Mi paso por la neurociencia

Todos los que me conocéis sabéis lo mucho que apuesto por el aprendizaje a través del juego. De hecho, personalmente ha sido una de las cosas más bonitas que he aprendido a lo largo de mi carrera como profesora. Empíricamente me he dado cuenta de que, si los niños son felices, aprenden más y mejor. Pues hoy voy a intentar explicároslo de manera científica. A ver qué tal.

La semana pasada publicamos un vídeo en nuestro Facebook en el que David Bueno, doctor en biología y profesor de genética en la Universidad de Barcelona, nos explica el proceso de aprendizaje desde el punto de vista de la neurociencia. Es un vídeo que dura más de una hora y varias mamás nos han dicho que habían comenzado a verlo pero que duraba mucho tiempo y les resultaba muy difícil terminarlo. Como me encantó y descubrí cómo aprenden mis niños desde el punto de científico, he decidido contaros lo que me ha parecido más interesante.

El vídeo comienza explicando lo importante que es aprender música, artes plásticas y educación física. Este tema me tomaría un post entero así que, para poneros un ejemplo, me voy a enfocar en lo imprescindible que es la educación física en el proceso de aprendizaje. El ejercicio exige coordinación de movimientos y nos enseña que existen secuencias. Por ejemplo, ¿qué proceso nos lleva encestar una canasta? Primero hay que coger la pelota, mirar a la canasta y después lanzarla. Si hacemos los movimientos al revés, sería completamente imposible encestar. Este proceso tan sencillo establece conexiones en nuestro cerebro y se queda almacenado como aprendizaje de secuencias. Respetar la secuencia de las cosas es crucial para resolver sumas y restas o para seguir un proceso de laboratorio químico. El rendimiento en el aula siempre es mejor si entendemos que todo tiene un orden.

Y, científicamente, ¿cómo aprendemos? A ver si logro explicarme bien porque soy más de letras que de ciencias.

Cualquier cosa que nosotros aprendemos, el cerebro la guarda como un patrón de conexiones. Nuestro cerebro está formado por 85 mil millones de neuronas, pero lo importante son las conexiones que hacen entre ellas. Cuantas más conexiones haya, mejor. Éstas se logran si el aprendizaje involucra varias partes del cerebro. Es decir, si toca las emociones, si contextualiza, si el aprendizaje es transversal. Si aprendemos química a través de un experimento que implique tocar, sentir, oler, escuchar, observar y sorprenderse con el resultado, lograremos un aprendizaje  mucho mayor y más completo que si lo hacemos a través de una tabla de fórmulas químicas, un cuaderno y veinticinco niños sentados a nuestro alrededor.  El cerebro funciona como un todo integrado.

Aprender es fácil y la forma instintiva que tenemos de aprender como especie humana es a través del juego. De hecho, es como aprendemos de pequeños. El juego es ensayo, error y perfeccionamiento. Es aprender a interactuar con el entorno y con las demás personas. El juego te da la posibilidad de equivocarte sin que pase nada. El juego debería ser considerado una herramienta educativa obligatoria. Esto no significa estar divertido, significa estar motivado. Está comprobado que sin motivación no hay aprendizaje y ¿a quién no le motiva jugar?

Vamos ahora a la parte genética. Ser inteligente, de acuerdo al científico, viene de serie y también se puede entrenar. Está claro que nosotros llegamos a este mundo con una genética heredada y establecida que nos hace ser diferentes y tener distintas capacidades mentales.

Para explicarlo mejor, el profesor reparte hojas de papel a todos los asistentes de la conferencia y les pide que sigan sus instrucciones para construir un avión de papel. Cuando termina, los asistentes muestran sus aviones y todos son diferentes y raros. Incluso se ríe un poco y comenta que más de uno no volará. ¿Por qué? Porque todos tenían un trozo de papel de diferente tamaño y forma. Si sigues las mismas instrucciones para un papel diferente, el resultado puede ser desastroso. Lo mismo pasa con la educación. Tengo que deciros que me encantó el ejemplo. En él se explica de una manera tan sencilla que, si a todo el mundo lo educamos de la misma manera, habrá algunos que respondan bien y otros que no. Si la persona que tenía el trozo de papel más deforme, lo hubiese doblado de diferente manera, le hubiese salido un avión más pequeño pero con capacidad de volar.

Sí, hay personas que nacen con diferentes capacidades, pero si los educamos de la manera correcta, contextualizando la información e involucrando emociones positivas, lograremos el mejor resultado posible de cada cerebro.

Y ahora hablemos de emociones. ¿Qué son las emociones para nuestro cerebro? Son patrones de conducta que se generan sin que seamos conscientes de ello y, hasta que no se manifiestan, no podemos ser conscientes de dichas emociones. Por ejemplo, cuando vamos caminando por la calle y olemos algo que no nos gusta nada, en ningún caso nos detenemos a pensar: Qué mal huele, ahora voy a sentir asco. No. Automáticamente es: ¡Uy! qué asco, qué mal huele. Las emociones son patrones de reacción rápida. Es aquello que nos permite reaccionar sin pensar ante una situación que puede ser una amenaza o una oportunidad.

David Bueno asegura que, sin emoción, el cerebro no recuerda nada, simplemente porque no le importa. El cerebro almacena únicamente aquel aprendizaje que lleve emoción. Todo esto está muy bien, mientras la emoción sea positiva. Si los niños aprenden con miedo, asociarán el aprendizaje con una emoción negativa y serán personas que no querrán aprender cosas nuevas en el futuro. Serán adultos que no tendrán ningún interés en ser transformadores de su entorno.

En la conferencia, el profesor habla de dos emociones imprescindibles para generar personas que quieran cambiar el mundo: la alegría y la sorpresa. Por una parte, el aprendizaje a través de la alegría es un aprendizaje con confianza. Si sentimos alegría, querremos manifestarla y compartirla con los demás. Por otro lado, la sorpresa activa en nuestro cerebro una zona que se llama tálamo. Si queréis saber en dónde está y la explicación más específica os recomiendo visitar este enlace. Bueno, el tálamo es una glándula que se encarga de la atención. Es por esto que la sorpresa incrementa la atención de los niños. Sin atención, no hay aprendizaje. El tálamo no sólo se encarga de la atención si no también de la motivación.

La motivación se manifiesta como un aporte extra de energía, en forma de glucosa y oxígeno, para nuestro cerebro. Una persona motivada puede trabajar durante horas y horas sin cansarse. La motivación nos genera placer y esto hace que, todo lo que aprendamos, el cerebro lo valore como algo positivo.

Espero no haberos mareado con tanto término. No olvidéis que mi objetivo principal es justificar el aprendizaje a través del juego y las emociones desde un punto de vista científico. Si sabemos cómo funciona nuestro cerebro, seremos capaces de entenderlo y trabajar por una mejor educación. Hasta aquí llegó mi explicación. Si sois padres o profesores de niños adolescentes, os recomiendo que sigáis el vídeo a partir del minuto 38. Es donde yo me quedé.

¿Felicidad de cara a la galería?

 

Vivimos en una sociedad adicta (o muy viciada) a las redes sociales. Nuestras redes sociales son el reflejo de nuestra vida, de nuestro día a día, de nuestro estado de ánimo. Algunas personas prefieren compartir artículos interesantes, otras publican las fotos de todas las actividades que hacen con su familia y otras simplemente usan Facebook o Instagram para cotillear o enterarse de cosas que les interesen.

Estas cuatro líneas sobre cómo usamos las redes sociales hoy en día sirven como introducción del tema de mi artículo de hoy: tenemos tendencia a proclamar la felicidad a los cuatro vientos, a aparentar que nuestra vida es perfecta. ¿Así somos realmente más felices? Creo que todo lo contrario. Así, simplemente, nos comparamos con otras personas o nos exigimos ser felices de una manera equivocada (creo yo). Hace unos años, cada uno teníamos nuestra vida y la compartíamos con quien queríamos: familia, amigos, compañeros de trabajo, etc. Sin embargo, actualmente parece que si pasamos un domingo genial en familia comiendo una paellita al sol y no publicamos una foto maravillosa en Instagram, ese domingo no ha existido. ¡Sí, sí, no ha existido! No digamos si hacemos una escapadita de finde romántico en pareja sin dedicarnos ningunas palabras cariñosas en público en nuestro muro de Facebook y sin compartir la ubicación del hotel en el que hemos dormido. ¡Qué pringados somos entonces! Por favor, que nadie me malinterprete ni se sienta ofendido por lo que escribo, nada más lejos de mi intención. Por supuesto, respeto a todas las personas (tengo varias amigas muy amigas muy viciadas a las redes sociales). Simplemente estoy intentando plasmar que la felicidad no depende de todo esto.

Esta búsqueda desesperada de la felicidad puede producir el efecto contrario. En mi opinión, la felicidad es algo mucho más parecido a lo que dice Matthieu Ricard, un biólogo molecular y monje budista que descubrí cuando escuché su TED Talk. Aquí tienes el vídeo (puedes poner subtítulos en castellano). Si tienes un ratito para escucharlo, vale mucho la pena.

TED Talk de Matthieu Ricard

Evidentemente, habla de muchos aspectos relacionados con el budismo y no es cuestión ahora de que nos convirtamos todos en monjes budistas, pero sus afirmaciones son realmente muy valiosas. Aquí tienes las dos que más me gustan: No debemos confundir felicidad con placer, porque no es lo mismo y La felicidad no es una sensación de placer, sino un estado de profunda serenidad y realización que impregna todos los estados emocionales y todas las alegrías y penas que atravesamos en nuestro camino.

Creo que ahí está el quid de la cuestión. La felicidad no debería ser un objetivo para el futuro o un estado ficticio en el que siempre estemos contentos o rodeados de placer. Lo que he aprendido después de investigar mucho sobre este tema es que la felicidad es (o debería ser) un estado interior para todos los momentos de nuestra vida, los buenos y los no tan buenos. Una persona feliz, no siempre está contenta y riendo (cosa que, muchas veces, nos muestran las redes sociales) sino que, cuando pasa un momento de tristeza, intenta aprovecharlo para aprender o, cuando pasa miedo o estrés, es capaz de afrontar los cambios con optimismo. ¿Ves qué diferente? No es cuestión de pensar que si soy feliz, mi vida será siempre de color de rosa sino si soy feliz, intentaré ver siempre la vida lo más rosa posible, tanto si esté en un momento blanco, rosa, gris o negro, porque todos ellos existen. Esta es mi humilde frase de resumen, espero que te sirva.

Volviendo a Matthieu Ricard, le han dado el título de El hombre más feliz del mundo. Seguramente te preguntarás lo mismo que yo cuando lo conocí: ¿y cómo le han otorgado este título tan subjetivo? Pues unos investigadores de la Universidad de Wisconsin colocaron 256 electrodos en su cráneo y vieron que logró el más alto nivel de actividad en la corteza cerebral pre-frontal izquierda, lo que se asocia a las emociones positivas. La escala varía generalmente de + 0,3 a -0,3 y Matthieu Ricard alcanzaba resultados de -0,45, completamente por fuera de la escala, nivel nunca registrado en otro ser humano. Alucinante, ¿verdad?

Para terminar, me gustaría regalarte una lista de Los diez hábitos que practican las personas felices, también de Matthieu Ricard. Algunos quizás son más evidentes que otros, pero todos muy aconsejables:

  • Considera los problemas como desafíos
  • Aprende a perdonar
  • Sé agradecido
  • Deja de luchar contra lo que no puedes cambiar
  • No te quejes
  • Aliméntate bien (de esto os ha hablado Nathalie en varios posts).
  • Escucha a los demás sin interrumpirles
  • Cuídate y mímate (física y piscológicamente).
  • Mantén el contacto con tus seres queridos
  • Pasa tiempo a solas y disfrutando de la soledad, pues no es algo negativo.

No te olvides de que estos hábitos podemos enseñárselos a nuestros hijos desde bien pequeños. Es mucho más importante que aprendan a ser agradecidos o a perdonar antes que a saber posar para salir monísimos en el selfie familiar que queremos publicar en Instagram, ¿no crees?

Nada más, intentemos empezar por uno o dos de los diez hábitos. Yo he empezado por el quinto y en vez de comenzar esta semana tan cortita diciendo qué pereza volver a madrugar y a trabajar después de estos días de fiesta, esta mañana he dicho: qué buen día hace, qué ilusión me hace ir a trabajar para ir desarrollando todas las ideas que tengo pendientes de llevar a cabo y qué suerte tengo de tener la familia que tengo. Y tú, ¿por qué hábito empezarás esta semana?

Está prohibido prohibir porque sí

Cuando los padres educamos a nuestros hijos buscamos la manera de establecer límites y normas para que aprendan a comportarse y sean felices. Lo que guía estos límites y las normas de comportamiento de los niños es cómo los padres resolvemos las situaciones cotidianas. Es decir, consintiendo y prohibiendo diferentes cosas a los pequeños. Por tanto, el comportamiento de nuestros pequeños será consecuencia directa de las respuestas que vayamos dando ante sus diferentes conductas y está en nuestras manos enseñarles a ser personas autónomas, seguras de sí mismas y que sepan moverse por el mundo.

En mi opinión, hay tres aspectos totalmente necesarios a la hora de educar: primero de todo, muchísimo amor y empatía para que nuestros hijos sean niños felices, que para mí es lo más importante. En segundo lugar, darles desde muy pequeños las herramientas necesarias para que sepan expresar cómo se sienten y qué necesitan, para que se conviertan en personas independientes y capaces de salir adelante ante cualquier situación. Por último, creo que es fundamental enseñarles a comportarse, que sepan que en su familia hay unas normas y marcar unos límites que ellos conozcan desde pequeñitos. El “todo vale” o la libertad extrema, creo que no funciona. Como todos sabemos, los niños necesitan sus rutinas y sus límites, así aprenden cómo tienen que actuar en cada situación.

Dicho esto, voy a lanzar ahora la frase que he elegido como título de este post: ESTÁ PROHIBIDO PROHIBIR PORQUE SÍ. Responderle a nuestro hijo “porque lo digo yo”  o “tú haz esto y calla” no funciona. Obviamente, hay situaciones en las que es necesario que intervenga un adulto (llámese madre, padre o profesor), porque existe un peligro real. Pero muchas veces los padres prohibimos cosas porque nosotros mismos les tenemos miedo. Si les prohibimos cosas constantemente, nuestros hijos crecerán con la idea de que hay cosas peligrosas que deben evitar y aprenderán a ser inseguros, asustadizos y dependientes. Por tanto, cuando los adultos tomemos la decisión de prohibir conductas, debemos hacerlo con moderación para evitar consecuencias negativas en nuestros pequeños. Y, sobre todo, razonarles muy bien por qué les estamos aconsejando que no hagan (o que sí hagan) ciertas cosas.

¡No les sobreprotejamos! Hay determinadas cosas que no deberíamos prohibir nunca a un niño:

  • Correr, saltar y gritar: porque a veces son la manera que tienen de expresar sus emociones. Los padres tenemos que tener paciencia y poner límites (eso siempre) pero límites en los que nuestros hijos puedan moverse y expresarse libremente.
  • Dibujar o pintar: muchas veces nos da pereza que lo ensucien todo y ni siquiera les dejamos sacar las pinturas del cajón. ¿Habías pensado que así podríamos estar coartando su creatividad?
  • Dar su opinión: el niño tiene sus propios pensamientos y deseos y necesita poder expresarlos. Por eso, es importante que no se reprima lo que tiene que decir con expresiones como. “Ya sé lo que te pasa, tú eres muy pequeño para entenderlo”.
  • Comer solos: a menudo, por falta de tiempo, hay padres que prefieren dar de comer a sus hijos en vez de enseñarles a comer solos. Así no ensucian y van más rápido. Pero a los niños les encanta sentirse autónomos y útiles, así que… ¿qué pasa si tardan una hora en cenar en vez de veinte minutos?
  • Ayudar en casa: muchos papás no dejan que sus hijos les ayuden y les dicen “lo vas a tirar”, “se te va a caer al suelo”, “es igual, déjalo, que yo ya lo puedo hacer sola”… Luego, cuando el niño es mayor, se suelen quejar porque no hacen nada. Pues para evitar esto, es bueno dejar que el niño colabore en las tareas de la casa desde pequeño. Esto hará que se sienta útil. A Bruno, por ejemplo, le encanta ayudarme a poner la lavadora. Evidentemente, cuando me ayuda él tardo mucho más que si la pongo yo sola, ¡pero lo disfrutamos tanto! Le gusta sacar la ropa sucia de la cesta, ponerla dentro de la lavadora, cerrar la tapa, ¡y ya poner el jabón es lo más de lo más!

En mis artículos siempre intento citar a autores que me gustan y que tienen reflexiones que creo que nos pueden servir a todos. Hoy he recuperado una reflexión de Rosa Jové, la popular psicóloga autora de maravillas como La crianza feliz, Ni rabietas ni conflictos o Dormir sin lágrimas (libros que, por cierto, te recomiendo). En uno de sus artículos escribió que Educar niños obedientes no trae como resultado dar al mundo niños felices. La obediencia se consigue casi siempre a través del miedo, así que lo más conveniente es educar personas que entiendan desde bien temprano qué es el respeto, la reciprocidad y esa empatía construida a través del afecto sincero. ¡Me escribiré esta frase bien grande y la colgaré en la nevera de casa para tenerla siempre presente! Creo que es muy necesario huir de la tradicional psicología conductista en la que, si hacemos algo malo, se nos castiga y, si hacemos algo bueno, se nos premia. Los premios y los castigos quizás funcionan a corto plazo, pero a la larga, no.

Es evidente que, si les castigamos por todo o les prohibimos casi todo, nuestros hijos no serán felices ni seguros de sí mismos. Actuarán por miedo y sin entender el porqué de las cosas. Pero tampoco lo serán si les permitimos todo, porque no sabrán cómo tienen que comportarse en cada situación ni entenderán dónde están los límites. Como en todo en la vida, lo mejor es un término medio. Como dice mi padre Ni todo es blanco, ni todo es negro. Siempre hay colores intermedios.

Prohibirlo todo es un error. El niño al que le exigen que no chille, a esconder sus lágrimas porque llorar es de débiles o al que le obligan a estar quieto para no molestar, acabará desarrollando una represión emocional y personal que puede ser peligrosa en un futuro.

Estoy convencida de que a nuestros hijos les entrará mucho mejor una orden del tipo “espera un momentito, no toques esto, ahora te ayudo y te enseño cómo se hace” a una del tipo “¡es que mira que eres tonto! ¿No ves que si lo coges así se rompe? ¡Parece mentira que no lo entiendas!”. Seguro que, si nos esforzamos por hablarles y actuar con respeto y empatía, ellos también lo harán. Y, al final, eso es lo que queremos.

¿Tu cascabel sigue sonando?

Magia e ilusión. Estas son las dos palabras que aparecen en mi mente cuando pienso en la Navidad, en estos días de familia, regalos y alegría.

Todavía me emociono al recordar lo nerviosa que estaba yo de pequeña, desde el día 20 o 21 de diciembre que terminaba el cole, porque pronto llegaría Papá Noel y mis queridísimos Melchor, Gaspar y Baltasar. En mi casa cumplíamos con todas las tradiciones (y muchas de ellas las seguimos cumpliendo): montar el árbol de Navidad y el pesebre en el puente de la Purísima, ir a Santa Llúcia a comprar figuritas nuevas para el pesebre, hacernos la foto de rigor con el paje de los Reyes Magos del Corte Inglés, ir a ver las luces de las calles de Barcelona decoradas por Navidad, ir adelantando cada día un poquito a los Reyes en el pesebre para que se fueran acercando al portal de Belén, abrir cada día una ventanita del calendario de Adviento durante todo el mes de diciembre, ir a la Cabalgata de Reyes a la calle Pelayo a entregar nuestra carta sin importarnos que hubiera tantísima gente, dejar comida para sus Majestades y, por supuesto, para los camellos… y un larguísimo etcétera. Sí, en mi familia siempre hemos vivido con muchísima ilusión estas fiestas, nos encantan los villancicos y las lucecitas de colores y disfrutamos pasando estos días tan especiales todos juntos.

La verdad es que he tenido mucha suerte. Mis padres nos transmitieron a mi hermana y a mí que esta ilusión no la podemos perder nunca porque es algo maravilloso y que, aunque ya no seamos niñas, debemos mantenerla. Una forma de mantener esta magia será copiando lo que ellos hicieron, que me encantaba y me sigue encantando. Quiero copiar lo de dejar unos pocos trocitos de turrón en los platos para que vean que Melchor, Gaspar y Baltasar se han terminado casi todo lo que les hemos dejado; o lo de vaciar todo el bol de agua porque los camellos están sedientos tras recorrer todo el mundo en una sola noche. También me gustaría seguir con la tradición de ir recopilando catálogos de juguetes de diferentes jugueterías durante los meses de noviembre y diciembre y pasar una tarde (o varias) con mis hijos marcando los juguetes que se piden. Y, por supuesto, lo que seguro que copiaré será la respuesta cuando, de aquí a unos años, mis hijos me pregunten mami, ¿es verdad que los Reyes y Papá Noel son los padres? La respuesta de los míos empezó con una pregunta: ¿tú qué crees? Yo les respondí: ¡creo que sí que existen! A lo que ellos añadieron: los Reyes y Papá Noel son mágicos. Si tú sigues creyendo en ellos, seguirán siendo mágicos toda la vida. Gran respuesta que nos marcó mucho. Te aseguro que mi hermana y yo seguimos durmiendo nerviosas y con maripositas en el estómago todos los 5 de enero, deseando que llegue la mañana para ir corriendo al salón y poder empezar a abrir los regalos.

Como ves, toda la vida me ha encantado esta época del año. Desde que empecé a tener algo de dinero para comprar regalitos, con quince o dieciséis años, disfruto muchísimo pensando qué regalo le puede hacer ilusión a cada miembro de mi familia, doy mil vueltas para encontrar la mejor opción, llego a casa cargada de bolsas y de rollos de papel de envolver… Algunos quizás pueden pensar que es consumismo pero te aseguro que no. Es ilusión. Consumismo sería comprar compulsivamente, gastando sin pensar, pero ese no es mi caso. Intento comprar en tiendas del barrio, cada vez regalo más experiencias y menos cosas materiales y, sobre todo, compro con ilusión.

El año pasado las navidades fueron súper especiales porque fueron las primeras con Bruno. Cierto es que, con diez meses, todavía no era consciente de Papá Noel, los Reyes, etc, pero lo disfrutamos mucho igualmente. Participó en poner las bolas del árbol, en romper unas cuantas y, por supuesto, le llevamos a la Cabalgata de la calle Pelayo (siguiendo la tradición familiar) y alucinó con tantas luces, música, caballos, etc. Este año ya es mucho más consciente, ya nos ha ayudado a montar el pesebre sin romper ninguna figurita, se para a mirar los “pajes” de Papá Noel que ve por la calle, sabe el nombre de los tres Reyes… Me encanta, ¡disfruto tanto alimentando su ilusión! Y sé que, de ahora en adelante, cada año será aún más especial, porque lo irá viviendo cada vez más.

Para terminar con este post tan personal, me gustaría darte una recomendación: la película de Polar Express. La intento ver cada año por estas fechas. Me encanta porque transmite exactamente lo que comentaba antes de no perder la ilusión aunque dejemos de ser niños. Cuando Billy  agita el cascabel de Papá Noel, no suena, porque no cree en la Navidad. En cambio, al final de la peli, cuando ha estado en el Polo Norte con Papá Noel y todos sus ayudantes y ha recuperado la ilusión por la Navidad, entonces el cascabel le suena súper fuerte. Si no la has visto, te la recomiendo. Los dibujos son maravillosos y, la música, aún mejor. Recuerdo perfectamente que la fuimos a ver al cine con mis padres y mi hermana y, cuando salimos, mi padre (que es el más “friki de la Navidad” de toda la familia) nos dijo: quiero que vuestro cascabel suene siempre, tengáis la edad que tengáis. Ese año, uno de los regalos que nos trajo Papá Noel fue un cascabel, que yo aún guardo en el cajón de mi mesita de noche. Cuando lo agito, suena fuerte y su tintineo me encanta. Estoy segura de que siempre sonará porque la semilla de la ilusión que plantaron mis padres nunca dejará de crecer.

¿Realmente vale la pena seguir aprendiendo inglés?

La semana pasada estuve hablando con el papá de unas alumnas nuestras cuando las vino a buscar. Me comentó que ese día había tenido una reunión con un cliente extranjero por Skype y que había usado el traductor simultáneo que tiene este programa. :O What?? Después, me dijo que había invertido mucho dinero en que sus hijas aprendieran inglés desde pequeñas contratando a una canguro en inglés, viniendo aquí cada semana desde los tres años, etc. Su pregunta, al final de nuestra conversación, fue: ¿Realmente vale la pena que mis hijas aprendan inglés? Total, cuando sean mayores, seguro que las máquinas traducirán simultáneamente cualquier idioma y ya no necesitarán saberlo…

Cuánto me hizo reflexionar esa conversación de diez minutos. Mucho.

Al día siguiente, lo primero que hice fue investigar acerca del traductor simultáneo de Skype, porque no tenía ni idea de que existía. Efectivamente, Skype Translator es un traductor incorporado a la aplicación que permite traducir las conversaciones a tiempo real. De hecho, Skype Translator traduce desde y hacia el inglés, por supuesto, y a otros nueve idiomas más. El último que se añadió, en abril de este año, fue el japonés. Increíble, ¿no? No es que se prevea  que esto ocurrirá en el año 2030, sino que ya es una realidad hoy, a finales del año 2017.

Estuve un par de horas leyendo artículos sobre diferentes aplicaciones y herramientas que, efectivamente, traducen conversaciones a tiempo real, traducen textos mientras se están escribiendo… Es evidente que la tecnología se está desarrollando a pasos agigantados y que, en pocos años, ha evolucionado de una forma increíble. Sin embargo, creo que también es evidente que aprender un idioma no sólo es ser capaz de traducir una conversación, sino también poder comunicarnos cuando vamos a otro país, conocer nuevas culturas y enriquecernos de ellas. Aprender un idioma extranjero te aporta mucho más que simplemente la capacidad de comunicarte, es una puerta a conocer otras culturas y otras formas de ver el mundo.

Por otro lado, me intenté imaginar cómo sería el futuro cercano, dentro de cinco o diez años. ¿Es el progreso de la inteligencia artificial el fin de la inteligencia humana? No lo creo. Aunque las máquinas, ordenadores o robots cada vez sabrán hacer más cosas y seguramente mejor que los humanos, ¿no querremos estudiar ni aprender nada porque ellos lo harán todo mejor que nosotros?, ¿nos volveremos tontos y pasivos? No lo creo y, sinceramente, espero que no sea así. Por muchos avances tecnológicos que haya en los próximos años, la inteligencia humana no se va a frenar. Porque las personas somos seres emocionales, creativos, con sentimientos, capaces de decidir. En cambio, la inteligencia artificial, aunque esté cada vez más cerca de parecerse a la humana, se ha creado basándose en ésta y sus funciones han sido creadas precisamente por un programador.

Dejando a un lado el futuro y lo que pueda ocurrir, ahora hablaré de las traducciones automáticas versus las traducciones humanas. Por mi formación profesional (durante varios años fui intérprete simultánea de conferencias de inglés, francés e italiano), me cuesta imaginarme que un ordenador o un robot podrá hablar igual de fluidamente o traducir simultáneamente igual de bien que un humano. Los giros de significado, las bromas, las connotaciones de cada idioma son muy difíciles de traducir automáticamente por una máquina. Siguiendo en esta línea, me ha venido a la cabeza una frase mítica que nos repetían mucho en la carrera de Traducción: non verbum de verbo, sed sensum exprimere de sensu. Es de Cicerón, uno de los más grandes poetas romanos. La frase dice que una traducción no debe expresar la palabra correspondiente a cada palabra, sino el sentido correspondiente a cada sentido. El sentido es lo más difícil de traducir y, por tanto, más difícil que lo haga una máquina. Evidentemente, no voy a negar que cada vez lo hacen mejor, pero creo firmemente que todavía no lo hacen igual que un ser humano. Además, por muy útiles que sean los traductores virtuales, si hay algo de lo que carecen, es de sentimientos. Por eso, aunque sean un complemento súper útil, nunca podrán reemplazar el tú a tú de una conversación real entre seres humanos.

Volviendo a la conversación que tuve la semana pasada con el papá, sigo convencida de que, por muchos avances tecnológicos que haya respecto a los idiomas y a los traductores automáticos, para participar en el mundo globalizado de este siglo en el que estamos viviendo, es necesario hablar inglés o, como mínimo (muy muy mínimo), entenderlo y defenderse para salir del paso en una conversación básica. Desde las famosísimas series de Netflix, hasta los memes de Internet o muchas aplicaciones para los móviles, todo es en inglés. El predominio lingüístico de este idioma es más que evidente.

Para terminar, me gustaría destacar también que hay algo inherentemente atractivo en el aprendizaje de un idioma nuevo, ya sea el inglés o cualquier otro. La sensación de poder comunicarte sin problemas en otros idiomas que no son el tuyo, para mí es indescriptible. El subidón cuando te das cuenta de que puedes viajar sin ninguna barrera porque eres capaz de hablar y entender perfectamente también es indescriptible. Como veis, se nota que soy traductora e intérprete de formación, pero es que realmente pienso que no puede haber nada negativo ni inútil en el hecho de aprender un idioma nuevo (o dos, o tres, o cuatro, o cinco).

¿Con todo esto quiero decir? Pues que está claro que la tecnología está aquí para quedarse y para ayudarnos en nuestro día a día. Por supuesto, no la dejaría nunca de lado. Sin embargo, las personas tenemos que seguir aprendiendo, seguir formándonos en lo que nos guste y seguir sabiendo hacer cosas por nosotros mismos. Eso sí, usando la tecnología para crecer, evolucionar y comunicarnos en este mundo tan global en el que nos ha tocado vivir.

Queda inaugurada la temporada de pelis

Hace unos días cayó en mis manos un libro cuya historia tenía olvidada. Un libro de Michael Ende en el que se inspiraron para realizar una de las películas que más vi cuando era niña. Una película que mezcla fantasía y realidad y que me encanta: La historia interminable. ¿La habéis visto? Yo sí, cientos de veces. Era la típica película que ponían en la tele un domingo por la mañana y, como en ese entonces la programación televisiva no era muy amplia, la vi muchos domingos durante muchos años. Conforme iba creciendo, entendía cada vez más cosas, lo que la transformó no sólo en una de las pelis que más vi sino en una de mis favoritas.

Estuve recordando lo mucho que me gustaba la peli y pensé, como típica abuela, que ya no hacían películas como las de antes. Es verdad, ya no las hacen. Aquellos que la habéis visto recordaréis el miedo que sentíamos de que Bastian no pudiese salvar a la Emperatriz. Nunca olvidaré a Falcor, el perro volador y su mejor amigo, al muñeco comepiedras, a la vieja y sabia tortuga que hablaba lentísimo y la tristeza que sentí cuando Atreyu perdió su caballo. Es una historia cargada de valores y simbolismos a través de personajes mágicos y muy divertidos.

El otro día, mientras comíamos en el parque, no sé por qué, salió a la conversación la emperatriz Sissi y yo pensé en la emperatriz de La historia interminable (los que habéis visto la peli sabréis que es un personaje muy importante). Se lo comenté a María y se me quedó mirando con cara de no saber de qué estaba hablando. Me quedé muy sorprendida de que no hubiese visto la peli o leído el libro. Le dije que tenía que verla con Bruno cuando fuera un pelín más mayor. Gracias a su personaje principal, aprendí lo increíble que es leer un libro, meterte en su historia, imaginar lugares, situaciones y personajes y no querer dejar de leer ni para comer. Me gustaría mucho que a Bruno le pasara lo mismo.

Pensando y recordando lo mucho que me gustaba de niña ver esta película, recordé un estudio que leí hace un tiempo que explica por qué a los niños les encanta ver una misma película una, y otra, y otra y otra vez. También pensé que, si hoy en día ya no hacen películas como antes, quizá nuestros niños y niñas están expuestos a contenidos cuyo argumento no tiene tanto valor.

Según este estudio, a los niños les encanta ver la misma película muchas veces porque, cuantas más veces la ven, más la entienden. Para ellos, por muy sencilla que sea la trama, es muy complicado seguir el argumento cuando ven por primera vez una película. Esto también pasa con los cuentos y los libros. La repetición no les aburre, al contrario, les ayuda a desarrollar habilidades  y mejora su nivel de comprensión. Además, la repetición les permite anticipar el futuro, saber qué pasará a continuación y dominar una historia. Esto les hace sentir especialmente seguros.

Todas las personas adultas que conozco tienen una peli que han visto cientos de veces. Yo tengo muchas, pero la que más vi de pequeña fue Peter Pan. Si los niños siguen viendo las películas una y otra vez, es muy importante que cuidemos mucho los valores que estas pelis representan y lo hablemos con ellos. Igual pasa con los dibujos animados en la tele, la música que escuchan y los libros que leen. Estoy segura de que, gracias a una película como La historia interminable, me aficioné a la lectura y que Peter Pan me dio la facilidad de comportarme como una niña más cuando estoy con mis alumnos, entre otras cosas.

Es por todo esto que hoy os propongo que no os olvidéis de las pelis e historias que hacían en los viejos tiempos y las veáis con vuestros hijos.  Encontré esta web que propone treinta clásicos familiares que no está nada mal. Hay algunos que yo no vería con los míos, pero todo es cuestión de gustos. Así que vamos a disfrutar que ya llegó el frío viendo una película en familia con mantita y palomitas. Es uno de mis planes favoritos.

Cómo volver a la rutina sin morir en el intento

Es hora de volver a la rutina. ¡Por fin! Es lo que muchos padres nos han comentado estas últimas dos semanas. Hoy nosotras volvemos a escribir pero lo cierto es que llevamos dos semanas de casal lleno de niños y de historias. Historias que a mí, personalmente, me llegan al corazón. Ya, ya sé que soy muy sensible pero es que, ver cómo algunos niños se quedan realmente devastados al despedirse de sus padres un lunes por la mañana después de estar todo el verano con ellos, me rompe el corazón. Somos, muchas veces sin darnos cuenta, partícipes de los primeros pequeños tropezones de un niño. Para ellos, el mundo se cae encima y nosotras somos responsables de apoyarles y guiarles en un camino hacia la “independencia”, entre otras cosas.

Luego, están los niños que no pueden esperar a bajarse de la bici y entrar sin siquiera decir bye bye. La cara de los padres, en este caso, también podría romperme el corazón.

Lo que es cierto es que la vuelta al cole y a la rutina es difícil. Si ya lo es para los que no tienen hijos, no me quiero imaginar lo que es para vosotros, nuestras familias.

Así que nuestro primer post de la temporada va de esto, cómo volver a la rutina sin morir en el intento y cómo hacer que este cambio sea lo menos drástico para nuestros peques.

Los primeros cambios que experimentan nuestros peques pueden llegar a ser difíciles. Creo que la manera en la que nosotros les guiemos es fundamental para su capacidad de reacción en un futuro.

Lo primero que muchos psicólogos y expertos en el tema recomiendan es: reconocer los sentimientos por los que estás pasando. Por ejemplo, una de nuestras peques, al principio del casal, lloraba sin parar y seguramente no entendía por qué de repente tenía que estar en un sitio desconocido, con gente desconocida y escuchando un idioma que no es el suyo… ¡vaya drama!

Una de las cosas que más amo de mi trabajo es que estoy en constante aprendizaje, los niños me enseñan mil y un cosas. Ese lunes, cogí a la pequeña y la llevé al jardín (generalmente esto siempre funciona, porque les encanta el regar el huerto y las plantas) pero no funcionó. La nena lloraba con un sentimiento que no era de berrinche, sino de tristeza.  Entonces me senté y hablé con ella, estuvimos de acuerdo en que estaba triste, que quería un abrazo, que era normal que llorase, que era todo diferente pero que aquí estábamos para ella. Le enseñé todo lo que íbamos a hacer, le presenté a su profesora, hablamos de las cosas que nos gustaban y poco a poco se fue soltando. Cuanta más información iba teniendo, mejor se iba adaptando.

Con esto quiero decir, mezclando un poco mi pequeña historia personal con los consejos de los profesionales es que es muy importante identificar, reconocer y aceptar lo que sentimos ante cualquier cambio (va para los adultos también) pero sobre todo con los niños. A veces es bueno cambiar el “cómo estás” a “cómo te sientes”.

El siguiente consejo se reduce a una sola palabra: prepárate. Si tu familia está preparada, estará tranquila y todo será más fácil.

Si eres una mamá o papá que está a punto de dejar a sus niños por primera vez en la escuela, te recomiendo que este fin de semana hagáis una excursión divertida al cole. Si vais caminando podéis investigar diferentes rutas, ver qué hay por el camino, pintar con tizas pistas secretas para llegar, crear historias y recuerdos divertidos.

Los hábitos de sueño y comida, se han de recuperar y ha de ser poco a poco. Recordad que los cambios, mejor si se hacen graduales. Unos días antes de que comenzáramos la escuela, mi padre nos hacía irnos a dormir muy temprano para poder despertarnos pronto, desayunar y… luego nada (porque no había cole). Yo no entendía nada. Cuando me vi a mí misma este verano haciendo lo mismo, súper orgullosa de que iba a dormirme pronto y levantarme temprano para pillar la rutina, cuando me di cuenta de que era lo que hacía de pequeña, me quedé a cuadros. Sin duda alguna, lo que hacemos de pequeños, nos influye de mayores.

Os explico una actividad que me pareció genial para prepararse. Me encanta la historia de la mamá que está detrás de la idea y las rutinas que propone son bastante claras. Siempre podéis añadir más rutinas y crear otras tarjetas, pero lo importante es que, antes de empezar a utilizar la tabla, lo habléis con los pequeños. Ellos necesitan entender y saber de qué va el cambio. Ella recomienda sentarte en familia, hablar de por qué es importante hacer cada cosa durante la mañana. También propone un test run (ensayo) para que sepan cómo hacer cada una de las rutinas: enseñarles dónde está el uniforme o la ropa para el cole, o cómo poner pasta de dientes en el cepillo, etc.

Aquí os dejo las tarjetas para que las podáis imprimir y plastificar. La idea que propone la autora es colgarlas en un marco grande con unos ganchos y girarlas cuando se completen las tareas. Están en inglés así que mejor aún, podéis practicar un poquito por la mañana.

Mi último consejo es: despídete de las vacaciones propiamente. Los que me conocéis, sabéis que soy muy anti móvil. Seguramente tenéis mil fotos, recuerdos y momentos en el móvil que molaría mucho imprimir. Podéis crear una especie de diario/álbum de fotos y recuerdos. Esto les ayudará también a recordar los momentos felices, a dejarlos en un sitio y, lo mejor de todo, les dará la oportunidad de volver a ellos siempre que quieran.

Espero que la vuelta al cole sea lo mejor posible, recordad que está en nosotros decidir cómo queremos pasar el día, estar contentos con nuestras decisiones y agradecer lo que tenemos alrededor.

Welcome back everyone!

El frasco de la vida en versión infantil

Hace unos días me topé con un vídeo cuyo mensaje es recordarte las cosas importantes de la vida. Creo que, esta vida tan acelerada que llevamos (o por lo menos a veces, yo), nos lleva a olvidar lo que es realmente importante. Los días pasan rápidamente y, conforme vamos creciendo, más.

Trabajar con niños conlleva una enorme responsabilidad. Cada palabra, información, tono y reacción son determinantes para la formación de nuestros pequeños. Cuando vi este vídeo pensé que esta idea se podía transformar en una actividad dedicada a mis niños, me puse a trabajar en ello y hoy he decidido compartirla con vosotros. Primero, os muestro el mensaje inspiracional y, después, mi idea bombero.

Hace mucho tiempo un anciano profesor reunió a todos los alumnos de su clase y sin decir palabra, tomó un frasco vacío y grande de boca ancha, y procedió a llenarlo con pelotas de golf. Luego le preguntó a sus estudiantes si el frasco estaba lleno.
Los estudiantes respondieron que sí.
Así que el profesor tomó una caja llena de canicas y la vació dentro del frasco. Las canicas llenaron los espacios vacíos entre las pelotas de golf y el profesor volvió a preguntarle a sus alumnos si el frasco estaba lleno y ellos volvieron a decir que sí.
Luego el profesor tomó una caja con arena y la vació dentro del frasco. Por supuesto, la arena llenó los espacios vacíos y el profesor preguntó nuevamente si el frasco estaba lleno.
En esta ocasión los estudiantes respondieron con un ¡¡ sí!! , rotundo.
El profesor enseguida agregó 2 tazas de café al contenido del frasco y efectivamente llenó todos los espacios vacíos entre la arena.
Los estudiantes no lo podían creer. Cuando la risa se apagaba, el profesor dijo:
– “Quiero que se den cuenta que este frasco representa la vida. Las pelotas de golf son las cosas importantes, como la familia, los hijos, la salud, los amigos… las cosas que te apasionan. Son cosas que aun si todo lo demás lo perdiéramos y sólo éstas quedaran, nuestras vidas aún estarían llenas.
Las canicas son las otras cosas que importan, como el trabajo, la casa, el coche, etc.
La arena es todo lo demás, las pequeñas cosas.
Si ponemos la arena en el frasco primero, no habrá espacio para las canicas ni para las pelotas de golf. Lo mismo ocurre con la vida. Si gastamos todo nuestro tiempo y energía en las cosas pequeñas, nunca tendremos lugar para las cosas realmente importantes.”
Uno de los estudiantes levantó la mano y preguntó qué representaba el café. El profesor sonrió y dijo:
“Sólo es para demostrarles que no importa lo ocupada que tu vida pueda parecer, siempre hay lugar para un par de tazas de café con un amigo.”

Interesante, ¿no? Estuve un tiempo considerable haciendo una lista de las cosas más importantes, primero para mí y después para los niños. Realmente fue un ejercicio ponerme a pensar y priorizar. Los adultos tenemos nuestras prioridades, algunas veces más claras que otras pero este post está dedicado a los pequeños, así que aquí vamos.

Para hacerlo más divertido, decidí cambiar las pelotas de golf por pelotas de ping pong. ¿Por qué? Aparte de que personalmente pienso que el ping pong es más divertido que el golf, son más fáciles de pintar. Muchos conocéis mi poca habilidad para dibujar, pero como tenía muchas ganas de hacer esta actividad hoy seré muy valiente y os mostraré mis dibujos.

Para mí el amor y el cariño son fundamentales. Creo que es básico enseñarles a nuestros niños lo importante que es querer y cuidar a la familia, a los amigos, y a nosotros mismos. Con esto, tendríamos cubiertas nuestras pelotitas de ping pong. Comencemos por la familia: nuestros padres, abuelos, tíos y primos, nuestra mascota, etc. Según lo grande que decidáis sea el frasco, las pelotas que dediquemos a esto.

La salud representa un amor y un cariño hacia nosotros mismos, esto podríamos representarlo a través de buenos hábitos como lo son: comer bien, hacer ejercicio, dormir suficiente, reírnos mucho, meditar y relajarnos.

Las personas que decidimos nos acompañen en el camino, también son muy importantes. Esas personas que van a nuestra clase, que se sientan a nuestro lado en el comedor, que juegan con nosotros en el patio, que comparten las mismas inquietudes, que tienen las mismas preguntas y sobre todo que crecen al mismo tiempo que nosotros. Esas personas que llamamos amigos y están ahí para apoyarnos en todo momento. Me pongo muy sensible con este tema porque al estar fuera de mi país y lejos de mi familia, los amigos para mí son fundamentales. Son esas personas que me han ayudado y guiado por el camino y que considero importantísimo cuidar y querer.

En el texto del mensaje no aparece nada sobre cuidar el mundo en el que vivimos, pero ya nos conocemos y saben que mi vena ecologista salta en todo momento. Me parece imprescindible inculcarles a nuestros pequeños el amor por el mundo en el que vivimos, así que yo dibujaría esto en una gran pelota de ping pong.

Ahora bien, continuemos con las canicas. Encontré en nuestro almacén unas bolitas de porexpan más pequeñas que las pelotas de ping pong y me parecieron geniales para reemplazar las canicas. De acuerdo al mensaje, las canicas son las “otras” cosas que importan. Cuidar de nuestra casa y de nuestras cosas es muy importante, ir contentos a la escuela y aprender mucho, decidir junto a nuestros padres las actividades después del cole que más nos gustan y disfrutarlas.  Me parece que aquí es fundamental que nos sentemos con ellos y les preguntemos qué cosas les gustan, qué es lo que creen ellos es importante y ayudarlos a priorizar según los valores que queramos inculcarles.

La parte de la arena puede ser muy divertida. Si tenemos sal y colorante en casa, podríamos hacer sal de colores. La arena representa las pequeñas cosas como los juguetes, la ropa y otras cosas materiales que son importantes pero no imprescindibles para ser feliz. No es necesario tener las bambas más molonas o el juego más tecnológico.

Continuamente me encuentro con lecciones como éstas que me ayudan a recordar lo que es fundamental para ser feliz y a poner las cosas en su lugar. Creo firmemente que,  si adaptamos estas lecciones con mensajes que nuestros pequeños puedan entender, que estén relacionados con sus intereses según la edad que tengan y según lo que les guste, seguramente de mayores no necesiten continuos recordatorios de lo que es más importante. A mí me hubiese encantado tener una profe que me enseñara estas cosas. Ya os contaré qué tal me va cuando haga la actividad con mis alumnos.

Pues con esta entrada nos despedimos del blog por unas semanas. Este viernes es el último día de casal de verano y todo el equipo nos vamos de vacaciones (muy merecidas, creo yo). Muchas gracias por este increíble año escolar, hemos aprendido muchísimas cosas y, gracias a vosotros, hemos crecido mucho más. Nos vemos en septiembre, ¡feliz verano a todos!

 

¿Motivamos o limitamos?

Autonomía y seguridad en uno mismo. Qué conceptos tan importantes y tan difíciles de conseguir…

Si lees nuestro WonderBlog desde hace un tiempo, ya habrás visto que me encantan tres cosas: las listas, hacer referencia a mis gurús e inspirarme en vídeos. Pues este artículo nace de mi inspiración de este vídeo, que te invito a ver para que entiendas mi reflexión de después.

En primer lugar, quiero compartir contigo una de las frases que más me hizo pensar después de ver el vídeo por primera vez. En esta casa las cosas se hacen como yo diga. Cuidado. Estoy totalmente de acuerdo en que es fundamental marcarles unos límites para que nuestros hijos sepan por dónde tienen que ir o cómo deben actuar. Sin embargo, si siempre les obligamos a actuar como nosotros digamos, podemos crear un Enrique del Castillo como el del vídeo que, antes de tomar cualquier decisión, necesita la aprobación de su jefe.

¿No sería mejor dejar que nuestros hijos vayan viendo cómo tienen que actuar según cada situación? Que vayan experimentando qué es lo que les hace sentir mejor, qué les hace más felices, qué no les gusta o qué es lo que les pone tristes.

Lo que ocurre, generalmente, es que muchos padres solemos anticiparnos a las acciones de los niños y, muchas veces sin darnos cuenta, no les dejamos actuar o hacer algunas otras cosas que podrían hacer solos. Seguramente actuamos así porque creemos que nuestros hijos aún no tienen capacidad de realizar cosas solitos, por evitar que se hagan daño, por comodidad para conseguir resultados más rápidos, o porque no confiamos en su capacidad de reacción.

Es una tarea difícil pero, créeme, como ya sabemos, todo se aprende y, por tanto, todo se enseña.

Todos los expertos coinciden en que promover la autonomía en los niños consiste en inculcarles hábitos que les ayuden a ser más independientes. En concreto, estos hábitos se refieren a tareas que los pequeños pueden hacer por sí mismos, relacionadas con ámbitos cotidianos como la higiene, el vestido y la alimentación. Pero las acciones, para llegar a ser hábitos, tienen que mantenerse en el tiempo. ¡Seamos perseverantes! Sólo así conseguiremos que nuestros hijos sean cada vez más autónomos y, en consecuencia, tendrán más autoestima porque se darán cuenta de que son capaces de conseguir lo que se propongan.

En segundo lugar, la frase que más me impactó cuando vi el vídeo por primera vez es: En esta casa no queremos mediocridades. ¿Qué les queremos transmitir a nuestros hijos que es ser mediocre?

¿Ser mediocre es no ser el mejor de la clase? ¿Ser mediocre es no ser el más rápido en cálculo mental o es no tener la mejor pronunciación en inglés? Me atrevería a afirmar que NO. Un “no” rotundo.

Cada niño viene al mundo con unas cualidades, con un potencial, con unas inquietudes. Si no las aprovecha, si no las utiliza, si no hace crecer ese potencial, es muy probable que el niño se convierta en un adulto infeliz, o quizás en uno incompleto, poco contento con su vida, un adulto de los que dicen aquello de “si pudiera volver a vivir, lo haría de otra manera”.

Siempre que trato el tema de la mediocridad pienso en mi hermana. Al acabar el cole, con diecisiete años, con súper buenas notas de Bachillerato y habiendo acabado la Selectividad, nos sentó una noche a mis padres y a mí y nos dijo “quiero estudiar teatro”. Todavía me acuerdo de ese momento y eso que fue hace diez años.

Qué bien lo hicieron mis padres al respetar su decisión. Seguro que les costó porque, los más “normal” o lo más “aceptado por la sociedad” es que tu hija, buena estudiante e inteligente, vaya a la universidad. Pero ella no. Ella era (y es, y siempre lo será) diferente. Y ellos aceptaron que lo que le gustaba era desarrollar el maravilloso arte de meterse en el papel de un personaje y provocar sentimientos en el público. Y no sólo lo aceptaron, sino que la animaron a hacerlo y la apoyaron en todo momento.

Hoy en día mi hermana es una artistaza (a ella no le gusta esta palabra, pero yo la llamo así). Es actriz de teatro, de doblaje e incluso dramaturga, porque escribe sus propias obras (impresionantes). Estoy escribiendo esto y se me pone la piel de gallina, porque sé que, si la hubieran obligado a hacer una carrera, como tantos otros padres han hecho, nunca habría conseguido ser tan feliz como lo es ahora. Todos estamos muy orgullosos de ella porque, con sólo diecisiete años, fue capaz de elegir lo que quería, lo que sentía y lo que la motivaba. Podría haber sido una abogada mediocre, una profesora mediocre o una veterinaria mediocre. En cambio, es una fantástica actriz.

Muchas veces soy testigo de cómo algunos padres toman el control de la vida de sus hijos desde que nacen hasta que ya son casi adultos: “Esto sí, esto no, esto hazlo así, esto hazlo asá, hazme caso, es por tu bien, diles que no, diles que sí, no vayas con este amigo, no me gusta tu novia, si vas con ése esta noche no sales, etc.” ¿Cómo va a crecer un niño, cómo va a madurar, si vive la vida que nosotros queremos que viva? ¿Cómo va a aprender lo que está bien y lo que está mal si nunca puede equivocarse decidiendo?

¿Cómo va a llegar a la excelencia, cómo va a lograr su máximo potencial, si en vez de hacer lo que más le motiva hace lo que más nos motiva a los padres?

Ahí lo dejo.