Aprender de los buenos libros

Hoy volvemos a publicar un post que escribí hace algún tiempo en el que te recomiendo algunos libros que he leído durante estos cuatro años desde que soy mamá y que me han parecido indispensables como lectura para todos los padres y madres. A lo mejor estos días puedes aprovechar para leerlos. Son libros sencillos, amenos de leer, para disfrutarlos.

Es una selección personal así que, por supuesto, es subjetiva.

1) Educar en el asombro, de Catherine l’Ecuyer: el bestseller de educación.

Catherine l’Ecuyer es canadiense y mamá de cuatro hijos, eso se nota. Partimos de la base de que, para la autora, el asombro es el motor que todos los niños llevan incorporado. Afirma que los niños aprenden a través de experiencias sensoriales concretas, que así comprenden el mundo y se comprenden a ellos mismos. Nos muestra con ejemplos que nuestros hijos han nacido en una época tan exigente, frenética y consumista, que no pueden jugar libremente, disfrutar de la naturaleza o del silencio.

En la opinión de l’Ecuyer, y en la mía también, muchas veces intentamos que nuestros hijos aprendan más rápido, cuando lo más importante es disfrutar del proceso del aprendizaje. Los niños no necesitan estar todo el día delante de una tablet o un móvil, no necesitan estar sobreestimulados, sino que lo mejor que les podemos regalar los padrees es tiempo para correr, saltar, disfrutar libremente. Por ejemplo, hay muchísimosjuguetes llenos de lucecitas, ruidos, etc. ¿Realmente los niños se lo pasan mejor con estos juguetes? En mi opinión, sigue siendo mucho mejor darles un rollo de papel higiénico o unos bloques de madera para que jueguen e imaginen.

Me encantó cómo explica que para los niños somos sus guías, los ojos a través de los que miran el mundo, así que debemos comportarnos como queremos que se comporten ellos.

Quizás en algunos fragmentos es un poco extremista, un poco exagerado, pero es un libro que hace reflexionar y pensar si realmente queremos cambiar nuestra forma de educar y disfrutar con nuestros hijos, a su ritmo.

También ha escrito Educar en la realidad, que lo tengo pendiente de leer. Habla de que la preparación de nuestros hijos, incluso en un mundo cada vez más digital, es la que tiene lugar en el mundo real. Seguro que será genial, como el otro.

2) Niños exploradores, niños creativos, de Guzmán López Bayarri. López Bayarri es un psicólogo especializado en fomentar la creatividad en los niños. El libro tiene poco más de 150 páginas y una letra muy grande acomapañada de dibujos. Se divide en ocho puntos, algunos son: ¿Por qué necesitamos fomentar la creatividad en nuestros hijos?, ¿De qué hablamos cuando hablamos de creatividad?, Los hijos imitan a los padres,etc. No es nada teórico, sino todo lo contrario, muy directo y dirigido a padres, madres y educadores que quieren educar de manera diferente, huyendo de los estereotipos. Es súper entretenido de leer y es el típico libro en el que subrayas frases e ideas muy clave para que no se te olviden. Yo lo hice cuando lo leí, ahora al volverlo a ojear para hacer esta reseña, me han venido ganas de volvérmelo a leer.

3) Me gusta la familia que me ha tocado, de Carme Thió de Pol. Thió de Pol es psicóloga especializada en educación infantil. El libro es fruto del trabajo de asesoramiento de la autora a familias durante más de treinta años. Trata las dificultades más comunes en el crecimiento y evolución de nuestros hijos: las rabietas, los celos, los miedos, los castigos, etc. Mediante pequeñas historias de casos reales, nos da opciones para expresarnos y actuar de forma que nuestros hijos sean más felices. A mí me pareció un libro muy ameno, que da muchas herramientas prácticas. Eso sí, luego, cuando te encuentras en la situación, tienes que acordarte de lo que te había propuesto el libro, ¡y no es tan fácil! Lo mejor del libro, en mi opinión, es que no nos dice que intentemos terminar con los conflictos en nuestra familia, sino que sepamos cómo tratarlos, porque conflictos va a haber.

4) Lo mejor de nuestras vidas / Eres una madre maravillosa / El viaje de tu vida, de Lucía Galán. La famosa pediatra Lucía, mi pediatra, bloguera y mamá de dos hijos, escribió estos tres libros en sólo tres años. Son como una trilogía. El primero me lo leí en dos tardes cuando estaba embarazada de Bruno. Es un recorrido por las emociones de nuestros hijos que empieza en la sala de partos, cuando todas estamos radiantes de felicidad pero también llenas de miedos e inseguridades. En todos los capítulos hay fragmentos que hacen reír y otros que hacen llorar. Cada capítulo trata un tema de la maternidad, tanto de los primeros años como de hijos más mayores. Es un libro escrito de forma súper personal y lleno de sentimiento que me emocionó en muchos momentos.

Como dice Lucía, los momentos malos desaparecerán y los olvidarás, y los buenos permanecerán en tu memoria para siempre, así que disfrútalos con intensidad, vívelos con los cinco sentidos.

Tengo pendiente de leer el último libro, El viaje de tu vida. Todavía me está esperando en la estantería de libros pendientes, pero quiero buscar un buen momento para empezarlo y disfrutarlo, como hice con los otros dos. Por cierto, si no sigues a Lucía, te recomiendo que lo hagas en sus redes sociales, ¡es tan optimista y buena comunicadora que siempre me arranca una sonrisa cuando leo sus textos!

5) mo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen, de Adele Faber y Elaine Mazlish. Este libro ya te engancha desde la primera frase, que dice así: Yo fui una maravillosa madre antes de tener hijos. Era una experta en el porqué todos los padres tenían problemas con sus hijos. Después tuve tres hijos. Me encanta. Tan natural y tan cierto, muchas veces. Es un libro muy práctico, ilustrado con dibujos que muestran las habilidades que quieren trabajar en cada caso. Este libro ha sido todo un éxito porque sus técnicas dan resultado. Realmente lo dan, porque las he aplicado a mi vida familiar y son súper eficaces. Se trata de soluciones innovadoras y diferentes para solucionar problemas cotidianos y para ayudar a nuestros hijos a que crezcan con una buena autoestima y con seguridad en sí mismos.

Hasta aquí mis recomendaciones. ¿Alguna otra obra que creas que todas las mamás y papás deberíamos tener en nuestra mesita de noche como libro de cabecera? Me encantará saber tu opinión.

El timo del «tiempo de calidad»

Te matas trabajando todo el día para que a tus hijos no les falte de nada. Y, al final, les faltas tú. Toma ya. Vaya reflexión. La leí en el perfil de Instagram de Barcelonette hace unos días y me marcó mucho. Tanto que me inspiró para escribir el post de esta semana.

¿Cuánto tiempo pasamos con nuestros hijos? ¿Mucho o poco? Obviamente, todo es relativo, depende de cómo se mire. Para alguna mamá, quizás, dedicarle una tarde a la semana a su hijo es mucho y, para otra, quizás dedicarle tres horas cada tarde es poco. Como decía, es algo muy relativo. Y, ¿sabes qué? Todo depende de nuestras necesidades, las de nuestros hijos y de la calidad del ratito. El “tiempo de calidad” es un concepto que quizás está un poco sobrevalorado porque se ha puesto de moda. Recuerdo que he hablado del tiempo de calidad en otros artículos y, si vuelvo a tratar este tema, es porque realmente lo considero importante.

Si tuviera que definir el “tiempo de calidad”, diría que es un tiempo que dedicamos exclusivamente a nuestros hijos: jugando con ellos, contándoles un cuento, bañándoles, dándoles la cena, hablando de cómo nos ha ido el día… sin distracciones. Sin móviles, sin estar pendientes de que no se nos queme la carne y sin estar mirando de reojo el reloj.

Lo que ocurre es que, cada vez más, se nos inculca que no importa tanto el tiempo que pasemos con nuestros hijos, sino la calidad de ese tiempo. En cierta parte estoy de acuerdo, pero no del todo. El “tiempo de calidad” es un poco una invención de la sociedad de nuestros días, que dedica muchas horas al trabajo. Es como un consuelo para los padres y madres que, por obligaciones laborales, casi no pueden dedicar tiempo a sus hijos. Según una encuesta de ARHOE (Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios en España), los padres y madres españoles dedicamos poco más de dos horas al día (incluidos los fines de semana) a cuidar y atender a nuestros hijos. El 68% de los encuestados considera que este tiempo es menos de lo necesario.

Pues sí, yo también creo que este tiempo es menos de lo necesario. De hecho, mucho menos. Antes de continuar, quiero aclarar que con este artículo no quiero atacar ni criticar a ninguna mamá ni a ningún papá, porque entiendo que todos lo hacemos lo mejor que podemos. Eso está claro. Sólo quiero abrirnos un poco los ojos y ayudar a darnos cuenta de que nuestros hijos nos necesitan. El “tiempo de calidad” es un poco un timo, porque los niños necesitan pasar tiempo con sus padres. Cuanto más, mejor. Sea «de calidad» o no. Es decir, puede haber tiempos de los que estamos con nuestros hijos que sean de calidad (cuando dejamos el móvil y les leemos un cuento, cuando jugamos juntos o cuando hablamos con ellos de cómo nos ha ido el día) y otros que no sean «de calidad», pero sí sean tiempo (cuando estamos preparando la cena y ellos juegan cerca de nosotros, cuando estamos doblando ropa y ellos nos ayudan, cuando vamos al supermercado y ellos nos acompañan, cuando simplemente vivimos el día a día con ellos a nuestro lado).

Muchos padres y madres reconocen que sólo ven a sus hijos en pijama y que llegan, con suerte, para contarles el cuento de antes de ir a dormir. Permíteme que diga que no basta con que los padres les lean un cuento antes de dormir y les den el beso de buenas noches porque, muchas veces, a esas horas los niños hijos ya están cansados o  nerviosos y ya no están dispuestos a recibir ese tiempo de calidad. Un poco triste, ¿verdad?

Aquí entra el tema de la conciliación. Gran tema. Es muy difícil conciliar. Dependes de un jefe, si éste considera que estar presente en el día a día de tus hijos es importante o no. Es cierto que, en este aspecto, yo he tenido (y sigo teniendo) mucha suerte, porque no dependo de nadie que me autorice a poder pasar más tiempo con mis hijos. Tener una empresa propia tiene muchos aspectos negativos (aunque no lo parezca) y otros muchos positivos. Para mí, de los más positivos es éste, el poder pasar todo el tiempo que quiera con mis hijos. Poder ir a buscarles al cole varios días a la semana, poder ir a su festival de Navidad, a su desfile de Carnaval, poderles acompañar cada mañana… Es un lujazo, es verdad. Sin embargo, lo que creo que es muy triste es que, en el año 2020, todavía no sea posible conciliar. Sí, “conciliar” es otra palabra que parece que está muy de moda, pero nos queda muchísimo por aprender. No nos engañemos, muchas personas (sobre todo mujeres) se han visto obligadas a tener que elegir entre el cuidado de su familia o seguir proyectando su carrera profesional. Incluso muchas mamás que deciden pedir una reducción de jornada para poder dedicarles las tardes a sus hijos se sienten culpables cada vez que tienen que recordarle a su jefe o a sus compañeros de trabajo que no pueden asistir a la reunión de la tarde porque su jornada termina a las 15h. Estamos a años luz de otros países europeos, espero que poco a poco vayamos mejorando. Suerte que hay grupos muy influyentes como Malasmadres, que han lanzado iniciativas tan potentes como la de YoNoRenuncio. Si no la conoces, te invito a que hagas clic en este enlace para saber un poco más, vale la pena.

Para concluir este post tan reivindicativo y personal que he escrito hoy, me gustaría presentarte una reflexión. No es mía, es de Charuca. ¿Sabes quién es? Es una diseñadora de artículos de papelería que me encanta, que diseña agendas, planificadores y muchas cosas más con frases motivadoras. Una de sus frases estrella es: “Tener éxito es estar enamorada de tu vida”. Nada más que añadir, ahí está la clave. Para algunos, el éxito puede ser formar una familia y tener un trabajo que les motive y que les permita pasar tiempo con su familia. Para otros, el éxito puede ser dedicarse a tope a su vocación laboral y viajar en su tiempo libre. Esto son dos casos entre otras mil opciones más de éxito que hay, según los valores y las prioridades de cada persona. Sólo me gustaría que pienses cuál sería tu éxito.

 

Aprendemos a base de prueba error…

Los que leéis nuestro blog desde hace tiempo, sabréis que, de vez en cuando, me gusta ir citando a mis gurús, a las personas que me inspiran y me motivan en la crianza de mis hijos. Todas las mamás sabemos que la crianza es de las mejores cosas que nos pueden pasar en la vida, pero también es complicada, cansada y, algunas veces, muy difícil.
Cada hijo es un mundo, cada familia es diferente y cada manera de educar es única. Todo es respetable, por supuesto, estoy segura de que todas las madres y padres lo hacemos lo mejor que sabemos. A veces, al menos en mi caso, necesito informarme o documentarme sobre ciertos aspectos de la educación de mis hijos que no sé cómo gestionar o que me cuestan. Me da mucha seguridad ver que a otras personas les pasa lo mismo y puedo aprender los métodos que aplican, los consejos que aportan, etc.

Uno de mis gurús por excelencia, además de Lucía mi pediatra, es Álvaro Bilbao. Seguro que muchos de vosotros ya le conocéis. Es un neuropsicólogo, especialista en el funcionamiento del cerebro infantil, formador, conferenciante y escritor. Pero, como él mismo dice, “sobre todo, padre”. Si quieres saber más sobre él, aquí tienes su biografía.

Su libro El cerebro del niño explicado a los padres me está encantando. Me quedan unas cuarenta páginas para terminarlo y es un auténtico tesoro. Una maravilla, de verdad, que ha marcado un antes y un después en mi día a día como mamá de dos. Me ha gustado tanto que incluso he ido subrayando fragmentos, los que me parecen más indispensables, y creo que me los copiaré en una hoja que pondré en mi mesita de noche, en la nevera o en algún sitio que me permita leerlos a menudo.

De todos los puntos que explica con tanta experiencia Álvaro Bilbao, los que más me han marcado y que me gustaría destacar son los siguientes:

1) Niños exigidos, niños felices. Entendiendo bien el concepto de exigidos. Obviamente, exigir con cariño y respeto, pero un niño exigido aprende cuáles son los límites, aprende lo que es correcto y lo que no, aprende lo que quieren transmitirle sus padres, y es mucho más feliz. A veces, nos da pena marcar mucho a nuestros hijos, nos sentimos ogros por ponerles límites, pero les estamos haciendo un favor. En realidad, les estamos dando algo muy positivo para ellos y les estamos ayudando a ser más felices ahora y en un futuro.

2) El refuerzo positivo es muchísimo más efectivo que el refuerzo negativo. Muchos padres y madres (yo me incluyo), tendemos a dar mucha importancia a lo que nuestros hijos hacen mal. Que si hoy se ha portado mal en la consulta del pediatra, que si hoy ha pegado a un niño en el parque, que si hoy ha estado contestón y enfadado toda la tarde… Sí, eso puede ser, pero… ¿qué ha hecho bien? Seguro que, en todo el día, algo habrá hecho bien, ¿no? Pues eso es a lo que más importancia tenemos que dar, porque así nuestro hijo se dará cuenta de que lo positivo es lo importante y no lo negativo. Álvaro Bilbao muestra ejemplos tipo: mi hija ha estado toda la mañana molestando a su hermana pequeña, sin dejarle los juguetes, no ha querido recoger, no quería comer…etc pero luego, por la tarde, antes de irnos al parque, a la primera vez que he dicho: ¡Nos vamos al parque! ¿Nos ponemos los abrigos? A la primera, ha venido corriendo, se ha puesto la chaqueta ella solita y se ha preparado para salir de casa. Este hecho, teniendo en cuenta que a la niña le suele costar muchísimo obedecer a la primera y que generalmente le da pereza vestirse sola, tiene muchísimo mérito. Pues ese día, en vez de estarle recordando lo “mal” que lo ha hecho toda la mañana, le tenemos que valorar lo bien que lo ha hecho al ir al parque. Quizás parecerá una tontería, pero no lo es. Para nada, es importantísimo que nuestros hijos vean que les valoramos sus esfuerzos, por pequeños que sean, y que el clima familiar es mucho más agradable y feliz cuando se esfuerzan por hacer algo mejor. Si no, si sólo les pegamos sermones cuando se comportan mal o estamos enfadados, perciben que casi siempre hacen las cosas mal. Y seguro que no es así.

3) Educar sin castigos no es una utopía, es real. Álvaro Bilbao dice que en su casa no castigan jamás. Cito sus propias palabras: En nuestra casa no castigamos jamás. Sí que hay consecuencias, eso sí, a determinadas acciones. Si mi hijo no apaga la tele a la hora a la que debe ya sabe que, al día siguiente, no podrá verla. Hay que saber diferenciar entre lo que es un castigo y una consecuencia natural, lógica, a un comportamiento concreto. Ahí está la clave: consecuencias. Los niños entenderán que, obviamente, si no hacen lo que tienen que hacer en un momento determinado, eso tendrá consecuencias. Y lo más importante para educar sin castigos es poner límites a nuestros hijos y explicarles lo que no queremos que hagan antes de que ocurra, no cuando ya están con la rabieta o en el momento del enfado o de la frustración. Ahí está el error que cometemos muchos.

Para terminar, diría que no es nada fácil ser madre o padre, nadie nos enseña y vamos aprendiendo a base de prueba-error. No podemos pretender que nuestros hijos hagan caso a la primera, estén sentaditos y sin hacer ruido en un restaurante con dos años o sepan gestionar su frustración con siete años cuando se pelean con un amiguito. En la crianza, es mejor tener expectativas realistas para no frustrarnos y seguir adelante. Es mejor ser conscientes de que todos nos equivocamos, porque somos humanos, perdemos la calma y podemos llegar a nuestros límites, pero no tenemos que sentirnos peores madres o padres por ello. Lo importante es saber qué hacer cuando nos equivocamos, explicarle al niño lo que ha pasado para que aprenda, para que aprendamos todos y sigamos adelante en la mejor aventura de nuestras vidas.

Rutinas ¿y anti-rutinas?

Se habla mucho de lo importantes que son los hábitos en los niños, de la seguridad que les aporta saber sus rutinas, lo que toca hacer, qué va a pasar después. Estoy totalmente de acuerdo, las rutinas son súper necesarias para nuestros hijos, para pequeños y no tan pequeños, pero… ¿qué tipo de rutinas?

Me inspiré para escribir este post en un cortometraje que me llegó hace unos días a través de Facebook, titulado Cómo la rutina nos roba la vida. Antes de seguir leyendo, te aconsejo que lo veas haciendo clic aquí.

Una rutina es una serie de hábitos que nos ayuda a no tener que tomar decisiones cotidianas. Todos tenemos rutinas en nuestras vidas: salir de casa e ir siempre por las mismas calles para coger el autobús, ir preparando las tostadas del desayuno mientras se va haciendo el café, recoger a los niños en el cole e ir siempre al mismo parque, y un larguísimo etcétera. Las rutinas no tienen por qué ser algo negativo. Sin embargo, como vemos en el cortometraje, pueden serlo. Una vida demasiado rutinaria es aburrida, elimina por completo la creatividad y el “factor sorpresa”, que tan necesarios son, a mi parecer. Lo podríamos comparar con una relación de pareja: la monotonía y la rutina aburre y no ayuda a “mantener la llama”, ¿verdad? Pues creo que lo mismo pasa con nuestra vida diaria.

Este corto de Valeria Dakhovich nos muestra cómo un chico se encuentra atrapado en su rutina cotidiana. Cada día hace exactamente lo mismo, no varía absolutamente nada. Y así pasan los días, meses y años. Hasta que un día, esa rutina se convierte en un monstruo, que va creciendo, hasta que ya es demasiado tarde para cambiar y eliminar al monstruo. ¿Te imaginas cómo sería ver pasar tu vida así?

Quizás ahora te estarás preguntando: ¿y todo esto qué tiene que ver con Embarazo y crianza, que es el tema del post de hoy? Pues tiene mucho que ver, porque lo que quiero transmitirte es la importancia de criar acompañando a nuestros hijos en sus rutinas desde pequeños (eso sí, rutinas positivas), pero también de enseñarles a saber salir de esas rutinas. ¿Cómo? Ahora te cuento…

Te voy a dar tres consejos que considero fundamentales para saber salir de la rutina (y saber enseñar a tus hijos a salir de ella):

  • Sé más flexible: ¡cómo me cuesta a mí ésta, con lo cuadriculada que soy! Tenemos que intentar no tener unos patrones de pensamiento demasiado rígidos, porque todo puede cambiar. Aunque entre semana siempre les demos la cena a Bruno y Martina a las 20:30h y les acostemos a las 21h, si un día mi marido o yo hemos llegado más tarde de trabajar y tenemos ganas de jugar más rato con ellos o bien tenemos una cena en familia porque es el cumple de mi hermana, ¡no pasa nada! Por un día, se pueden ir a dormir a las 23h. Lo que no se aconseja, porque es negativo para ellos, es que un día se acuesten a las 20:30 justo después de cenar, otro día a las 22h después de cenar y estar una hora jugando, otro día a las 23h porque nos vayamos a cenar fuera, etc. Si hacemos esto, no ayudamos a nuestro hijo a que pueda anticiparse y saber lo que pasará. En cambio, si casi siempre es igual, de vez en cuando podemos romper la rutina. ¡Por qué no! Por ejemplo, esta mañana ya le he explicado que, como hoy es el cumple de papi, esta noche iremos a cenar a un restaurante con los abuelos y los tíos, ¡y estaba contentísimo! En resumen: yo te aconsejaría darle una vida ordenada y, en general, bastante rutinaria, pero con flexibilidad para que se acostumbre a que no todo siempre tiene que ser exactamente igual.
  • Sigue tu estado anímico: parece evidente, pero no lo es tanto. Aunque los martes y jueves vayas al gimnasio sí o sí al salir de trabajar para no perder el hábito (cosa que me parece súper bien), si un martes sales de trabajar agotada, con dolor de cabeza y con ganas de irte a casa, no te empeñes en ir igualmente al gimnasio ni te estés toda la tarde arrepintiendo y maldiciendo por no haber ido. Y no te confundas, para nada voy en contra de tener voluntad, ¿eh? Para nada, que si me conoces sabrás que soy una persona súper constante y con una voluntad de hierro. Pero oye, si tu cuerpo dice que no, es que no. Escúchalo. Ahora, trasladando a nuestros hijos lo de seguir el estado anímico, te daré un ejemplo: al llegar del cole toca merendar y hacer los deberes. Cada día es así. Pero si un día notas a tu hijo irritable y ves que está tristón, ¿no es mejor estar más rato merendando juntos y preguntarle cómo le ha ido el cole? Seguramente te acabará explicando que se ha peleado con un amiguito suyo de la clase y que por eso está triste. Y seguro que se concentrará mejor para hacer los deberes habiéndotelo explicado que con ese disgusto. ¿Pasa algo por empezar más tarde a hacer los deberes? No, y habrás permitido que tu hijo exprese sus sentimientos, te tenga confianza y siga su estado anímico.
  • Date permiso para soñar: la vida no son solo los hechos, lo que va pasando, sino también lo que está por venir, el camino que tienes por delante. ¡Qué importante es saber soñar despierto! Como dice mi hermana, si no te lo imaginas, nunca sucederá. ¡Es tan cierto! No dejes que pasen los días, las semanas, e incluso los meses (o años), sin pensar cómo te gustaría que fuera tu vida, qué quieres conseguir, cómo te sientes. Es un soñador no debería ser una frase con connotaciones negativas, sino positivas. Me gustan las personas soñadoras y con ilusiones, mucho más que las personas grises y conformistas. Si lo trasladas a tus hijos, en este caso es muy fácil. No les cortes las alas que llevan ya “de serie” por ser niños. De pequeños, todos somos soñadores, fantasiosos y llenos de ilusión. Potenciemos estas cualidades en nuestros hijos y ayudémosles a saberlas mantener aunque vayan creciendo y madurando, porque las necesitarán cuando sean adultos. Me encantaría que las fantasías personales de Bruno y Martina sean el motor de su motivación personal cuando sean adolescentes y adultos. Y me esforzaré por transmitírselo.

Y tú, ¿te animas a salir de tus rutinas de vez en cuando? Yo poco a poco lo voy consiguiendo…

 

 

No es egoísmo, sino amor propio

El año pasado escribí un artículo que trataba sobre cómo las mamás teníamos que intentar encontrar tiempo para nosotras, tiempo para relajarnos y disfrutar de hacer lo que nos apetezca.

Hace unos días me puse a buscar el artículo (aquí lo tienes), porque sentí que necesitaba leerlo otra vez. Tenía una sensación de nervios, estrés, agobio… de no llegar a todo. Últimamente me pasa bastante a menudo. Siento que no llego a todo y que, a veces, no hago las cosas tan bien como me gustaría. A veces por falta de energía, otras por falta de concentración, y otras por varias razones a la vez. Varios ejemplos: estoy en el trabajo sintiéndome mal porque esta mañana he dejado a Bruno en el cole muy rápido porque iba con prisa y no le he dado un abrazo tan grande como le gusta. O estoy trabajando y me doy cuenta de que a las 15:30h tengo que recoger a Martina, son las 15h, estamos enfrascadas en una reunión importante y todavía no he comido. ¿Qué va a pasar? Que tendré que coger un taxi, ir con la lengua fuera, sin comer, y corriendo a recogerla. O estoy en casa tumbada en el sofá, cuando los niños ya duermen, y me siento mal porque quizás no he aportado tantas ideas como aportaba antes en nuestra reunión de trabajo de esta mañana. ¿Por qué? Porque estaba cansada y algo desconcentrada. O estoy en casa jugando con los niños una tarde y me llega un email importante que tengo que responder. Intento disimular para que no me vean con el móvil, ¡pero me pongo a responder el email! Yo, que tanto había criticado a las mamás que estaban con sus hijos y mirando de reojo el móvil. Pues sí, a veces, también soy de estas.

Entonces, hay días en que, cuando los dos duermen y estoy en mi ratito de calma y tranquilidad, pienso… ¿lo estoy haciendo bien? ¿Por qué tengo esta sensación de que intento abarcar mucho y no llego? Me pasa bastante a menudo. Es una mezcla entre autoexigencia, insatisfacción y culpabilidad. Incluso, algunas veces, siento como un ahogo que me cuesta de calmar. Entonces, me paro y pienso: María, ¿cuáles son tus prioridades? Creo que sí que estoy centrándome en mis prioridades o, por lo menos, eso intento. Sin embargo, creo que intento seguir el mismo ritmo de autoexigencia y de hacer mil cosas que llevaba antes de tener hijos y ahí está el error. Porque soy una persona súper activa, llena de energía, con muchísimas ilusiones y proyectos, con nuevas ideas que van surgiendo de mi cabeza muy a menudo… pero no soy superwoman. Ni lo soy ni puedo pretender serlo, porque los días tienen 24h y 8h son para dormir, así que tenemos 16h cada día para hacer cosas, vivirlas y disfrutarlas. Así que… elijamos de qué manera queremos vivir esas horas.

Después, en algún lugar, estaría yo. Mi persona, que también es (o debería ser) una prioridad. Como decía en mi artículo de hace unos meses que te citaba al principio, es evidente que el rol que me requiere más tiempo es el de ser mamá y acepto que nunca había sido tan feliz, pero dedicarme mi tiempo y estar por mí misma no es egoísmo, sino amor propio. Si estoy bien y soy feliz, mi hijo también lo será.

Las mamás deberíamos eliminar de nuestro vocabulario las palabras egoísmo, culpa y multitasking. ¿Y si las intentamos cambiar por amor propio, necesidad de espacio para nosotras y una cosa después de la otra? Cuando trato estos temas, pienso mucho en Malasmadres. Supongo que ya las conoces pero, por si acaso, te copio cómo se definen: una comunidad emocional 3.0 de madres que tenemos mucho sueño, poco tiempo, alergia a la ñoñería y ganas de cambiar el mundo, porque no queremos renunciar a nuestra carrera profesional, pero tampoco queremos renunciar a ver crecer a nuestros hijos. Olé, qué pasada de definición, ¡me da un subidón leerla! Son geniales y sus posts valen muchísimo la pena. Ellas defienden que no somos malasmadres por tener ganas de irnos a cenar con una amiga y dejar a los niños con su padre y que tampoco somos malasmadres por ir a yoga un día a la semana y tener que jugar menos con nuestros hijos ese día porque llegamos más tarde a casa. No, no somos malasmadres, somos personas que necesitamos reajustar nuestra vida para dedicarnos lo máximo posible a esas personitas a las que tanto queremos, pero sin tener que renunciar a todo lo demás. Evidentemente, como decía, no podemos pretender vivir igual que antes de que existieran esas personitas, porque nos ocupan muchísimo tiempo y muchísima energía, pero tampoco vivir sólo por y para ellos. No por tener “otra vida” a parte de la de mamás somos egoístas, para nada. Simplemente necesitamos sentir que también somos seres individuales, amigas, mujeres, hijas, hermanas, esposas, profesionales, y muchísimas cosas más que se te puedan ocurrir.

Voy a ir terminando este post tan personal que he escrito hoy. Como primer post del curso no está mal, ¿no? Me ha salido solo, sin pensar demasiado, sólo escribiendo lo que necesitaba expresar. Me he propuesto aprovechar este inicio de curso para hacer un reset, replantearme muchas cosas, organizarme mejor en mi trabajo y en mis tareas domésticas, usar menos el móvil, disfrutar de los míos sin sentirme culpable, dejar volar mi imaginación como hacía antes y volviendo a soñar. Que soñar es gratis, oye, y va muy bien.

Que tengas un muy buen inicio de curso y, cuando tengas un día de esos desbordados, respira hondo y piensa: lo estoy haciendo bien.

Menos quejas y más sonrisas

Hace un mes, mientras leía el periódico, tuve la suerte de toparme con una entrevista muy buena. El titular de la entrevista era el siguiente: La felicidad es innata, fluye como la sangre por nuestras venas. Me llamó la atención. Mucho. Porque estamos muy acostumbrados a leer titulares del tipo: 10 consejos para ser más feliz o Qué puedes hacer para alcanzar la felicidad. Siempre como si la tan ansiada felicidad estuviera fuera. ¿Y si resulta que la tenemos dentro?Seguí leyendo la entrevista. El entrevistado era Alberto Simone, psicólogo, director de cine, guionista y escritor. Además, realiza talleres de felicidad. ¿Talleres de felicidad? ¡Wow, me encanta! La entrevista era bastante larga, pero te he copiado cinco puntos que creo que son muy interesantes y en los que vale la pena ahondar:

  • La felicidad es la base para construir un mundo mejor.
  • Las personas confiadas y optimistas resuelven los problemas de manera más acertada y en menos tiempo que las personas pesimistas, cínicas o desilusionadas.
  • Poner en valor y saborear durante el máximo tiempo posible, de manera intencionada y diría que exagerada, los acontecimientos positivos de nuestra vida, los momentos de alegría. Y hacer el ejercicio de buscar la parte buena a los acontecimientos negativos.
  • La queja no cambia las cosas. Cuando se dé cuenta de que empieza a quejarse de algo, deténgase y piense si le apetece estar peor, porque eso es lo que sucederá después de quejarse.
  • Una sonrisa despierta otra sonrisa.

Son cinco puntos copiados literalmente de la entrevista, porque prefiero no escribir mi versión de cada uno de ellos, sino dejarlos tal cual. ¡Son tan potentes! Estoy convencida de que, si todos los tuviéramos en cuenta y los intentáramos aplicar en nuestras vidas, éstas cambiarían radicalmente. ¿Te imaginas cómo sería si todo el mundo saboreara los buenos momentos y buscara la parte positiva de los no tan buenos? ¡Todo sería maravilloso!

Que conste que no es mi intención escribir un artículo en plan happy flower o en plan “te voy a ayudar a mejorar tu vida para que seas más feliz”. Simplemente quiero compartir contigo estos pequeños grandes cambios que pueden aportarte muchísimo.

Aprovecho para informarte de que esta semana he vuelto a trabajar después de mi baja maternal. Durante estos siete meses no he dejado de escribir mis artículos del WonderBlog, lo hacía desde casa. Hoy, ya desde mi despacho, me tocaba escribir sobre Embarazo y crianza. He pensado que el concepto de la “felicidad innata” tiene mucho que aportar a una buena crianza. ¿Por qué? Porque creo que, si aprendemos a tomar conciencia de que no tenemos que buscar la felicidad, sino que la felicidad ya la tenemos fluyendo por nuestras venas, lo transmitiremos a nuestros hijos. Y, quizás, su generación ya crecerá de otra manera, con más optimismo, menos quejas y más sonrisas.

Llevo unos días dándole vueltas a este tema, practicando lo del no quejarme (¡qué difícil es algunas veces, por cierto!) y he llegado a mi propia conclusión: no hay “momentos felices”, sino “personas felices”. Me explico: ante una misma situación, buena o mala, cada persona reacciona diferente, ahí está el quid de la cuestión. Seguro que todos tenéis el típico amigo o conocido cascarrabias, que siempre se siente el más desgraciado y con la peor suerte del mundo, y el amigo “feliz de la vida”, que siempre tiene algo que agradecer. ¡Contagiémonos de este segundo y no del primero! No hace falta que ocurran cosas extraordinariamente positivas o extraordinariamente negativas, las situaciones cotidianas ya sirven. Te voy a poner un ejemplo que me pasó hace poco: tenía hora para la revisión con el pediatra de Martina. Nuestra cita era a las 15:30h y acabé entrando casi a las 17h. ¡Más de una hora esperando en la sala de espera! Había varias urgencias de niños que no tenían hora y que pasaron delante de nosotras. Tenía dos opciones: o entrar enfadada, hacerle mala cara al médico y a la enfermera y salir de morros, porque claro, tenía mi hora reservada y había esperado un montón. O bien entrar de buen humor, salir sonriendo a la enfermera, dándole las gracias y deseándole que pasara un buen día. ¿Por qué? Pues porque gracias a haber tenido que esperar tanto rato, pude pasar más de una hora disfrutando de mi hija tranquilamente, sin tener que dividir mi atención entre ella y Bruno, sin tener que hacer cosas en casa, sin tener que hacer nada más que estar con ella y disfrutar de ella. Sí, ya había leído la entrevista a Simone de la que te hablaba y me esforcé por girar la tortilla y ver la parte positiva de la situación, que era mucha. ¡Y no me costó tanto! Es verdad, es una situación cotidiana que tampoco es que sea para tanto, pero me sirve para ponerte un ejemplo que nos puede pasar a todos. Habrá situaciones más difíciles de llevar o complicadas de asumir, pero estoy segura de que la sonrisa siempre puede ganarle la batalla a la queja.

Y tú, ¿te unes al barco de los que sonreímos y de los que tenemos felicidad fluyendo por nuestras venas?

Esfuer… ¿qué? Sí, esfuerzo.

¿Sientes que tu hijo no se esfuerza por nada? ¿Que cuando algo le cuesta un poco, enseguida se rinde? Como padres, o como profesores, una de las mayores satisfacciones que podemos tener es ver que nuestros hijos, o alumnos, se esfuercen para conseguir sus objetivos, para aprender, para superarse, para crecer.

Una de las cualidades que más valoro de Bruno es su perseverancia. Creo que es una cualidad genial que tiene para conseguir lo que se proponga. Ahora, con tres años, su perseverancia le ayuda a darme muchos argumentos hasta conseguir convencerme para ir al parque después del cole o le ayuda a aprender a “dibujar” la letra B porque tiene muchísimas ganas de saber escribir su nombre. ¡Cuántas veces lo ha intentado! Ha llenado hojas y hojas de su cuaderno. Estoy segura de que, cuando sea más mayor, la perseverancia le permitirá luchar por lo que más le interese y alcanzar las metas que se marque, tanto a nivel profesional como personal.

El alfarero es un cortometraje que me pareció excelente para transmitir a nuestros hijos e hijas lo importante que es esforzarse por conseguir lo que queremos. Antes de seguir escribiendo, me gustaría que lo vieras. Aquí lo tienes:

Después de ver este cortometraje, hay varios puntos que considero interesantes para tratar con los niños:

  • Aprender algo nuevo no es fácil, implica mucho esfuerzo y supone cometer muchos errores antes de llegar al resultado que esperamos.
  • No tenemos que frustarnos por no conseguir hacer bien las cosas a la primera. Con paciencia, todo se consigue.
  • La emoción es fundamental en el aprendizaje. Sin emociones, no podemos aprender. Por eso es tan importante que motivemos a nuestros hijos o alumnos por aprender cosas nuevas, que sientan que les serán útiles en un futuro.
  • Los errores son necesarios y nos ayudan a aprender. Aunque a todos nos gustaría acertar o hacer las cosas bien a la primera, no siempre es así.
  • La frustración no tiene que ser una barrera, sino un trampolín para superar los retos que nos marquemos. Para desarrollar más este aspecto, me gustaría copiar una reflexión de Noelia López-Cheda, que decía que no tenemos que enseñar a los niños a tolerar la frustración, a aguantar la frustración estoicamente, sino que tenemos que enseñarles a gestionar sus opciones. Ante un obstáculo, tolerar la frustración nos llevaría a aguantar la insatisfacción que nos produce este obstáculo, pero gestionar las opciones nos pone en marcha para superarlo.

También me gustaría darte algunas claves para fomentar el esfuerzo en casa. Las he resumido en tres puntos:

  • Ser ejemplo de esfuerzo: contarles a nuestros hijos lo que nos han costado algunos de nuestros logros, mostrar que no nos rendimos, aunque las cosas nos cuesten.
  • No sobreprotegerlos: es mucho mejor fomentar que nuestros hijos consigan las cosas por sí mismos. Aunque les cueste más, su satisfacción personal será mucho mayor y, de esta forma, aumentará su autoestima y seguridad.
  • Alabar y valorar el esfuerzo y no tanto lo listos o lo buenos que son en algo: muchas veces caemos en decirles a nuestros hijos que son los más guapos, o los más listos, o los mejores en esto o lo otro. Si valoramos su esfuerzo, su interés por las cosas, si les hacemos ver lo bien que se sienten cuando se esfuerzan por algo, hayan o no logrado el resultado, estaremos fomentando que aprendan a esforzarse.

Hasta aquí mi artículo de esta semana. Espero que te sirva para transmitirles a tus hijos que Quien la sigue, la consigue. Y, aunque no la consiga, lo habrá intentado y seguro que habrá aprendido mucho durante ese proceso.

Ideas messy-free para tu bebé

Cuando leí que en los primeros tres años de vida se produce el 85% del desarrollo neuronal, de la comunicación y de la comprensión del bebé me di cuenta de lo importantes que son las actividades que estimulen los cinco sentidos de nuestros más pequeñitos.

Hoy te propongo una serie de ideas y actividades que puedes hacer en casa y que benefician el desarrollo emocional, social y cognitivo de tu bebé. Recuerda que todo lo que el bebé siente, ve, oye y huele, contribuye al desarrollo cerebral.

Estas ideas son 100% messy-free, lo que significa que no te quedará la casa hecha un desastre y no necesitas mucho para crearlas. De hecho, la mayor parte de lo que necesitas seguramente lo encontrarás por casa. ¡Allá vamos!

  1. Messy-free painting – Necesitas una hoja de papel (preferentemente cartulina), pinturas de colores y una bolsa de cierre hermético. Mete la hoja dentro de la bolsa y añade gotas de pintura por toda la hoja. Asegúrate de que haya suficiente pintura para que, cuando cierres la bolsa y se la des a tu bebé, pueda ver cómo al hacer presión sobre el color, se expande la pintura. Aquí tu bebé estará aprendiendo las leyes de causa y efecto. Se lo pasará pipa jugando y descubriendo cómo va cambiando su pequeña obra de arte.
  2. Papel celofán – O cualquier otro papel que no se rompa con facilidad y haga ruido. A mí me gusta el celofán porque, aparte de hacer ruido, a los bebés les encanta ver a través del papel. A los bebés les ENCANTA que las cosas hagan ruido. Si tienes un trozo de papel lo suficientemente grande para que lo arrugue, se siente en él, se mueva, gatee y escuche el ruido, estarás haciendo muy feliz a tu bebé. También estarás estimulando su sentido del oído y, una vez más, le estarás enseñando que cada causa tiene su efecto. Si arruga y mueve, escuchará un ruido. Si ve a través de él, verá diferente. Recuerda que la base de todo aprendizaje es el descubrimiento.
  3. Tengo 3 cosas y 2 manos – Lo único que necesitas son varios juguetes y/o cosas que tu bebé pueda coger con las manos. Comienza por darle dos cosas. Espera que las coja, juegue con ellas, se las meta a la boca, etc. Ahora ponle a la vista una tercera cosa. Es muy interesante ver qué dejará en el suelo para coger la tercera cosa. Aquí tu bebé estará aprendiendo a resolver problemas y a decidir qué es importante y qué es lo que quiere. Interesante, ¿no?
  4. Tambores caseros – Son perfectos para desarrollar el sistema auditivo de tu bebé y puedes hacerlo con cualquier cosa que tengas por casa. Desde latas de leche de fórmula, tuppers con pasta y arroz, cucharas de madera, etc. Deja que tu bebé descubra diferentes sonidos a través de diferentes cosas.
  5. El juguete de las formas – Éste es de creación propia. Necesitas tela, una tapa de plástico y un palillo chino. Pegamos el palillo a la tapa de plástico con la pistola de silicona. Hacemos las formas con fieltro, foam o incluso reciclando ropa vieja y hacemos un agujero en medio. Es así como creamos un juguete que ayuda a los más pequeños a identificar formas y colores al mismo tiempo que practican su psicomotricidad fina. 
  6. Sensory bags –  Necesitarás una bolsa que cierre muy bien, cinta para reforzar todos los lados de la bolsa, gel transparente o agua, colorante alimentario, purpurina y piedrecitas de colores.  Añades la purpurina y las piedras de colores (o cualquier otro elemento pequeñito que no sea filoso y corras el riesgo de agujerear la bolsa), añades el gel o agua y el colorante alimentario y mezclas bien. Cierras la bolsa y refuerzas todos los lados para que no se rompa ¡y a jugar! Esto es genial para desarrollar la atención y el seguimiento visual de las cosas. Puedes pegar con cinta adhesiva la bolsa al suelo para que no se mueva y tengas a tu bebé jugando en un mismo espacio.
  7. Cesta de la ropa y cintas de colores – Enreda cintas de colores en una cesta de la ropa que tenga agujeros y observa cómo tu bebé se entretiene estirándolas. Entenderá que, si tira lo suficiente, logrará sacar la cinta por completo.
  8. Peek a boo – Jugar a «peek a boo» va muy bien para que nuestros bebés entiendan que, aunque un objeto no está a la vista,  existe. Puedes jugar escondiendo un juguete bajo la manta. Empieza escondiendo sólo una parte del juguete. Una vez que lo encuentre, escóndelo por completo. Tu bebé desarrollará la vista y el tacto para encontrarlos. Puedes esconderte tú también detrás de la manta y aparecer. ¡Esto les encanta!

En realidad, hay mil ideas para hacer con tus bebés en casa que les ayuden a desarrollar sus capacidades cerebrales. Yo te recomiendo hacer uno de estos juegos a la vez y pasar el mayor tiempo posible antes de intentar hacer otro. Creo que, a través de estas dinámicas, podemos enseñar a nuestros bebés a desarrollar la atención plena desde pequeñitos y concentrarse en desarrollar sus habilidades. Ya me contarás qué tal.

 

Para, respira, conecta… Mindfulness

Llegamos tarde al cole. Miles de coches para cruzar la ciudad. Muchos whatsapps. Una cola kilométrica en el super. Va, a la ducha, que tenemos que cenar y es tarde. ¿Te suena? Estas dinámicas son cada vez más habituales en muchas casas y no hacen nada más que generar estrés y malestar. Justamente lo contrario de lo que busca el mindfulness.

El mindfulness, también llamado atención plena, es la concentración en el momento presente para aumentar la atención y sin juzgar. No es lo mismo que meditación, es diferente. El mindfulness es un descubrimiento personal, un viaje interno que cada uno hace por su cuenta. Es mucho más que una serie de ejercicios, respiraciones o movimientos.

Tanto los adultos como los niños, vivimos tan ajetreados, sobreeestimulados y prácticamente siempre con prisas que, de vez en cuando, es necesario parar y, simplemente, escuchar nuestra respiración. No hacer nada. Estamos constantemente preocupados por el pasado o por el futuro que está por llegar. El mindfulness consiste en detenernos en el momento presente y pensar: ¿qué está ocurriendo?, ¿qué siento?, ¿qué pensamientos pasan por mi mente?, ¿qué veo?, ¿qué oigo?

En nuestro día a día frenético, hacemos muchas cosas a la vez y constantemente nos interrumpimos. Por eso es normal que cada vez nos cueste más concentrarnos en una única tarea. Aquí es donde el mindfulness puede ayudarnos. Tanto a adultos como a niños, porque ellos también viven a mil revoluciones y necesitan algo para relajarse y desconectar. He estado investigando bastante sobre el tema y he encontrado métodos y ejercicios súper interesantes y relajantes para hacer en casa con nuestros hijos o en el aula con nuestros alumnos. De todos ellos, el que más me ha gustado es el famoso Método de la rana, para ayudar a la relajación y mejorar la atención de los niños. Creado por la terapeuta holandesa Eline Snel, autora de Tranquilos y atentos como una rana, es un libro  con ejercicios de respiración y relajación para niños y niñas de cinco a dieciocho años divididos en sesiones cortas, de entre 3 y 10 minutos. Los niños aprenden a entrenar la atención de forma lúdica y tomando consciencia de su su mente está en calma o no. Si te interesa este tema, te recomiendo muchísimo que te compres este libro y que lo tengas como libro de consulta para ir descubriendo nuevos ejercicios y actividades para hacer con tus hijos. ¡Ya tengo ganas de que Bruno y Martina sean un poco más mayores para empezar a hacerlos con ellos!

Yo ya me lo he comprado y lo he ojeado un poco. Uno de los ejercicios que más me ha gustado es el del Parte meteorológico personal, que consiste en enseñar a nuestros hijos que la mente se parece mucho a un gran océano. A veces está en calma y liso como un espejo y podemos ver las profundidades y otras está lleno de remolinos violentos con olas gigantes. Cada día podemos jugar con ellos a ver cómo se sienten, meteorológicamente hablando.

Otros ejercicios muy sencillos que me han gustado y que te recomiendo si quieres incorporar el mindfulness al día a día de tu familia son:

  • Caminad juntos en silencio, escuchando los sonidos que os acompañan.
  • Saboread lo que coméis. Dedicad un ratito a saborear un plato en silencio, notando las sensaciones que os produce esa comida.
  • Haced un “escáner corporal”. Siéntate o túmbate con tus hijos y, empezando por los dedos de los pies, tomad consciencia de cada parte de vuestro cuerpo, hasta llegar a la cabeza. Este ejercico se puede hacer en silencio o nombrando cada parte en voz alta, para dirigir la meditación de los más pequeños.

Me gustaría terminar compartiendo una reflexión de Allende Villorejo de Landia, directora de la escuela Mente y Vida, que dice lo siguiente: El sentimiento de insatisfacción que sufren muchas personas pese a tener a su disposición un gran bienestar material, los conflictos interpersonales en el entorno laboral y en el familiar, o la frustración que experimentamos cuando no conseguimos sacarle todo el partido a nuestro potencial como seres humanos son algunos de los campos en los cuales la inteligencia emocional y el mindfulness nos pueden dar las soluciones que necesitamos. Si queremos ganar bienestar, conectar mejor con los demás y con el exterior, primero necesitamos conectar mejor con nosotros mismos. Así es. Y a esto nos puede ayudar mucho el mindfulness.

Esfuérzate, no te arrepentirás

Hace poco fue la final del Open de Australia. Djokovic ganó a Nadal. Tras un año de lesiones y muchos partidos de esfuerzo y lucha, Rafa Nadal perdió la final. Su declaración después del partido fue: Voy a trabajar mucho más para mejorar cada día y conseguir muchas más cosas. Eso fue lo que dijo el mallorquín de 32 años. Unas declaraciones que, en mi opinión, valdría la pena que analizaran en los colegios los profesores con sus alumnos. Sin embargo, lo más curioso es que, unos minutos más tarde, el rival de Nadal, Djokovic, le dijo: Nadal, eres la definición de espíritu de lucha y sacrificio. Qué bonito que un eterno rival te defina así, ¿no?

Cuando oí estas declaraciones, pensé que valdría la pena escribir un post sobre esto. Sobre la cultura del esfuerzo. Sobre cómo ayudar a nuestros hijos (o a nuestros alumnos) a ser personas perseverantes y con afán de superación.

Llevo varios días investigando sobre el tema y me gustaría destacar cuatro puntos que me parecen interesantes:

  • No hay esfuerzo si no hay un motivo, una meta. Por tanto, es fundamental que conozcamos cuáles son las motivaciones que impulsan a nuestros hijos o alumnos y que les animemos a esforzarse para conseguir lo que quieren.
  • El trabajo bien hecho requiere esfuerzo. Por eso es importante acostumbrar a los niños desde pequeños a terminar bien lo que empiecen. Enseñarles que es mucho más satisfactorio esto que no ir “picoteando” y saltando de una cosa a otra sin profundizar ni terminar ninguna.
  • El esfuerzo es algo positivo. Presentárselo así a nuestros hijos, pues lo natural es esforzarse. En la mayoría de los casos, las cosas no son fáciles, pero si perseveramos, conseguiremos lo que nos propongamos.
  • El esfuerzo es un valor que no viene de nacimiento, sino que tenemos que enseñárselo. Además, al enseñarlo, transmitimos otros valores como la paciencia, la tolerancia, la fortaleza o la generosidad.

Quizás muchos os estaréis preguntando: ¿y cómo lo puedo hacer para transmitirles a mis hijos la cultura del esfuerzo?

En primer lugar, planteándoles metas concretas y a corto plazo. Desde bien pequeñitos. Por ejemplo, yo con Bruno intento que se esfuerce por pequeñas cosas, como colgar su abrigo al llegar a casa o comer solo. Los primeros días, se frustraba porque no sabía hacerlo, pero poco a poco lo ha ido consiguiendo. ¡Y qué orgulloso está! Le explica a todo el mundo que ya come solo, ¡incluso los espaguetis!

En segundo lugar, transmitiéndoles que tienen que aspirar a hacer las cosas bien teniendo afán de superación. Se puede intentar hacer las actividades cotidianas cada día un poco mejor, siendo perseverantes. Porque, desde luego, Rafa Nadal seguro que no llegó a ser el número uno de la noche a la mañana. Su triunfo es el resultado de muchísimas horas de esfuerzo, perseverancia y pasión por su especialidad, el tenis.

En tercer lugar, no haciéndoselo todo. Aunque parezcan tonterías, si desde pequeños nuestros hijos se esfuerzan por pequeñas cosas, de mayores serán capaces de luchar por lo que quieren y se convertirán en adultos seguros de ellos mismos y con sus objetivos claros.

Como ya sabéis, me gustan mucho los cuentos y creo que son una herramienta súper útil para enseñar muchas cosas a los más pequeños. En este caso, el cuento de La liebre y la tortuga es perfecto. Os dejo aquí un enlace por si no lo conocíais o por si os interesa volverlo a leer para tenerlo fresco y poder explicárselo a vuestros hijos. A partir de la carrera de estos dos animales, podréis transmitir a vuestros hijos el valor del esfuerzo, la constancia y la autoconfianza.

Me gustaría terminar con una frase del humorista Josh Billings, que dice así: La vida no consiste en tener buenas cartas, sino en jugar bien las que uno tiene. Eso es, no podría estar más de acuerdo. Sólo añadiría que, para jugar bien las cartas que nos han tocado, tenemos que esforzarnos, mirar hacia adelante y ser conscientes de lo afortunados que somos por tener la vida que tenemos.