Unas cracks que enseñan con alegría

Hace poco más de un año escribí un post sobre la importancia de que los niños aprendan de una manera divertida y no “a la forma tradicional”, que consistía en memorizar, estudiar un montón para un examen y no recordar nunca más lo que habíamos estudiado. En mi artículo destacaba de la importancia de que los niños aprendan motivados y felices. Justamente en esto se basa el aprendizaje significativo, de lo que voy a hablarte hoy.

¿Qué es el aprendizaje significativo? Es un tipo de aprendizaje en el que el centro es el niño que aprende, un aprendizaje en el que no hay imposiciones, sino alegría.

No voy a adentrarme en explicaciones teóricas sobre el aprendizaje significativo a nivel neurológico, porque prefiero explicártelo de forma mucho más práctica. Para que un niño aprenda de manera significativa, el eje fundamental será su relación con el profesor que le está enseñando. Sí, sí, las relaciones personales que los profesores construyen con sus alumnos son clave para que estos aprendan. ¿Por qué? Porque si un niño se siente entendido y valorado, se esforzará y tendrá ganas de aprender.

Justamente de esto habla Rita Pierson en su TED Talk. Es genial. Dice que ningún aprendizaje significativo puede ocurrir sin una relación significativa y que los niños no aprenden de la gente que no les gusta. Qué fuerte, ¿no? Esta conferencia sirve tanto para profesores, como para educadores, como para padres. Todos podemos aprender muchísimo de una crack como Pierson, una profesora con más de 40 años de experiencia. Destaca que existe una conexión humana y de las relaciones personales en cualquier proceso de aprendizaje. Por tanto, los niños tienen que llevarse bien con sus profes y con sus padres o familiares que les enseñen algo.

¿Y cómo podemos hacerlo nosotros, como padres y/o profesores? Pues haciendo partícipes a los niños, potenciando que desarrollen su espíritu crítico, incentivando que aprendan por placer, mediante retos, y no por obligación. Si imponemos las cosas, los niños no lo verán como un conocimiento útil y lo más normal será que no lo aprendan bien, sino sólo para el examen, pero luego se les olvidará en seguida. En cambio, el aprendizaje significativo es activo, constructivo y duradero, porque estamos comprendiendo lo que aprendemos y dándonos cuenta de que, en un futuro, nos será útil.

Una de las frases que más me dicen las mamás y papás de nuestros alumnos es: me encanta que aprenda inglés así, y no como nosotros, que íbamos obligados a una academia y que le cogimos manía al inglés. Mucha gente tiene cruzados los idiomas por esta razón, porque le obligaron a aprenderlos porque eran lo mejor para él. El inglés es el futuro, recuerdo que me decían de pequeña. Sí, es cierto, pero para que en ese futuro me siguiera acordando del inglés tenía que aprenderlo bien, con alegría e ilusión, y no obligada. Mis padres lo debieron hacer muy bien, porque los idiomas siempre han sido algo muy importante para mí, con lo que he disfrutado muchísimo y que me ha enriquecido un montón. Recuerdo la cara que se les quedó a mis padres cuando les dije que, para mi carrera, quería elegir como primera lengua extranjera el francés y, como segunda, el ruso. ¿Eing? ¿Ruso? Pues sí, me encantó y disfruté muchísimo el proceso de aprenderlo desde cero. ¿Por qué? Por las profesoras que tuve, expertas con muchísima experiencia y con muchas ganas de enseñar. Y de enseñar bien, motivando a sus alumnos. En cambio, también tengo el recuerdo de alguna profesora del cole que me hizo coger un poco de manía al inglés durante algunos años, porque daba la clase sólo para cumplir, y punto. ¡Cómo se nota eso!

Cuando empecé mi aventura de WonderFUN, una de las cosas que me marqué como prioritarias fue el tipo de profesoras que quería que formaran parte de mi equipo. Además de que debían tener la formación necesaria para enseñar inglés a niños, soñaba con profes simpáticas, motivadoras, con un punto de “mamis” para nuestros pequeños, cariñosas, divertidas… con ganas de enseñar. Y me enorgullece muchísimo pensar que lo he conseguido, que todas las y los profes que tenemos, tanto las titulares como las colaboradoras más puntuales, son unas cracks. Unas cracks que enseñan con alegría y que tienen un feeling súper especial con sus alumnos.

Y funciona. Te aseguro que funciona y que los niños perciben que aprender con nosotras es divertido, motivante y útil. Conseguimos que el inglés sea algo importante y guay para ellos.

Así pues, tanto si eres profe, como educador en cualquier ámbito, como si “sólo” eres mamá o papá, recuerda siempre que si enseñas con alegría, poniéndote en la piel del niño y sin imponer nada, tu hijo (o alumno) lo agradecerá y aprenderá muchísimo mejor, sea lo que sea lo que tenga que aprender.

ESTAR, CON MAYÚSCULAS

Ayer por la mañana una amiga me envió este vídeo por Whatsapp. Quizás tú también lo habrás recibido, porque estos días ha circulado mucho. Si todavía no lo has visto, te recomiendo que lo hagas haciendo clic en este enlace. Son cuatro minutos y te aseguro que vale mucho la pena.

¿Qué te ha parecido? Fuerte, ¿no? A mí me dio una llorera… Es cierto que, a causa de mi nueva maternidad, tengo las hormonas a tope y estoy con la lágrima fácil, pero me ha hecho reflexionar muchísimo.

En primer lugar, me ha hecho tomar consciencia de que la vida tiene un fin y de que tenemos que aprovecharla. No voy a ponerme dramática ahora, pero creo que, si pensamos que nuestro tiempo no será eterno, seguro que lo aprovecharemos mucho mejor. Sobre todo, haciendo cosas que realmente nos gusten y pasándolo con aquellas personas que realmente nos importen. Estoy convencida de que Ruavieja ha lanzado esta campaña publicitaria tan impactante y a la vez tan real para que nos demos cuenta de que el estrés diario, las redes sociales y el ritmo de vida tan acelerado que llevamos nos quita muchísimo tiempo de calidad que antes pasábamos con las personas a las que más queríamos. ¿A que sí?

No quiero caer en el tópico de si tecnologías sí o tecnologías no. Está claro que las pantallas forman parte de nuestra vida cada segundo: ordenador, móvil, tele, tablet… pero, como nos recuerda el vídeo, no por estar rodeados de tecnología y de pantallas tenemos que perder el contacto personal. No negaré que las tecnologías tienen muchísimos aspectos súper positivos y extremadamente útiles, claro que sí, pero nunca podrán suplir el contacto humano. Las cifras que muestra el anuncio ponen la piel de gallina: en los próximos 40 años pasaremos 442 días jugando con el móvil, 520 días viendo series, 6 años viendo la tele, 8 años navegando por Internet y 10 años mirando pantallas. En cambio, en los próximos 40 años sólo pasaremos algunos días con las personas que más nos importan. Inadmisible, ¿no? Leer estas cifras me ha hecho rebelarme, no quiero “pasar por el aro” y estar hiperconectada constantemente. Todos afirmamos que nuestros seres queridos son lo más importante, pero la forma en que distribuimos nuestro tiempo no lo demuestra. ¡Cambiémoslo ya!

Desayunar con mi mejor amiga, cenar tranquilamente con mi marido, tomar un café con mi hermana, comer con mis padres o pasar la tarde jugando con mis hijos es muchísimo mejor que hacerlo a través del móvil. Pero muchísimo mejor. Y creo que nos equivocamos cuando, por hablar un rato por WhatsApp con nuestra madre, pensamos que ya hemos tenido contacto con ella ese día. No, ese no es el contacto face to face, el contacto que queremos.

Las redes sociales, por ejemplo, están súper bien para mantener el contacto con amigos o familiares que tenemos lejos. Yo, por ejemplo, mantengo el contacto con mis amigos del Erasmus gracias a Facebook e Instagram. Cada uno vivimos en una parte del mundo y es realmente útil poder hablar en tiempo real y compartir nuestras fotos y experiencias. Reconozco que, en este caso, las redes sociales van muy bien. En este caso sí que defiendo el hecho de pasar un tiempo delante de una pantalla para mantener el contacto entre nosotros. Sin embargo, ¿para mantener el contacto con mi hermana, que vive cinco calles más arriba que yo? Eso sí que no. Me niego.

Reconozco que me produjo un poco de anisedad pensar que no me queda tanto tiempo para vivir con las personas más importantes de mi vida, que son mi familia y mis amigos. Por eso voy a seguir el consejo del anuncio: “Tenemos que vernos más”. Aparcaré el móvil y dedicaré más tiempo a estas personas tan importantes. A partir de ahora, cuando esté con estas personas, lo estaré de verdad. Porque estar con alguien es ESTAR, con mayúsculas. A partir de ahora, me prohíbo estar jugando con mi hijo y mirando de reojo el móvil porque recibo algún email o porque me habla alguien por WhatsApp. Después de ver este anuncio, estos momentos no pueden volver a repetirse. Nunca más.

El gran poder de un abrazo

Últimamente con Bruno estamos en una época de emociones a flor de piel. Cuando está triste, está tristísimo; cuando está contento, está contentísimo y, cuando está enfadado, está enfadadísimo. Todo es muy intenso y explosivo.

Hace unos meses, en una conferencia sobre Disciplina positiva a la que asistí, nos recomendaron el cuento Las emociones de Nacho, de Liesbet Slegers. Si no lo has leído con tus hijos, te lo recomiendo muchísimo. Explica diferentes situaciones que vive Nacho: está contento, enfadado, asustado, triste… En cada emoción, nos describe por qué podemos sentirnos así y qué podemos hacer cuando nos sentimos de esta manera. Todo de forma muy sencilla, para que los niños se sientan identificados, lo entiendan bien y puedan aplicar los consejos a su vida cotidiana.

El otro día recordé que había comprado este cuento y que podría ser muy útil leerlo con Bruno en el momento en el que se encuentra. Como te decía, un momento de emociones a flor de piel.

Una tarde, le propuse cambiar los cuentos que le cuento siempre por éste. Al principio no estaba muy convencido, pero al final aceptó.

Fuimos leyéndolo poco a poco, observando los dibujos (que le llamaron mucho la atención) y llegamos a la parte del sentimiento del enfado. Cuando Nacho está enfadado, dice que consigue que se le pase el enfado y calmarse cuando su mamá le da un abrazo. ¡Qué buena idea y qué sencilla!, pensé. Recuerdo perfectamente la cara de Bruno cuando se lo conté. ¡Estaba encantado! Como pensando: ¡Por fin he encontrado una solución para cuando estoy enfadado!

Le expliqué que podíamos probarlo a partir de ahora. Cuando estuviera enfadado, me podía decir: Mami, estoy enfadado. ¿Me das un abrazo para que se me pase? Y me respondió: vale, mami. Su siguiente enfado fue al día siguiente, en el parque, y así lo hicimos. Primero, le ayudé a identificar que estaba enfadado:

  • Bruno, ahora que este niño no te deja el camión, estás enfadado, como Nacho, ¿verdad?
  • ¡Sí mami, estoy muy enfadado! (gritando)
  • ¿Pues quieres que te dé un abrazo muuuy fuerte a ver si se te pasa y te pones más contento?
  • ¡Vale, mami

Y le di un abrazo de esos que duran varios segundos, apretándole fuerte contra mí. Cuando terminó, me dijo: ¡Qué bien, ya estoy más contento!

Qué ilusión me hizo, qué orgullosa me sentí de él y de mí. De mí, por haberle dado una herramienta para saber identificar una emoción muy básica y enseñarle a tener un recurso para sentirse mejor. Y muy orgullosa de él por haber captado a la perfección el sentido del cuento y por haberse dejado guiar y ayudar.

Te daré otro ejemplo de cómo Bruno identificó otra emoción hace unos días, también gracias al cuento. Íbamos por la calle y vimos cómo una niña se caía del patinete y se ponía a llorar desconsoladamente, porque se había hecho una rascada en la rodilla. Ésta fue nuestra conversación:

  • Mami, esta niña se ha hecho pupa en la pierna
  • Sí, pobrecita, se ha caído del patinete
  • Yo creo que está triste, como Nacho, porque está llorando
  • Es verdad, ¡tienes razón! ¿Y qué crees que podría hacer para estar más contenta?
  • Pues que su mamá le dé un abrazo!

El abrazo de mamá se ha convertido en la solución cuando se siente mal. Me gusta, porque él siente que le ofrezco mi apoyo incondicional y eso es lo que quiero transmitirle. Que estoy ahí siempre. Evidentemente, cuando vaya creciendo no estaré físicamente con él siempre que se sienta mal para darle un abrazo, pero ahora que es el inicio de su “vida autónoma”, ahora sí.

Volviendo a la conferencia que te comentaba al principio del post, empecé a investigar más sobre la gestión de las emociones en los niños. Para terminar el artículo de hoy, te voy a dar un poco de “parte teórica” que me parece interesante:

  • Las cinco grandes emociones que manejan nuestra vida son: alegría, tristeza, ira, miedo y asco. ¿Por qué no ayudamos a nuestros hijos e hijas a aprender a identificarlas desde pequeñitos? Les ahorraremos algún que otro problema cuando sean adultos.
  • Un niño siente muchas emociones a lo largo del día. Lo primero que debe saber es identificarlas, ponerles nombre y encontrar el camino para canalizar lo que está sintiendo.
  • Es muy importante transmitirle que ninguna emoción es buena o mala, todas son necesarias y no debe tenerle miedo a ninguna. Evitemos frases del tipo: No llores, no me gusta que estés triste por Entiendo que estés triste, vamos a ver qué podemos hacer para que te sientas mejor.
  • Una pataleta no es más que una frustración que siente nuestro hijo porque no sabe expresar bien lo que siente y porque no sabe gestionar lo que le está pasando. Si le damos herramientas para que lo haga, se sentirá más seguro y… ¡conseguiremos reducir las pataletas!

Al final, los padres y las madres somos los guías de nuestros hijos. De nosotros toman ejemplo para ver cómo tienen que comportarse y cómo tienen que actuar. Todas las herramientas que les demos para sentirse bien y para adquirir seguridad en ellos mismos, las recibirán encantados y les serán súper útiles ahora y siempre. Y, recuerda: ninguna muestra de cariño sobra ni es excesiva. Todo lo contrario, todas suman.

¡Feliz Día de los Muertos!

¡Buenos y lluviosos días a todos! Pero este clima, ¿qué es? Espero que mañana los mentirólogos acierten y podamos disfrutar de nuestro día festivo como es debido. Pero, y mañana, ¿qué se celebra? Se lo pregunté a mis alumnos y casi todos contestaron Halloween. ¿Y la Castañada? -Ah sí teacher, comeremos panellets también.-

Ya en su momento, me parece que fue el año pasado, escribí sobre la responsabilidad que tenemos los adultos de preservar las tradiciones populares. Como muchos sabéis, la mitad de mis genes son mexicanos. Esto quiere decir que tengo muy presente la celebración del Día de Muertos y, por la cercanía a Estados Unidos, también la de Halloween. Personalmente, no me gusta nada esta celebración, digamos que soy la “grinch” de Halloween. No me gusta disfrazarme en las fiestas, no me gustan los personajes terroríficos y no estoy de acuerdo en darles caramelos a los niños.  Estamos celebrando un mini casal de otoño aquí en el centro y es evidente que Halloween está presente en el planning de actividades y, aunque siempre le agregamos contenido divertido, si por mí fuera, habría un altar de muertos en la entrada rindiendo homenaje a algún científico o artista. Recuerdo lo muchísimo que me divertía de pequeña hacer altares en el cole.

Y ¿de qué va el blog de hoy? De recordaros la importancia que tiene no olvidar nuestras raíces ni de dónde venimos. Gracias a la película de Coco ya sabéis un poco más de qué van las tradiciones mexicanas por lo que hoy os contaré cómo celebran el Día de Muertos en otros tres países del mundo. Si tenéis hijos un pelín mayores, esto es algo que podríais hacer mañana con ellos. Podríais investigar cómo celebran este día en diferentes partes del mundo. Recordad que ampliar la cultura y conocer más allá de lo que pasa en nuestras cuatro paredes es muy importante para abrir la mente.

La mayoría de los países coinciden en que este día es un día para celebrar, para que los muertos regresen de sus tumbas y convivan con los vivos. Los cementerios se llenan de gente, música, flores y comida.

En Guatemala, igual que en México, se preparan altares caseros para honrar a los difuntos. También acuden a los cementerios para dejar flores y rezar por los seres queridos. Pero lo que siempre me ha llamado la atención es su ritual de los “barriles gigantes” en el que se levantan barriles gigantes cerca de los cementerios. Me puse a ver vídeos y es una auténtica pasada. Grupos de gente trabajan arduamente durante meses para construir estructuras de bambú gigantescas que luego forran con papeles de colores y elevan entre todos.

Me encanta. Me parece una tradición que une el esfuerzo y el trabajo de la gente para poder rendir homenaje a los que ya no están aquí con nosotros.

Un día, escuché lo que hacían en Ghana y me parece interesante compartirlo. Ellos celebran este día tres semanas después del fallecimiento de la persona para poder construir el ataúd. Y es que, sus ataúdes son muy poco convencionales. Se basan en la vocación y en la vida de la persona. Podéis ver en el vídeo las auténticas obras de arte que pueden llegar a crear.

Por último, me traslado a Japón, donde la tradición que tienen para celebrar a los muertos siempre me ha gustado mucho. Se celebra a mediados de agosto, dura varios días y participa toda la familia. Es una festividad que proviene del budismo y también se cree que los ancestros vuelven durante estos días a sus hogares para reunirse con su familia. Lo que más me gusta es cómo toda la familia se involucra en este proceso y, para mí, lo más bonito de esta tradición son las lámparas de papel que sueltan en el río el último día de celebración. Me encantaría poder viajar hasta ahí y verlo.

El objetivo principal de este post es contaros tradiciones que me gustan mucho aparte de la mía y recordaros lo importante que es preservar las tradiciones locales. He visto cómo festividades como Halloween, que vale que tiene su historia y sus detalles curiosos, han hecho que los niños olviden cada vez más su historia y tradiciones. Así que, espero que disfrutéis mucho el festivo de mañana, que celebréis con vuestra familia que estáis juntos y que, mientras coméis castañas y panellets, disfrutéis mucho con vuestros hijos. ¡Feliz Castañada a todos!

Mi paso por la neurociencia

Todos los que me conocéis sabéis lo mucho que apuesto por el aprendizaje a través del juego. De hecho, personalmente ha sido una de las cosas más bonitas que he aprendido a lo largo de mi carrera como profesora. Empíricamente me he dado cuenta de que, si los niños son felices, aprenden más y mejor. Pues hoy voy a intentar explicároslo de manera científica. A ver qué tal.

La semana pasada publicamos un vídeo en nuestro Facebook en el que David Bueno, doctor en biología y profesor de genética en la Universidad de Barcelona, nos explica el proceso de aprendizaje desde el punto de vista de la neurociencia. Es un vídeo que dura más de una hora y varias mamás nos han dicho que habían comenzado a verlo pero que duraba mucho tiempo y les resultaba muy difícil terminarlo. Como me encantó y descubrí cómo aprenden mis niños desde el punto de científico, he decidido contaros lo que me ha parecido más interesante.

El vídeo comienza explicando lo importante que es aprender música, artes plásticas y educación física. Este tema me tomaría un post entero así que, para poneros un ejemplo, me voy a enfocar en lo imprescindible que es la educación física en el proceso de aprendizaje. El ejercicio exige coordinación de movimientos y nos enseña que existen secuencias. Por ejemplo, ¿qué proceso nos lleva encestar una canasta? Primero hay que coger la pelota, mirar a la canasta y después lanzarla. Si hacemos los movimientos al revés, sería completamente imposible encestar. Este proceso tan sencillo establece conexiones en nuestro cerebro y se queda almacenado como aprendizaje de secuencias. Respetar la secuencia de las cosas es crucial para resolver sumas y restas o para seguir un proceso de laboratorio químico. El rendimiento en el aula siempre es mejor si entendemos que todo tiene un orden.

Y, científicamente, ¿cómo aprendemos? A ver si logro explicarme bien porque soy más de letras que de ciencias.

Cualquier cosa que nosotros aprendemos, el cerebro la guarda como un patrón de conexiones. Nuestro cerebro está formado por 85 mil millones de neuronas, pero lo importante son las conexiones que hacen entre ellas. Cuantas más conexiones haya, mejor. Éstas se logran si el aprendizaje involucra varias partes del cerebro. Es decir, si toca las emociones, si contextualiza, si el aprendizaje es transversal. Si aprendemos química a través de un experimento que implique tocar, sentir, oler, escuchar, observar y sorprenderse con el resultado, lograremos un aprendizaje  mucho mayor y más completo que si lo hacemos a través de una tabla de fórmulas químicas, un cuaderno y veinticinco niños sentados a nuestro alrededor.  El cerebro funciona como un todo integrado.

Aprender es fácil y la forma instintiva que tenemos de aprender como especie humana es a través del juego. De hecho, es como aprendemos de pequeños. El juego es ensayo, error y perfeccionamiento. Es aprender a interactuar con el entorno y con las demás personas. El juego te da la posibilidad de equivocarte sin que pase nada. El juego debería ser considerado una herramienta educativa obligatoria. Esto no significa estar divertido, significa estar motivado. Está comprobado que sin motivación no hay aprendizaje y ¿a quién no le motiva jugar?

Vamos ahora a la parte genética. Ser inteligente, de acuerdo al científico, viene de serie y también se puede entrenar. Está claro que nosotros llegamos a este mundo con una genética heredada y establecida que nos hace ser diferentes y tener distintas capacidades mentales.

Para explicarlo mejor, el profesor reparte hojas de papel a todos los asistentes de la conferencia y les pide que sigan sus instrucciones para construir un avión de papel. Cuando termina, los asistentes muestran sus aviones y todos son diferentes y raros. Incluso se ríe un poco y comenta que más de uno no volará. ¿Por qué? Porque todos tenían un trozo de papel de diferente tamaño y forma. Si sigues las mismas instrucciones para un papel diferente, el resultado puede ser desastroso. Lo mismo pasa con la educación. Tengo que deciros que me encantó el ejemplo. En él se explica de una manera tan sencilla que, si a todo el mundo lo educamos de la misma manera, habrá algunos que respondan bien y otros que no. Si la persona que tenía el trozo de papel más deforme, lo hubiese doblado de diferente manera, le hubiese salido un avión más pequeño pero con capacidad de volar.

Sí, hay personas que nacen con diferentes capacidades, pero si los educamos de la manera correcta, contextualizando la información e involucrando emociones positivas, lograremos el mejor resultado posible de cada cerebro.

Y ahora hablemos de emociones. ¿Qué son las emociones para nuestro cerebro? Son patrones de conducta que se generan sin que seamos conscientes de ello y, hasta que no se manifiestan, no podemos ser conscientes de dichas emociones. Por ejemplo, cuando vamos caminando por la calle y olemos algo que no nos gusta nada, en ningún caso nos detenemos a pensar: Qué mal huele, ahora voy a sentir asco. No. Automáticamente es: ¡Uy! qué asco, qué mal huele. Las emociones son patrones de reacción rápida. Es aquello que nos permite reaccionar sin pensar ante una situación que puede ser una amenaza o una oportunidad.

David Bueno asegura que, sin emoción, el cerebro no recuerda nada, simplemente porque no le importa. El cerebro almacena únicamente aquel aprendizaje que lleve emoción. Todo esto está muy bien, mientras la emoción sea positiva. Si los niños aprenden con miedo, asociarán el aprendizaje con una emoción negativa y serán personas que no querrán aprender cosas nuevas en el futuro. Serán adultos que no tendrán ningún interés en ser transformadores de su entorno.

En la conferencia, el profesor habla de dos emociones imprescindibles para generar personas que quieran cambiar el mundo: la alegría y la sorpresa. Por una parte, el aprendizaje a través de la alegría es un aprendizaje con confianza. Si sentimos alegría, querremos manifestarla y compartirla con los demás. Por otro lado, la sorpresa activa en nuestro cerebro una zona que se llama tálamo. Si queréis saber en dónde está y la explicación más específica os recomiendo visitar este enlace. Bueno, el tálamo es una glándula que se encarga de la atención. Es por esto que la sorpresa incrementa la atención de los niños. Sin atención, no hay aprendizaje. El tálamo no sólo se encarga de la atención si no también de la motivación.

La motivación se manifiesta como un aporte extra de energía, en forma de glucosa y oxígeno, para nuestro cerebro. Una persona motivada puede trabajar durante horas y horas sin cansarse. La motivación nos genera placer y esto hace que, todo lo que aprendamos, el cerebro lo valore como algo positivo.

Espero no haberos mareado con tanto término. No olvidéis que mi objetivo principal es justificar el aprendizaje a través del juego y las emociones desde un punto de vista científico. Si sabemos cómo funciona nuestro cerebro, seremos capaces de entenderlo y trabajar por una mejor educación. Hasta aquí llegó mi explicación. Si sois padres o profesores de niños adolescentes, os recomiendo que sigáis el vídeo a partir del minuto 38. Es donde yo me quedé.

¿Felicidad de cara a la galería?

 

Vivimos en una sociedad adicta (o muy viciada) a las redes sociales. Nuestras redes sociales son el reflejo de nuestra vida, de nuestro día a día, de nuestro estado de ánimo. Algunas personas prefieren compartir artículos interesantes, otras publican las fotos de todas las actividades que hacen con su familia y otras simplemente usan Facebook o Instagram para cotillear o enterarse de cosas que les interesen.

Estas cuatro líneas sobre cómo usamos las redes sociales hoy en día sirven como introducción del tema de mi artículo de hoy: tenemos tendencia a proclamar la felicidad a los cuatro vientos, a aparentar que nuestra vida es perfecta. ¿Así somos realmente más felices? Creo que todo lo contrario. Así, simplemente, nos comparamos con otras personas o nos exigimos ser felices de una manera equivocada (creo yo). Hace unos años, cada uno teníamos nuestra vida y la compartíamos con quien queríamos: familia, amigos, compañeros de trabajo, etc. Sin embargo, actualmente parece que si pasamos un domingo genial en familia comiendo una paellita al sol y no publicamos una foto maravillosa en Instagram, ese domingo no ha existido. ¡Sí, sí, no ha existido! No digamos si hacemos una escapadita de finde romántico en pareja sin dedicarnos ningunas palabras cariñosas en público en nuestro muro de Facebook y sin compartir la ubicación del hotel en el que hemos dormido. ¡Qué pringados somos entonces! Por favor, que nadie me malinterprete ni se sienta ofendido por lo que escribo, nada más lejos de mi intención. Por supuesto, respeto a todas las personas (tengo varias amigas muy amigas muy viciadas a las redes sociales). Simplemente estoy intentando plasmar que la felicidad no depende de todo esto.

Esta búsqueda desesperada de la felicidad puede producir el efecto contrario. En mi opinión, la felicidad es algo mucho más parecido a lo que dice Matthieu Ricard, un biólogo molecular y monje budista que descubrí cuando escuché su TED Talk. Aquí tienes el vídeo (puedes poner subtítulos en castellano). Si tienes un ratito para escucharlo, vale mucho la pena.

TED Talk de Matthieu Ricard

Evidentemente, habla de muchos aspectos relacionados con el budismo y no es cuestión ahora de que nos convirtamos todos en monjes budistas, pero sus afirmaciones son realmente muy valiosas. Aquí tienes las dos que más me gustan: No debemos confundir felicidad con placer, porque no es lo mismo y La felicidad no es una sensación de placer, sino un estado de profunda serenidad y realización que impregna todos los estados emocionales y todas las alegrías y penas que atravesamos en nuestro camino.

Creo que ahí está el quid de la cuestión. La felicidad no debería ser un objetivo para el futuro o un estado ficticio en el que siempre estemos contentos o rodeados de placer. Lo que he aprendido después de investigar mucho sobre este tema es que la felicidad es (o debería ser) un estado interior para todos los momentos de nuestra vida, los buenos y los no tan buenos. Una persona feliz, no siempre está contenta y riendo (cosa que, muchas veces, nos muestran las redes sociales) sino que, cuando pasa un momento de tristeza, intenta aprovecharlo para aprender o, cuando pasa miedo o estrés, es capaz de afrontar los cambios con optimismo. ¿Ves qué diferente? No es cuestión de pensar que si soy feliz, mi vida será siempre de color de rosa sino si soy feliz, intentaré ver siempre la vida lo más rosa posible, tanto si esté en un momento blanco, rosa, gris o negro, porque todos ellos existen. Esta es mi humilde frase de resumen, espero que te sirva.

Volviendo a Matthieu Ricard, le han dado el título de El hombre más feliz del mundo. Seguramente te preguntarás lo mismo que yo cuando lo conocí: ¿y cómo le han otorgado este título tan subjetivo? Pues unos investigadores de la Universidad de Wisconsin colocaron 256 electrodos en su cráneo y vieron que logró el más alto nivel de actividad en la corteza cerebral pre-frontal izquierda, lo que se asocia a las emociones positivas. La escala varía generalmente de + 0,3 a -0,3 y Matthieu Ricard alcanzaba resultados de -0,45, completamente por fuera de la escala, nivel nunca registrado en otro ser humano. Alucinante, ¿verdad?

Para terminar, me gustaría regalarte una lista de Los diez hábitos que practican las personas felices, también de Matthieu Ricard. Algunos quizás son más evidentes que otros, pero todos muy aconsejables:

  • Considera los problemas como desafíos
  • Aprende a perdonar
  • Sé agradecido
  • Deja de luchar contra lo que no puedes cambiar
  • No te quejes
  • Aliméntate bien (de esto os ha hablado Nathalie en varios posts).
  • Escucha a los demás sin interrumpirles
  • Cuídate y mímate (física y piscológicamente).
  • Mantén el contacto con tus seres queridos
  • Pasa tiempo a solas y disfrutando de la soledad, pues no es algo negativo.

No te olvides de que estos hábitos podemos enseñárselos a nuestros hijos desde bien pequeños. Es mucho más importante que aprendan a ser agradecidos o a perdonar antes que a saber posar para salir monísimos en el selfie familiar que queremos publicar en Instagram, ¿no crees?

Nada más, intentemos empezar por uno o dos de los diez hábitos. Yo he empezado por el quinto y en vez de comenzar esta semana tan cortita diciendo qué pereza volver a madrugar y a trabajar después de estos días de fiesta, esta mañana he dicho: qué buen día hace, qué ilusión me hace ir a trabajar para ir desarrollando todas las ideas que tengo pendientes de llevar a cabo y qué suerte tengo de tener la familia que tengo. Y tú, ¿por qué hábito empezarás esta semana?

Está prohibido prohibir porque sí

Cuando los padres educamos a nuestros hijos buscamos la manera de establecer límites y normas para que aprendan a comportarse y sean felices. Lo que guía estos límites y las normas de comportamiento de los niños es cómo los padres resolvemos las situaciones cotidianas. Es decir, consintiendo y prohibiendo diferentes cosas a los pequeños. Por tanto, el comportamiento de nuestros pequeños será consecuencia directa de las respuestas que vayamos dando ante sus diferentes conductas y está en nuestras manos enseñarles a ser personas autónomas, seguras de sí mismas y que sepan moverse por el mundo.

En mi opinión, hay tres aspectos totalmente necesarios a la hora de educar: primero de todo, muchísimo amor y empatía para que nuestros hijos sean niños felices, que para mí es lo más importante. En segundo lugar, darles desde muy pequeños las herramientas necesarias para que sepan expresar cómo se sienten y qué necesitan, para que se conviertan en personas independientes y capaces de salir adelante ante cualquier situación. Por último, creo que es fundamental enseñarles a comportarse, que sepan que en su familia hay unas normas y marcar unos límites que ellos conozcan desde pequeñitos. El “todo vale” o la libertad extrema, creo que no funciona. Como todos sabemos, los niños necesitan sus rutinas y sus límites, así aprenden cómo tienen que actuar en cada situación.

Dicho esto, voy a lanzar ahora la frase que he elegido como título de este post: ESTÁ PROHIBIDO PROHIBIR PORQUE SÍ. Responderle a nuestro hijo “porque lo digo yo”  o “tú haz esto y calla” no funciona. Obviamente, hay situaciones en las que es necesario que intervenga un adulto (llámese madre, padre o profesor), porque existe un peligro real. Pero muchas veces los padres prohibimos cosas porque nosotros mismos les tenemos miedo. Si les prohibimos cosas constantemente, nuestros hijos crecerán con la idea de que hay cosas peligrosas que deben evitar y aprenderán a ser inseguros, asustadizos y dependientes. Por tanto, cuando los adultos tomemos la decisión de prohibir conductas, debemos hacerlo con moderación para evitar consecuencias negativas en nuestros pequeños. Y, sobre todo, razonarles muy bien por qué les estamos aconsejando que no hagan (o que sí hagan) ciertas cosas.

¡No les sobreprotejamos! Hay determinadas cosas que no deberíamos prohibir nunca a un niño:

  • Correr, saltar y gritar: porque a veces son la manera que tienen de expresar sus emociones. Los padres tenemos que tener paciencia y poner límites (eso siempre) pero límites en los que nuestros hijos puedan moverse y expresarse libremente.
  • Dibujar o pintar: muchas veces nos da pereza que lo ensucien todo y ni siquiera les dejamos sacar las pinturas del cajón. ¿Habías pensado que así podríamos estar coartando su creatividad?
  • Dar su opinión: el niño tiene sus propios pensamientos y deseos y necesita poder expresarlos. Por eso, es importante que no se reprima lo que tiene que decir con expresiones como. “Ya sé lo que te pasa, tú eres muy pequeño para entenderlo”.
  • Comer solos: a menudo, por falta de tiempo, hay padres que prefieren dar de comer a sus hijos en vez de enseñarles a comer solos. Así no ensucian y van más rápido. Pero a los niños les encanta sentirse autónomos y útiles, así que… ¿qué pasa si tardan una hora en cenar en vez de veinte minutos?
  • Ayudar en casa: muchos papás no dejan que sus hijos les ayuden y les dicen “lo vas a tirar”, “se te va a caer al suelo”, “es igual, déjalo, que yo ya lo puedo hacer sola”… Luego, cuando el niño es mayor, se suelen quejar porque no hacen nada. Pues para evitar esto, es bueno dejar que el niño colabore en las tareas de la casa desde pequeño. Esto hará que se sienta útil. A Bruno, por ejemplo, le encanta ayudarme a poner la lavadora. Evidentemente, cuando me ayuda él tardo mucho más que si la pongo yo sola, ¡pero lo disfrutamos tanto! Le gusta sacar la ropa sucia de la cesta, ponerla dentro de la lavadora, cerrar la tapa, ¡y ya poner el jabón es lo más de lo más!

En mis artículos siempre intento citar a autores que me gustan y que tienen reflexiones que creo que nos pueden servir a todos. Hoy he recuperado una reflexión de Rosa Jové, la popular psicóloga autora de maravillas como La crianza feliz, Ni rabietas ni conflictos o Dormir sin lágrimas (libros que, por cierto, te recomiendo). En uno de sus artículos escribió que Educar niños obedientes no trae como resultado dar al mundo niños felices. La obediencia se consigue casi siempre a través del miedo, así que lo más conveniente es educar personas que entiendan desde bien temprano qué es el respeto, la reciprocidad y esa empatía construida a través del afecto sincero. ¡Me escribiré esta frase bien grande y la colgaré en la nevera de casa para tenerla siempre presente! Creo que es muy necesario huir de la tradicional psicología conductista en la que, si hacemos algo malo, se nos castiga y, si hacemos algo bueno, se nos premia. Los premios y los castigos quizás funcionan a corto plazo, pero a la larga, no.

Es evidente que, si les castigamos por todo o les prohibimos casi todo, nuestros hijos no serán felices ni seguros de sí mismos. Actuarán por miedo y sin entender el porqué de las cosas. Pero tampoco lo serán si les permitimos todo, porque no sabrán cómo tienen que comportarse en cada situación ni entenderán dónde están los límites. Como en todo en la vida, lo mejor es un término medio. Como dice mi padre Ni todo es blanco, ni todo es negro. Siempre hay colores intermedios.

Prohibirlo todo es un error. El niño al que le exigen que no chille, a esconder sus lágrimas porque llorar es de débiles o al que le obligan a estar quieto para no molestar, acabará desarrollando una represión emocional y personal que puede ser peligrosa en un futuro.

Estoy convencida de que a nuestros hijos les entrará mucho mejor una orden del tipo “espera un momentito, no toques esto, ahora te ayudo y te enseño cómo se hace” a una del tipo “¡es que mira que eres tonto! ¿No ves que si lo coges así se rompe? ¡Parece mentira que no lo entiendas!”. Seguro que, si nos esforzamos por hablarles y actuar con respeto y empatía, ellos también lo harán. Y, al final, eso es lo que queremos.

¿Tu cascabel sigue sonando?

Magia e ilusión. Estas son las dos palabras que aparecen en mi mente cuando pienso en la Navidad, en estos días de familia, regalos y alegría.

Todavía me emociono al recordar lo nerviosa que estaba yo de pequeña, desde el día 20 o 21 de diciembre que terminaba el cole, porque pronto llegaría Papá Noel y mis queridísimos Melchor, Gaspar y Baltasar. En mi casa cumplíamos con todas las tradiciones (y muchas de ellas las seguimos cumpliendo): montar el árbol de Navidad y el pesebre en el puente de la Purísima, ir a Santa Llúcia a comprar figuritas nuevas para el pesebre, hacernos la foto de rigor con el paje de los Reyes Magos del Corte Inglés, ir a ver las luces de las calles de Barcelona decoradas por Navidad, ir adelantando cada día un poquito a los Reyes en el pesebre para que se fueran acercando al portal de Belén, abrir cada día una ventanita del calendario de Adviento durante todo el mes de diciembre, ir a la Cabalgata de Reyes a la calle Pelayo a entregar nuestra carta sin importarnos que hubiera tantísima gente, dejar comida para sus Majestades y, por supuesto, para los camellos… y un larguísimo etcétera. Sí, en mi familia siempre hemos vivido con muchísima ilusión estas fiestas, nos encantan los villancicos y las lucecitas de colores y disfrutamos pasando estos días tan especiales todos juntos.

La verdad es que he tenido mucha suerte. Mis padres nos transmitieron a mi hermana y a mí que esta ilusión no la podemos perder nunca porque es algo maravilloso y que, aunque ya no seamos niñas, debemos mantenerla. Una forma de mantener esta magia será copiando lo que ellos hicieron, que me encantaba y me sigue encantando. Quiero copiar lo de dejar unos pocos trocitos de turrón en los platos para que vean que Melchor, Gaspar y Baltasar se han terminado casi todo lo que les hemos dejado; o lo de vaciar todo el bol de agua porque los camellos están sedientos tras recorrer todo el mundo en una sola noche. También me gustaría seguir con la tradición de ir recopilando catálogos de juguetes de diferentes jugueterías durante los meses de noviembre y diciembre y pasar una tarde (o varias) con mis hijos marcando los juguetes que se piden. Y, por supuesto, lo que seguro que copiaré será la respuesta cuando, de aquí a unos años, mis hijos me pregunten mami, ¿es verdad que los Reyes y Papá Noel son los padres? La respuesta de los míos empezó con una pregunta: ¿tú qué crees? Yo les respondí: ¡creo que sí que existen! A lo que ellos añadieron: los Reyes y Papá Noel son mágicos. Si tú sigues creyendo en ellos, seguirán siendo mágicos toda la vida. Gran respuesta que nos marcó mucho. Te aseguro que mi hermana y yo seguimos durmiendo nerviosas y con maripositas en el estómago todos los 5 de enero, deseando que llegue la mañana para ir corriendo al salón y poder empezar a abrir los regalos.

Como ves, toda la vida me ha encantado esta época del año. Desde que empecé a tener algo de dinero para comprar regalitos, con quince o dieciséis años, disfruto muchísimo pensando qué regalo le puede hacer ilusión a cada miembro de mi familia, doy mil vueltas para encontrar la mejor opción, llego a casa cargada de bolsas y de rollos de papel de envolver… Algunos quizás pueden pensar que es consumismo pero te aseguro que no. Es ilusión. Consumismo sería comprar compulsivamente, gastando sin pensar, pero ese no es mi caso. Intento comprar en tiendas del barrio, cada vez regalo más experiencias y menos cosas materiales y, sobre todo, compro con ilusión.

El año pasado las navidades fueron súper especiales porque fueron las primeras con Bruno. Cierto es que, con diez meses, todavía no era consciente de Papá Noel, los Reyes, etc, pero lo disfrutamos mucho igualmente. Participó en poner las bolas del árbol, en romper unas cuantas y, por supuesto, le llevamos a la Cabalgata de la calle Pelayo (siguiendo la tradición familiar) y alucinó con tantas luces, música, caballos, etc. Este año ya es mucho más consciente, ya nos ha ayudado a montar el pesebre sin romper ninguna figurita, se para a mirar los “pajes” de Papá Noel que ve por la calle, sabe el nombre de los tres Reyes… Me encanta, ¡disfruto tanto alimentando su ilusión! Y sé que, de ahora en adelante, cada año será aún más especial, porque lo irá viviendo cada vez más.

Para terminar con este post tan personal, me gustaría darte una recomendación: la película de Polar Express. La intento ver cada año por estas fechas. Me encanta porque transmite exactamente lo que comentaba antes de no perder la ilusión aunque dejemos de ser niños. Cuando Billy  agita el cascabel de Papá Noel, no suena, porque no cree en la Navidad. En cambio, al final de la peli, cuando ha estado en el Polo Norte con Papá Noel y todos sus ayudantes y ha recuperado la ilusión por la Navidad, entonces el cascabel le suena súper fuerte. Si no la has visto, te la recomiendo. Los dibujos son maravillosos y, la música, aún mejor. Recuerdo perfectamente que la fuimos a ver al cine con mis padres y mi hermana y, cuando salimos, mi padre (que es el más “friki de la Navidad” de toda la familia) nos dijo: quiero que vuestro cascabel suene siempre, tengáis la edad que tengáis. Ese año, uno de los regalos que nos trajo Papá Noel fue un cascabel, que yo aún guardo en el cajón de mi mesita de noche. Cuando lo agito, suena fuerte y su tintineo me encanta. Estoy segura de que siempre sonará porque la semilla de la ilusión que plantaron mis padres nunca dejará de crecer.

¿Realmente vale la pena seguir aprendiendo inglés?

La semana pasada estuve hablando con el papá de unas alumnas nuestras cuando las vino a buscar. Me comentó que ese día había tenido una reunión con un cliente extranjero por Skype y que había usado el traductor simultáneo que tiene este programa. :O What?? Después, me dijo que había invertido mucho dinero en que sus hijas aprendieran inglés desde pequeñas contratando a una canguro en inglés, viniendo aquí cada semana desde los tres años, etc. Su pregunta, al final de nuestra conversación, fue: ¿Realmente vale la pena que mis hijas aprendan inglés? Total, cuando sean mayores, seguro que las máquinas traducirán simultáneamente cualquier idioma y ya no necesitarán saberlo…

Cuánto me hizo reflexionar esa conversación de diez minutos. Mucho.

Al día siguiente, lo primero que hice fue investigar acerca del traductor simultáneo de Skype, porque no tenía ni idea de que existía. Efectivamente, Skype Translator es un traductor incorporado a la aplicación que permite traducir las conversaciones a tiempo real. De hecho, Skype Translator traduce desde y hacia el inglés, por supuesto, y a otros nueve idiomas más. El último que se añadió, en abril de este año, fue el japonés. Increíble, ¿no? No es que se prevea  que esto ocurrirá en el año 2030, sino que ya es una realidad hoy, a finales del año 2017.

Estuve un par de horas leyendo artículos sobre diferentes aplicaciones y herramientas que, efectivamente, traducen conversaciones a tiempo real, traducen textos mientras se están escribiendo… Es evidente que la tecnología se está desarrollando a pasos agigantados y que, en pocos años, ha evolucionado de una forma increíble. Sin embargo, creo que también es evidente que aprender un idioma no sólo es ser capaz de traducir una conversación, sino también poder comunicarnos cuando vamos a otro país, conocer nuevas culturas y enriquecernos de ellas. Aprender un idioma extranjero te aporta mucho más que simplemente la capacidad de comunicarte, es una puerta a conocer otras culturas y otras formas de ver el mundo.

Por otro lado, me intenté imaginar cómo sería el futuro cercano, dentro de cinco o diez años. ¿Es el progreso de la inteligencia artificial el fin de la inteligencia humana? No lo creo. Aunque las máquinas, ordenadores o robots cada vez sabrán hacer más cosas y seguramente mejor que los humanos, ¿no querremos estudiar ni aprender nada porque ellos lo harán todo mejor que nosotros?, ¿nos volveremos tontos y pasivos? No lo creo y, sinceramente, espero que no sea así. Por muchos avances tecnológicos que haya en los próximos años, la inteligencia humana no se va a frenar. Porque las personas somos seres emocionales, creativos, con sentimientos, capaces de decidir. En cambio, la inteligencia artificial, aunque esté cada vez más cerca de parecerse a la humana, se ha creado basándose en ésta y sus funciones han sido creadas precisamente por un programador.

Dejando a un lado el futuro y lo que pueda ocurrir, ahora hablaré de las traducciones automáticas versus las traducciones humanas. Por mi formación profesional (durante varios años fui intérprete simultánea de conferencias de inglés, francés e italiano), me cuesta imaginarme que un ordenador o un robot podrá hablar igual de fluidamente o traducir simultáneamente igual de bien que un humano. Los giros de significado, las bromas, las connotaciones de cada idioma son muy difíciles de traducir automáticamente por una máquina. Siguiendo en esta línea, me ha venido a la cabeza una frase mítica que nos repetían mucho en la carrera de Traducción: non verbum de verbo, sed sensum exprimere de sensu. Es de Cicerón, uno de los más grandes poetas romanos. La frase dice que una traducción no debe expresar la palabra correspondiente a cada palabra, sino el sentido correspondiente a cada sentido. El sentido es lo más difícil de traducir y, por tanto, más difícil que lo haga una máquina. Evidentemente, no voy a negar que cada vez lo hacen mejor, pero creo firmemente que todavía no lo hacen igual que un ser humano. Además, por muy útiles que sean los traductores virtuales, si hay algo de lo que carecen, es de sentimientos. Por eso, aunque sean un complemento súper útil, nunca podrán reemplazar el tú a tú de una conversación real entre seres humanos.

Volviendo a la conversación que tuve la semana pasada con el papá, sigo convencida de que, por muchos avances tecnológicos que haya respecto a los idiomas y a los traductores automáticos, para participar en el mundo globalizado de este siglo en el que estamos viviendo, es necesario hablar inglés o, como mínimo (muy muy mínimo), entenderlo y defenderse para salir del paso en una conversación básica. Desde las famosísimas series de Netflix, hasta los memes de Internet o muchas aplicaciones para los móviles, todo es en inglés. El predominio lingüístico de este idioma es más que evidente.

Para terminar, me gustaría destacar también que hay algo inherentemente atractivo en el aprendizaje de un idioma nuevo, ya sea el inglés o cualquier otro. La sensación de poder comunicarte sin problemas en otros idiomas que no son el tuyo, para mí es indescriptible. El subidón cuando te das cuenta de que puedes viajar sin ninguna barrera porque eres capaz de hablar y entender perfectamente también es indescriptible. Como veis, se nota que soy traductora e intérprete de formación, pero es que realmente pienso que no puede haber nada negativo ni inútil en el hecho de aprender un idioma nuevo (o dos, o tres, o cuatro, o cinco).

¿Con todo esto quiero decir? Pues que está claro que la tecnología está aquí para quedarse y para ayudarnos en nuestro día a día. Por supuesto, no la dejaría nunca de lado. Sin embargo, las personas tenemos que seguir aprendiendo, seguir formándonos en lo que nos guste y seguir sabiendo hacer cosas por nosotros mismos. Eso sí, usando la tecnología para crecer, evolucionar y comunicarnos en este mundo tan global en el que nos ha tocado vivir.

Queda inaugurada la temporada de pelis

Hace unos días cayó en mis manos un libro cuya historia tenía olvidada. Un libro de Michael Ende en el que se inspiraron para realizar una de las películas que más vi cuando era niña. Una película que mezcla fantasía y realidad y que me encanta: La historia interminable. ¿La habéis visto? Yo sí, cientos de veces. Era la típica película que ponían en la tele un domingo por la mañana y, como en ese entonces la programación televisiva no era muy amplia, la vi muchos domingos durante muchos años. Conforme iba creciendo, entendía cada vez más cosas, lo que la transformó no sólo en una de las pelis que más vi sino en una de mis favoritas.

Estuve recordando lo mucho que me gustaba la peli y pensé, como típica abuela, que ya no hacían películas como las de antes. Es verdad, ya no las hacen. Aquellos que la habéis visto recordaréis el miedo que sentíamos de que Bastian no pudiese salvar a la Emperatriz. Nunca olvidaré a Falcor, el perro volador y su mejor amigo, al muñeco comepiedras, a la vieja y sabia tortuga que hablaba lentísimo y la tristeza que sentí cuando Atreyu perdió su caballo. Es una historia cargada de valores y simbolismos a través de personajes mágicos y muy divertidos.

El otro día, mientras comíamos en el parque, no sé por qué, salió a la conversación la emperatriz Sissi y yo pensé en la emperatriz de La historia interminable (los que habéis visto la peli sabréis que es un personaje muy importante). Se lo comenté a María y se me quedó mirando con cara de no saber de qué estaba hablando. Me quedé muy sorprendida de que no hubiese visto la peli o leído el libro. Le dije que tenía que verla con Bruno cuando fuera un pelín más mayor. Gracias a su personaje principal, aprendí lo increíble que es leer un libro, meterte en su historia, imaginar lugares, situaciones y personajes y no querer dejar de leer ni para comer. Me gustaría mucho que a Bruno le pasara lo mismo.

Pensando y recordando lo mucho que me gustaba de niña ver esta película, recordé un estudio que leí hace un tiempo que explica por qué a los niños les encanta ver una misma película una, y otra, y otra y otra vez. También pensé que, si hoy en día ya no hacen películas como antes, quizá nuestros niños y niñas están expuestos a contenidos cuyo argumento no tiene tanto valor.

Según este estudio, a los niños les encanta ver la misma película muchas veces porque, cuantas más veces la ven, más la entienden. Para ellos, por muy sencilla que sea la trama, es muy complicado seguir el argumento cuando ven por primera vez una película. Esto también pasa con los cuentos y los libros. La repetición no les aburre, al contrario, les ayuda a desarrollar habilidades  y mejora su nivel de comprensión. Además, la repetición les permite anticipar el futuro, saber qué pasará a continuación y dominar una historia. Esto les hace sentir especialmente seguros.

Todas las personas adultas que conozco tienen una peli que han visto cientos de veces. Yo tengo muchas, pero la que más vi de pequeña fue Peter Pan. Si los niños siguen viendo las películas una y otra vez, es muy importante que cuidemos mucho los valores que estas pelis representan y lo hablemos con ellos. Igual pasa con los dibujos animados en la tele, la música que escuchan y los libros que leen. Estoy segura de que, gracias a una película como La historia interminable, me aficioné a la lectura y que Peter Pan me dio la facilidad de comportarme como una niña más cuando estoy con mis alumnos, entre otras cosas.

Es por todo esto que hoy os propongo que no os olvidéis de las pelis e historias que hacían en los viejos tiempos y las veáis con vuestros hijos.  Encontré esta web que propone treinta clásicos familiares que no está nada mal. Hay algunos que yo no vería con los míos, pero todo es cuestión de gustos. Así que vamos a disfrutar que ya llegó el frío viendo una película en familia con mantita y palomitas. Es uno de mis planes favoritos.