueno, se nos premia. Los premios y los castigos quizás funcionan a corto plazo, pero a la larga, no.

Es evidente que, si les castigamos por todo o les prohibimos casi todo, nuestros hijos no serán felices ni seguros de sí mismos. Actuarán por miedo y sin entender el porqué de las cosas. Pero tampoco lo serán si les permitimos todo, porque no sabrán cómo tienen que comportarse en cada situación ni entenderán dónde están los límites. Como en todo en la vida, lo mejor es un término medio. Como dice mi padre Ni todo es blanco, ni todo es negro. Siempre hay colores intermedios.

Prohibirlo todo es un error. El niño al que le exigen que no chille, a esconder sus lágrimas porque llorar es de débiles o al que le obligan a estar quieto para no molestar, acabará desarrollando una represión emocional y personal que puede ser peligrosa en un futuro.

Estoy convencida de que a nuestros hijos les entrará mucho mejor una orden del tipo “espera un momentito, no toques esto, ahora te ayudo y te enseño cómo se hace” a una del tipo “¡es que mira que eres tonto! ¿No ves que si lo coges así se rompe? ¡Parece mentira que no lo entiendas!”. Seguro que, si nos esforzamos por hablarles y actuar con respeto y empatía, ellos también lo harán. Y, al final, eso es lo que queremos.

¿Tu cascabel sigue sonando?

Magia e ilusión. Estas son las dos palabras que aparecen en mi mente cuando pienso en la Navidad, en estos días de familia, regalos y alegría.

Todavía me emociono al recordar lo nerviosa que estaba yo de pequeña, desde el día 20 o 21 de diciembre que terminaba el cole, porque pronto llegaría Papá Noel y mis queridísimos Melchor, Gaspar y Baltasar. En mi casa cumplíamos con todas las tradiciones (y muchas de ellas las seguimos cumpliendo): montar el árbol de Navidad y el pesebre en el puente de la Purísima, ir a Santa Llúcia a comprar figuritas nuevas para el pesebre, hacernos la foto de rigor con el paje de los Reyes Magos del Corte Inglés, ir a ver las luces de las calles de Barcelona decoradas por Navidad, ir adelantando cada día un poquito a los Reyes en el pesebre para que se fueran acercando al portal de Belén, abrir cada día una ventanita del calendario de Adviento durante todo el mes de diciembre, ir a la Cabalgata de Reyes a la calle Pelayo a entregar nuestra carta sin importarnos que hubiera tantísima gente, dejar comida para sus Majestades y, por supuesto, para los camellos… y un larguísimo etcétera. Sí, en mi familia siempre hemos vivido con muchísima ilusión estas fiestas, nos encantan los villancicos y las lucecitas de colores y disfrutamos pasando estos días tan especiales todos juntos.

La verdad es que he tenido mucha suerte. Mis padres nos transmitieron a mi hermana y a mí que esta ilusión no la podemos perder nunca porque es algo maravilloso y que, aunque ya no seamos niñas, debemos mantenerla. Una forma de mantener esta magia será copiando lo que ellos hicieron, que me encantaba y me sigue encantando. Quiero copiar lo de dejar unos pocos trocitos de turrón en los platos para que vean que Melchor, Gaspar y Baltasar se han terminado casi todo lo que les hemos dejado; o lo de vaciar todo el bol de agua porque los camellos están sedientos tras recorrer todo el mundo en una sola noche. También me gustaría seguir con la tradición de ir recopilando catálogos de juguetes de diferentes jugueterías durante los meses de noviembre y diciembre y pasar una tarde (o varias) con mis hijos marcando los juguetes que se piden. Y, por supuesto, lo que seguro que copiaré será la respuesta cuando, de aquí a unos años, mis hijos me pregunten mami, ¿es verdad que los Reyes y Papá Noel son los padres? La respuesta de los míos empezó con una pregunta: ¿tú qué crees? Yo les respondí: ¡creo que sí que existen! A lo que ellos añadieron: los Reyes y Papá Noel son mágicos. Si tú sigues creyendo en ellos, seguirán siendo mágicos toda la vida. Gran respuesta que nos marcó mucho. Te aseguro que mi hermana y yo seguimos durmiendo nerviosas y con maripositas en el estómago todos los 5 de enero, deseando que llegue la mañana para ir corriendo al salón y poder empezar a abrir los regalos.

Como ves, toda la vida me ha encantado esta época del año. Desde que empecé a tener algo de dinero para comprar regalitos, con quince o dieciséis años, disfruto muchísimo pensando qué regalo le puede hacer ilusión a cada miembro de mi familia, doy mil vueltas para encontrar la mejor opción, llego a casa cargada de bolsas y de rollos de papel de envolver… Algunos quizás pueden pensar que es consumismo pero te aseguro que no. Es ilusión. Consumismo sería comprar compulsivamente, gastando sin pensar, pero ese no es mi caso. Intento comprar en tiendas del barrio, cada vez regalo más experiencias y menos cosas materiales y, sobre todo, compro con ilusión.

El año pasado las navidades fueron súper especiales porque fueron las primeras con Bruno. Cierto es que, con diez meses, todavía no era consciente de Papá Noel, los Reyes, etc, pero lo disfrutamos mucho igualmente. Participó en poner las bolas del árbol, en romper unas cuantas y, por supuesto, le llevamos a la Cabalgata de la calle Pelayo (siguiendo la tradición familiar) y alucinó con tantas luces, música, caballos, etc. Este año ya es mucho más consciente, ya nos ha ayudado a montar el pesebre sin romper ninguna figurita, se para a mirar los “pajes” de Papá Noel que ve por la calle, sabe el nombre de los tres Reyes… Me encanta, ¡disfruto tanto alimentando su ilusión! Y sé que, de ahora en adelante, cada año será aún más especial, porque lo irá viviendo cada vez más.

Para terminar con este post tan personal, me gustaría darte una recomendación: la película de Polar Express. La intento ver cada año por estas fechas. Me encanta porque transmite exactamente lo que comentaba antes de no perder la ilusión aunque dejemos de ser niños. Cuando Billy  agita el cascabel de Papá Noel, no suena, porque no cree en la Navidad. En cambio, al final de la peli, cuando ha estado en el Polo Norte con Papá Noel y todos sus ayudantes y ha recuperado la ilusión por la Navidad, entonces el cascabel le suena súper fuerte. Si no la has visto, te la recomiendo. Los dibujos son maravillosos y, la música, aún mejor. Recuerdo perfectamente que la fuimos a ver al cine con mis padres y mi hermana y, cuando salimos, mi padre (que es el más “friki de la Navidad” de toda la familia) nos dijo: quiero que vuestro cascabel suene siempre, tengáis la edad que tengáis. Ese año, uno de los regalos que nos trajo Papá Noel fue un cascabel, que yo aún guardo en el cajón de mi mesita de noche. Cuando lo agito, suena fuerte y su tintineo me encanta. Estoy segura de que siempre sonará porque la semilla de la ilusión que plantaron mis padres nunca dejará de crecer.

Y tú, ¿cómo aprendes? Nosotros, jugando.

Quería que el post de hoy resolviera un tipo de dudas que algunas mamás nos preguntan de vez en cuando. ¿Cómo puede ser que mi hijo mayor se aprendiera las tablas de multiplicar de memoria y con el pequeño no hay manera? O ¿Por qué a ella no se le da bien hacer trabajos en grupo?

Para resolver estas dudas con un poco de fundamento me he tenido que documentar bastante. He estado varios días leyendo artículos de psicología, pedagogía y didáctica sobre cómo aprendemos, qué aspectos influyen en el aprendizaje, etc.

Así que, primero, te voy a hacer una introducción un poco teórica de los diferentes tipos de aprendizaje que existen y después pasaremos a la parte más práctica.

Pues bien, hay trece tipos de aprendizaje: aprendizaje implícito, aprendizaje explícito, aprendizaje asociativo, aprendizaje no asociativo, aprendizaje significativo, aprendizaje cooperativo, aprendizaje colaborativo, aprendizaje emocional, aprendizaje observacional, aprendizaje experiencial, aprendizaje por descubrimiento, aprendizaje memorístico, y aprendizaje receptivo.

No los voy a explicar todos, porque entonces el post sería larguísimo y demasiado técnico, pero sí que me gustaría dejarte la fuente que he utilizado para informarme (lo explica de forma bastante sencilla y clara). Es la web de psicología https://psicologiaymente.net/desarrollo/tipos-de-aprendizaje.

Voy a destacar tres tipos de aprendizaje que considero importantísimos y que me gustaría que los profesores tuvieran muy en cuenta a la hora de enseñar un idioma (o, en realidad, cualquier otra cosa): el aprendizaje implícito (el que no es intencionado, porque la persona que aprende no es consciente sobre qué aprende, lo hace sin darse cuenta); el aprendizaje emocional (la persona aprende porque está motivada, porque le hace ilusión, porque le interesa lo que le están explicando); aprendizaje observacional (la persona que aprende lo hace observando e imitando al que le enseña, que generalmente es el profesor). Para mí, un buen aprendizaje debería combinar estos tres.

Ahora, pasemos a la parte más práctica. Si un niño o una niña aprende inglés sin darse cuenta, porque le encanta e imitando el acento y entonación de su profesora, es un éxito. Es un éxito porque, para el resto de su vida, el inglés será siempre algo divertido, motivante e interesante. Sabemos que, si lo aprende así, en seguida lo hablará fluidamente o no le costará demasiado recordar las palabras nuevas que vaya aprendiendo. Para nosotras es un orgullo ver a los alumnos cómo se motivan por aprender inglés. Recuerdo que, cuando este proyecto comenzó, nos encontramos con niños mayores (7-8 años) que, a causa de haber tenido una experiencia negativa con el inglés de pequeños, le tenían manía, era muy complicado motivarlos y, por tanto, muy difícil que aprendiesen. Fue un reto para nosotras darle la vuelta a la situación, pero quedó comprobadísimo que, si les ayudábamos a aprender a través de sus propios intereses, era más fácil cambiar su visión acerca del inglés.

Ay, que me voy por las ramas… Si intento responder a las dudas con las que empezaba este post, diría a las mamás que, efectivamente, cada niño tiene una manera de aprender. El niño al que le cuesta aprenderse las tablas de multiplicar, quizás no tiene tanta facilidad para el aprendizaje memorístico y la niña que tiene dificultades para hacer trabajos en grupo, seguramente no ha desarrollado el aprendizaje cooperativo. No pasa nada, tendrán otras formas de aprender exactamente igual de aceptables. Siempre se ha dicho que Cada maestrillo tiene su librillo, pero es que cada alumno también tiene su propio estilo de aprendizaje.

Un niño (y un adulto) puede combinar diferentes estilos de aprendizaje. Lo importante es que, como madre, padre o como profesor, te des cuenta de cuál es el estilo de aprendizaje de cada niño para, de esta manera, ser capaz de ayudarle a aprender y que no pierda la motivación.

Motivación. Gran palabra clave. En mi opinión, es el fundamento de cualquier aprendizaje, también del aprendizaje del inglés.

Para terminar, me gustaría compartir contigo una reflexión. Seguro que recordarás al típico profesor que “pegaba el rollo” sin tener en cuenta si a los alumnos nos interesaba lo que estaba explicando o cómo lo estaba explicando. Y también recordarás al profesor ese tan genial y adorado que nos hacía enamorarnos de algún tema o de alguna asignatura. Qué maneras tan diferentes de enseñar, ¿verdad?

Y quizás ahora te estarás preguntando: ¿y esto qué tiene que ver con aprender un idioma? Pues tiene mucho que ver, porque, por suerte, en las clases de inglés (francés o alemán) cada vez estamos más lejos de las clases magistrales, los alumnos escuchando durante una hora o más al profesor, repitiendo su entonación y apuntando en la agenda los deberes que tienen que hacer en casa para la semana siguiente. Cada vez más, las clases son participativas, activas, divertidas… motivadoras para los niños (y para los no tan niños).

¡Qué pasada que un niño aprenda las frutas y verduras jugando a saltar encima de ellas! Es un juego que hemos empezado a hacer en Nature y que está funcionando súper bien. En ningún momento les hemos hecho repetir el nombre de las cuatro frutas y de las cuatro verduras que tienen que aprender este trimestre, ¡lo han hecho ellos solos porque querían jugar! Con un papel de embalar en el suelo lleno de frutas dibujadas, cada niño tiene que decir el nombre de una fruta o verdura para poder saltar encima de ella y llegar hasta el final del camino. ¿No te parece genial? Pues éste es un simple ejemplo de muchos otros que podríamos citar para referirnos a diferentes formas de aprender.

¿Estás bien? Pues tus hijos, también

Últimamente, cuando me pongo a escribir un post, me sale hacer referencia a mis gurús, a las personas que me inspiran, a los que yo llamo “mis guías espirituales”. Hace unas semanas os hablé de Victor Küppers, que me encanta. Otra de las personas que más me inspiradora últimamente es Lucía Galán, más conocida como “Lucía mi pediatra”.

Es una pediatra asturiana que vive y ejerce en Alicante, mamá de dos hijos, que escribe y da conferencias sobre crianza, compaginar el trabajo con la educación de nuestros hijos, encontrar tiempo para nosotras…

Hace algunas semanas, un sábado por la mañana, tuve la oportunidad de ir a escucharla al auditorio del colegio de Los Corazonistas. “Educar desde la tranquilidad”. Qué gran título para la conferencia. Cuando lo leí, ya quise comprar la entrada.

En la conferencia hablaba de cosas muy diversas: el postparto, las enfermedades más comunes que pueden tener los niños, cómo dedicarles tiempo de calidad, etc. Escuchar a Lucía me transmitió mucha tranquilidad y me ayudó a entender que los padres somos los referentes más importantes de nuestros hijos y que, lo que nos ocurre a nosotros, les afecta a ellos. Si estamos tranquilos e intentamos no vivir ahogados en las prisas y en el ritmo de vida frenético, nuestros hijos lo agradecerán. Muchísimo.

Al salir de la conferencia, me compré el segundo libro que ha escrito Lucía, Eres una madre maravillosa. Casi me lo he terminado y he marcado varias páginas para copiarme frases suyas que me gustan y que me quiero copiar para irlas releyendo de vez en cuando. Una de mis preferidas la voy a compartir contigo, a ver si te puedo transmitir la tranquilidad que sentí yo al leerla.

Y aprendí. Aprendí a no juzgarme. A no ser tan dura conmigo misma. Aprendí de mis errores, descubrí cómo potenciar mis fortalezas y cómo trabajar y mejorar mis debilidades. Así que, la próxima vez que la culpa sobrevuele tu cabeza, que intente amargarte la vida y oscurecer el espejo donde cada mañana se miran tus hijos, repítete: Aun con toda mi montaña de defectos, soy una madre maravillosa”.

Genial. Absolutamente genial. La tengo muy presente porque llevo varias semanas trabajando muchísimo. Dejo a Bruno en la guardería a las nueve de la mañana y muchos días llego a casa tarde, sobre las siete o siete y media de la tarde. Son muchas horas, sí. Pero, ¿qué voy a hacer, sentirme mal por trabajar? No, de ninguna manera. Tengo la grandísima suerte de trabajar en algo que me apasiona, a lo que no me importa dedicar muchas horas, así que tengo que aprovecharlo. Evidentemente, elegí ser mamá para dedicarme a mi hijo lo máximo posible, pero no por compaginarlo con el trabajo tengo que sentirme mal.

A veces es difícil, porque estoy trabajando y pensando en qué estará haciendo él, pero he aprendido a verlo de manera positiva. En la guardería está encantadísimo, disfruta mucho. Después, una tarde está con su papá, otra con su abuela, otra con su abuelo y dos conmigo. ¡No me puedo quejar!

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Además, me he dado cuenta de que es cierto lo del “tiempo de calidad”. Parece que sea una moda de esta sociedad en la que las mamás y los papás no tenemos demasiado tiempo, pero creo que es verdad. He comprobado que es mejor tiempo de calidad que cantidad de tiempo.

Es mágico llegar a casa, dejar el móvil en silencio, estirarme con mi hijo en el suelo y contarle cuentos. Le encanta. Le encanta y me encanta. Después, cuando se cansa, me pongo a tocar la guitarra y cantamos los dos juntos. Le encanta. Le encanta y me encanta. Luego a la bañera con calma, le doy la cenita tranquilamente, y a dormir. Con calma y tranquilidad. Felices porque hemos pasado la tarde juntos y ha sido súper divertido. Y muchos días llega su papá y podemos estar un rato los tres. Todavía mejor.

Con esto quiero decir que me he dado cuenta de que, si otro día de esa semana llego más tarde y no puedo explicarle cuentos, no pasa nada. Los días que pueda, lo haré. Antes, me sentía mal porque tengo amigas que salen de trabajar a las dos y pasan todas las tardes con sus hijos. Ahora ya no, en gran parte gracias a la conferencia de Lucía y a su segundo libro. Te lo recomiendo.

Otro aspecto importante que a muchos nos cuesta es dedicarnos tiempo a nosotros mismos e invertir tiempo en nuestra pareja. ¡Es tan importante! Así, estaremos más descansados y felices para dedicarles tiempo de calidad a nuestros hijos. No hacen falta grandes cosas. Yo mañana, por ejemplo, me tomo la mañana libre, hago un pequeño “parón” después de estas tres semanas tan frenéticas, y me voy a un SPA en el centro de Barcelona, me harán un masajito y luego me iré a comer tranquilamente con mi marido. ¿Es malo hacer esto porque, mientras tanto, nuestro hijo estará en la guardería? ¡Pues claro que no! Cuando le vayamos a buscar, estaremos tan relajados y contentos, que nos hará muchísima ilusión pasar toda la tarde jugando con él, explicándole cuentos o cantando.

Si nosotros estamos bien, nuestros hijos también lo estarán.

V = (C+H) x A

Me encantaría enseñarles a mis hijos esto: “Lo más importante es que lo más importante de la vida sea lo más importante”. Esta frase tan genial no es mía, es de Victor Küppers. Supongo que ya lo conocerás. Si no lo conoces, te animo a que lo busques en Google y veas algunos de sus muchos vídeos. Lo recomiendo siempre, porque a mí me cambió la forma de ver la vida y de tomarme las cosas.

Pensando en lo que quería escribir esta semana sobre “Educar en las emociones”, creí que la psicología positiva era un tema muy interesante y, a mi parecer, necesario. En general, pensamos mucho en que nuestros hijos estudien, que el día de mañana vayan a la universidad, que estén bien formados… Por supuesto, estos aspectos son importantes pero, ¿y su actitud ante la vida? ¿Y su manera de afrontar las cosas buenas y las cosas malas? Siguiendo con mi ídolo Küppers, te voy a explicar la fórmula que él utiliza: V = (c+h) x a

V= valor (lo que vale una persona) / c= conocimientos / h= habilidades / a= actitud. Vemos que los conocimientos y habilidades suman valor a una persona. En cambio, la actitud multiplica. Totalmente cierto, ¿verdad? Esto es lo que quiero transmitirle a Bruno y a mis “niños de WonderFUN”, que la actitud, multiplica. Que si vivimos con pasión y entusiasmo, la vida es maravillosa. Y no quiero hacer ninguna demagogia, sino que defiendo firmemente la psicología positiva. Estoy convencida de que si aprendemos desde pequeñitos a ser agradecidos y a valorar lo que tenemos, es mucho más fácil. Cuanto antes interioricemos buenos hábitos como estos, muchísimo mejor. Porque no olvidemos que la alegría se trabaja, no tiene por qué venirnos de forma innata. ¡Enseñémosles! Cuando alguien te pregunte: “¿qué tal estás?” no respondas “Pfff, bueno… ¡tirando!”. ¿Qué transmitirás a tus hijos así? Que la vida es difícil, complicada, que tenemos que luchar… bla bla bla. Sí que habrá momentos no tan buenos, ¡pero disfrutemos a tope los que sí que lo son, que son muchos!

Otro aspecto que se trata muy a fondo en la psicología positiva es que hagamos lo que nos apasione. Es muy famosa la frase de Confucio que dice “Elige un trabajo que te apasione y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. ¡Me da un subidón leerla! A mí me pasó. Yo soy traductora, intérprete de conferencias, estuve varios años trabajando en ese mundillo tan frenético, de timings súper ajustados, con prisas, tratando con empresarios, siempre con adultos… Hasta que un día decidí que los idiomas me encantaban, pero también (y todavía más) los niños. Cada día me emociona pensar lo afortunada que soy por trabajar en lo que me apasiona, porque estoy viviendo mi sueño y, trabajar así, es algo increíble. Por eso la pasión y la ilusión también son dos valores que quiero transmitirles a mis hijos.

Si ya lees nuestro blog desde hace un tiempo, te habrás dado cuenta de que me gustan bastante las listas, enumerar cosas que me parecen importantes. Esta semana no va a ser menos, por eso te voy a regalar una lista de cosas sencillas que puedes enseñar a tus hijos. Está inspirada en los consejos de Küppers:

  1. Sonríe.
  2. Utiliza las palabras “por favor” y “gracias”.
  3. Dile a los demás cuánto les quieres y dedícales tiempo.
  4. Acepta a los demás tal y como son. No intentes cambiarlos y valora todo lo bueno que tienen, que es mucho.
  5. Saluda con alegría a todas las personas. A todas, conocidas y desconocidas.
  6. Escucha a los demás. Preocúpate por ellos. Pregúntales por sus cosas.
  7. Ayuda a los demás siempre que puedas. Si lo piensas, puedes siempre.
  8. Anima y levanta el ánimo a las personas que lo necesitan.
  9. Ten detalles y sorpresas con los demás.
  10. No te quejes, haz algo para mejorarlo.
  11. Pasea por la naturaleza.
  12. Relativiza los problemas. Sólo cuatro son graves.
  13. Genera paz y armonía a tu alrededor. No quieras tener siempre razón o que se haga lo que tú quieres.
  14. Pide perdón cuando te equivoques.

Catorce puntos muy fáciles pero muy difíciles, ¿verdad? Ojalá todos pudiéramos cumplir la mitad. ¡Ya sería un éxito!

Para terminar, una reflexión de este grandísimo gurú de la psicología positiva que, una vez más, te animo a seguir. La he intentado adaptar y escribir a mi manera, pero me sigue gustando muchísimo más la suya, por eso la copio tal cual. Que la disfrutes:

Vivimos en la sociedad del escaparate, en la que cuenta mas parecer que ser; la sociedad del aparentar, del figurar, del exhibir. Es el reino de lo ficticio, del envoltorio, de Instagram, es una carrera sin tregua que nos intenta arrastrar a todos, nos desgasta, nos desequilibra. La sociedad actual ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muchas dificultades para generar felicidad y alegría interior, que es lo que, en el fondo, todos buscamos. Porque todos queremos encontrar sentido a nuestras vidas; en el fondo de cada uno de nosotros existe el anhelo de vivir una vida de grandeza, de dejar huella, de aportar algo, de tener una vida con sentido. Y eso hay que buscarlo en el silencio, apartándose un poco de la sociedad, que lo es del ruido. En un entorno como el actual, que no vamos a cambiar y que se caracteriza por la rapidez y el estrés, es responsabilidad de cada uno de nosotros reivindicar momentos para la pausa, buscar espacios para la reflexión. Sin silencio nuestras vidas se ven invadidas por lo urgente, por lo superficial, sin tiempo para lo importante. Sin silencio olvidamos lo que es prioritario en nuestras vidas y nos dispersamos en mil cosas intrascendentes. Sin parar a pensar, sin parar a reflexionar, pasamos por la vida pero no la vivimos en profundidad. El tiempo y el esfuerzo que muchas personas invierten en acumular y mantener riquezas externas o materiales, corriendo como pollos sin cabeza, deja muy pocas oportunidades para cultivar la riqueza interior con cualidades como la bondad, la compasión, la amabilidad, la paciencia, la tolerancia, la humildad y la generosidad, que son las cualidades más importantes que podemos tener como padres, parejas, amigos y profesionales.

 

¿Es malo estar triste, mamá?

Hace unos días, en mi ratito de lectura diaria, llegó a mis manos un artículo que me encantó y que me inspiró mucho para escribir sobre cómo trabajar las emociones con nuestros hijos en casa. El artículo explicaba cómo ayudarles a expresarlas, tanto si son positivas como negativas. Una herramienta que está siendo un éxito en muchas familias es “El botiquín de las emociones”. Se trata de un botiquín que podemos usar tanto los adultos como los niños y que ayuda a curar las “heridas internas”, calmar el malestar emocional y a transformar cualquier mal momento en alegría.

El primer paso es que construyas el botiquín con tus hijos, para que se impliquen en hacerlo y entiendan para qué sirve cada uno de los objetos que hay dentro de él. Podéis forrar una caja de cartón con papel de seda de colores o con goma eva y hacer separadores en el interior de la caja para que cada objeto vaya en su sitio.

Una vez lo tengáis preparado, deberíais dejar el botiquín en un sitio visible de la casa para que los niños (y los adultos) podáis acceder a él fácilmente.

El funcionamiento es el siguiente: un adulto puede curar a un niño y un niño puede curar a otro niño o a un adulto, o incluso curarse a sí mismo. Lo primero que tenemos que hacer es preguntar al “paciente” qué le pasa, que problema tiene, qué emoción necesita tratar. Después, le daremos un diagnóstico y, finalmente, le recetaremos lo que consideremos más oportuno. De esta forma, el niño aprende a ponerse en el lugar de los demás, a intentar entender lo que nos pasa, aprende a empatizar. También empieza a saber qué siente con cada emoción, cuáles le hacen sentir bien o mal, etc.

Al principio puede ser un poco complicado que sepan usarlo ellos solos pero, con tu ayuda,  poco a poco tus hijos irán aprendiendo qué objeto necesitan y cuál les funciona mejor según lo que sientan.

¿Qué ha de tener el “Botiquín de las emociones”?

  • Tiritas pegabesitos: tiritas de colores o con dibujos. Hay que tener muchas, porque curan la mayoría de los males y se usan casi cada día.
  • Pedorretas lanzarrisas: son un remedio genial cuando estamos tristes. Las puedes comprar en una tienda de bromas.Resultado de imagen de whoopee cushion
  • Gasas abrazadoras: tienen que ser largas para que podamos abrazar bien al paciente. Cuanto peor se sienta, más grande ha de ser el trozo de gasa.
  • Toalla recogelágrimas: cualquier toalla de manos puede servir, pero son muy chulas las toallas compactas con dibujos, porque ocupan poco y así podemos tener varias dentro del botiquín.
  • Cojín quitapenas: si es de colores alegres o con alguna frase motivadora, mejor. Sirve para abrazarlo y que las penas desaparezcan.
  • Vaporizador antimiedos: sólo necesitas un vaporizador y un poquito de colonia diluida en agua. Puedes pegarle el dibujo de un monstruo para que los niños sepan que, si vaporizan ese spray, los miedos desaparecen. Si tu hijo tiene miedo por la noche, se lo puede llevar a la cama, por si necesita vaporizar en algún momento por la noche.
  • Caramelos curangustia: son el complemento perfecto para la toalla recogelágrimas, porque suelen eliminar el llanto del todo. Te aconsejo que tengas bastantes en un botecito dentro del botiquín, porque nunca se sabe cuándo harán falta.

  • Pelota antirrábica: ideal para tratar el estrés, el enfado o la rabia. Puedes lanzarla contra el suelo para deshacerte de estas malas sensaciones. Tiene que ser una pelota de goma de esas que botan mucho. Cuanto más alto bote, mejor se sentirá el paciente.
  • Tarro de la calma: es el complemento perfecto que se puede usar después de la pelota antirrábica. Una vez el paciente ha conseguido calmarse, puede ponerse a contemplar el tarro de la calma. Simplemente tienes que coger un bote con tapa que cierre bien (mejor que sea de plástico, para que no se rompa si se cae al suelo) y llenarlo de agua, purpurina y tres o cuatro gotitas de colorante del color que te guste. Así, cuando tu hijo (o tú) necesitáis tranquilizaros, sólo tenéis que agitar el bote y ver como cae la purpurina y se mezcla con el líquido de color.

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  • Como parte opcional, puedes añadir un fonendoscopio y una bata de médico, para que tus hijos se lo pongan cada vez que tengan que curar una emoción y entren en el papel más fácilmente.

Esto es todo. Cuando lo leí, me pareció un recurso súper chulo, tanto para tenerlo en casa como en la clase. Es una herramienta muy accesible y atractiva para los peques, que les ayudará muchísimo a saber identificar lo que les pasa y a “autocurarse”. De esta forma, podrán conocerse bien e ir canalizando las emociones de manera positiva. Y, sobre todo, entenderán que estar enfadado, triste o tener miedo no es malo, sino que son emociones y sentimientos que existen, que irán sintiendo a lo largo de toda su vida y que es importante que sepan gestionar.

Como dice el gurú Daniel Goleman, la inteligencia emocional es “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, así como los ajenos, de motivarnos y de saber manejar las emociones”. Tal cual. Está en nuestras manos, como papás y mamás, ayudar a nuestros hijos a identificar sus problemas, entender lo que les pasa, y saber solucionarlo. Si lo necesitan, les prestaremos ayuda y, poco a poco, ellos solitos sabrán hacerlo.