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Así nacen y… ¿no cambian?

Bruno es físicamente igual que mi marido, lo vimos desde que nació. De carácter… eso ya es otra cosa. Creo que es más mezcla de los dos. Mi padre dice que su forma de ser le recuerda mucho a mí de pequeña. Claro, yo hay cosas de las que no me acuerdo, pero por los vídeos que he visto de esa época, sí que algo mío tiene, como que habla por los codos y es muy extrovertido. Mi madre, en cambio, dice que tiene rasgos de mi hermana, como la personalidad tan marcada o el ir en contra de las normas. Y mi suegra, por su lado, dice que es pillo y gamberrete como mis cuñados cuando eran niños.

Es mandón a su muy simpática manera de ser, absorbente, listo y le encanta que estemos siempre por él. Por ejemplo, muchas veces, cuando estoy hablando con alguien, suelta el clásico Hola, mami! Una cosa… Yo le respondo: ¿qué? y él: mmm…. No sé. Como madre primeriza, me parece increíble que, quedándole dos meses y pico para cumplir los dos años, ya tenga una personalidad tan marcada.

Realmente cada día es una sorpresa y, hasta que no eres madre, no eres consciente de la maravilla que es ver crecer, evolucionar y aprender a tu hijo.

El otro día justo lo hablaba con mi marido y con mi suegra. La personalidad, ¿nace o se hace? Muchas veces he leído que la forma de ser de una persona se forja en sus primeros tres años de vida. ¡Qué fuerte! Antes de ser madre, no me lo acababa de creer, pero ahora corroboro que es así.

Éste es uno de los temas que siempre se ha discutido en el mundo de la psicología. ¿Somos lo que somos desde el momento en el que somos concebidos o también influye la forma y el ambiente en que se nos eduque? Algunos filósofos clásicos, como Platón y Descartes, aseguraban que ciertos aspectos de nuestra personalidad ya existen cuando nacemos y que, independientemente del ambiente en el que crezcamos, desarrollaremos nuestro carácter según la genética que tengamos. Unos siglos más tarde, Locke hablaba de la tabula rasa, que afirma que los seres humanos nacemos con la mente en blanco y que nuestra personalidad se desarrolla a partir de las experiencias que vivamos durante la infancia y la adolescencia. Ni tanto, ni tan calvo.

Volviendo a mi experiencia como mamá de Bruno, he observado (y sigo observando cada día) que tiene rasgos del carácter muy míos o de mi marido (es decir, rasgos heredados), como ser mandón o perseverante, por ejemplo. Y también tiene rasgos que se le han ido definiendo por nuestra forma de tratarle y por el ambiente en el que vive. Voy a daros algunos ejemplos.

¿Por qué es así de sociable y simpático con todo el mundo? Pues porque va a la guardería desde los siete meses, porque está acostumbrado a estar con gente diferente y porque sabe que cada día no le va a buscar su papá o su mamá a la guardería, sino también su abuelo, su abuela, etc.

¿Por qué le gusta que estemos siempre por él y no es demasiado independiente? Pues porque es hijo único, primer nieto por un lado y tercero por el otro, y casi siempre es el centro de atención (en el buen sentido, ¿eh?). Es evidente que recibirá un trato muy diferente al del hijo de mi prima, que es del mismo mes que Bruno y tiene un hermanito con el que se lleva trece meses exactos. El mayor no recuerda haber estado nunca “de hijo único” con sus padres, porque desde que tiene uso de razón siempre ha compartido protagonismo con su hermano. Ningún caso es mejor ni peor que otro, cuidado. Simplemente son situaciones muy diferentes que me sirven para ilustrar la teoría de que el ambiente, la familia y el contexto en el que crezcamos influirán mucho en nuestra personalidad.

Ahí va el último ejemplo. El otro día me di cuenta de que Bruno ya empieza a intentar expresar sus sentimientos. Cuando se le va la mano y pega a algún niño, le digo que mami está triste porque no le gusta que pegues. Cuando oye esto, entonces le da un besito al niño y me viene corriendo a decir ¿mami contenta? Y le respondo Sí, ahora mami está muy contenta porque Bruno ha pedido perdón al niño y le ha dado un besito. Y entonces, le cambia la cara. Sonríe y se queda súper tranquilo y feliz. Qué pasada. A ver, es pequeño y claro, no sabe expresar muchos sentimientos, pero por lo menos la diferencia entre contento y triste ya la entiende perfectamente.

Con esto quiero decir que, por supuesto, otro aspecto determinante en la que será su personalidad es la forma en la que lo eduquemos emocionalmente. Y en esta educación emocional no sólo intervenimos su papá y su mamá, sino también sus profesoras, abuelos o tíos, por ejemplo. De nosotros depende, en gran parte, que en un futuro sepa identificar sus emociones y  expresar cómo se siente. Básico.

Así pues, estoy de acuerdo con la mayoría de corrientes psicológicas de la actualidad, que afirman que la personalidad nace y se hace. Un bebé nacerá con los ojos marrones y la simpatía de su padre y con el pelo liso y el perfeccionismo de su madre, pero también se irá haciendo más o menos sociable, más o menos independiente y más o menos tozudo dependiendo de la educación que reciba de su familia, su escuela y su entorno.

 

¿Motivamos o limitamos?

Autonomía y seguridad en uno mismo. Qué conceptos tan importantes y tan difíciles de conseguir…

Si lees nuestro WonderBlog desde hace un tiempo, ya habrás visto que me encantan tres cosas: las listas, hacer referencia a mis gurús e inspirarme en vídeos. Pues este artículo nace de mi inspiración de este vídeo, que te invito a ver para que entiendas mi reflexión de después.

En primer lugar, quiero compartir contigo una de las frases que más me hizo pensar después de ver el vídeo por primera vez. En esta casa las cosas se hacen como yo diga. Cuidado. Estoy totalmente de acuerdo en que es fundamental marcarles unos límites para que nuestros hijos sepan por dónde tienen que ir o cómo deben actuar. Sin embargo, si siempre les obligamos a actuar como nosotros digamos, podemos crear un Enrique del Castillo como el del vídeo que, antes de tomar cualquier decisión, necesita la aprobación de su jefe.

¿No sería mejor dejar que nuestros hijos vayan viendo cómo tienen que actuar según cada situación? Que vayan experimentando qué es lo que les hace sentir mejor, qué les hace más felices, qué no les gusta o qué es lo que les pone tristes.

Lo que ocurre, generalmente, es que muchos padres solemos anticiparnos a las acciones de los niños y, muchas veces sin darnos cuenta, no les dejamos actuar o hacer algunas otras cosas que podrían hacer solos. Seguramente actuamos así porque creemos que nuestros hijos aún no tienen capacidad de realizar cosas solitos, por evitar que se hagan daño, por comodidad para conseguir resultados más rápidos, o porque no confiamos en su capacidad de reacción.

Es una tarea difícil pero, créeme, como ya sabemos, todo se aprende y, por tanto, todo se enseña.

Todos los expertos coinciden en que promover la autonomía en los niños consiste en inculcarles hábitos que les ayuden a ser más independientes. En concreto, estos hábitos se refieren a tareas que los pequeños pueden hacer por sí mismos, relacionadas con ámbitos cotidianos como la higiene, el vestido y la alimentación. Pero las acciones, para llegar a ser hábitos, tienen que mantenerse en el tiempo. ¡Seamos perseverantes! Sólo así conseguiremos que nuestros hijos sean cada vez más autónomos y, en consecuencia, tendrán más autoestima porque se darán cuenta de que son capaces de conseguir lo que se propongan.

En segundo lugar, la frase que más me impactó cuando vi el vídeo por primera vez es: En esta casa no queremos mediocridades. ¿Qué les queremos transmitir a nuestros hijos que es ser mediocre?

¿Ser mediocre es no ser el mejor de la clase? ¿Ser mediocre es no ser el más rápido en cálculo mental o es no tener la mejor pronunciación en inglés? Me atrevería a afirmar que NO. Un “no” rotundo.

Cada niño viene al mundo con unas cualidades, con un potencial, con unas inquietudes. Si no las aprovecha, si no las utiliza, si no hace crecer ese potencial, es muy probable que el niño se convierta en un adulto infeliz, o quizás en uno incompleto, poco contento con su vida, un adulto de los que dicen aquello de “si pudiera volver a vivir, lo haría de otra manera”.

Siempre que trato el tema de la mediocridad pienso en mi hermana. Al acabar el cole, con diecisiete años, con súper buenas notas de Bachillerato y habiendo acabado la Selectividad, nos sentó una noche a mis padres y a mí y nos dijo “quiero estudiar teatro”. Todavía me acuerdo de ese momento y eso que fue hace diez años.

Qué bien lo hicieron mis padres al respetar su decisión. Seguro que les costó porque, los más “normal” o lo más “aceptado por la sociedad” es que tu hija, buena estudiante e inteligente, vaya a la universidad. Pero ella no. Ella era (y es, y siempre lo será) diferente. Y ellos aceptaron que lo que le gustaba era desarrollar el maravilloso arte de meterse en el papel de un personaje y provocar sentimientos en el público. Y no sólo lo aceptaron, sino que la animaron a hacerlo y la apoyaron en todo momento.

Hoy en día mi hermana es una artistaza (a ella no le gusta esta palabra, pero yo la llamo así). Es actriz de teatro, de doblaje e incluso dramaturga, porque escribe sus propias obras (impresionantes). Estoy escribiendo esto y se me pone la piel de gallina, porque sé que, si la hubieran obligado a hacer una carrera, como tantos otros padres han hecho, nunca habría conseguido ser tan feliz como lo es ahora. Todos estamos muy orgullosos de ella porque, con sólo diecisiete años, fue capaz de elegir lo que quería, lo que sentía y lo que la motivaba. Podría haber sido una abogada mediocre, una profesora mediocre o una veterinaria mediocre. En cambio, es una fantástica actriz.

Muchas veces soy testigo de cómo algunos padres toman el control de la vida de sus hijos desde que nacen hasta que ya son casi adultos: “Esto sí, esto no, esto hazlo así, esto hazlo asá, hazme caso, es por tu bien, diles que no, diles que sí, no vayas con este amigo, no me gusta tu novia, si vas con ése esta noche no sales, etc.” ¿Cómo va a crecer un niño, cómo va a madurar, si vive la vida que nosotros queremos que viva? ¿Cómo va a aprender lo que está bien y lo que está mal si nunca puede equivocarse decidiendo?

¿Cómo va a llegar a la excelencia, cómo va a lograr su máximo potencial, si en vez de hacer lo que más le motiva hace lo que más nos motiva a los padres?

Ahí lo dejo.

¿Estás bien? Pues tus hijos, también

Últimamente, cuando me pongo a escribir un post, me sale hacer referencia a mis gurús, a las personas que me inspiran, a los que yo llamo “mis guías espirituales”. Hace unas semanas os hablé de Victor Küppers, que me encanta. Otra de las personas que más me inspiradora últimamente es Lucía Galán, más conocida como “Lucía mi pediatra”.

Es una pediatra asturiana que vive y ejerce en Alicante, mamá de dos hijos, que escribe y da conferencias sobre crianza, compaginar el trabajo con la educación de nuestros hijos, encontrar tiempo para nosotras…

Hace algunas semanas, un sábado por la mañana, tuve la oportunidad de ir a escucharla al auditorio del colegio de Los Corazonistas. “Educar desde la tranquilidad”. Qué gran título para la conferencia. Cuando lo leí, ya quise comprar la entrada.

En la conferencia hablaba de cosas muy diversas: el postparto, las enfermedades más comunes que pueden tener los niños, cómo dedicarles tiempo de calidad, etc. Escuchar a Lucía me transmitió mucha tranquilidad y me ayudó a entender que los padres somos los referentes más importantes de nuestros hijos y que, lo que nos ocurre a nosotros, les afecta a ellos. Si estamos tranquilos e intentamos no vivir ahogados en las prisas y en el ritmo de vida frenético, nuestros hijos lo agradecerán. Muchísimo.

Al salir de la conferencia, me compré el segundo libro que ha escrito Lucía, Eres una madre maravillosa. Casi me lo he terminado y he marcado varias páginas para copiarme frases suyas que me gustan y que me quiero copiar para irlas releyendo de vez en cuando. Una de mis preferidas la voy a compartir contigo, a ver si te puedo transmitir la tranquilidad que sentí yo al leerla.

Y aprendí. Aprendí a no juzgarme. A no ser tan dura conmigo misma. Aprendí de mis errores, descubrí cómo potenciar mis fortalezas y cómo trabajar y mejorar mis debilidades. Así que, la próxima vez que la culpa sobrevuele tu cabeza, que intente amargarte la vida y oscurecer el espejo donde cada mañana se miran tus hijos, repítete: Aun con toda mi montaña de defectos, soy una madre maravillosa”.

Genial. Absolutamente genial. La tengo muy presente porque llevo varias semanas trabajando muchísimo. Dejo a Bruno en la guardería a las nueve de la mañana y muchos días llego a casa tarde, sobre las siete o siete y media de la tarde. Son muchas horas, sí. Pero, ¿qué voy a hacer, sentirme mal por trabajar? No, de ninguna manera. Tengo la grandísima suerte de trabajar en algo que me apasiona, a lo que no me importa dedicar muchas horas, así que tengo que aprovecharlo. Evidentemente, elegí ser mamá para dedicarme a mi hijo lo máximo posible, pero no por compaginarlo con el trabajo tengo que sentirme mal.

A veces es difícil, porque estoy trabajando y pensando en qué estará haciendo él, pero he aprendido a verlo de manera positiva. En la guardería está encantadísimo, disfruta mucho. Después, una tarde está con su papá, otra con su abuela, otra con su abuelo y dos conmigo. ¡No me puedo quejar!

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Además, me he dado cuenta de que es cierto lo del “tiempo de calidad”. Parece que sea una moda de esta sociedad en la que las mamás y los papás no tenemos demasiado tiempo, pero creo que es verdad. He comprobado que es mejor tiempo de calidad que cantidad de tiempo.

Es mágico llegar a casa, dejar el móvil en silencio, estirarme con mi hijo en el suelo y contarle cuentos. Le encanta. Le encanta y me encanta. Después, cuando se cansa, me pongo a tocar la guitarra y cantamos los dos juntos. Le encanta. Le encanta y me encanta. Luego a la bañera con calma, le doy la cenita tranquilamente, y a dormir. Con calma y tranquilidad. Felices porque hemos pasado la tarde juntos y ha sido súper divertido. Y muchos días llega su papá y podemos estar un rato los tres. Todavía mejor.

Con esto quiero decir que me he dado cuenta de que, si otro día de esa semana llego más tarde y no puedo explicarle cuentos, no pasa nada. Los días que pueda, lo haré. Antes, me sentía mal porque tengo amigas que salen de trabajar a las dos y pasan todas las tardes con sus hijos. Ahora ya no, en gran parte gracias a la conferencia de Lucía y a su segundo libro. Te lo recomiendo.

Otro aspecto importante que a muchos nos cuesta es dedicarnos tiempo a nosotros mismos e invertir tiempo en nuestra pareja. ¡Es tan importante! Así, estaremos más descansados y felices para dedicarles tiempo de calidad a nuestros hijos. No hacen falta grandes cosas. Yo mañana, por ejemplo, me tomo la mañana libre, hago un pequeño “parón” después de estas tres semanas tan frenéticas, y me voy a un SPA en el centro de Barcelona, me harán un masajito y luego me iré a comer tranquilamente con mi marido. ¿Es malo hacer esto porque, mientras tanto, nuestro hijo estará en la guardería? ¡Pues claro que no! Cuando le vayamos a buscar, estaremos tan relajados y contentos, que nos hará muchísima ilusión pasar toda la tarde jugando con él, explicándole cuentos o cantando.

Si nosotros estamos bien, nuestros hijos también lo estarán.