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Está prohibido prohibir porque sí

Cuando los padres educamos a nuestros hijos buscamos la manera de establecer límites y normas para que aprendan a comportarse y sean felices. Lo que guía estos límites y las normas de comportamiento de los niños es cómo los padres resolvemos las situaciones cotidianas. Es decir, consintiendo y prohibiendo diferentes cosas a los pequeños. Por tanto, el comportamiento de nuestros pequeños será consecuencia directa de las respuestas que vayamos dando ante sus diferentes conductas y está en nuestras manos enseñarles a ser personas autónomas, seguras de sí mismas y que sepan moverse por el mundo.

En mi opinión, hay tres aspectos totalmente necesarios a la hora de educar: primero de todo, muchísimo amor y empatía para que nuestros hijos sean niños felices, que para mí es lo más importante. En segundo lugar, darles desde muy pequeños las herramientas necesarias para que sepan expresar cómo se sienten y qué necesitan, para que se conviertan en personas independientes y capaces de salir adelante ante cualquier situación. Por último, creo que es fundamental enseñarles a comportarse, que sepan que en su familia hay unas normas y marcar unos límites que ellos conozcan desde pequeñitos. El “todo vale” o la libertad extrema, creo que no funciona. Como todos sabemos, los niños necesitan sus rutinas y sus límites, así aprenden cómo tienen que actuar en cada situación.

Dicho esto, voy a lanzar ahora la frase que he elegido como título de este post: ESTÁ PROHIBIDO PROHIBIR PORQUE SÍ. Responderle a nuestro hijo “porque lo digo yo”  o “tú haz esto y calla” no funciona. Obviamente, hay situaciones en las que es necesario que intervenga un adulto (llámese madre, padre o profesor), porque existe un peligro real. Pero muchas veces los padres prohibimos cosas porque nosotros mismos les tenemos miedo. Si les prohibimos cosas constantemente, nuestros hijos crecerán con la idea de que hay cosas peligrosas que deben evitar y aprenderán a ser inseguros, asustadizos y dependientes. Por tanto, cuando los adultos tomemos la decisión de prohibir conductas, debemos hacerlo con moderación para evitar consecuencias negativas en nuestros pequeños. Y, sobre todo, razonarles muy bien por qué les estamos aconsejando que no hagan (o que sí hagan) ciertas cosas.

¡No les sobreprotejamos! Hay determinadas cosas que no deberíamos prohibir nunca a un niño:

  • Correr, saltar y gritar: porque a veces son la manera que tienen de expresar sus emociones. Los padres tenemos que tener paciencia y poner límites (eso siempre) pero límites en los que nuestros hijos puedan moverse y expresarse libremente.
  • Dibujar o pintar: muchas veces nos da pereza que lo ensucien todo y ni siquiera les dejamos sacar las pinturas del cajón. ¿Habías pensado que así podríamos estar coartando su creatividad?
  • Dar su opinión: el niño tiene sus propios pensamientos y deseos y necesita poder expresarlos. Por eso, es importante que no se reprima lo que tiene que decir con expresiones como. “Ya sé lo que te pasa, tú eres muy pequeño para entenderlo”.
  • Comer solos: a menudo, por falta de tiempo, hay padres que prefieren dar de comer a sus hijos en vez de enseñarles a comer solos. Así no ensucian y van más rápido. Pero a los niños les encanta sentirse autónomos y útiles, así que… ¿qué pasa si tardan una hora en cenar en vez de veinte minutos?
  • Ayudar en casa: muchos papás no dejan que sus hijos les ayuden y les dicen “lo vas a tirar”, “se te va a caer al suelo”, “es igual, déjalo, que yo ya lo puedo hacer sola”… Luego, cuando el niño es mayor, se suelen quejar porque no hacen nada. Pues para evitar esto, es bueno dejar que el niño colabore en las tareas de la casa desde pequeño. Esto hará que se sienta útil. A Bruno, por ejemplo, le encanta ayudarme a poner la lavadora. Evidentemente, cuando me ayuda él tardo mucho más que si la pongo yo sola, ¡pero lo disfrutamos tanto! Le gusta sacar la ropa sucia de la cesta, ponerla dentro de la lavadora, cerrar la tapa, ¡y ya poner el jabón es lo más de lo más!

En mis artículos siempre intento citar a autores que me gustan y que tienen reflexiones que creo que nos pueden servir a todos. Hoy he recuperado una reflexión de Rosa Jové, la popular psicóloga autora de maravillas como La crianza feliz, Ni rabietas ni conflictos o Dormir sin lágrimas (libros que, por cierto, te recomiendo). En uno de sus artículos escribió que Educar niños obedientes no trae como resultado dar al mundo niños felices. La obediencia se consigue casi siempre a través del miedo, así que lo más conveniente es educar personas que entiendan desde bien temprano qué es el respeto, la reciprocidad y esa empatía construida a través del afecto sincero. ¡Me escribiré esta frase bien grande y la colgaré en la nevera de casa para tenerla siempre presente! Creo que es muy necesario huir de la tradicional psicología conductista en la que, si hacemos algo malo, se nos castiga y, si hacemos algo bueno, se nos premia. Los premios y los castigos quizás funcionan a corto plazo, pero a la larga, no.

Es evidente que, si les castigamos por todo o les prohibimos casi todo, nuestros hijos no serán felices ni seguros de sí mismos. Actuarán por miedo y sin entender el porqué de las cosas. Pero tampoco lo serán si les permitimos todo, porque no sabrán cómo tienen que comportarse en cada situación ni entenderán dónde están los límites. Como en todo en la vida, lo mejor es un término medio. Como dice mi padre Ni todo es blanco, ni todo es negro. Siempre hay colores intermedios.

Prohibirlo todo es un error. El niño al que le exigen que no chille, a esconder sus lágrimas porque llorar es de débiles o al que le obligan a estar quieto para no molestar, acabará desarrollando una represión emocional y personal que puede ser peligrosa en un futuro.

Estoy convencida de que a nuestros hijos les entrará mucho mejor una orden del tipo “espera un momentito, no toques esto, ahora te ayudo y te enseño cómo se hace” a una del tipo “¡es que mira que eres tonto! ¿No ves que si lo coges así se rompe? ¡Parece mentira que no lo entiendas!”. Seguro que, si nos esforzamos por hablarles y actuar con respeto y empatía, ellos también lo harán. Y, al final, eso es lo que queremos.

¿Es malo estar triste, mamá?

Hace unos días, en mi ratito de lectura diaria, llegó a mis manos un artículo que me encantó y que me inspiró mucho para escribir sobre cómo trabajar las emociones con nuestros hijos en casa. El artículo explicaba cómo ayudarles a expresarlas, tanto si son positivas como negativas. Una herramienta que está siendo un éxito en muchas familias es “El botiquín de las emociones”. Se trata de un botiquín que podemos usar tanto los adultos como los niños y que ayuda a curar las “heridas internas”, calmar el malestar emocional y a transformar cualquier mal momento en alegría.

El primer paso es que construyas el botiquín con tus hijos, para que se impliquen en hacerlo y entiendan para qué sirve cada uno de los objetos que hay dentro de él. Podéis forrar una caja de cartón con papel de seda de colores o con goma eva y hacer separadores en el interior de la caja para que cada objeto vaya en su sitio.

Una vez lo tengáis preparado, deberíais dejar el botiquín en un sitio visible de la casa para que los niños (y los adultos) podáis acceder a él fácilmente.

El funcionamiento es el siguiente: un adulto puede curar a un niño y un niño puede curar a otro niño o a un adulto, o incluso curarse a sí mismo. Lo primero que tenemos que hacer es preguntar al “paciente” qué le pasa, que problema tiene, qué emoción necesita tratar. Después, le daremos un diagnóstico y, finalmente, le recetaremos lo que consideremos más oportuno. De esta forma, el niño aprende a ponerse en el lugar de los demás, a intentar entender lo que nos pasa, aprende a empatizar. También empieza a saber qué siente con cada emoción, cuáles le hacen sentir bien o mal, etc.

Al principio puede ser un poco complicado que sepan usarlo ellos solos pero, con tu ayuda,  poco a poco tus hijos irán aprendiendo qué objeto necesitan y cuál les funciona mejor según lo que sientan.

¿Qué ha de tener el “Botiquín de las emociones”?

  • Tiritas pegabesitos: tiritas de colores o con dibujos. Hay que tener muchas, porque curan la mayoría de los males y se usan casi cada día.
  • Pedorretas lanzarrisas: son un remedio genial cuando estamos tristes. Las puedes comprar en una tienda de bromas.Resultado de imagen de whoopee cushion
  • Gasas abrazadoras: tienen que ser largas para que podamos abrazar bien al paciente. Cuanto peor se sienta, más grande ha de ser el trozo de gasa.
  • Toalla recogelágrimas: cualquier toalla de manos puede servir, pero son muy chulas las toallas compactas con dibujos, porque ocupan poco y así podemos tener varias dentro del botiquín.
  • Cojín quitapenas: si es de colores alegres o con alguna frase motivadora, mejor. Sirve para abrazarlo y que las penas desaparezcan.
  • Vaporizador antimiedos: sólo necesitas un vaporizador y un poquito de colonia diluida en agua. Puedes pegarle el dibujo de un monstruo para que los niños sepan que, si vaporizan ese spray, los miedos desaparecen. Si tu hijo tiene miedo por la noche, se lo puede llevar a la cama, por si necesita vaporizar en algún momento por la noche.
  • Caramelos curangustia: son el complemento perfecto para la toalla recogelágrimas, porque suelen eliminar el llanto del todo. Te aconsejo que tengas bastantes en un botecito dentro del botiquín, porque nunca se sabe cuándo harán falta.

  • Pelota antirrábica: ideal para tratar el estrés, el enfado o la rabia. Puedes lanzarla contra el suelo para deshacerte de estas malas sensaciones. Tiene que ser una pelota de goma de esas que botan mucho. Cuanto más alto bote, mejor se sentirá el paciente.
  • Tarro de la calma: es el complemento perfecto que se puede usar después de la pelota antirrábica. Una vez el paciente ha conseguido calmarse, puede ponerse a contemplar el tarro de la calma. Simplemente tienes que coger un bote con tapa que cierre bien (mejor que sea de plástico, para que no se rompa si se cae al suelo) y llenarlo de agua, purpurina y tres o cuatro gotitas de colorante del color que te guste. Así, cuando tu hijo (o tú) necesitáis tranquilizaros, sólo tenéis que agitar el bote y ver como cae la purpurina y se mezcla con el líquido de color.

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  • Como parte opcional, puedes añadir un fonendoscopio y una bata de médico, para que tus hijos se lo pongan cada vez que tengan que curar una emoción y entren en el papel más fácilmente.

Esto es todo. Cuando lo leí, me pareció un recurso súper chulo, tanto para tenerlo en casa como en la clase. Es una herramienta muy accesible y atractiva para los peques, que les ayudará muchísimo a saber identificar lo que les pasa y a “autocurarse”. De esta forma, podrán conocerse bien e ir canalizando las emociones de manera positiva. Y, sobre todo, entenderán que estar enfadado, triste o tener miedo no es malo, sino que son emociones y sentimientos que existen, que irán sintiendo a lo largo de toda su vida y que es importante que sepan gestionar.

Como dice el gurú Daniel Goleman, la inteligencia emocional es “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, así como los ajenos, de motivarnos y de saber manejar las emociones”. Tal cual. Está en nuestras manos, como papás y mamás, ayudar a nuestros hijos a identificar sus problemas, entender lo que les pasa, y saber solucionarlo. Si lo necesitan, les prestaremos ayuda y, poco a poco, ellos solitos sabrán hacerlo.