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¿Realmente vale la pena seguir aprendiendo inglés?

La semana pasada estuve hablando con el papá de unas alumnas nuestras cuando las vino a buscar. Me comentó que ese día había tenido una reunión con un cliente extranjero por Skype y que había usado el traductor simultáneo que tiene este programa. :O What?? Después, me dijo que había invertido mucho dinero en que sus hijas aprendieran inglés desde pequeñas contratando a una canguro en inglés, viniendo aquí cada semana desde los tres años, etc. Su pregunta, al final de nuestra conversación, fue: ¿Realmente vale la pena que mis hijas aprendan inglés? Total, cuando sean mayores, seguro que las máquinas traducirán simultáneamente cualquier idioma y ya no necesitarán saberlo…

Cuánto me hizo reflexionar esa conversación de diez minutos. Mucho.

Al día siguiente, lo primero que hice fue investigar acerca del traductor simultáneo de Skype, porque no tenía ni idea de que existía. Efectivamente, Skype Translator es un traductor incorporado a la aplicación que permite traducir las conversaciones a tiempo real. De hecho, Skype Translator traduce desde y hacia el inglés, por supuesto, y a otros nueve idiomas más. El último que se añadió, en abril de este año, fue el japonés. Increíble, ¿no? No es que se prevea  que esto ocurrirá en el año 2030, sino que ya es una realidad hoy, a finales del año 2017.

Estuve un par de horas leyendo artículos sobre diferentes aplicaciones y herramientas que, efectivamente, traducen conversaciones a tiempo real, traducen textos mientras se están escribiendo… Es evidente que la tecnología se está desarrollando a pasos agigantados y que, en pocos años, ha evolucionado de una forma increíble. Sin embargo, creo que también es evidente que aprender un idioma no sólo es ser capaz de traducir una conversación, sino también poder comunicarnos cuando vamos a otro país, conocer nuevas culturas y enriquecernos de ellas. Aprender un idioma extranjero te aporta mucho más que simplemente la capacidad de comunicarte, es una puerta a conocer otras culturas y otras formas de ver el mundo.

Por otro lado, me intenté imaginar cómo sería el futuro cercano, dentro de cinco o diez años. ¿Es el progreso de la inteligencia artificial el fin de la inteligencia humana? No lo creo. Aunque las máquinas, ordenadores o robots cada vez sabrán hacer más cosas y seguramente mejor que los humanos, ¿no querremos estudiar ni aprender nada porque ellos lo harán todo mejor que nosotros?, ¿nos volveremos tontos y pasivos? No lo creo y, sinceramente, espero que no sea así. Por muchos avances tecnológicos que haya en los próximos años, la inteligencia humana no se va a frenar. Porque las personas somos seres emocionales, creativos, con sentimientos, capaces de decidir. En cambio, la inteligencia artificial, aunque esté cada vez más cerca de parecerse a la humana, se ha creado basándose en ésta y sus funciones han sido creadas precisamente por un programador.

Dejando a un lado el futuro y lo que pueda ocurrir, ahora hablaré de las traducciones automáticas versus las traducciones humanas. Por mi formación profesional (durante varios años fui intérprete simultánea de conferencias de inglés, francés e italiano), me cuesta imaginarme que un ordenador o un robot podrá hablar igual de fluidamente o traducir simultáneamente igual de bien que un humano. Los giros de significado, las bromas, las connotaciones de cada idioma son muy difíciles de traducir automáticamente por una máquina. Siguiendo en esta línea, me ha venido a la cabeza una frase mítica que nos repetían mucho en la carrera de Traducción: non verbum de verbo, sed sensum exprimere de sensu. Es de Cicerón, uno de los más grandes poetas romanos. La frase dice que una traducción no debe expresar la palabra correspondiente a cada palabra, sino el sentido correspondiente a cada sentido. El sentido es lo más difícil de traducir y, por tanto, más difícil que lo haga una máquina. Evidentemente, no voy a negar que cada vez lo hacen mejor, pero creo firmemente que todavía no lo hacen igual que un ser humano. Además, por muy útiles que sean los traductores virtuales, si hay algo de lo que carecen, es de sentimientos. Por eso, aunque sean un complemento súper útil, nunca podrán reemplazar el tú a tú de una conversación real entre seres humanos.

Volviendo a la conversación que tuve la semana pasada con el papá, sigo convencida de que, por muchos avances tecnológicos que haya respecto a los idiomas y a los traductores automáticos, para participar en el mundo globalizado de este siglo en el que estamos viviendo, es necesario hablar inglés o, como mínimo (muy muy mínimo), entenderlo y defenderse para salir del paso en una conversación básica. Desde las famosísimas series de Netflix, hasta los memes de Internet o muchas aplicaciones para los móviles, todo es en inglés. El predominio lingüístico de este idioma es más que evidente.

Para terminar, me gustaría destacar también que hay algo inherentemente atractivo en el aprendizaje de un idioma nuevo, ya sea el inglés o cualquier otro. La sensación de poder comunicarte sin problemas en otros idiomas que no son el tuyo, para mí es indescriptible. El subidón cuando te das cuenta de que puedes viajar sin ninguna barrera porque eres capaz de hablar y entender perfectamente también es indescriptible. Como veis, se nota que soy traductora e intérprete de formación, pero es que realmente pienso que no puede haber nada negativo ni inútil en el hecho de aprender un idioma nuevo (o dos, o tres, o cuatro, o cinco).

¿Con todo esto quiero decir? Pues que está claro que la tecnología está aquí para quedarse y para ayudarnos en nuestro día a día. Por supuesto, no la dejaría nunca de lado. Sin embargo, las personas tenemos que seguir aprendiendo, seguir formándonos en lo que nos guste y seguir sabiendo hacer cosas por nosotros mismos. Eso sí, usando la tecnología para crecer, evolucionar y comunicarnos en este mundo tan global en el que nos ha tocado vivir.

Y tú, ¿cómo aprendes? Nosotros, jugando.

Quería que el post de hoy resolviera un tipo de dudas que algunas mamás nos preguntan de vez en cuando. ¿Cómo puede ser que mi hijo mayor se aprendiera las tablas de multiplicar de memoria y con el pequeño no hay manera? O ¿Por qué a ella no se le da bien hacer trabajos en grupo?

Para resolver estas dudas con un poco de fundamento me he tenido que documentar bastante. He estado varios días leyendo artículos de psicología, pedagogía y didáctica sobre cómo aprendemos, qué aspectos influyen en el aprendizaje, etc.

Así que, primero, te voy a hacer una introducción un poco teórica de los diferentes tipos de aprendizaje que existen y después pasaremos a la parte más práctica.

Pues bien, hay trece tipos de aprendizaje: aprendizaje implícito, aprendizaje explícito, aprendizaje asociativo, aprendizaje no asociativo, aprendizaje significativo, aprendizaje cooperativo, aprendizaje colaborativo, aprendizaje emocional, aprendizaje observacional, aprendizaje experiencial, aprendizaje por descubrimiento, aprendizaje memorístico, y aprendizaje receptivo.

No los voy a explicar todos, porque entonces el post sería larguísimo y demasiado técnico, pero sí que me gustaría dejarte la fuente que he utilizado para informarme (lo explica de forma bastante sencilla y clara). Es la web de psicología https://psicologiaymente.net/desarrollo/tipos-de-aprendizaje.

Voy a destacar tres tipos de aprendizaje que considero importantísimos y que me gustaría que los profesores tuvieran muy en cuenta a la hora de enseñar un idioma (o, en realidad, cualquier otra cosa): el aprendizaje implícito (el que no es intencionado, porque la persona que aprende no es consciente sobre qué aprende, lo hace sin darse cuenta); el aprendizaje emocional (la persona aprende porque está motivada, porque le hace ilusión, porque le interesa lo que le están explicando); aprendizaje observacional (la persona que aprende lo hace observando e imitando al que le enseña, que generalmente es el profesor). Para mí, un buen aprendizaje debería combinar estos tres.

Ahora, pasemos a la parte más práctica. Si un niño o una niña aprende inglés sin darse cuenta, porque le encanta e imitando el acento y entonación de su profesora, es un éxito. Es un éxito porque, para el resto de su vida, el inglés será siempre algo divertido, motivante e interesante. Sabemos que, si lo aprende así, en seguida lo hablará fluidamente o no le costará demasiado recordar las palabras nuevas que vaya aprendiendo. Para nosotras es un orgullo ver a los alumnos cómo se motivan por aprender inglés. Recuerdo que, cuando este proyecto comenzó, nos encontramos con niños mayores (7-8 años) que, a causa de haber tenido una experiencia negativa con el inglés de pequeños, le tenían manía, era muy complicado motivarlos y, por tanto, muy difícil que aprendiesen. Fue un reto para nosotras darle la vuelta a la situación, pero quedó comprobadísimo que, si les ayudábamos a aprender a través de sus propios intereses, era más fácil cambiar su visión acerca del inglés.

Ay, que me voy por las ramas… Si intento responder a las dudas con las que empezaba este post, diría a las mamás que, efectivamente, cada niño tiene una manera de aprender. El niño al que le cuesta aprenderse las tablas de multiplicar, quizás no tiene tanta facilidad para el aprendizaje memorístico y la niña que tiene dificultades para hacer trabajos en grupo, seguramente no ha desarrollado el aprendizaje cooperativo. No pasa nada, tendrán otras formas de aprender exactamente igual de aceptables. Siempre se ha dicho que Cada maestrillo tiene su librillo, pero es que cada alumno también tiene su propio estilo de aprendizaje.

Un niño (y un adulto) puede combinar diferentes estilos de aprendizaje. Lo importante es que, como madre, padre o como profesor, te des cuenta de cuál es el estilo de aprendizaje de cada niño para, de esta manera, ser capaz de ayudarle a aprender y que no pierda la motivación.

Motivación. Gran palabra clave. En mi opinión, es el fundamento de cualquier aprendizaje, también del aprendizaje del inglés.

Para terminar, me gustaría compartir contigo una reflexión. Seguro que recordarás al típico profesor que “pegaba el rollo” sin tener en cuenta si a los alumnos nos interesaba lo que estaba explicando o cómo lo estaba explicando. Y también recordarás al profesor ese tan genial y adorado que nos hacía enamorarnos de algún tema o de alguna asignatura. Qué maneras tan diferentes de enseñar, ¿verdad?

Y quizás ahora te estarás preguntando: ¿y esto qué tiene que ver con aprender un idioma? Pues tiene mucho que ver, porque, por suerte, en las clases de inglés (francés o alemán) cada vez estamos más lejos de las clases magistrales, los alumnos escuchando durante una hora o más al profesor, repitiendo su entonación y apuntando en la agenda los deberes que tienen que hacer en casa para la semana siguiente. Cada vez más, las clases son participativas, activas, divertidas… motivadoras para los niños (y para los no tan niños).

¡Qué pasada que un niño aprenda las frutas y verduras jugando a saltar encima de ellas! Es un juego que hemos empezado a hacer en Nature y que está funcionando súper bien. En ningún momento les hemos hecho repetir el nombre de las cuatro frutas y de las cuatro verduras que tienen que aprender este trimestre, ¡lo han hecho ellos solos porque querían jugar! Con un papel de embalar en el suelo lleno de frutas dibujadas, cada niño tiene que decir el nombre de una fruta o verdura para poder saltar encima de ella y llegar hasta el final del camino. ¿No te parece genial? Pues éste es un simple ejemplo de muchos otros que podríamos citar para referirnos a diferentes formas de aprender.

¡Todos a cantar!

La música es una forma de expresión que atrae a todo el mundo. Todos cantamos, absolutamente todos, aunque sea solamente cuando estamos solos debajo de la ducha. Por eso creo que la música es una herramienta excelente. Sirve para muchas cosas: para relajarnos, para activarnos, para concentrarnos, para divertirnos… y también puede servir para aprender un idioma.

El primer contacto para aprender un idioma nuevo es el auditivo. ¡Pues qué mejor manera que aprender cantando! Escuchando una canción puedes mejorar mucho tu pronunciación, aprender nuevas palabras en inglés o en cualquier otro idioma. Por supuesto, como digo siempre, la incorporación del nuevo idioma será mucho más fácil si somos niños. Por eso te animo a incorporar las canciones como parte importante del aprendizaje del inglés de tus hijos. Además, si cantáis juntos pasarás un rato divertido y entretenido con tus peques.

Seguro que te habrá pasado alguna vez que una canción se te mete en la cabeza y no hay manera de dejar de cantarla. Pues imagina lo que supondrá que una canción en inglés se le meta en la cabeza de tu hijo y la esté cantando y cantando sin parar. ¡Y verás lo contento que se pone cuando la entienda toda!

Aprovechando que, como yo, muchos empezaréis las vacaciones en breve (quizás algunos ya estaréis disfrutando de ellas), he pensado que seguramente tendréis ocasión de pasar más tiempo con vuestros hijos. Podéis dedicar una parte de ese “tiempo libre” a cantar y bailar con ellos. ¡Les encanta! También podéis grabar un CD para ponerlo en el coche mientras viajáis. Así evitaréis bastante el “¿Cuánto faltaaaa?”.

He hecho una recopilación de las diez canciones para niños que más me gustan y que creo que son útiles y sencillas para que tus peques empiecen a cantar en inglés. Te dejo el vídeo de youtube de cada una de ellas por si lo quieres ver con tus hijos. Si quieres grabarte un CD para llevártelo de vacaciones, te recomiendo www.listentoyoutube.com, una web en la que sólo copiando el enlace de youtube de la canción que quieras, te la convierte en un archivo de audio y así la puedes grabar fácilmente.

Aquí las tienes:

 

Habrás visto que las letras, en general, son muy sencillas y repetitivas, para que a los niños “se les enganche” la canción y la vayan cantando cada vez más. Lo que me parece más guay de la música y las canciones es que las podemos llevar con nosotros donde sea. Están disponibles en cualquier momento y en cualquier lugar: en la calle mientras paseamos, en el coche mientras viajamos, en casa… Es un juego que puede llegar a ser incluso una dinámica familiar. De hecho, en mi casa, lo era. Recuerdo que sólo subirnos al coche, mi hermana, mi madre y yo ya nos poníamos a cantar (mi padre escuchaba pacientemente mientras conducía). ¡Nos encantaba subir al coche e ir eligiendo, cada una cuando era su turno, la canción que queríamos cantar!.

¿Te animas a cantar con tus hijos? Ya verás, les enCANTARá y su pronunciación en inglés mejorará muchísimo.

Hablarlo… eso ya son palabras mayores

Hay una situación que me parece increíble cada vez que la vivo: a mis treinta años, tengo muchos amigos y conocidos de mi edad (o mayores) buscando trabajo o con intención de cambiar de trabajo para encontrar algo mejor. El gran desafío al que se enfrenta la mayoría de ellos son las entrevistas. ¿Por qué? Porque, muchas veces, son en inglés.

¡Qué miedo!, ¡Qué vergüenza! o ¡No me va a salir ni una palabra! son afirmaciones que me han dicho muchas veces compartiendo su nerviosismo el día antes de una entrevista. Y si es por Skype o por teléfono, todavía peor. No se sienten seguros al hablar este idioma en público. En general, las personas de mi generación nos sentimos capaces de escribirlo y entenderlo, pero hablarlo… eso ya son palabras mayores.

Reflexionando y documentándome sobre este tema, encontré un estudio que publicó Cambridge University Press el pasado mes de enero, que señala que el 44% de los españoles reconoce que su nivel de inglés es “bajo” o “muy bajo”. Somos uno de los países peor situados en el gráfico de toda la Unión Europea. Pero, ¿sabes lo que más me impactó cuando leí el estudio? Julio Redondas, director de comunicación de Cambridge University Press, explicaba que uno de los mayores obstáculos de los españoles es la vergüenza que tenemos a la hora de  hablar en inglés aunque, paradójicamente, el estudio asegura que “es el país que mejor sabe reírse de sí mismo. El hecho de que España se valore negativamente “no está relacionado directamente con la autoestima de los ciudadanos”. Según Redondas, el problema es que “sabemos más inglés del que creemos pero no confiamos en nuestra capacidad para hablarlo o escribirlo”.

A raíz de esto, me puse a pensar en los Parents Day, las actuaciones que hacemos para las familias al final de cada trimestre. ¡Qué buena oportunidad para exponerse a la situación de hablar en inglés en público! Afrontar esta situación desde pequeños, perder la vergüenza, superar esa inseguridad inicial… y aprender a hablar sin traducir desde el castellano o desde el catalán. La magia de aprender un idioma desde niño es justamente que, como sus redes neuronales se están desarrollando, aprendemos de forma natural y no traduciendo, como hacemos los adultos.

Me gustaría comparar la exposición de un adulto a hablar otra lengua en público (en una entrevista, reunión de trabajo, etc.) con la exposición de un niño. Por mi experiencia os puedo asegurar que he sido testigo de la gran diferencia que existe entre ambas. Un adulto puede haber hecho quince entrevistas en inglés y, cuando hace la número dieciséis, todavía sigue nervioso e inseguro. En cambio, un niño, cuando se expone a hablar en público en inglés desde pequeño, a la segunda o tercera vez, generalmente ya ha superado el “pánico escénico” y es capaz de hablar tranquilamente y seguro de sí mismo.

Además, cuando un niño aprende un idioma desde pequeño (con “pequeño” me refiero de 0 a 6 años), aprende a aprender un idioma. Valga la redundancia. Sí, la única manera de aprender es aprendiendo. Cuando se aprende inglés y francés, luego resulta más fácil aprender otra lengua porque la disciplina es la misma y el cerebro se acostumbra. Empezar de pequeño es el primer paso para ser un buen políglota.

Desde hace unos treinta años, el interés de muchos padres por que sus hijos vayan a la universidad y por que aprendan inglés está al mismo nivel. Entonces, mi pregunta es: ¿cómo es posible que muchos lo aprendan desde que tienen 3 años y luego no sean capaces de defenderse en una reunión de trabajo? Pues, en mi opinión, en gran parte es por culpa de la gran tendencia que hay (espero que cada vez menos) en España de aprender haciendo ejercicios en libros de texto y con profesores no bilingües.

Esta idea la explica muy bien y esquemáticamente Claudia Carter, una mamá inglesa que vive aquí desde hace años y que ha creado un método de enseñanza de inglés a bebés. Carter afirma que “El proceso a través del cual aprendemos nuestro idioma nativo sería, de manera esquemática, el siguiente: escuchar varias veces la misma palabra, reproducirla y perfeccionar la pronunciación; aprender a leer la palabra y aprender a escribir la palabra”. Sin embargo, señala que “en España los idiomas se enseñan al revés de cómo aprendemos nuestro primer idioma. Primero se aprende a escribir, luego a leer, luego a hablar y luego a escuchar. Cuando lo más importante de aprender un idioma es hacerse entender en él, nuestro sistema busca solamente poder entenderlo”.

Me encantaría que dejáramos de lado ya nuestra obsesión por los títulos oficiales y realmente aprendiéramos las lenguas extranjeras bien: haciendo actividades que nos gusten en estos idiomas e integrándolos en la vida diaria.

 

Quien es feliz, hará felices a los demás

Estamos a finales de mayo ya, ¡qué rápido pasa el tiempo! Esta vez me ha costado mucho decidir qué escribir. Un post debe ser personal y yo, personalmente, llevo unos días medio loca con tantas cosas. He de decir que hace un par de días, recordé algo que me sucedió hace justo un año y pensé: ¿un año ya?, creo que es la vez que más rápido he sentido que pasa el tiempo. A todas las personas que se lo comentaba, me decían: es la edad. Hmmm.

Pues yo no creo que sea sólo la edad. Este año he aprendido muchísimas cosas, hemos trabajado mucho para hacer este espacio cada vez mejor para nuestras familias. Los que nos conocéis, sabéis que nos encanta comenzar nuevos proyectos y, aunque eso implique el doble de trabajo, ¡estamos muy emocionadas! Un día hablando con María en el parque, mientras comíamos, llegamos a la conclusión de que somos muy felices, que nos encanta lo que hacemos y lo afortunadas que somos de sentirnos así. Sin embargo, esto no quita que en mayo nos estemos volviendo locas. Hay que cerrar el año escolar sin dejar de pensar en el próximo, actuaciones para los padres, casales, evaluaciones y… ¡mil cosas más! Por otro lado, los niños están especialmente cansados, han de preparar sus presentaciones de final de curso, exámenes y trabajos finales. Sus padres, seguramente, también estén cansados y ocupados decidiendo qué harán los niños durante el verano, organizando las vacaciones, etc.

Así que he decidido escribir sobre: ¿qué hacer para combatir este estrés pre-veraniego? Hábitos y consejos que a mí me funcionan y que intento seguir para ser feliz y no dejar que este estrés me afecte más de la cuenta. Para mí, lo más importante es que mis niños sean felices y tengo clarísimo que, si yo lo soy, ellos también. Por eso considero de vital importancia seguir estos consejos todos los días y no olvidar que quien es feliz, hará feliz a los demás.

... Happy Will Make Others Happy Too - Anne Frank #quote #happiness #happy

 

Una de las grandes enseñanzas de mi padre es que nuestras vidas son, sin duda alguna, nuestras decisiones. Así que decide ser feliz. Tengo una lista de choices que una vez saqué de un artículo que me gustó mucho y, que cuando estoy así así, la leo. Aquí, algunas de estas decisiones:

Decide desconectar. Aunque sea 10 minutos. Ayer me dejé el móvil aquí y por un momento pensé en volver a buscarlo, pero por pereza, no lo hice. Hoy me dan ganas de olvidármelo otra vez. ¡Estuve tan tranquila sin estar pendiente de notificaciones! Y, aunque es mi decisión estarlo mirando cada media hora, el hecho de saber que no lo tenía me dio una sensación de libertad extraña, cené tranquila, seguí con mi libro que tenía un poco abandonado y volví a reafirmar que las nuevas tecnologías nos quitan mucho tiempo que podemos dedicar a nosotros mismos.

Decide dormir. Ayer, también, dormí mejor. Con los años me doy cuenta de lo importante que es dormir. Te despiertas de mejor humor y con buena energía. Dormirse temprano a algunos cuesta, y mucho. Finalmente es nuestra decisión acostarnos a según qué hora…¿no?

Decide salir fuera y moverte. No hay nada que me haga más feliz que el clima estos días en Barcelona. Si pudiese firmar para tener este clima todo el año, lo haría. Estudios demuestran que tu estado de ánimo cambia positivamente después de estar 5 minutos haciendo ejercicio y…¡si es al aire libre, mejor! El otro día, una mamá me contaba que salió muy agobiada del trabajo, llegó a casa de mal humor y entonces decidió irse al parque con su marido y su hijo. Se subió a los columpios, disfrutó como una enana y su estado de ánimo, al poco tiempo, era otro. Normal.

Decide ser agradecido. Últimamente me encuentro mucho con esta palabra. Ya os comenté que en mi clase de yoga me repiten todos los días que seamos agradecidos con lo que tenemos. Realmente funciona darte cuenta y ser consciente de todas las cosas maravillosas que tienes a tu alrededor. La sonrisa de mis enanos, por ejemplo.

Decide tus batallas. Otra vez, pienso en mi padre. Él me enseñó que querer tener la razón siempre es una gran pérdida de tiempo y energía. “Si ella lo ve rojo y tú azul, qué más da” Esto no quiere decir que no defiendas tus ideales y tus valores, pero hay muchos disgustos que se pueden evitar no entrando en discusiones. Gran aprendizaje, me cuesta mucho pero lo intento.

Decide organizarte. A nosotras esto de organizarnos, ¡nos va muy bien! Pues en tu vida personal, es igual. Si te organizas y decides tus prioridades, te das cuenta de que tienes tiempo de hacer muchas más cosas que generalmente no haces y que son importantes para ti: hobbies, deporte, ocio, etc.

Decide terminar bien lo que empezaste. Básico. ¡Yo sé que este año lo terminaré muy bien!

Estoy muy contenta de haber aprendido tantas cosas y, a pesar de que a veces hay días malos y agobiantes, siempre recuerdo que es mi decisión hacer cosas buenas que me hagan sentir bien. Es una cadena que si empieza bien, seguro que terminará igual. No hay que olvidar que los hábitos comienzan con una simple decisión que se va repitiendo cada día.

Así que aquí termino mi post, espero que lo hayáis disfrutado mucho y que os sirva para combatir esos momentos de agobio que se presentan en esta vida, que a veces va muy de prisa.

 

 

 

Ellos son los que componen la melodía

Hace unos días, una amiga me envió un enlace de Youtube de un cortometraje llamado A cloudy lesson.

Son apenas dos minutos y, antes de leer este post, te recomiendo que lo veas, porque haré muchas referencias a él.

Cuando lo hayas visto, quizás pensarás: ¿y esto qué tiene que ver con aprender inglés? Pues creo que tiene mucho que ver. Sigue leyendo…

A mí, la moraleja principal que me transmitió esta pequeña historia es que enseñar es sinónimo de enriquecer, no de limitar. Enseñar algo a un niño siempre es algo positivo y bonito  (o debería serlo), porque le ayudará a abrir sus horizontes, a ir forjando su manera de pensar, a crecer. Lo mismo pasa (o tendría que pasar) con los idiomas. Aprender inglés, francés, alemán, chino o el que más te apetezca, enriquece.

Imagínate el cerebro como un mueble lleno de cajones con madejas de lana de colores dentro de cada cajón. Aprender un nuevo idioma permite que, en el cerebro de la persona que lo está aprendiendo, se abran cajones que hasta entonces estaban cerrados. Estos cajoncitos son: nueva fonética, nueva pronunciación, nuevas estructuras gramaticales, etc.

El gran lingüista Noam Chomsky, entre muchos otros, estudió a fondo este tema, el del aprendizaje de lenguas extranjeras. Y demostró que, estos cajones, si se empiezan a abrir cuando somos pequeños (de hecho, lo ideal es que sea antes de los 6 años), funcionan mucho mejor. Las juntas de metal están nuevas y no chirrían, la madera brilla y se desliza bien, las madejas de lana que hay dentro de cada cajón todavía están  enteras, no están deshilachadas o desteñidas… Cuando aprendemos un idioma de mayores, ya es diferente. Recuerdo cuando, en primero de carrera, estudié Lingüística, y nos enseñaron todas las variables que intervienen en el cerebro de una persona que aprende un idioma extranjero nuevo con más de 8 años: hay prejuicios, malos hábitos ya adquiridos en nuestro idioma materno que solemos aplicar a los nuevos idiomas que aprendemos, dificultad a la hora de pronunciar bien… y un larguísimo etcétera que no voy a escribir ahora, porque entonces este post se convertiría en algo demasiado técnico.

Así pues, creo que estarás de acuerdo en que, cuanto antes se aprenda un idioma, mejor.

Entonces, volviendo a la historia de A cloudy lesson, otra de las enseñanzas que extraje de ella es la importancia de transmitirles a los niños que aprender inglés o cualquier otro idioma puede ser divertido. Tu actitud es muy importante en el proceso de aprendizaje de tu hijo, en éste y en todos los aprendizajes de su vida, porque él se fija en ti y, generalmente, copia tu manera de actuar y de ver las cosas. Así pues, deberías transmitirle en todo momento positivismo, para que el niño vea que aprender un nuevo idioma es algo guay, interesante, y que se sienta privilegiado de poder hacerlo. Además, no olvidemos que a los niños les gusta aprender jugando, sin darse cuenta, mientras que las actividades aburridas se les dificultan y hacen que pierdan rápidamente el interés. Por lo que, tanto padres como profesores, deberíamos buscar métodos divertidos para motivar el aprendizaje del idioma, sin obligarles a memorizar ni a traducir, simplemente motivándoles y no cortándoles las ganas.

Para terminar, me gustaría compartir contigo las tres conclusiones que saqué del cortometraje:

  1. No existe una única forma de hacer las cosas ni una única manera correcta, cada uno tiene que experimentar por sí mismo y encontrar la estrategia con la que se sienta más cómodo y que respete mejor su personalidad. El papel de los padres, madres, educadores y profesores es ayudar y guiar a los niños y niñas para que lleguen a ser capaces de saber qué les funciona mejor según su manera de ser y de aprender.
  2. De los errores pueden nacer grandes cosas. Los errores son parte del proceso de aprendizaje, por lo que no debemos temerlos ni transmitirles a los niños una idea negativa sobre ellos. En vez de evitar y castigar los errores, debemos animar a los niños a que aprendan de ellos e intenten descubrir su lado positivo. ¡Qué difícil es esto, eh?! En mi opinión, el gran cambio en la educación que haremos en este siglo (¡ojalá!) va en esta dirección. De este tema escribiremos un artículo más adelante, porque es muy muy muy interesante.
  3. El apoyo es esencial. Si el abuelo del cortometraje hubiera reñido a su nieto y no le hubiera animado a hacer nuevas nubes, el niño habría vivido esa experiencia como un fracaso que probablemente le habría marcado para siempre, generándole un gran sentimiento de culpa. Sin embargo, el apoyo, la confianza y el amor lo cambian todo. ¡No lo olvides nunca! No son las experiencias, sino nuestra reacción ante ellas, lo que determina si nos estancamos o crecemos.

Estos tres puntos los podemos aplicar también a la forma de enseñar un idioma: respetar la forma y el ritmo de aprender de cada niño, permitir que se equivoque y darle nuestra confianza siempre.

Como conclusión, me gustaría regalarte una frase que me ha inspirado muchísimo: A los niños podemos enseñarles las notas musicales, pero debemos dejar que sean ellos quienes compongan la melodía. Creo que me la voy a escribir en grande, de colorines y bien bonita y me la colgaré en mi despacho. Es un gran consejo.