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Mi paso por la neurociencia

Todos los que me conocéis sabéis lo mucho que apuesto por el aprendizaje a través del juego. De hecho, personalmente ha sido una de las cosas más bonitas que he aprendido a lo largo de mi carrera como profesora. Empíricamente me he dado cuenta de que, si los niños son felices, aprenden más y mejor. Pues hoy voy a intentar explicároslo de manera científica. A ver qué tal.

La semana pasada publicamos un vídeo en nuestro Facebook en el que David Bueno, doctor en biología y profesor de genética en la Universidad de Barcelona, nos explica el proceso de aprendizaje desde el punto de vista de la neurociencia. Es un vídeo que dura más de una hora y varias mamás nos han dicho que habían comenzado a verlo pero que duraba mucho tiempo y les resultaba muy difícil terminarlo. Como me encantó y descubrí cómo aprenden mis niños desde el punto de científico, he decidido contaros lo que me ha parecido más interesante.

El vídeo comienza explicando lo importante que es aprender música, artes plásticas y educación física. Este tema me tomaría un post entero así que, para poneros un ejemplo, me voy a enfocar en lo imprescindible que es la educación física en el proceso de aprendizaje. El ejercicio exige coordinación de movimientos y nos enseña que existen secuencias. Por ejemplo, ¿qué proceso nos lleva encestar una canasta? Primero hay que coger la pelota, mirar a la canasta y después lanzarla. Si hacemos los movimientos al revés, sería completamente imposible encestar. Este proceso tan sencillo establece conexiones en nuestro cerebro y se queda almacenado como aprendizaje de secuencias. Respetar la secuencia de las cosas es crucial para resolver sumas y restas o para seguir un proceso de laboratorio químico. El rendimiento en el aula siempre es mejor si entendemos que todo tiene un orden.

Y, científicamente, ¿cómo aprendemos? A ver si logro explicarme bien porque soy más de letras que de ciencias.

Cualquier cosa que nosotros aprendemos, el cerebro la guarda como un patrón de conexiones. Nuestro cerebro está formado por 85 mil millones de neuronas, pero lo importante son las conexiones que hacen entre ellas. Cuantas más conexiones haya, mejor. Éstas se logran si el aprendizaje involucra varias partes del cerebro. Es decir, si toca las emociones, si contextualiza, si el aprendizaje es transversal. Si aprendemos química a través de un experimento que implique tocar, sentir, oler, escuchar, observar y sorprenderse con el resultado, lograremos un aprendizaje  mucho mayor y más completo que si lo hacemos a través de una tabla de fórmulas químicas, un cuaderno y veinticinco niños sentados a nuestro alrededor.  El cerebro funciona como un todo integrado.

Aprender es fácil y la forma instintiva que tenemos de aprender como especie humana es a través del juego. De hecho, es como aprendemos de pequeños. El juego es ensayo, error y perfeccionamiento. Es aprender a interactuar con el entorno y con las demás personas. El juego te da la posibilidad de equivocarte sin que pase nada. El juego debería ser considerado una herramienta educativa obligatoria. Esto no significa estar divertido, significa estar motivado. Está comprobado que sin motivación no hay aprendizaje y ¿a quién no le motiva jugar?

Vamos ahora a la parte genética. Ser inteligente, de acuerdo al científico, viene de serie y también se puede entrenar. Está claro que nosotros llegamos a este mundo con una genética heredada y establecida que nos hace ser diferentes y tener distintas capacidades mentales.

Para explicarlo mejor, el profesor reparte hojas de papel a todos los asistentes de la conferencia y les pide que sigan sus instrucciones para construir un avión de papel. Cuando termina, los asistentes muestran sus aviones y todos son diferentes y raros. Incluso se ríe un poco y comenta que más de uno no volará. ¿Por qué? Porque todos tenían un trozo de papel de diferente tamaño y forma. Si sigues las mismas instrucciones para un papel diferente, el resultado puede ser desastroso. Lo mismo pasa con la educación. Tengo que deciros que me encantó el ejemplo. En él se explica de una manera tan sencilla que, si a todo el mundo lo educamos de la misma manera, habrá algunos que respondan bien y otros que no. Si la persona que tenía el trozo de papel más deforme, lo hubiese doblado de diferente manera, le hubiese salido un avión más pequeño pero con capacidad de volar.

Sí, hay personas que nacen con diferentes capacidades, pero si los educamos de la manera correcta, contextualizando la información e involucrando emociones positivas, lograremos el mejor resultado posible de cada cerebro.

Y ahora hablemos de emociones. ¿Qué son las emociones para nuestro cerebro? Son patrones de conducta que se generan sin que seamos conscientes de ello y, hasta que no se manifiestan, no podemos ser conscientes de dichas emociones. Por ejemplo, cuando vamos caminando por la calle y olemos algo que no nos gusta nada, en ningún caso nos detenemos a pensar: Qué mal huele, ahora voy a sentir asco. No. Automáticamente es: ¡Uy! qué asco, qué mal huele. Las emociones son patrones de reacción rápida. Es aquello que nos permite reaccionar sin pensar ante una situación que puede ser una amenaza o una oportunidad.

David Bueno asegura que, sin emoción, el cerebro no recuerda nada, simplemente porque no le importa. El cerebro almacena únicamente aquel aprendizaje que lleve emoción. Todo esto está muy bien, mientras la emoción sea positiva. Si los niños aprenden con miedo, asociarán el aprendizaje con una emoción negativa y serán personas que no querrán aprender cosas nuevas en el futuro. Serán adultos que no tendrán ningún interés en ser transformadores de su entorno.

En la conferencia, el profesor habla de dos emociones imprescindibles para generar personas que quieran cambiar el mundo: la alegría y la sorpresa. Por una parte, el aprendizaje a través de la alegría es un aprendizaje con confianza. Si sentimos alegría, querremos manifestarla y compartirla con los demás. Por otro lado, la sorpresa activa en nuestro cerebro una zona que se llama tálamo. Si queréis saber en dónde está y la explicación más específica os recomiendo visitar este enlace. Bueno, el tálamo es una glándula que se encarga de la atención. Es por esto que la sorpresa incrementa la atención de los niños. Sin atención, no hay aprendizaje. El tálamo no sólo se encarga de la atención si no también de la motivación.

La motivación se manifiesta como un aporte extra de energía, en forma de glucosa y oxígeno, para nuestro cerebro. Una persona motivada puede trabajar durante horas y horas sin cansarse. La motivación nos genera placer y esto hace que, todo lo que aprendamos, el cerebro lo valore como algo positivo.

Espero no haberos mareado con tanto término. No olvidéis que mi objetivo principal es justificar el aprendizaje a través del juego y las emociones desde un punto de vista científico. Si sabemos cómo funciona nuestro cerebro, seremos capaces de entenderlo y trabajar por una mejor educación. Hasta aquí llegó mi explicación. Si sois padres o profesores de niños adolescentes, os recomiendo que sigáis el vídeo a partir del minuto 38. Es donde yo me quedé.

¿Realmente vale la pena seguir aprendiendo inglés?

La semana pasada estuve hablando con el papá de unas alumnas nuestras cuando las vino a buscar. Me comentó que ese día había tenido una reunión con un cliente extranjero por Skype y que había usado el traductor simultáneo que tiene este programa. :O What?? Después, me dijo que había invertido mucho dinero en que sus hijas aprendieran inglés desde pequeñas contratando a una canguro en inglés, viniendo aquí cada semana desde los tres años, etc. Su pregunta, al final de nuestra conversación, fue: ¿Realmente vale la pena que mis hijas aprendan inglés? Total, cuando sean mayores, seguro que las máquinas traducirán simultáneamente cualquier idioma y ya no necesitarán saberlo…

Cuánto me hizo reflexionar esa conversación de diez minutos. Mucho.

Al día siguiente, lo primero que hice fue investigar acerca del traductor simultáneo de Skype, porque no tenía ni idea de que existía. Efectivamente, Skype Translator es un traductor incorporado a la aplicación que permite traducir las conversaciones a tiempo real. De hecho, Skype Translator traduce desde y hacia el inglés, por supuesto, y a otros nueve idiomas más. El último que se añadió, en abril de este año, fue el japonés. Increíble, ¿no? No es que se prevea  que esto ocurrirá en el año 2030, sino que ya es una realidad hoy, a finales del año 2017.

Estuve un par de horas leyendo artículos sobre diferentes aplicaciones y herramientas que, efectivamente, traducen conversaciones a tiempo real, traducen textos mientras se están escribiendo… Es evidente que la tecnología se está desarrollando a pasos agigantados y que, en pocos años, ha evolucionado de una forma increíble. Sin embargo, creo que también es evidente que aprender un idioma no sólo es ser capaz de traducir una conversación, sino también poder comunicarnos cuando vamos a otro país, conocer nuevas culturas y enriquecernos de ellas. Aprender un idioma extranjero te aporta mucho más que simplemente la capacidad de comunicarte, es una puerta a conocer otras culturas y otras formas de ver el mundo.

Por otro lado, me intenté imaginar cómo sería el futuro cercano, dentro de cinco o diez años. ¿Es el progreso de la inteligencia artificial el fin de la inteligencia humana? No lo creo. Aunque las máquinas, ordenadores o robots cada vez sabrán hacer más cosas y seguramente mejor que los humanos, ¿no querremos estudiar ni aprender nada porque ellos lo harán todo mejor que nosotros?, ¿nos volveremos tontos y pasivos? No lo creo y, sinceramente, espero que no sea así. Por muchos avances tecnológicos que haya en los próximos años, la inteligencia humana no se va a frenar. Porque las personas somos seres emocionales, creativos, con sentimientos, capaces de decidir. En cambio, la inteligencia artificial, aunque esté cada vez más cerca de parecerse a la humana, se ha creado basándose en ésta y sus funciones han sido creadas precisamente por un programador.

Dejando a un lado el futuro y lo que pueda ocurrir, ahora hablaré de las traducciones automáticas versus las traducciones humanas. Por mi formación profesional (durante varios años fui intérprete simultánea de conferencias de inglés, francés e italiano), me cuesta imaginarme que un ordenador o un robot podrá hablar igual de fluidamente o traducir simultáneamente igual de bien que un humano. Los giros de significado, las bromas, las connotaciones de cada idioma son muy difíciles de traducir automáticamente por una máquina. Siguiendo en esta línea, me ha venido a la cabeza una frase mítica que nos repetían mucho en la carrera de Traducción: non verbum de verbo, sed sensum exprimere de sensu. Es de Cicerón, uno de los más grandes poetas romanos. La frase dice que una traducción no debe expresar la palabra correspondiente a cada palabra, sino el sentido correspondiente a cada sentido. El sentido es lo más difícil de traducir y, por tanto, más difícil que lo haga una máquina. Evidentemente, no voy a negar que cada vez lo hacen mejor, pero creo firmemente que todavía no lo hacen igual que un ser humano. Además, por muy útiles que sean los traductores virtuales, si hay algo de lo que carecen, es de sentimientos. Por eso, aunque sean un complemento súper útil, nunca podrán reemplazar el tú a tú de una conversación real entre seres humanos.

Volviendo a la conversación que tuve la semana pasada con el papá, sigo convencida de que, por muchos avances tecnológicos que haya respecto a los idiomas y a los traductores automáticos, para participar en el mundo globalizado de este siglo en el que estamos viviendo, es necesario hablar inglés o, como mínimo (muy muy mínimo), entenderlo y defenderse para salir del paso en una conversación básica. Desde las famosísimas series de Netflix, hasta los memes de Internet o muchas aplicaciones para los móviles, todo es en inglés. El predominio lingüístico de este idioma es más que evidente.

Para terminar, me gustaría destacar también que hay algo inherentemente atractivo en el aprendizaje de un idioma nuevo, ya sea el inglés o cualquier otro. La sensación de poder comunicarte sin problemas en otros idiomas que no son el tuyo, para mí es indescriptible. El subidón cuando te das cuenta de que puedes viajar sin ninguna barrera porque eres capaz de hablar y entender perfectamente también es indescriptible. Como veis, se nota que soy traductora e intérprete de formación, pero es que realmente pienso que no puede haber nada negativo ni inútil en el hecho de aprender un idioma nuevo (o dos, o tres, o cuatro, o cinco).

¿Con todo esto quiero decir? Pues que está claro que la tecnología está aquí para quedarse y para ayudarnos en nuestro día a día. Por supuesto, no la dejaría nunca de lado. Sin embargo, las personas tenemos que seguir aprendiendo, seguir formándonos en lo que nos guste y seguir sabiendo hacer cosas por nosotros mismos. Eso sí, usando la tecnología para crecer, evolucionar y comunicarnos en este mundo tan global en el que nos ha tocado vivir.