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¿Realmente vale la pena seguir aprendiendo inglés?

La semana pasada estuve hablando con el papá de unas alumnas nuestras cuando las vino a buscar. Me comentó que ese día había tenido una reunión con un cliente extranjero por Skype y que había usado el traductor simultáneo que tiene este programa. :O What?? Después, me dijo que había invertido mucho dinero en que sus hijas aprendieran inglés desde pequeñas contratando a una canguro en inglés, viniendo aquí cada semana desde los tres años, etc. Su pregunta, al final de nuestra conversación, fue: ¿Realmente vale la pena que mis hijas aprendan inglés? Total, cuando sean mayores, seguro que las máquinas traducirán simultáneamente cualquier idioma y ya no necesitarán saberlo…

Cuánto me hizo reflexionar esa conversación de diez minutos. Mucho.

Al día siguiente, lo primero que hice fue investigar acerca del traductor simultáneo de Skype, porque no tenía ni idea de que existía. Efectivamente, Skype Translator es un traductor incorporado a la aplicación que permite traducir las conversaciones a tiempo real. De hecho, Skype Translator traduce desde y hacia el inglés, por supuesto, y a otros nueve idiomas más. El último que se añadió, en abril de este año, fue el japonés. Increíble, ¿no? No es que se prevea  que esto ocurrirá en el año 2030, sino que ya es una realidad hoy, a finales del año 2017.

Estuve un par de horas leyendo artículos sobre diferentes aplicaciones y herramientas que, efectivamente, traducen conversaciones a tiempo real, traducen textos mientras se están escribiendo… Es evidente que la tecnología se está desarrollando a pasos agigantados y que, en pocos años, ha evolucionado de una forma increíble. Sin embargo, creo que también es evidente que aprender un idioma no sólo es ser capaz de traducir una conversación, sino también poder comunicarnos cuando vamos a otro país, conocer nuevas culturas y enriquecernos de ellas. Aprender un idioma extranjero te aporta mucho más que simplemente la capacidad de comunicarte, es una puerta a conocer otras culturas y otras formas de ver el mundo.

Por otro lado, me intenté imaginar cómo sería el futuro cercano, dentro de cinco o diez años. ¿Es el progreso de la inteligencia artificial el fin de la inteligencia humana? No lo creo. Aunque las máquinas, ordenadores o robots cada vez sabrán hacer más cosas y seguramente mejor que los humanos, ¿no querremos estudiar ni aprender nada porque ellos lo harán todo mejor que nosotros?, ¿nos volveremos tontos y pasivos? No lo creo y, sinceramente, espero que no sea así. Por muchos avances tecnológicos que haya en los próximos años, la inteligencia humana no se va a frenar. Porque las personas somos seres emocionales, creativos, con sentimientos, capaces de decidir. En cambio, la inteligencia artificial, aunque esté cada vez más cerca de parecerse a la humana, se ha creado basándose en ésta y sus funciones han sido creadas precisamente por un programador.

Dejando a un lado el futuro y lo que pueda ocurrir, ahora hablaré de las traducciones automáticas versus las traducciones humanas. Por mi formación profesional (durante varios años fui intérprete simultánea de conferencias de inglés, francés e italiano), me cuesta imaginarme que un ordenador o un robot podrá hablar igual de fluidamente o traducir simultáneamente igual de bien que un humano. Los giros de significado, las bromas, las connotaciones de cada idioma son muy difíciles de traducir automáticamente por una máquina. Siguiendo en esta línea, me ha venido a la cabeza una frase mítica que nos repetían mucho en la carrera de Traducción: non verbum de verbo, sed sensum exprimere de sensu. Es de Cicerón, uno de los más grandes poetas romanos. La frase dice que una traducción no debe expresar la palabra correspondiente a cada palabra, sino el sentido correspondiente a cada sentido. El sentido es lo más difícil de traducir y, por tanto, más difícil que lo haga una máquina. Evidentemente, no voy a negar que cada vez lo hacen mejor, pero creo firmemente que todavía no lo hacen igual que un ser humano. Además, por muy útiles que sean los traductores virtuales, si hay algo de lo que carecen, es de sentimientos. Por eso, aunque sean un complemento súper útil, nunca podrán reemplazar el tú a tú de una conversación real entre seres humanos.

Volviendo a la conversación que tuve la semana pasada con el papá, sigo convencida de que, por muchos avances tecnológicos que haya respecto a los idiomas y a los traductores automáticos, para participar en el mundo globalizado de este siglo en el que estamos viviendo, es necesario hablar inglés o, como mínimo (muy muy mínimo), entenderlo y defenderse para salir del paso en una conversación básica. Desde las famosísimas series de Netflix, hasta los memes de Internet o muchas aplicaciones para los móviles, todo es en inglés. El predominio lingüístico de este idioma es más que evidente.

Para terminar, me gustaría destacar también que hay algo inherentemente atractivo en el aprendizaje de un idioma nuevo, ya sea el inglés o cualquier otro. La sensación de poder comunicarte sin problemas en otros idiomas que no son el tuyo, para mí es indescriptible. El subidón cuando te das cuenta de que puedes viajar sin ninguna barrera porque eres capaz de hablar y entender perfectamente también es indescriptible. Como veis, se nota que soy traductora e intérprete de formación, pero es que realmente pienso que no puede haber nada negativo ni inútil en el hecho de aprender un idioma nuevo (o dos, o tres, o cuatro, o cinco).

¿Con todo esto quiero decir? Pues que está claro que la tecnología está aquí para quedarse y para ayudarnos en nuestro día a día. Por supuesto, no la dejaría nunca de lado. Sin embargo, las personas tenemos que seguir aprendiendo, seguir formándonos en lo que nos guste y seguir sabiendo hacer cosas por nosotros mismos. Eso sí, usando la tecnología para crecer, evolucionar y comunicarnos en este mundo tan global en el que nos ha tocado vivir.

Y tú, ¿cómo aprendes? Nosotros, jugando.

Quería que el post de hoy resolviera un tipo de dudas que algunas mamás nos preguntan de vez en cuando. ¿Cómo puede ser que mi hijo mayor se aprendiera las tablas de multiplicar de memoria y con el pequeño no hay manera? O ¿Por qué a ella no se le da bien hacer trabajos en grupo?

Para resolver estas dudas con un poco de fundamento me he tenido que documentar bastante. He estado varios días leyendo artículos de psicología, pedagogía y didáctica sobre cómo aprendemos, qué aspectos influyen en el aprendizaje, etc.

Así que, primero, te voy a hacer una introducción un poco teórica de los diferentes tipos de aprendizaje que existen y después pasaremos a la parte más práctica.

Pues bien, hay trece tipos de aprendizaje: aprendizaje implícito, aprendizaje explícito, aprendizaje asociativo, aprendizaje no asociativo, aprendizaje significativo, aprendizaje cooperativo, aprendizaje colaborativo, aprendizaje emocional, aprendizaje observacional, aprendizaje experiencial, aprendizaje por descubrimiento, aprendizaje memorístico, y aprendizaje receptivo.

No los voy a explicar todos, porque entonces el post sería larguísimo y demasiado técnico, pero sí que me gustaría dejarte la fuente que he utilizado para informarme (lo explica de forma bastante sencilla y clara). Es la web de psicología https://psicologiaymente.net/desarrollo/tipos-de-aprendizaje.

Voy a destacar tres tipos de aprendizaje que considero importantísimos y que me gustaría que los profesores tuvieran muy en cuenta a la hora de enseñar un idioma (o, en realidad, cualquier otra cosa): el aprendizaje implícito (el que no es intencionado, porque la persona que aprende no es consciente sobre qué aprende, lo hace sin darse cuenta); el aprendizaje emocional (la persona aprende porque está motivada, porque le hace ilusión, porque le interesa lo que le están explicando); aprendizaje observacional (la persona que aprende lo hace observando e imitando al que le enseña, que generalmente es el profesor). Para mí, un buen aprendizaje debería combinar estos tres.

Ahora, pasemos a la parte más práctica. Si un niño o una niña aprende inglés sin darse cuenta, porque le encanta e imitando el acento y entonación de su profesora, es un éxito. Es un éxito porque, para el resto de su vida, el inglés será siempre algo divertido, motivante e interesante. Sabemos que, si lo aprende así, en seguida lo hablará fluidamente o no le costará demasiado recordar las palabras nuevas que vaya aprendiendo. Para nosotras es un orgullo ver a los alumnos cómo se motivan por aprender inglés. Recuerdo que, cuando este proyecto comenzó, nos encontramos con niños mayores (7-8 años) que, a causa de haber tenido una experiencia negativa con el inglés de pequeños, le tenían manía, era muy complicado motivarlos y, por tanto, muy difícil que aprendiesen. Fue un reto para nosotras darle la vuelta a la situación, pero quedó comprobadísimo que, si les ayudábamos a aprender a través de sus propios intereses, era más fácil cambiar su visión acerca del inglés.

Ay, que me voy por las ramas… Si intento responder a las dudas con las que empezaba este post, diría a las mamás que, efectivamente, cada niño tiene una manera de aprender. El niño al que le cuesta aprenderse las tablas de multiplicar, quizás no tiene tanta facilidad para el aprendizaje memorístico y la niña que tiene dificultades para hacer trabajos en grupo, seguramente no ha desarrollado el aprendizaje cooperativo. No pasa nada, tendrán otras formas de aprender exactamente igual de aceptables. Siempre se ha dicho que Cada maestrillo tiene su librillo, pero es que cada alumno también tiene su propio estilo de aprendizaje.

Un niño (y un adulto) puede combinar diferentes estilos de aprendizaje. Lo importante es que, como madre, padre o como profesor, te des cuenta de cuál es el estilo de aprendizaje de cada niño para, de esta manera, ser capaz de ayudarle a aprender y que no pierda la motivación.

Motivación. Gran palabra clave. En mi opinión, es el fundamento de cualquier aprendizaje, también del aprendizaje del inglés.

Para terminar, me gustaría compartir contigo una reflexión. Seguro que recordarás al típico profesor que “pegaba el rollo” sin tener en cuenta si a los alumnos nos interesaba lo que estaba explicando o cómo lo estaba explicando. Y también recordarás al profesor ese tan genial y adorado que nos hacía enamorarnos de algún tema o de alguna asignatura. Qué maneras tan diferentes de enseñar, ¿verdad?

Y quizás ahora te estarás preguntando: ¿y esto qué tiene que ver con aprender un idioma? Pues tiene mucho que ver, porque, por suerte, en las clases de inglés (francés o alemán) cada vez estamos más lejos de las clases magistrales, los alumnos escuchando durante una hora o más al profesor, repitiendo su entonación y apuntando en la agenda los deberes que tienen que hacer en casa para la semana siguiente. Cada vez más, las clases son participativas, activas, divertidas… motivadoras para los niños (y para los no tan niños).

¡Qué pasada que un niño aprenda las frutas y verduras jugando a saltar encima de ellas! Es un juego que hemos empezado a hacer en Nature y que está funcionando súper bien. En ningún momento les hemos hecho repetir el nombre de las cuatro frutas y de las cuatro verduras que tienen que aprender este trimestre, ¡lo han hecho ellos solos porque querían jugar! Con un papel de embalar en el suelo lleno de frutas dibujadas, cada niño tiene que decir el nombre de una fruta o verdura para poder saltar encima de ella y llegar hasta el final del camino. ¿No te parece genial? Pues éste es un simple ejemplo de muchos otros que podríamos citar para referirnos a diferentes formas de aprender.

Hablarlo… eso ya son palabras mayores

Hay una situación que me parece increíble cada vez que la vivo: a mis treinta años, tengo muchos amigos y conocidos de mi edad (o mayores) buscando trabajo o con intención de cambiar de trabajo para encontrar algo mejor. El gran desafío al que se enfrenta la mayoría de ellos son las entrevistas. ¿Por qué? Porque, muchas veces, son en inglés.

¡Qué miedo!, ¡Qué vergüenza! o ¡No me va a salir ni una palabra! son afirmaciones que me han dicho muchas veces compartiendo su nerviosismo el día antes de una entrevista. Y si es por Skype o por teléfono, todavía peor. No se sienten seguros al hablar este idioma en público. En general, las personas de mi generación nos sentimos capaces de escribirlo y entenderlo, pero hablarlo… eso ya son palabras mayores.

Reflexionando y documentándome sobre este tema, encontré un estudio que publicó Cambridge University Press el pasado mes de enero, que señala que el 44% de los españoles reconoce que su nivel de inglés es “bajo” o “muy bajo”. Somos uno de los países peor situados en el gráfico de toda la Unión Europea. Pero, ¿sabes lo que más me impactó cuando leí el estudio? Julio Redondas, director de comunicación de Cambridge University Press, explicaba que uno de los mayores obstáculos de los españoles es la vergüenza que tenemos a la hora de  hablar en inglés aunque, paradójicamente, el estudio asegura que “es el país que mejor sabe reírse de sí mismo. El hecho de que España se valore negativamente “no está relacionado directamente con la autoestima de los ciudadanos”. Según Redondas, el problema es que “sabemos más inglés del que creemos pero no confiamos en nuestra capacidad para hablarlo o escribirlo”.

A raíz de esto, me puse a pensar en los Parents Day, las actuaciones que hacemos para las familias al final de cada trimestre. ¡Qué buena oportunidad para exponerse a la situación de hablar en inglés en público! Afrontar esta situación desde pequeños, perder la vergüenza, superar esa inseguridad inicial… y aprender a hablar sin traducir desde el castellano o desde el catalán. La magia de aprender un idioma desde niño es justamente que, como sus redes neuronales se están desarrollando, aprendemos de forma natural y no traduciendo, como hacemos los adultos.

Me gustaría comparar la exposición de un adulto a hablar otra lengua en público (en una entrevista, reunión de trabajo, etc.) con la exposición de un niño. Por mi experiencia os puedo asegurar que he sido testigo de la gran diferencia que existe entre ambas. Un adulto puede haber hecho quince entrevistas en inglés y, cuando hace la número dieciséis, todavía sigue nervioso e inseguro. En cambio, un niño, cuando se expone a hablar en público en inglés desde pequeño, a la segunda o tercera vez, generalmente ya ha superado el “pánico escénico” y es capaz de hablar tranquilamente y seguro de sí mismo.

Además, cuando un niño aprende un idioma desde pequeño (con “pequeño” me refiero de 0 a 6 años), aprende a aprender un idioma. Valga la redundancia. Sí, la única manera de aprender es aprendiendo. Cuando se aprende inglés y francés, luego resulta más fácil aprender otra lengua porque la disciplina es la misma y el cerebro se acostumbra. Empezar de pequeño es el primer paso para ser un buen políglota.

Desde hace unos treinta años, el interés de muchos padres por que sus hijos vayan a la universidad y por que aprendan inglés está al mismo nivel. Entonces, mi pregunta es: ¿cómo es posible que muchos lo aprendan desde que tienen 3 años y luego no sean capaces de defenderse en una reunión de trabajo? Pues, en mi opinión, en gran parte es por culpa de la gran tendencia que hay (espero que cada vez menos) en España de aprender haciendo ejercicios en libros de texto y con profesores no bilingües.

Esta idea la explica muy bien y esquemáticamente Claudia Carter, una mamá inglesa que vive aquí desde hace años y que ha creado un método de enseñanza de inglés a bebés. Carter afirma que “El proceso a través del cual aprendemos nuestro idioma nativo sería, de manera esquemática, el siguiente: escuchar varias veces la misma palabra, reproducirla y perfeccionar la pronunciación; aprender a leer la palabra y aprender a escribir la palabra”. Sin embargo, señala que “en España los idiomas se enseñan al revés de cómo aprendemos nuestro primer idioma. Primero se aprende a escribir, luego a leer, luego a hablar y luego a escuchar. Cuando lo más importante de aprender un idioma es hacerse entender en él, nuestro sistema busca solamente poder entenderlo”.

Me encantaría que dejáramos de lado ya nuestra obsesión por los títulos oficiales y realmente aprendiéramos las lenguas extranjeras bien: haciendo actividades que nos gusten en estos idiomas e integrándolos en la vida diaria.

 

Ellos son los que componen la melodía

Hace unos días, una amiga me envió un enlace de Youtube de un cortometraje llamado A cloudy lesson.

Son apenas dos minutos y, antes de leer este post, te recomiendo que lo veas, porque haré muchas referencias a él.

Cuando lo hayas visto, quizás pensarás: ¿y esto qué tiene que ver con aprender inglés? Pues creo que tiene mucho que ver. Sigue leyendo…

A mí, la moraleja principal que me transmitió esta pequeña historia es que enseñar es sinónimo de enriquecer, no de limitar. Enseñar algo a un niño siempre es algo positivo y bonito  (o debería serlo), porque le ayudará a abrir sus horizontes, a ir forjando su manera de pensar, a crecer. Lo mismo pasa (o tendría que pasar) con los idiomas. Aprender inglés, francés, alemán, chino o el que más te apetezca, enriquece.

Imagínate el cerebro como un mueble lleno de cajones con madejas de lana de colores dentro de cada cajón. Aprender un nuevo idioma permite que, en el cerebro de la persona que lo está aprendiendo, se abran cajones que hasta entonces estaban cerrados. Estos cajoncitos son: nueva fonética, nueva pronunciación, nuevas estructuras gramaticales, etc.

El gran lingüista Noam Chomsky, entre muchos otros, estudió a fondo este tema, el del aprendizaje de lenguas extranjeras. Y demostró que, estos cajones, si se empiezan a abrir cuando somos pequeños (de hecho, lo ideal es que sea antes de los 6 años), funcionan mucho mejor. Las juntas de metal están nuevas y no chirrían, la madera brilla y se desliza bien, las madejas de lana que hay dentro de cada cajón todavía están  enteras, no están deshilachadas o desteñidas… Cuando aprendemos un idioma de mayores, ya es diferente. Recuerdo cuando, en primero de carrera, estudié Lingüística, y nos enseñaron todas las variables que intervienen en el cerebro de una persona que aprende un idioma extranjero nuevo con más de 8 años: hay prejuicios, malos hábitos ya adquiridos en nuestro idioma materno que solemos aplicar a los nuevos idiomas que aprendemos, dificultad a la hora de pronunciar bien… y un larguísimo etcétera que no voy a escribir ahora, porque entonces este post se convertiría en algo demasiado técnico.

Así pues, creo que estarás de acuerdo en que, cuanto antes se aprenda un idioma, mejor.

Entonces, volviendo a la historia de A cloudy lesson, otra de las enseñanzas que extraje de ella es la importancia de transmitirles a los niños que aprender inglés o cualquier otro idioma puede ser divertido. Tu actitud es muy importante en el proceso de aprendizaje de tu hijo, en éste y en todos los aprendizajes de su vida, porque él se fija en ti y, generalmente, copia tu manera de actuar y de ver las cosas. Así pues, deberías transmitirle en todo momento positivismo, para que el niño vea que aprender un nuevo idioma es algo guay, interesante, y que se sienta privilegiado de poder hacerlo. Además, no olvidemos que a los niños les gusta aprender jugando, sin darse cuenta, mientras que las actividades aburridas se les dificultan y hacen que pierdan rápidamente el interés. Por lo que, tanto padres como profesores, deberíamos buscar métodos divertidos para motivar el aprendizaje del idioma, sin obligarles a memorizar ni a traducir, simplemente motivándoles y no cortándoles las ganas.

Para terminar, me gustaría compartir contigo las tres conclusiones que saqué del cortometraje:

  1. No existe una única forma de hacer las cosas ni una única manera correcta, cada uno tiene que experimentar por sí mismo y encontrar la estrategia con la que se sienta más cómodo y que respete mejor su personalidad. El papel de los padres, madres, educadores y profesores es ayudar y guiar a los niños y niñas para que lleguen a ser capaces de saber qué les funciona mejor según su manera de ser y de aprender.
  2. De los errores pueden nacer grandes cosas. Los errores son parte del proceso de aprendizaje, por lo que no debemos temerlos ni transmitirles a los niños una idea negativa sobre ellos. En vez de evitar y castigar los errores, debemos animar a los niños a que aprendan de ellos e intenten descubrir su lado positivo. ¡Qué difícil es esto, eh?! En mi opinión, el gran cambio en la educación que haremos en este siglo (¡ojalá!) va en esta dirección. De este tema escribiremos un artículo más adelante, porque es muy muy muy interesante.
  3. El apoyo es esencial. Si el abuelo del cortometraje hubiera reñido a su nieto y no le hubiera animado a hacer nuevas nubes, el niño habría vivido esa experiencia como un fracaso que probablemente le habría marcado para siempre, generándole un gran sentimiento de culpa. Sin embargo, el apoyo, la confianza y el amor lo cambian todo. ¡No lo olvides nunca! No son las experiencias, sino nuestra reacción ante ellas, lo que determina si nos estancamos o crecemos.

Estos tres puntos los podemos aplicar también a la forma de enseñar un idioma: respetar la forma y el ritmo de aprender de cada niño, permitir que se equivoque y darle nuestra confianza siempre.

Como conclusión, me gustaría regalarte una frase que me ha inspirado muchísimo: A los niños podemos enseñarles las notas musicales, pero debemos dejar que sean ellos quienes compongan la melodía. Creo que me la voy a escribir en grande, de colorines y bien bonita y me la colgaré en mi despacho. Es un gran consejo.

Todo aprendizaje requiere su tiempo

Durante estos casi cuatro años de vida de WonderFUN hemos conocido a muchos niños con niveles de inglés muy diversos: desde el niño que con tres años ya lo entendía todo y se atrevía a hablar en inglés, con algunas palabras inventadas, hasta el niño de ocho que le tenía manía al idioma porque decía que no lo entendía. Por curiosidad, me he ido fijando en el tipo de exposición que tenía cada uno de ellos a esta lengua desde pequeños y ver qué es lo que funciona para que adquieran bien el idioma y lo aprendan con ilusión.

Lo que está claro es que cuanto antes empiecen a oír y escuchar el inglés (o cualquier otra lengua extranjera), mejor. Es ideal que sea antes de aprender a leer, porque así se fijan únicamente en la pronunciación, la fonética y asimilan las palabras de forma mucho más natural que si las ven escritas. Pero, ¿cuáles son las primeras palabras que aprenden? Las que les sirven para expresar lo que necesitan o lo que quieren. Por ejemplo, “quiero ir al lavabo” o “quiero agua”. Después ya vendrán los colores, los animales o las partes del cuerpo.

Una apuesta segura para que nuestros hijos puedan exponerse al idioma son las actividades en las que haya inmersión total, en las que no se hable español, para que se acostumbren a escuchar otra lengua, a su fonética y expresiones, para que asocien que las teachers hablan siempre en ese idioma y copien su acento y musicalidad nativos.

Aunque a algunos padres quizás les gustaría que sus hijos aprendieran el idioma en seguida, no hay que dar importancia si, al principio, los niños se resisten a hablar en inglés. Es totalmente normal que prefieran hablar en su propio idioma, porque se sienten más cómodos. Poco a poco irán atreviéndose porque, en las clases “por inmersión”, necesitarán el idioma para participar en las actividades.

Lo que no aconsejaría a los papás y a las mamás es que presionen a los niños a que hablen en inglés desde el primer día. Muchas veces, a la salida de clase, oímos el típico “dime algo en inglés” o “¿cómo se dice esto en inglés?”. Esta frase puede tener repercusiones muy negativas en el niño porque, si se siente presionado, acabará cogiéndole manía al idioma, ya que lo verá como una obligación y no lo disfrutará. Si no lo disfruta, difícilmente aprenderá.

Es importante que los padres comprendamos que aprender un idioma requiere su tiempo. Hay niños que tienen más facilidad que otros, hay niños que tienen más oído y cogen un buen acento enseguida, hay otros más tímidos a los que les cuesta más “arrancar”… No pasa nada, todos terminan aprendiendo. Siempre hay lo que se llama “el período de silencio”, que es el tiempo que el niño necesita para habituarse a este nuevo idioma. Todavía no podrá hablarlo, pero su cerebro estará trabajando y ordenando las palabras y estructuras nuevas que aprenda para que, de repente, un día empiece a construir frases correctamente.

Muchas veces hay mamás o papás que nos preguntan qué pueden hacer para reforzar lo que van aprendiendo en clase y para ayudar a que sus hijos se familiaricen y disfruten con el inglés. Para terminar, me gustaría daros tres ideas que creo que funcionan súper bien:

  • Ver siempre la tele en inglés. Siempre. Ahora, con el TDT, es muy fácil, sólo tenemos que cambiar las opciones de audio. Que los niños se crean que la tele es en inglés: los dibujos, las pelis, los documentales…, TODO. Sólo con esto, tenemos mucho ganado.
  • Buscar actividades divertidas y sencillas para inculcarles que aprender otro idioma es guay: por ejemplo, si están aprendiendo los colores, podemos buscar en casa cosas que sean blue, yellow o red o, si están aprendiendo a usar el futuro, hacer una lista de las actividades que haremos el próximo fin de semana. De esta forma, verán que aprender el idioma también es algo práctico y útil.
  • Que el papá o la mamá (o el hermano, o la tía, o la canguro) busque cada día 10 minutitos para jugar en inglés. Si se hace cada día, con 10 minutos ya es suficiente, no hace falta más. Es un ratito que les encanta porque es un juego y un reto muy motivador: jugar a tiendas en inglés, a muñecas, hacer construcciones, a algún juego de mesa… etc.

El primer paso, y el más importante, es que como padres nos sintamos bien y motivados por apuntarles a actividades en inglés después del cole, porque les estamos haciendo un favor. De pequeños es una actividad divertida y motivante para ellos y, cuanto más mayores se hagan, se convertirá en algo mucho más académico que verán como una obligación. Si les contagiamos el interés por aprender idiomas y les transmitimos lo útil y divertido que es, viajarán y entenderán a niños de otros países, aprenderán sobre otras culturas y lo más importante: lo harán con mucha ilusión, palabra clave para que el aprendizaje se quede no sólo en la mente sino también en el corazón.