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El tiempo es la necesidad que tenemos de sentirnos libres

Nadie nace sabiendo hablar, ni sabiendo leer, ni sabiendo vestirse solo. A todo nos tienen que enseñar o tenemos que aprender. De igual manera, nadie sabe ser mamá o papá cuando nace su primer hijo. A eso también tenemos que aprender, poco a poco.

Conozco a muchos tipos de madres y padres diferentes, ninguno mejor que otro, simplemente diferentes. Cada uno tiene su día a día, su trabajo, su forma de vivir e intenta ejercer su papel de padre o madre lo mejor que puede. Lo que sí suele ser un denominador común de todos es que, en algún momento, dicen la frase ¿Por qué el día no tiene más horas? No llego a todo.

¿Te suena? Seguramente sí. Hoy hablaremos de cómo podemos organizarnos y aprender a dedicarnos tiempo a nosotros mismos cuando somos mamás o papás. Sí, a eso también podemos aprender.

Hace unas semanas tuve el placer de pasar un par de horitas desayunando con otras mamás y, justamente, estuvimos tratando este tema de la falta de tiempo y de cómo nos las ingeniamos para sacar algún ratito al día para nosotras. El post de hoy se lo dedico a ellas y a todas las mamás que nos leen. Perdonadme los papás, pero hoy va para ellas, para nosotras.

Creo que, en general, las mujeres somos como las “directoras de orquesta” y, el resto de la familia, toca su instrumento cuando nosotras se lo indicamos. Quizás somos un poco controladoras y queremos tenerlo todo bajo control. Y el hecho de ver que, sin nosotras, la familia no tira, es una enorme responsabilidad, es una sobrecarga emocional que dificulta mucho que podamos descansar, tanto a nivel físico como mental.

Muchas veces tenemos la sensación de que no llegamos a todo e incluso nos sentimos culpables. ¿Sabes por qué? Por la presión social y por la idealización de la maternidad. Se espera que siempre tengamos que estar llenas de energía para nuestros hijos, siempre contentas y de buen humor, siempre dispuestas a ayudar. No olvidemos que, además de mamás, somos personas. Somos mujeres, hijas, esposas, hermanas, amigas, trabajadoras… Somos muchísimas cosas. Evidentemente, ser madres es lo más importante de nuestra vida, nuestros hijos y familia son nuestra prioridad, pero también necesitamos tiempo para nosotras. Si no, llega un punto en el que “petamos”.

No es cuestión de ponernos dramáticas, para nada, sólo es cuestión de ser conscientes de que también necesitamos nuestros momentos, nuestro tiempo libre. Muchas estaréis leyendo esto algo incrédulas y pensando: ¿Cómo lo puedo conseguir? Después te daré algunos consejos, pero los principales son dos: organizándote bien y, sobre todo, sin sentirte culpable.

Piensa que la única persona que puede cambiar el hecho de tener tiempo para sí misma o no, eres tú. Sólo tú. Y, además de tu(s) hijo(s), tu pareja, tu familia o tus amigos, tú también eres una prioridad. No olvides esto nunca. Si te abandonas y te dejas en segundo plano, si no te mimas, empezarás a sentirte triste, vacía y seguramente las cosas no irán bien.

Te voy a contar cómo lo hago yo, a ver si te puede funcionar a ti también. Empieza por un poquito: pueden ser quince minutos al día, una mañana a la semana o lo que tú puedas. Intenta que, como mínimo, sean quince o veinte minutos cada día, aunque lo ideal es una horita. Tómate ese ratito para relajarte, mimarte sólo a ti, para tener una cita contigo misma. Piensa: Tengo este ratito para mí y lo voy a aprovechar.

A partir de aquí, puedes hacer lo que más te apetezca, depende de tu manera de ser: ir a correr o a nadar, hacerte una mascarilla de esas que tienes guardadas y que nunca te pones, ir de compras, leer una revista tranquilamente sentada en una terracita al sol, quedar con una amiga, leer un capítulo (o más) de un libro, mirar un capítulo (o más) de una serie, escuchar tu lista de canciones preferidas en Spotify, tomarte una infusión calentita, disfrutar de un baño tú sola sin que nadie entre, hacer esa llamada a una amiga que tanto te apetece y que nunca haces, salir a pasear tranquilamente y sin rumbo… y un larguísimo etcétera. Depende de lo que más te guste o más te apetezca en ese momento. Al principio te parecerá muy difícil y tendrás que “obligarte” a dedicarte ese tiempo diario (o semanal), como tú decidas. Pero intenta que no sea media hora al mes, porque no es suficiente. Sin embargo, como sucede con todas las rutinas, en cuanto te acostumbres, te darás cuenta de cuántos beneficios tiene. Aprovecha estos momentos, aunque sean cortitos. Regálate unos minutos al día ¡y verás qué bien te sientan!

La siguiente duda que tendréis muchas es: ¿y cuándo lo hago? No busques tiempo, hazte tiempo. Por la mañana antes de que se despierten los niños, mientras duermen la siesta, por la noche cuando duerman, mientras están en la extraescolar… “Mi momento” es una horita o horita y media (depende del día) es después de cenar con mi marido, cuando Bruno está durmiendo. Y, una vez al mes, intento reservarme una mañana o una tarde enteras para mí. Tienes que encontrar el momento. Ganarás muchísimo, créeme. Lo he comprobado. Ganarás autoestima, paciencia, positivismo, reducirás tus niveles de estrés y, sobre todo, valorarás mucho más el tiempo que estés con tus hijos, porque también tendrás el tuyo contigo misma.

Después, también considero muy importante que dediquemos una noche a la semana (o cada dos semanas) para ir al cine con nuestra pareja, o a dar un paseo, o a cenar. Sí, los dos solos, no es lo mismo ir todos que ir los dos. Somos papá y mamá, pero también somos pareja y necesitamos nuestro tiempo juntos, para que el amor siga creciendo y evolucionando. Muchas veces acabamos hablando de los hijos, es cierto, porque es lo más importante que hemos hecho juntos, pero no pasa nada. Aunque hablemos de ellos, estaremos solos, disfrutando el uno del otro. Y, si podemos permitirnos dejar a los niños con los abuelos o con los tíos e irnos de finde romántico los dos, ¡todavía mejor! Sé que esto, para muchos, son palabras mayores, pero si nos lo proponemos, seguro que podemos conseguirlo.

Te regalo una reflexión que intenta resumir lo que pienso sobre este tema:

Está claro que mi hijo me ocupa muchísimo tiempo que antes tenía libre, pero esto de mi vida personal se acabó, ahora sólo soy mamá, no puede ser. Ser madre es maravilloso, pero también es un trabajo muy demandante y cansado, por eso tengo que recargar energías, disfrutar de mi tiempo, porque mis necesidades son igual de importantes que las del resto de la familia. Es evidente que el rol que me requiere más tiempo es el de ser mamá y acepto que nunca había sido tan feliz, pero dedicarme mi tiempo y estar por mí misma no es egoísmo, sino amor propio. Si estoy bien y soy feliz, mi hijo también lo será.

Me gustaría terminar citando una frase de Séneca que dice: Todas las cosas nos son ajenas, sólo el tiempo es nuestro. ¡Ánimo, no siempre es fácil, pero puedes conseguirlo!

¿Motivamos o limitamos?

Autonomía y seguridad en uno mismo. Qué conceptos tan importantes y tan difíciles de conseguir…

Si lees nuestro WonderBlog desde hace un tiempo, ya habrás visto que me encantan tres cosas: las listas, hacer referencia a mis gurús e inspirarme en vídeos. Pues este artículo nace de mi inspiración de este vídeo, que te invito a ver para que entiendas mi reflexión de después.

En primer lugar, quiero compartir contigo una de las frases que más me hizo pensar después de ver el vídeo por primera vez. En esta casa las cosas se hacen como yo diga. Cuidado. Estoy totalmente de acuerdo en que es fundamental marcarles unos límites para que nuestros hijos sepan por dónde tienen que ir o cómo deben actuar. Sin embargo, si siempre les obligamos a actuar como nosotros digamos, podemos crear un Enrique del Castillo como el del vídeo que, antes de tomar cualquier decisión, necesita la aprobación de su jefe.

¿No sería mejor dejar que nuestros hijos vayan viendo cómo tienen que actuar según cada situación? Que vayan experimentando qué es lo que les hace sentir mejor, qué les hace más felices, qué no les gusta o qué es lo que les pone tristes.

Lo que ocurre, generalmente, es que muchos padres solemos anticiparnos a las acciones de los niños y, muchas veces sin darnos cuenta, no les dejamos actuar o hacer algunas otras cosas que podrían hacer solos. Seguramente actuamos así porque creemos que nuestros hijos aún no tienen capacidad de realizar cosas solitos, por evitar que se hagan daño, por comodidad para conseguir resultados más rápidos, o porque no confiamos en su capacidad de reacción.

Es una tarea difícil pero, créeme, como ya sabemos, todo se aprende y, por tanto, todo se enseña.

Todos los expertos coinciden en que promover la autonomía en los niños consiste en inculcarles hábitos que les ayuden a ser más independientes. En concreto, estos hábitos se refieren a tareas que los pequeños pueden hacer por sí mismos, relacionadas con ámbitos cotidianos como la higiene, el vestido y la alimentación. Pero las acciones, para llegar a ser hábitos, tienen que mantenerse en el tiempo. ¡Seamos perseverantes! Sólo así conseguiremos que nuestros hijos sean cada vez más autónomos y, en consecuencia, tendrán más autoestima porque se darán cuenta de que son capaces de conseguir lo que se propongan.

En segundo lugar, la frase que más me impactó cuando vi el vídeo por primera vez es: En esta casa no queremos mediocridades. ¿Qué les queremos transmitir a nuestros hijos que es ser mediocre?

¿Ser mediocre es no ser el mejor de la clase? ¿Ser mediocre es no ser el más rápido en cálculo mental o es no tener la mejor pronunciación en inglés? Me atrevería a afirmar que NO. Un “no” rotundo.

Cada niño viene al mundo con unas cualidades, con un potencial, con unas inquietudes. Si no las aprovecha, si no las utiliza, si no hace crecer ese potencial, es muy probable que el niño se convierta en un adulto infeliz, o quizás en uno incompleto, poco contento con su vida, un adulto de los que dicen aquello de “si pudiera volver a vivir, lo haría de otra manera”.

Siempre que trato el tema de la mediocridad pienso en mi hermana. Al acabar el cole, con diecisiete años, con súper buenas notas de Bachillerato y habiendo acabado la Selectividad, nos sentó una noche a mis padres y a mí y nos dijo “quiero estudiar teatro”. Todavía me acuerdo de ese momento y eso que fue hace diez años.

Qué bien lo hicieron mis padres al respetar su decisión. Seguro que les costó porque, los más “normal” o lo más “aceptado por la sociedad” es que tu hija, buena estudiante e inteligente, vaya a la universidad. Pero ella no. Ella era (y es, y siempre lo será) diferente. Y ellos aceptaron que lo que le gustaba era desarrollar el maravilloso arte de meterse en el papel de un personaje y provocar sentimientos en el público. Y no sólo lo aceptaron, sino que la animaron a hacerlo y la apoyaron en todo momento.

Hoy en día mi hermana es una artistaza (a ella no le gusta esta palabra, pero yo la llamo así). Es actriz de teatro, de doblaje e incluso dramaturga, porque escribe sus propias obras (impresionantes). Estoy escribiendo esto y se me pone la piel de gallina, porque sé que, si la hubieran obligado a hacer una carrera, como tantos otros padres han hecho, nunca habría conseguido ser tan feliz como lo es ahora. Todos estamos muy orgullosos de ella porque, con sólo diecisiete años, fue capaz de elegir lo que quería, lo que sentía y lo que la motivaba. Podría haber sido una abogada mediocre, una profesora mediocre o una veterinaria mediocre. En cambio, es una fantástica actriz.

Muchas veces soy testigo de cómo algunos padres toman el control de la vida de sus hijos desde que nacen hasta que ya son casi adultos: “Esto sí, esto no, esto hazlo así, esto hazlo asá, hazme caso, es por tu bien, diles que no, diles que sí, no vayas con este amigo, no me gusta tu novia, si vas con ése esta noche no sales, etc.” ¿Cómo va a crecer un niño, cómo va a madurar, si vive la vida que nosotros queremos que viva? ¿Cómo va a aprender lo que está bien y lo que está mal si nunca puede equivocarse decidiendo?

¿Cómo va a llegar a la excelencia, cómo va a lograr su máximo potencial, si en vez de hacer lo que más le motiva hace lo que más nos motiva a los padres?

Ahí lo dejo.

¿Responsabilidades para nuestros hijos? Sin prisa, pero sin pausa

Desde que nace, un bebé depende completamente de sus padres al cien por cien. Es de los pocos mamíferos que, sin su mamá y su papá, no podría sobrevivir. Tras haber sido mamá he ido viendo que, poco a poco, van aprendiendo a valerse por sí mismos y a ser autónomos. Los padres les ayudamos en ese proceso al enseñarles a hablar, a andar, a comer, pero además de ayudarles a desarrollarse, me he dado cuenta de que tenemos que ir dejando que asuman pequeñas responsabilidades. Es decir, dejar poco a poco de ser imprescindibles y animar a nuestros hijos a que tomen sus propias decisiones.

Evidentemente, no es de un día para otro y no podemos pretender que con dos años se hagan la cama o que con cuatro años saquen a pasear al perro, pero se trata de empezar por pequeñas cosas. Aquí tenéis una pequeña tabla publicada por guiainfantil.com que me ha gustado.

 

 

El otro día fui a casa de una amiga y aluciné cuando su hijo, de dos años y medio, puso el plato y los cubiertos en el lavavajillas al acabar de cenar. Me quedé impresionada y le pregunté: ¿cómo lo has hecho? Me respondió: se lo enseñé y… paciencia. Creo que ahí está la clave. Muchas veces, los padres preferimos hacer las tareas del hogar nosotros porque las hacemos más rápido y mejor. Considero que es un error. Deberíamos intentar ofrecerles a nuestros hijos espacio, tiempo y confianza para que las hagan ellos.

Es difícil, lo sé. Nosotros estamos empezando ahora con la rutina de que Bruno nos ayude a recoger sus juguetes y hay muchos días en los que acabo recogiéndolos yo, porque no tengo la paciencia de esperar a que lo haga él solito. Cuando terminamos de jugar y toca irse a la bañera, le digo: “¡Vamos a recogeeeer!” y entonces se me queda mirando fijamente (en plan “te estoy entendiendo”) y pone dos juguetes en la caja de madera donde sabe que se guardan y sigue jugando con los otros. Algunos días espero, con paciencia, a que lo vaya haciendo, poco a poco. Pero reconozco que muchos lo acabo haciendo yo, porque no quiero que se haga tarde y que se nos retrase la hora del bañito y la cena. Así que, señoras y señores, el problema es nuestro por vivir a un ritmo tan frenético en el que no somos capaces de esperar a que lo hagan solos. Porque ahora, con 15 meses, es recoger los juguetes, pero con cuatro años será ducharse solo y, con siete, prepararse la mochila del cole.

Yo recuerdo que, cuando era pequeña y mi madre me pedía ayuda para hacer algo, me sentía importantísima y súper mayor. Me encantaba ir a comprar el pan cogida de la mano de mi hermana en el pueblo donde pasábamos el verano (la panadería estaba a una calle de casa), o ayudar a poner la mesa, o a emparejar calcetines. El hecho de sentirse útiles sube mucho la autoestima de los niños y le aporta autonomía e independencia, dos cualidades que les servirán mucho en el futuro.

Siguiendo con nuestro papel como padres, daría tres consejos:

  • Ser constantes: si queremos enseñar a nuestro hijo a que se vista solo o a que ponga la mesa, lo debemos mantener cada día. No le tenemos que decir un día que se tiene que vestir solo y, al siguiente, vestirle nosotros porque tenemos prisa.
  • Explicarle cómo se hace: es nuestro deber, como padres, enseñarles a hacer lo que les pedimos. No les podemos pedir que se bañen solos si no saben cómo se lava el pelo o cómo se abre la botella del gel de baño.
  • Valorar sus logros: ¡felicitemos a nuestros hijos! Les animará mucho ver que son capaces de hacer las cosas por ellos mismos y que nosotros, sus papás, estamos contentísimos con lo que han conseguido.

Para terminar, compartiré con vosotros algo que me encantaba de pequeña: las tareas con puntos. Mi padre, en su trabajo, imprimía en color (¡en aquella época era algo muy especial!) una tabla con el nombre de mi hermana y mío y las diferentes tareas que teníamos que hacer en casa: poner y sacar la mesa, hacer la cama, ducharse sola, poner la ropa en la cesta de la ropa sucia, recoger los juguetes, vestirse sola, etc. Cuando hacíamos bien algo, nos ponía una pegatina en el recuadro de esa tarea. A final de semana, dependiendo de cómo lo habíamos hecho, ¡había premio! Y recuerdo que podía ser ir el domingo al quiosco a comprar un chicle Bubaloo o un sobre de cromos ¡y éramos la mar de felices!

Leyendo sobre este tema, he visto que a esto que hace veintipico años ya hacía mi padre, se le llama “Tabla de logros”. Os invito a que la hagáis en casa, es una pasada. ¡Yo ya tengo ganas de que Bruno sea más mayor para hacerla! Aquí tenéis algunos ejemplos de las que más me han gustado de las que he encontrado. Sugerencia: si queréis poner premio, que no sea algo material, sino cosas como: que papá y mamá me preparen mi plato preferido para comer el domingo, que vayamos al parque una tarde en la que no solemos ir, que me hagan cosquillas en la cama, que me dejen disfrazarme con su ropa…

¡Espero que disfrutéis mucho preparando la “Tabla de logros” de vuestra familia con vuestros hijos!

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Yoga moment!

Recuerdo un día, hace más de un año ya, en que mis alumnos estaban más inquietos de lo normal. Era un día lluvioso y seguramente no habían salido al patio, estaban completamente revolucionados. Entre juegos fallidos y manualidades desastrosas mi paciencia comenzó a verse afectada y en un acto impulsivo alcé la voz y dije: Yoga moment! Honestamente no sé de dónde me salió pero automáticamente me miraron todos con cara de: ¿y ésta qué dice? y, aprovechando su atención, me senté en postura de loto, cerré los ojos y empecé a cantar Ommmmm… abrí los ojos y les pedí a todos que se sentaran e hicieran lo mismo. Les pareció divertido y se sentaron, cantamos un momento y después hicimos unos ejercicios de equilibrio (la postura del árbol). Esto ayudó a que mis pequeños se concentraran en otra cosa y vieran el hecho de mantener el equilibrio como un reto. Les repetí que si nos concentrábamos y respirábamos podríamos aguantar más tiempo,  de repente tenía niños sorprendentemente calmados y concentrados.

Yoga para niños y niñas, EL YOGA EN LA ESCUELA VOl. 1

Realmente me quedé muy sorprendida. Soy practicante (no muy habitual, pero lo intento) de yoga desde hace unos años y debo decir que es algo que me ha ayudado mucho, sobre todo en momentos difíciles. Escuchaba a mis profesores repetir en cada sesión lo afortunados que somos en la vida y lo importante que es valorar lo que tenemos. Me consideraba una persona un pelín torpe y al principio las posturas me costaban mucho, pero con el tiempo si practicaba y me concentraba, ¡la cosa iba mejorando! Esto hizo que mi autoestima mejorara, salía de clase súper contenta y con ganas de volver y seguir aprendiendo.

Pues estaba yo en mi proceso de descubrir lo bien que me iba practicar yoga cuando me encontré con ese día lluvioso con el que comencé este post. A raíz de la respuesta de mis alumnos comencé a investigar sobre el yoga y los niños y por una coincidencia de la vida conocí a Cristina, profesora de yoga para niños y adolescentes.  Tuve la oportunidad de hablar con ella, de que me explicara lo que hace en su centro y los resultados que genera esta práctica en los más pequeños. Me acuerdo que me quedé muy asombrada cuando me contó sobre un proyecto que hizo con niños, hijos de padres que estaban en la cárcel. Me contó cómo ella vio a los niños incrementar su autoestima, estar más contentos y seguros, concentrarse en ellos mismos, entre mil cosas más. De repente vi clarísimo lo importante que era hacer yoga con los niños.

Fue así como comenzamos a practicar yoga cada día con nuestros alumnos en todas las clases de WonderFUN. El proyecto comenzó el verano pasado, buscamos posturas divertidas e hicimos un póster para cada una de las clases. Cada día, antes de comenzar con las actividades, los alumnos escogían las posturas que querían hacer y se dedicaban unos cinco o diez minutos de la clase a practicar, respirar, relajarse y concentrarse.  Los niños iban mejorando con el tiempo e iban incrementando el nivel de dificultad de sus posturas, ¡fue una pasada!

Vivimos en un mundo muy acelerado en el que hay que levantarse muy temprano, vivir las prisas de los adultos, ir muchas horas al cole, hacer deberes, actividades extraescolares, etc. Esto, en algunos casos, conlleva problemas físicos y emocionales, dificultad en el aprendizaje, estrés y depresión. Se han realizado varios estudios que comprueban cómo la práctica de yoga en niños puede reducir estos problemas. Aquí algunos beneficios:

Flexibilidad: Al utilizar todos los músculos de tu cuerpo, esta práctica ayuda al fortalecimiento físico del niño y no sólo eso, también les ayuda a crear conciencia de su cuerpo y movimientos.

Equilibrio y coordinación: El equilibrio es la base del yoga. De hecho es el ejercicio que más utilizo con mis alumnos y el que mejor funciona. Estas posturas están diseñadas para incrementar una estabilidad tanto física como mental. Los niños aprenden que, si están tranquilos, obtendrán mejores resultados y podrán aguantar más tiempo la postura. Es increíble ver cómo el niño, una vez que comienza a dominar las posturas, se siente motivado por sus propios logros.

Concentración: Los niños se dan cuenta que si están concentrados en su esfuerzo obtendrán mejores resultados no sólo en la práctica sino también fuera de ella. Hay estudios que demuestran que aquellos que practican yoga tienen un mejor rendimiento en la escuela.

Autoestima y confianza: El yoga, al igual que a nosotros los adultos, nos enseña a ser perseverantes, pacientes y trabajar en nuestros retos. El profesor sirve como guía pero en realidad es el niño quien tiene que trabajar para cumplir sus objetivos. Es por esto que cuando un niño después de intentarlo varias veces domina una postura, su confianza y autoestima se eleva y le da las herramientas para seguir practicando y plantearse nuevos retos.

Conexión cuerpo-mente: Esta práctica ayuda a los niños a desarrollar una mente sana en un cuerpo sano. Les da la oportunidad de encontrar un espacio para conectar con ellos mismos y alejarse de las presiones que puedan tener (sociales, familiares y personales) ocasionadas por lo rápido que se mueve el mundo en el que vivimos.

Os invito a establecer un Yoga moment! con vuestros peques y compartir momentos en familia divertidos al mismo tiempo que se desarrollan diferentes habilidades. Os recomiendo este canal que tiene muchos vídeos y que a mí me ha dado ideas divertidas para practicar con mis alumnos. Tiene muchísimos vídeos con diferentes temáticas y es en inglés.

¡Qué lo disfrutéis y feliz día lluvioso! Hoy seguro que tocará hacer un Yoga moment más largo e intenso.

 

 

 

 

¿Es malo estar triste, mamá?

Hace unos días, en mi ratito de lectura diaria, llegó a mis manos un artículo que me encantó y que me inspiró mucho para escribir sobre cómo trabajar las emociones con nuestros hijos en casa. El artículo explicaba cómo ayudarles a expresarlas, tanto si son positivas como negativas. Una herramienta que está siendo un éxito en muchas familias es “El botiquín de las emociones”. Se trata de un botiquín que podemos usar tanto los adultos como los niños y que ayuda a curar las “heridas internas”, calmar el malestar emocional y a transformar cualquier mal momento en alegría.

El primer paso es que construyas el botiquín con tus hijos, para que se impliquen en hacerlo y entiendan para qué sirve cada uno de los objetos que hay dentro de él. Podéis forrar una caja de cartón con papel de seda de colores o con goma eva y hacer separadores en el interior de la caja para que cada objeto vaya en su sitio.

Una vez lo tengáis preparado, deberíais dejar el botiquín en un sitio visible de la casa para que los niños (y los adultos) podáis acceder a él fácilmente.

El funcionamiento es el siguiente: un adulto puede curar a un niño y un niño puede curar a otro niño o a un adulto, o incluso curarse a sí mismo. Lo primero que tenemos que hacer es preguntar al “paciente” qué le pasa, que problema tiene, qué emoción necesita tratar. Después, le daremos un diagnóstico y, finalmente, le recetaremos lo que consideremos más oportuno. De esta forma, el niño aprende a ponerse en el lugar de los demás, a intentar entender lo que nos pasa, aprende a empatizar. También empieza a saber qué siente con cada emoción, cuáles le hacen sentir bien o mal, etc.

Al principio puede ser un poco complicado que sepan usarlo ellos solos pero, con tu ayuda,  poco a poco tus hijos irán aprendiendo qué objeto necesitan y cuál les funciona mejor según lo que sientan.

¿Qué ha de tener el “Botiquín de las emociones”?

  • Tiritas pegabesitos: tiritas de colores o con dibujos. Hay que tener muchas, porque curan la mayoría de los males y se usan casi cada día.
  • Pedorretas lanzarrisas: son un remedio genial cuando estamos tristes. Las puedes comprar en una tienda de bromas.Resultado de imagen de whoopee cushion
  • Gasas abrazadoras: tienen que ser largas para que podamos abrazar bien al paciente. Cuanto peor se sienta, más grande ha de ser el trozo de gasa.
  • Toalla recogelágrimas: cualquier toalla de manos puede servir, pero son muy chulas las toallas compactas con dibujos, porque ocupan poco y así podemos tener varias dentro del botiquín.
  • Cojín quitapenas: si es de colores alegres o con alguna frase motivadora, mejor. Sirve para abrazarlo y que las penas desaparezcan.
  • Vaporizador antimiedos: sólo necesitas un vaporizador y un poquito de colonia diluida en agua. Puedes pegarle el dibujo de un monstruo para que los niños sepan que, si vaporizan ese spray, los miedos desaparecen. Si tu hijo tiene miedo por la noche, se lo puede llevar a la cama, por si necesita vaporizar en algún momento por la noche.
  • Caramelos curangustia: son el complemento perfecto para la toalla recogelágrimas, porque suelen eliminar el llanto del todo. Te aconsejo que tengas bastantes en un botecito dentro del botiquín, porque nunca se sabe cuándo harán falta.

  • Pelota antirrábica: ideal para tratar el estrés, el enfado o la rabia. Puedes lanzarla contra el suelo para deshacerte de estas malas sensaciones. Tiene que ser una pelota de goma de esas que botan mucho. Cuanto más alto bote, mejor se sentirá el paciente.
  • Tarro de la calma: es el complemento perfecto que se puede usar después de la pelota antirrábica. Una vez el paciente ha conseguido calmarse, puede ponerse a contemplar el tarro de la calma. Simplemente tienes que coger un bote con tapa que cierre bien (mejor que sea de plástico, para que no se rompa si se cae al suelo) y llenarlo de agua, purpurina y tres o cuatro gotitas de colorante del color que te guste. Así, cuando tu hijo (o tú) necesitáis tranquilizaros, sólo tenéis que agitar el bote y ver como cae la purpurina y se mezcla con el líquido de color.

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  • Como parte opcional, puedes añadir un fonendoscopio y una bata de médico, para que tus hijos se lo pongan cada vez que tengan que curar una emoción y entren en el papel más fácilmente.

Esto es todo. Cuando lo leí, me pareció un recurso súper chulo, tanto para tenerlo en casa como en la clase. Es una herramienta muy accesible y atractiva para los peques, que les ayudará muchísimo a saber identificar lo que les pasa y a “autocurarse”. De esta forma, podrán conocerse bien e ir canalizando las emociones de manera positiva. Y, sobre todo, entenderán que estar enfadado, triste o tener miedo no es malo, sino que son emociones y sentimientos que existen, que irán sintiendo a lo largo de toda su vida y que es importante que sepan gestionar.

Como dice el gurú Daniel Goleman, la inteligencia emocional es “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, así como los ajenos, de motivarnos y de saber manejar las emociones”. Tal cual. Está en nuestras manos, como papás y mamás, ayudar a nuestros hijos a identificar sus problemas, entender lo que les pasa, y saber solucionarlo. Si lo necesitan, les prestaremos ayuda y, poco a poco, ellos solitos sabrán hacerlo.