Esfuérzate, no te arrepentirás

Hace poco fue la final del Open de Australia. Djokovic ganó a Nadal. Tras un año de lesiones y muchos partidos de esfuerzo y lucha, Rafa Nadal perdió la final. Su declaración después del partido fue: Voy a trabajar mucho más para mejorar cada día y conseguir muchas más cosas. Eso fue lo que dijo el mallorquín de 32 años. Unas declaraciones que, en mi opinión, valdría la pena que analizaran en los colegios los profesores con sus alumnos. Sin embargo, lo más curioso es que, unos minutos más tarde, el rival de Nadal, Djokovic, le dijo: Nadal, eres la definición de espíritu de lucha y sacrificio. Qué bonito que un eterno rival te defina así, ¿no?

Cuando oí estas declaraciones, pensé que valdría la pena escribir un post sobre esto. Sobre la cultura del esfuerzo. Sobre cómo ayudar a nuestros hijos (o a nuestros alumnos) a ser personas perseverantes y con afán de superación.

Llevo varios días investigando sobre el tema y me gustaría destacar cuatro puntos que me parecen interesantes:

  • No hay esfuerzo si no hay un motivo, una meta. Por tanto, es fundamental que conozcamos cuáles son las motivaciones que impulsan a nuestros hijos o alumnos y que les animemos a esforzarse para conseguir lo que quieren.
  • El trabajo bien hecho requiere esfuerzo. Por eso es importante acostumbrar a los niños desde pequeños a terminar bien lo que empiecen. Enseñarles que es mucho más satisfactorio esto que no ir “picoteando” y saltando de una cosa a otra sin profundizar ni terminar ninguna.
  • El esfuerzo es algo positivo. Presentárselo así a nuestros hijos, pues lo natural es esforzarse. En la mayoría de los casos, las cosas no son fáciles, pero si perseveramos, conseguiremos lo que nos propongamos.
  • El esfuerzo es un valor que no viene de nacimiento, sino que tenemos que enseñárselo. Además, al enseñarlo, transmitimos otros valores como la paciencia, la tolerancia, la fortaleza o la generosidad.

Quizás muchos os estaréis preguntando: ¿y cómo lo puedo hacer para transmitirles a mis hijos la cultura del esfuerzo?

En primer lugar, planteándoles metas concretas y a corto plazo. Desde bien pequeñitos. Por ejemplo, yo con Bruno intento que se esfuerce por pequeñas cosas, como colgar su abrigo al llegar a casa o comer solo. Los primeros días, se frustraba porque no sabía hacerlo, pero poco a poco lo ha ido consiguiendo. ¡Y qué orgulloso está! Le explica a todo el mundo que ya come solo, ¡incluso los espaguetis!

En segundo lugar, transmitiéndoles que tienen que aspirar a hacer las cosas bien teniendo afán de superación. Se puede intentar hacer las actividades cotidianas cada día un poco mejor, siendo perseverantes. Porque, desde luego, Rafa Nadal seguro que no llegó a ser el número uno de la noche a la mañana. Su triunfo es el resultado de muchísimas horas de esfuerzo, perseverancia y pasión por su especialidad, el tenis.

En tercer lugar, no haciéndoselo todo. Aunque parezcan tonterías, si desde pequeños nuestros hijos se esfuerzan por pequeñas cosas, de mayores serán capaces de luchar por lo que quieren y se convertirán en adultos seguros de ellos mismos y con sus objetivos claros.

Como ya sabéis, me gustan mucho los cuentos y creo que son una herramienta súper útil para enseñar muchas cosas a los más pequeños. En este caso, el cuento de La liebre y la tortuga es perfecto. Os dejo aquí un enlace por si no lo conocíais o por si os interesa volverlo a leer para tenerlo fresco y poder explicárselo a vuestros hijos. A partir de la carrera de estos dos animales, podréis transmitir a vuestros hijos el valor del esfuerzo, la constancia y la autoconfianza.

Me gustaría terminar con una frase del humorista Josh Billings, que dice así: La vida no consiste en tener buenas cartas, sino en jugar bien las que uno tiene. Eso es, no podría estar más de acuerdo. Sólo añadiría que, para jugar bien las cartas que nos han tocado, tenemos que esforzarnos, mirar hacia adelante y ser conscientes de lo afortunados que somos por tener la vida que tenemos.

 

Cría guerreros (pacíficos)

Quiero aprovechar que hoy es el Día Escolar de la No Violencia y la Paz para escribir sobre algo que lleva dándome vueltas en la cabeza durante mucho tiempo. ¿Te acuerdas el día que escribí sobre lo importante que es criar guerreros? Ese día te comenté mi preocupación por la cantidad de noticias que veo en la televisión sobre violencia y violencia machista. Se me encoge el estómago cada vez que veo un caso así. No puedo evitar pensar que ellos alguna vez fueron niños y entonces me pregunto qué clase de infancia habrán tenido para llegar a estos extremos. Es aquí cuando pienso que yo soy una responsable más de la educación de estos guerreros y que es muy importante estar capacitada para saber resolver conflictos entre los pequeños sin utilizar la violencia y que vosotros, los padres, también lo estéis.
Hay muchísima información sobre cómo manejar la violencia en casa y en el cole. Yo te propongo los siguientes consejos para evitar situaciones violentas y, si se me escapa algo muy importante, eres más que bienvenido o bienvenida a comentar.

  1. Habla SIEMPRE de tus y sus sentimientos – Esta lista no está en orden de importancia pero tengo que decirte que para mí éste es el factor más importante. Muchos estudios revelan que los niños que abusan de otros niños lo hacen porque se sienten inseguros y no saben manejar sus emociones. Muchos niños hacen sentir mal a alguien para sentirse superiores. Esto es un reflejo absoluto de una mala gestión de las emociones.
    La conexión emocional que debe haber entre los padres e hijos tiene que ser impecable. Los padres somos responsables de crear un ambiente en el que nuestros hijos se sientan completamente seguros de expresar sus sentimientos. Si un día se sienten tristes, enfadados o rabiosos, tienen que aprender que hay maneras de expresarse sin recurrir a la violencia. Recuerda que sólo nosotros somos responsables de este aprendizaje. Si un niño ha aprendido a expresar y defender sus sentimientos, crecerá seguro y con una inteligencia emocional elevada.
  2. Establece una política muy estricta de NO VIOLENCIA en casa y en el cole – Y va muy en serio cuando digo estricta.  Habla con tus hijos y explícales que en casa no se tolerará ningún tipo de violencia. Encuentra siempre maneras pacíficas de resolver problemas tanto con ellos como con tu pareja u otros adultos que estén en casa.
  3. Lee libros y juega con ellos – Hoy en día hay muchos libros que ayudan a tratar temas como bullying, violencia infantil y emociones. Lee con ellos y discute todas las dudas que puedan tener. Los juegos de personificación van muy bien, sobre todo para los más pequeños, les ayudan a entender los sentimientos de los protagonistas. Puedes hacer una mini obra de teatro y utilizar sus muñecos, juguetes y peluches para actuar el libro y generar un mayor desarrollo de la empatía.
  4. Ve películas – Sapos y Princesas propone 9 películas contra la violencia en las aulas que tienen muy buena pinta. Algunas de ellas vienen con guías didácticas para un mejor aprovechamiento. Ver películas y después comentarlas es una manera muy sutil y muy efectiva de darnos cuenta si nuestros hijos están siendo víctimas de algún tipo de acoso o si están ellos abusando de otros. Aquí te dejo el enlace
  5. Respeta las diferencias – Recuerda que todo aprendizaje de nuestros pequeños se basa en el ejemplo. Si ellos ven que nosotros somos educados y amables con cualquier persona que se nos cruza en el camino, es mucho más factible que crezcan siendo adultos respetuosos. Cuida de tus palabras cuando te expresas sobre otras comunidades, regiones, sexualidades y razas diferentes a la tuya. Ellos lo escuchan todo y su manera de interpretarlo puede ser muy distinta a la tuya.
  6. Crea un ambiente de confianza y respeto – La comunicación es la base de todo. Es muy importante que creemos un espacio en el que nuestros hijos o alumnas puedan comunicarnos cómo se sienten. Tal y como lo menciono en el punto número uno, es muy importante que los niños tengan toda la confianza del mundo para contarnos cómo se sienten. Dedica una parte tu día en el que todos estéis juntos (después de la cena, por ejemplo) para contar qué tal estáis. Usa dinámicas divertidas para que no sea un “rollo”. Por ejemplo, puedes tener un sombrero, una nariz de payaso, un disfraz o algún elemento divertido que cada uno se vaya poniendo para contar qué tal fue, cómo se sintió, etc. Recuerda que para tratar un problema de bullying o abuso, el primer paso es tener conocimiento de ello.
  7. Sé un ejemplo – Sé que muchas veces es prácticamente imposible encontrar la paciencia en tu persona. Seguramente hay días en los que llegas completamente agotado del trabajo, agobiada o de mal humor y con mil preocupaciones y te encuentras en casa un niño con un berrinche incontrolable y una pareja que tuvo el día mas o menos como el tuyo. Respira y recuerda que tú eres un ejemplo. Que tu hijo está aprendiendo de ti más que nunca. Está aprendiendo a que aunque haya un momento de estrés e histeria absoluta, las cosas se pueden solucionar respirando, hablando y dialogando.

Todo esto, también os lo digo a todos los profesores y profesoras del mundo. Tengo que reconocer que hay veces que me cuesta muchísimo dejar a un lado mis problemas, preocupaciones y tristezas. Cuando mis niños llegan a clase, llegan con ganas de jugar, reír, aprender y saltar. Es entonces cuando yo cojo todas mis cosas personales, las meto en una mochila y las dejo fuera de clase. Soy un ejemplo para ellos y esa responsabilidad es la más importante para mí. Que lo sea para todos.

 

 

¿Viajar en familia con niños pequeños? ¡Sí, se puede!

Los que me conocen saben que una de las cosas que más me gusta del mundo es VIAJAR. Para mí, viajar significa conocer lugares nuevos, formas diferentes de vivir, probar platos únicos, perderse por las calles de una ciudad, bañarse en una playa paradisíaca… Viajar es todo esto y mucho más.

Si te soy sincera, cuando nació Bruno, me costó mucho asumir que ya no podría viajar como lo hacía antes. Por lo menos, durante algunos años. Viajar en familia con niños pequeños es diferente. Y ahora que ha nacido Martina, todavía lo veo más complicado. Pero bueno, ¡lo conseguiremos!

Antes de ser padres, aprovechábamos cualquier puente para hacer una escapadita, más cerca o más lejos, y las vacaciones más largas eran para conocer sitios nuevos de Europa y del resto del mundo. Desde que nació Bruno, sólo hemos viajado por España (lo más lejos, Canarias) ¡pero también hemos disfrutado un montón! Eso sí, asumiendo ciertos cambios. Te explico los que considero más importantes:

  • Ya no cogemos aviones lowcost que despeguen a las seis de la mañana o que vuelvan a las doce de la noche. Las horas tienen que ser “aptas para niños”. Quizás tendremos que pagar un poco más por el vuelo, pero nos ahorraremos malos ratos porque los niños estén cansados.
  • Intentamos que los hoteles sean kid-friendly. Hemos ido a algunos especiales para niños, con actividades para ellos, que son una pasada. No hace falta que sean estos, pero sí que estén pensados para familias. Así no tendremos que estar sufriendo si los niños corren por el pasillo o hablan más fuerte de la cuenta en el restaurante del hotel.
  • Vamos con mucho tiempo: si viajamos en avión, llegamos al aeropuerto con toda la calma del mundo, ya no vamos con el tiempo justo para embarcar y tomar un café rápido antes de entrar al avión. Y si viajamos en coche, calculamos más tiempo de viaje para poder parar a comer, a hacer un pipí, a estirar las piernas… o lo que sea.
  • Hacemos la maleta con cabeza: llevamos la ropa y los accesorios que realmente vayamos a necesitar, no mil cosas “por si acaso”. Antes, me llevaba tres pares de zapatos para un fin de semana: las bambas para caminar, los de ir a cenar y los de recambio, por si los necesitaba. Ahora, ahorramos mucho espacio para poder llevarnos cada uno su equipaje en una maleta de mano, de estas que no se facturan. ¡Bruno ya tiene la suya! Y Martina, pronto la tendrá.
  • Explicamos a nuestro(s) hijo(s) cómo será el viaje: dónde vamos, si vamos a una ciudad, a la playa, a la montaña, si tendremos que caminar mucho, qué monumentos visitaremos, si vamos a descansar a la playa… Aunque sea pequeño, siempre le hemos explicado en qué consistirá el viaje, así se puede hacer una idea y se va preparando. Que ya sabemos que los niños son muy de rutinas y, si les sacamos de las suyas, creo que por lo menos tienen que saber qué y cuándo va a pasar.

Espero que estos cinco consejos te sirvan en tus próximas escapadas con tus hijos.

Para terminar, me gustaría hablarte de una iniciativa que leí la semana pasada en el periódico y que me encantó: el “Erasmus familiar”. Se trata de una nueva forma de viajar y aprender idiomas en familia, una nueva experiencia tanto para padres como para niños. Consiste en viajar en familia al país que más te apetezca, elegir el  campamento de día que más te guste para tus hijos y escoger también el tipo de alojamiento.

El funcionamiento es el siguiente: os alojáis donde más os apetezca (en casa de alguna familia nativa del lugar para convivir con ellos o en una casa alquilada, vosotros solos). Durante el día, los niños están en el campamento y tendrán la oportunidad de relacionarse con otros niños de su edad y nativos. Se divertirán y aprenderán o perfeccionarán el idioma del lugar donde estéis. Mientras tanto, los papis podemos disfrutar de nuestro tiempo libre (¡los dos solos!) haciendo turismo o asistir a clases de idiomas. ¿Qué te parece? A mí me encanta la idea, porque satisface las necesidades de toda la familia: los niños se divierten y aprenden idiomas y los padres podemos pasar tiempo juntos, disfrutar el uno del otro, pero también pasar mucho tiempo en familia y descubrir juntos una ciudad y una cultura nuevas.

Hay varias empresas que lo hacen, no quiero dar nombres, porque parece que haga propaganda y no es éste el objetivo de mi post. Si te interesa, puedes buscar en Google “erasmus en familia” o algo parecido. Yo se lo voy a proponer a mi marido para que, cuando los niños crezcan, lo hagamos. Ya os contaré qué tal, todavía quedan unos cuantos añitos…

Así pues, si te gusta viajar y has dejado de hacerlo por tener hijos pequeños… ¡no lo pienses tanto, hazlo! Con una buena preparación previa, llegarás al destino, sobrevivirás y luego estarás súper contento de haber visitado tal lugar o tal otro en familia y lo recordarás siempre cuando veas esas fotos tan preciosas que habréis hecho.

Rutinas ¿y anti-rutinas?

Se habla mucho de lo importantes que son los hábitos en los niños, de la seguridad que les aporta saber sus rutinas, lo que toca hacer, qué va a pasar después. Estoy totalmente de acuerdo, las rutinas son súper necesarias para nuestros hijos, para pequeños y no tan pequeños, pero… ¿qué tipo de rutinas?

Me inspiré para escribir este post en un cortometraje que me llegó hace unos días a través de Facebook, titulado Cómo la rutina nos roba la vida. Antes de seguir leyendo, te aconsejo que lo veas haciendo clic aquí.

Una rutina es una serie de hábitos que nos ayuda a no tener que tomar decisiones cotidianas. Todos tenemos rutinas en nuestras vidas: salir de casa e ir siempre por las mismas calles para coger el autobús, ir preparando las tostadas del desayuno mientras se va haciendo el café, recoger a los niños en el cole e ir siempre al mismo parque, y un larguísimo etcétera. Las rutinas no tienen por qué ser algo negativo. Sin embargo, como vemos en el cortometraje, pueden serlo. Una vida demasiado rutinaria es aburrida, elimina por completo la creatividad y el “factor sorpresa”, que tan necesarios son, a mi parecer. Lo podríamos comparar con una relación de pareja: la monotonía y la rutina aburre y no ayuda a “mantener la llama”, ¿verdad? Pues creo que lo mismo pasa con nuestra vida diaria.

Este corto de Valeria Dakhovich nos muestra cómo un chico se encuentra atrapado en su rutina cotidiana. Cada día hace exactamente lo mismo, no varía absolutamente nada. Y así pasan los días, meses y años. Hasta que un día, esa rutina se convierte en un monstruo, que va creciendo, hasta que ya es demasiado tarde para cambiar y eliminar al monstruo. ¿Te imaginas cómo sería ver pasar tu vida así?

Quizás ahora te estarás preguntando: ¿y todo esto qué tiene que ver con Embarazo y crianza, que es el tema del post de hoy? Pues tiene mucho que ver, porque lo que quiero transmitirte es la importancia de criar acompañando a nuestros hijos en sus rutinas desde pequeños (eso sí, rutinas positivas), pero también de enseñarles a saber salir de esas rutinas. ¿Cómo? Ahora te cuento…

Te voy a dar tres consejos que considero fundamentales para saber salir de la rutina (y saber enseñar a tus hijos a salir de ella):

  • Sé más flexible: ¡cómo me cuesta a mí ésta, con lo cuadriculada que soy! Tenemos que intentar no tener unos patrones de pensamiento demasiado rígidos, porque todo puede cambiar. Aunque entre semana siempre le demos la cena a Bruno a las 20:30h y le acostemos a las 21h, si un día mi marido o yo hemos llegado más tarde de trabajar y tenemos ganas de jugar más rato con él o bien tenemos una cena en familia porque es el cumple de mi hermana, ¡no pasa nada! Por un día, se puede ir a dormir a las 23h. Lo que no se aconseja, porque es negativo para ellos, es que un día se acuesten a las 20:30 justo después de cenar, otro día a las 22h después de cenar y estar una hora jugando, otro día a las 23h porque nos vayamos a cenar fuera, etc. Si hacemos esto, no ayudamos a nuestro hijo a que pueda anticiparse y saber lo que pasará. En cambio, si casi siempre es igual, de vez en cuando podemos romper la rutina. ¡Por qué no! Por ejemplo, esta mañana ya le he explicado que, como hoy es el cumple de papi, esta noche iremos a cenar a un restaurante con los abuelos y los tíos, ¡y estaba contentísimo! En resumen: yo te aconsejaría darle una vida ordenada y, en general, bastante rutinaria, pero con flexibilidad para que se acostumbre a que no todo siempre tiene que ser exactamente igual.
  • Sigue tu estado anímico: parece evidente, pero no lo es tanto. Aunque los martes y jueves vayas al gimnasio sí o sí al salir de trabajar para no perder el hábito (cosa que me parece súper bien), si un martes sales de trabajar agotada, con dolor de cabeza y con ganas de irte a casa, no te empeñes en ir igualmente al gimnasio ni te estés toda la tarde arrepintiendo y maldiciendo por no haber ido. Y no te confundas, para nada voy en contra de tener voluntad, ¿eh? Para nada, que si me conoces sabrás que soy una persona súper constante y con una voluntad de hierro. Pero oye, si tu cuerpo dice que no, es que no. Escúchalo. Ahora, trasladando a nuestros hijos lo de seguir el estado anímico, te daré un ejemplo: al llegar del cole toca merendar y hacer los deberes. Cada día es así. Pero si un día notas a tu hijo irritable y ves que está tristón, ¿no es mejor estar más rato merendando juntos y preguntarle cómo le ha ido el cole? Seguramente te acabará explicando que se ha peleado con un amiguito suyo de la clase y que por eso está triste. Y seguro que se concentrará mejor para hacer los deberes habiéndotelo explicado que con ese disgusto. ¿Pasa algo por empezar más tarde a hacer los deberes? No, y habrás permitido que tu hijo exprese sus sentimientos, te tenga confianza y siga su estado anímico.
  • Date permiso para soñar: la vida no son solo los hechos, lo que va pasando, sino también lo que está por venir, el camino que tienes por delante. ¡Qué importante es saber soñar despierto! Como dice mi hermana, si no te lo imaginas, nunca sucederá. ¡Es tan cierto! No dejes que pasen los días, las semanas, e incluso los meses (o años), sin pensar cómo te gustaría que fuera tu vida, qué quieres conseguir, cómo te sientes. Es un soñador no debería ser una frase con connotaciones negativas, sino positivas. Me gustan las personas soñadoras y con ilusiones, mucho más que las personas grises y conformistas. Si lo trasladas a tus hijos, en este caso es muy fácil. No les cortes las alas que llevan ya “de serie” por ser niños. De pequeños, todos somos soñadores, fantasiosos y llenos de ilusión. Potenciemos estas cualidades en nuestros hijos y ayudémosles a saberlas mantener aunque vayan creciendo y madurando, porque las necesitarán cuando sean adultos. Me encantaría que las fantasías personales de Bruno (y de la enanita) sean el motor de su motivación personal cuando sean adolescentes y adultos. Y me esforzaré por transmitírselo.

Y tú, ¿te animas a salir de tus rutinas de vez en cuando? Yo poco a poco lo voy consiguiendo…

 

 

Un segundo…¡que llega el segundo!

Este artículo va dirigido a todas nuestras lectoras que son mamás de dos (o más) hijos, o a las que están embarazadas por segunda vez. ¿Es diferente el primer embarazo del segundo? Yo no era consciente de lo diferente que sería hasta que lo he vivido. De hecho, lo estoy viviendo, y aprovecho para contaros que ¡voy a ser mamá por segunda vez! Sí, Bruno tendrá una hermanita (o hermanito) a principios de octubre.

Recuerdo con mucho cariño los meses del embarazo de Bruno: los días tranquilos, los largos paseos en pareja hablando de cómo nos imaginábamos que sería esto de ser papás, el cansancio que se solucionaba con una larga siesta en el sofá a la hora que quisiera, el genial momento de volver a casa después de trabajar y poder leer libros y libros sobre embarazo y educación de los hijos, la sensación tan preciosa de ponerle música al bebé con unos auriculares en la barriga y que se moviera sin parar, y un larguísimo etcétera. En cambio, esta segunda vez, desde el momento en el que me hice el test de embarazo, ya todo fue diferente a la primera vez.

De entrada, el tema de las fotos: con Bruno mi marido me hacía una foto cada semana, de perfil, con la misma pared de fondo, para ver cómo iba creciendo la barriguita. Ahora estoy de 16 semanas ¡y todavía no me he hecho ninguna foto!

Después, las semanas se pasan volando. Recuerdo que, en mi primer embarazo, se nos hizo eterno hasta que llegamos a la semana 12, en la que se reduce mucho el riesgo de aborto espontáneo y parece que ya “ha pasado lo peor”. Esta vez, no me he dado casi ni cuenta ¡y ya casi he llegado a la mitad del embarazo!

En general, la primera vez estás mucho más atenta a los cambios que va experimentando tu cuerpo. La segunda vez (e imagino que en las siguientes, todavía debe pasar más) no tienes tanto tiempo para observarte ni para mimarte. Llegas a casa y tienes a tu hijo mayor que te reclama, quiere que juegues con él, y no te puedes tumbar en el sofá con las piernas en alto. No pasa nada, todo tiene su encanto, pero es así.

Otra diferencia muy importante: la barriguita y tú ya no sois el centro del universo, sino que lo es tu hijo mayor y cómo va a afrontar la llegada del nuevo bebé. Escribo esto y me río sola pensando en que es totalmente así. Las que ya lo habéis vivido, os ha pasado lo mismo, ¿verdad?

Ya no me quiero imaginar lo que será el tema de preparar la habitación, la maleta de la clínica con sus “primeras puestas”, etc. Con Bruno en la semana 32 o así (7 meses y pico de embarazo) ya lo tenía absolutamente todo preparado, esta vez ya veremos… ¡Supongo que apuraré bastante más!

Lo que sí espero que sea diferente son los kilos que me engorde. ¡Espero que sean bastantes menos que con Bruno, que fueron 18!!! Esta vez espero que sean 10 ó 11… se intentará. Porque me costó un año y pico perder todos los kilos y, ahora que ya estaba en mi peso normal, ¡vuelve a empezar la subida!

Vistas las diferencias, que supongo que todas vosotras ya habréis experimentado, ahora os voy a decir las cosas que no quiero que cambien. No sé si lo conseguiré, pero por lo menos lo voy a intentar.

Igual que hice en mi primer embarazo, quiero seguir cuidando mucho mi alimentación y comiendo sano, porque sé que, lo que yo como, va directo al bebé. Quiero seguirme dedicando mis “momentos relax”, aunque no puedan ser tantos como en el embarazo de Bruno. Mis sesiones de reiki una vez al mes no las perdono, ni tampoco mis ratitos en el sofá (estos sí que son muchos menos) con las manos en la barriga, conectando con mi bebé que se está formando aquí dentro. También quiero pasar un embarazo con calma, con el menor estrés posible. Quiero centrarme en que lo más importante para que el bebé nazca tranquilo y bien es que su mamá esté tranquila y bien. De esto no tengo la menor duda, porque me ha pasado con Bruno. Desde que nació es un niño que duerme y come muy bien y es muy feliz. Así quiero que sea mi segundo hijo (o hija). Feliz.

El tiempo es la necesidad que tenemos de sentirnos libres

Nadie nace sabiendo hablar, ni sabiendo leer, ni sabiendo vestirse solo. A todo nos tienen que enseñar o tenemos que aprender. De igual manera, nadie sabe ser mamá o papá cuando nace su primer hijo. A eso también tenemos que aprender, poco a poco.

Conozco a muchos tipos de madres y padres diferentes, ninguno mejor que otro, simplemente diferentes. Cada uno tiene su día a día, su trabajo, su forma de vivir e intenta ejercer su papel de padre o madre lo mejor que puede. Lo que sí suele ser un denominador común de todos es que, en algún momento, dicen la frase ¿Por qué el día no tiene más horas? No llego a todo.

¿Te suena? Seguramente sí. Hoy hablaremos de cómo podemos organizarnos y aprender a dedicarnos tiempo a nosotros mismos cuando somos mamás o papás. Sí, a eso también podemos aprender.

Hace unas semanas tuve el placer de pasar un par de horitas desayunando con otras mamás y, justamente, estuvimos tratando este tema de la falta de tiempo y de cómo nos las ingeniamos para sacar algún ratito al día para nosotras. El post de hoy se lo dedico a ellas y a todas las mamás que nos leen. Perdonadme los papás, pero hoy va para ellas, para nosotras.

Creo que, en general, las mujeres somos como las “directoras de orquesta” y, el resto de la familia, toca su instrumento cuando nosotras se lo indicamos. Quizás somos un poco controladoras y queremos tenerlo todo bajo control. Y el hecho de ver que, sin nosotras, la familia no tira, es una enorme responsabilidad, es una sobrecarga emocional que dificulta mucho que podamos descansar, tanto a nivel físico como mental.

Muchas veces tenemos la sensación de que no llegamos a todo e incluso nos sentimos culpables. ¿Sabes por qué? Por la presión social y por la idealización de la maternidad. Se espera que siempre tengamos que estar llenas de energía para nuestros hijos, siempre contentas y de buen humor, siempre dispuestas a ayudar. No olvidemos que, además de mamás, somos personas. Somos mujeres, hijas, esposas, hermanas, amigas, trabajadoras… Somos muchísimas cosas. Evidentemente, ser madres es lo más importante de nuestra vida, nuestros hijos y familia son nuestra prioridad, pero también necesitamos tiempo para nosotras. Si no, llega un punto en el que “petamos”.

No es cuestión de ponernos dramáticas, para nada, sólo es cuestión de ser conscientes de que también necesitamos nuestros momentos, nuestro tiempo libre. Muchas estaréis leyendo esto algo incrédulas y pensando: ¿Cómo lo puedo conseguir? Después te daré algunos consejos, pero los principales son dos: organizándote bien y, sobre todo, sin sentirte culpable.

Piensa que la única persona que puede cambiar el hecho de tener tiempo para sí misma o no, eres tú. Sólo tú. Y, además de tu(s) hijo(s), tu pareja, tu familia o tus amigos, tú también eres una prioridad. No olvides esto nunca. Si te abandonas y te dejas en segundo plano, si no te mimas, empezarás a sentirte triste, vacía y seguramente las cosas no irán bien.

Te voy a contar cómo lo hago yo, a ver si te puede funcionar a ti también. Empieza por un poquito: pueden ser quince minutos al día, una mañana a la semana o lo que tú puedas. Intenta que, como mínimo, sean quince o veinte minutos cada día, aunque lo ideal es una horita. Tómate ese ratito para relajarte, mimarte sólo a ti, para tener una cita contigo misma. Piensa: Tengo este ratito para mí y lo voy a aprovechar.

A partir de aquí, puedes hacer lo que más te apetezca, depende de tu manera de ser: ir a correr o a nadar, hacerte una mascarilla de esas que tienes guardadas y que nunca te pones, ir de compras, leer una revista tranquilamente sentada en una terracita al sol, quedar con una amiga, leer un capítulo (o más) de un libro, mirar un capítulo (o más) de una serie, escuchar tu lista de canciones preferidas en Spotify, tomarte una infusión calentita, disfrutar de un baño tú sola sin que nadie entre, hacer esa llamada a una amiga que tanto te apetece y que nunca haces, salir a pasear tranquilamente y sin rumbo… y un larguísimo etcétera. Depende de lo que más te guste o más te apetezca en ese momento. Al principio te parecerá muy difícil y tendrás que “obligarte” a dedicarte ese tiempo diario (o semanal), como tú decidas. Pero intenta que no sea media hora al mes, porque no es suficiente. Sin embargo, como sucede con todas las rutinas, en cuanto te acostumbres, te darás cuenta de cuántos beneficios tiene. Aprovecha estos momentos, aunque sean cortitos. Regálate unos minutos al día ¡y verás qué bien te sientan!

La siguiente duda que tendréis muchas es: ¿y cuándo lo hago? No busques tiempo, hazte tiempo. Por la mañana antes de que se despierten los niños, mientras duermen la siesta, por la noche cuando duerman, mientras están en la extraescolar… “Mi momento” es una horita o horita y media (depende del día) es después de cenar con mi marido, cuando Bruno está durmiendo. Y, una vez al mes, intento reservarme una mañana o una tarde enteras para mí. Tienes que encontrar el momento. Ganarás muchísimo, créeme. Lo he comprobado. Ganarás autoestima, paciencia, positivismo, reducirás tus niveles de estrés y, sobre todo, valorarás mucho más el tiempo que estés con tus hijos, porque también tendrás el tuyo contigo misma.

Después, también considero muy importante que dediquemos una noche a la semana (o cada dos semanas) para ir al cine con nuestra pareja, o a dar un paseo, o a cenar. Sí, los dos solos, no es lo mismo ir todos que ir los dos. Somos papá y mamá, pero también somos pareja y necesitamos nuestro tiempo juntos, para que el amor siga creciendo y evolucionando. Muchas veces acabamos hablando de los hijos, es cierto, porque es lo más importante que hemos hecho juntos, pero no pasa nada. Aunque hablemos de ellos, estaremos solos, disfrutando el uno del otro. Y, si podemos permitirnos dejar a los niños con los abuelos o con los tíos e irnos de finde romántico los dos, ¡todavía mejor! Sé que esto, para muchos, son palabras mayores, pero si nos lo proponemos, seguro que podemos conseguirlo.

Te regalo una reflexión que intenta resumir lo que pienso sobre este tema:

Está claro que mi hijo me ocupa muchísimo tiempo que antes tenía libre, pero esto de mi vida personal se acabó, ahora sólo soy mamá, no puede ser. Ser madre es maravilloso, pero también es un trabajo muy demandante y cansado, por eso tengo que recargar energías, disfrutar de mi tiempo, porque mis necesidades son igual de importantes que las del resto de la familia. Es evidente que el rol que me requiere más tiempo es el de ser mamá y acepto que nunca había sido tan feliz, pero dedicarme mi tiempo y estar por mí misma no es egoísmo, sino amor propio. Si estoy bien y soy feliz, mi hijo también lo será.

Me gustaría terminar citando una frase de Séneca que dice: Todas las cosas nos son ajenas, sólo el tiempo es nuestro. ¡Ánimo, no siempre es fácil, pero puedes conseguirlo!

Tampoco tan terribles

Es mío, yo solo, tú no o no quiero. ¿Te suenan? Entonces es que tienes algún hijo o hija de más de dos años y que estáis (o ya habéis estado) inmersos en la primera adolescencia.

Yo no tenía ni idea de que existía esta fase hasta que la he vivido con Bruno. De hecho, la estoy viviendo. Es una etapa que tiene muchos nombres: terrible twos, la primera adolescencia o la edad del “yo”. En ella los peques pasan de bebés a niños, se dan cuenta de que tienen su propia identidad y de que pueden elegir y hacer cosas solos, sin la ayuda de un adulto. Es el inicio de la independencia infantil, están constantemente aprendiendo, experimentando y descubriendo cosas nuevas. Por eso es una edad difícil, pero mágica. Suele durar desde los dieciocho meses o dos años (depende del niño) hasta los tres o tres y pico.

Te darás cuenta de que tu hijo ha entrado en esta etapa cuando su respuesta al noventa por ciento de las preguntas sea un “no” enfadado o desafiante, cuando las rabietas estén a la orden del día, cuando lo veas rebelde y caprichoso. Estos son algunos de los comportamientos. No tienen que tenerlos todos, algunos niños, como Bruno, no hacen tantas pataletas pero sí pasan una época de mandones y gritones. Todo depende de cómo sea el niño o la niña. Lo que sí se cumple en la gran mayoría de los casos es que recurren a diferentes estrategias para intentar llamar la atención de los padres.

Te estarás preguntando: ¿y qué puedo hacer para ayudar a mi hijo a sobrellevar esta etapa lo mejor posible? Pues aquí tienes unos cuantos consejos:

  • Crear rutinas diarias y respetarlas, para que tenga una vida ordenada y pueda anticiparse a lo que tocará después.
  • Darle mucho cariño, aunque a veces te saque de quicio. Cuando tengas ganas de pegarle un grito, abrázale. ¡Ya verás cómo cambia su estado de ánimo! Cuando Bruno hace alguna gamberrada y, en vez de gritarle, le abrazo y le digo “Va, Bruno, no hagas esto, que mami se pone triste”, ¡reacciona mucho mejor y me hace más caso!
  • Empieza a marcarle límites y normas. Es mejor empezar por pocos y fáciles, para que los tenga muy claros. Nosotros, por ejemplo, si Bruno pega a un niño en el parque (ha pasado una temporada un poco complicada con el tema de pegar), ya sabe que le tiene que pedir perdón y darle un abrazo. Si no lo hace, nos vamos del parque. Un par de veces lo hemos tenido que hacer, porque le podía más salirse con la suya que pedir perdón.
  • Cumple con lo que digas y deja que asuma las consecuencias. Tanto si es bueno, como si es malo. Si le prometes que cuando vayáis a dar un paseo le comprarás unos palitos de pan, hazlo. Y si le dices que si pega os iréis del parque, cúmplelo también. Aunque te cueste. Será la única manera de que confíe en ti y te crea.
  • Háblale con calma y paciencia y no seas demasiado autoritario. Con buenas palabras y con cariño, todo se recibe mejor. Tanto si somos niños, como si somos adultos.

Estos son algunos pequeños consejos, pero tampoco es que haya ninguna receta mágica. Los terribles dos son una etapa más de la infancia, con su principio y su final. Como me decía el otro día una amiga, cuando son bebés en realidad es fácil: comen, duermen, están un ratito despiertos… ¡pero luego la cosa se complica! Pasar de bebé a niño no debe ser fácil, por eso es importante que estés al lado de tu peque durante esta etapa y la lleves lo mejor posible.

Siempre me gusta ver el lado positivo de las cosas. Y un aspecto muy positivo de esta época, que he estado observando en Bruno, es que no se rinde. Cuando quiere algo, tanto si es coger un cuento de la estantería que está un poco alta como si es pedirme mil veces que bailemos juntos, no se rinde. Lo intenta una y otra vez, hasta que lo consigue. Y si no puede, pide ayuda, pero rendirse no es una opción. Creo que es una cualidad de la que los adultos tendríamos que tomar ejemplo porque, generalmente, cuando vamos creciendo nos volvemos más conformistas y, en mi opinión, no debería ser así.

Como conclusión, me gustaría recordarte que tu peque te está desafiando constantemente para saber hasta dónde puede llegar y debes tener en cuenta que todavía no sabe gestionar sus emociones, sólo las siente y a veces se desborda ante ellas. Como intento transmitir en todos mis posts, todo depende de cómo se mire. Si intentas ver la parte positiva de cada situación y afrontas esta etapa con paciencia y mucho cariño, los terribles dos no serán tan terribles.

Así nacen y… ¿no cambian?

Bruno es físicamente igual que mi marido, lo vimos desde que nació. De carácter… eso ya es otra cosa. Creo que es más mezcla de los dos. Mi padre dice que su forma de ser le recuerda mucho a mí de pequeña. Claro, yo hay cosas de las que no me acuerdo, pero por los vídeos que he visto de esa época, sí que algo mío tiene, como que habla por los codos y es muy extrovertido. Mi madre, en cambio, dice que tiene rasgos de mi hermana, como la personalidad tan marcada o el ir en contra de las normas. Y mi suegra, por su lado, dice que es pillo y gamberrete como mis cuñados cuando eran niños.

Es mandón a su muy simpática manera de ser, absorbente, listo y le encanta que estemos siempre por él. Por ejemplo, muchas veces, cuando estoy hablando con alguien, suelta el clásico Hola, mami! Una cosa… Yo le respondo: ¿qué? y él: mmm…. No sé. Como madre primeriza, me parece increíble que, quedándole dos meses y pico para cumplir los dos años, ya tenga una personalidad tan marcada.

Realmente cada día es una sorpresa y, hasta que no eres madre, no eres consciente de la maravilla que es ver crecer, evolucionar y aprender a tu hijo.

El otro día justo lo hablaba con mi marido y con mi suegra. La personalidad, ¿nace o se hace? Muchas veces he leído que la forma de ser de una persona se forja en sus primeros tres años de vida. ¡Qué fuerte! Antes de ser madre, no me lo acababa de creer, pero ahora corroboro que es así.

Éste es uno de los temas que siempre se ha discutido en el mundo de la psicología. ¿Somos lo que somos desde el momento en el que somos concebidos o también influye la forma y el ambiente en que se nos eduque? Algunos filósofos clásicos, como Platón y Descartes, aseguraban que ciertos aspectos de nuestra personalidad ya existen cuando nacemos y que, independientemente del ambiente en el que crezcamos, desarrollaremos nuestro carácter según la genética que tengamos. Unos siglos más tarde, Locke hablaba de la tabula rasa, que afirma que los seres humanos nacemos con la mente en blanco y que nuestra personalidad se desarrolla a partir de las experiencias que vivamos durante la infancia y la adolescencia. Ni tanto, ni tan calvo.

Volviendo a mi experiencia como mamá de Bruno, he observado (y sigo observando cada día) que tiene rasgos del carácter muy míos o de mi marido (es decir, rasgos heredados), como ser mandón o perseverante, por ejemplo. Y también tiene rasgos que se le han ido definiendo por nuestra forma de tratarle y por el ambiente en el que vive. Voy a daros algunos ejemplos.

¿Por qué es así de sociable y simpático con todo el mundo? Pues porque va a la guardería desde los siete meses, porque está acostumbrado a estar con gente diferente y porque sabe que cada día no le va a buscar su papá o su mamá a la guardería, sino también su abuelo, su abuela, etc.

¿Por qué le gusta que estemos siempre por él y no es demasiado independiente? Pues porque es hijo único, primer nieto por un lado y tercero por el otro, y casi siempre es el centro de atención (en el buen sentido, ¿eh?). Es evidente que recibirá un trato muy diferente al del hijo de mi prima, que es del mismo mes que Bruno y tiene un hermanito con el que se lleva trece meses exactos. El mayor no recuerda haber estado nunca “de hijo único” con sus padres, porque desde que tiene uso de razón siempre ha compartido protagonismo con su hermano. Ningún caso es mejor ni peor que otro, cuidado. Simplemente son situaciones muy diferentes que me sirven para ilustrar la teoría de que el ambiente, la familia y el contexto en el que crezcamos influirán mucho en nuestra personalidad.

Ahí va el último ejemplo. El otro día me di cuenta de que Bruno ya empieza a intentar expresar sus sentimientos. Cuando se le va la mano y pega a algún niño, le digo que mami está triste porque no le gusta que pegues. Cuando oye esto, entonces le da un besito al niño y me viene corriendo a decir ¿mami contenta? Y le respondo Sí, ahora mami está muy contenta porque Bruno ha pedido perdón al niño y le ha dado un besito. Y entonces, le cambia la cara. Sonríe y se queda súper tranquilo y feliz. Qué pasada. A ver, es pequeño y claro, no sabe expresar muchos sentimientos, pero por lo menos la diferencia entre contento y triste ya la entiende perfectamente.

Con esto quiero decir que, por supuesto, otro aspecto determinante en la que será su personalidad es la forma en la que lo eduquemos emocionalmente. Y en esta educación emocional no sólo intervenimos su papá y su mamá, sino también sus profesoras, abuelos o tíos, por ejemplo. De nosotros depende, en gran parte, que en un futuro sepa identificar sus emociones y  expresar cómo se siente. Básico.

Así pues, estoy de acuerdo con la mayoría de corrientes psicológicas de la actualidad, que afirman que la personalidad nace y se hace. Un bebé nacerá con los ojos marrones y la simpatía de su padre y con el pelo liso y el perfeccionismo de su madre, pero también se irá haciendo más o menos sociable, más o menos independiente y más o menos tozudo dependiendo de la educación que reciba de su familia, su escuela y su entorno.

 

Lo que es normal para ti, es mágico para ellos

Me siento a escribir este post sobre Embarazo y crianza y, según mi agenda, veo que me toca la parte de Crianza, porque la última vez escribí sobre mi embarazo. Entonces, me pongo a pensar… En seguida me viene a la cabeza lo que hablábamos con mi marido el otro día: la paciencia que hemos desarrollado desde que somos padres. ¡Y eso que no nos podemos quejar, porque Bruno es un niño muy fácil y duerme muy bien por las noches! Sin embargo, igualmente, hay muchos momentos en los que tenemos que respirar, contar hasta diez, y… Ooooommmm. Ni me quiero imaginar a los papás y mamás que no duermen, que tienen que hacer malabares para que sus peques coman o que los tienen con fiebre cada dos por tres.

Este post es muy realista, pero le daré un toque de ironía porque, al fin y al cabo, describe situaciones reales que vale la pena que nos tomemos con humor.

Primer episodio: el otro día volvíamos en coche de pasar el fin de semana fuera. Veníamos del Empordà. Una hora y media larga de coche y Bruno había hecho la siesta justo antes de subir al coche (¡gran error!), así que no se durmió en todo el viaje. Primero íbamos cantando, mirando los coches y motos que pasaban por la autopista… pero estas distracciones duraron quince minutos, veinte como máximo. Después, empezó el ¡Mami, milaaaaa! (su versión de ¡Mami, mira!). Cada cosa que veía o hacía, me decía ¡Mami, milaaaa! Se estaba aburriendo, y me iba explicando, a su manera, todo lo que veía o todo lo que le venía a la cabeza. Iba llamando mi atención para que estuviera pendiente de él. ¡Me giré tantas veces a mirarle! Creo que más de cien, en serio. Y terminé con tortícolis en el cuello.

Segundo episodio: mi hermana ha estado casi un mes fuera de viaje. Bruno la adora (y ella a él, claro) y casi cada día me preguntaba ¿Y Paula? Yo le respondía Se ha ido de viaje en avión. Y ya decía Paula, avión. El día que volvía le fuimos a dar una sorpresa a su casa cuando llegó. Le expliqué a Bruno que iríamos a casa de Paula porque ya había vuelto “del avión”. Pues se pasó toooodo el día (pero todo, de verdad) preguntándome ¿Casa Paula? (su manera de decir ¿Vamos a casa de Paula?). Cada diez minutos o así, me lo iba preguntando. Había algún rato que se le olvidaba, pero luego se volvía a acordar y otra vez lo mismo. Desde las diez de la mañana, hasta las seis de la tarde, cuando por fin fuimos a casa de mi hermana.

Tercer episodio: nueve de la mañana, justo antes de salir hacia el parvulario. Recién vestido y peinado, pañal limpio, mochilita preparada… Me voy un momento a la cocina a buscar el tupper que me llevaré para comer y oigo un ruido enorme de repente! Voy a su habitación y había tirado toooodos los Legos que tiene. Los había sacado de su caja y todos por el suelo. Pensé que en ese momento no daba tiempo de recogerlos, teníamos que salir de casa porque si no llegaríamos tarde y empezaríamos mal el día. Podría haberme puesto histérica, gritarle, decirle que el día antes me había pasado toda la tarde ordenando su habitación. Pero no, no lo hice. Pensé que no pasaba nada, que por la tarde ya lo recogeríamos. ¿Qué más da? Flexibilidad y paciencia son dos palabras clave que me encantan desde que soy madre.

Estos tres episodios son un pequeño ejemplo para contarte que el día a día con un niño, con un bebé, o con un toddler (palabra inglesa que me gusta mucho y que hace referencia a los peques de uno a tres años) muchas veces es cansado, incluso agotador, pero nos hace desarrollar muchísimo nuestra paciencia. Además, como ya sabrás si eres mamá, aunque casi no tengamos tiempo para nosotras y estemos agotadas después de la “doble jornada laboral” (la de trabajo y la de estar con nuestros hijos), nos compensa muchísimo ver que ellos crecen felices y que nuestro tiempo es oro para ellos.

Cuando estaba terminando de escribir este post, me acordé de un vídeo de estos que veo por Facebook y me guardo porque me gustan mucho y sé que los usaré para algo en un futuro.

Éste me llegó al alma porque es súper real y por la frase del final, que me hizo saltar las lágrimas. Lo único que no me gustó es que muestra que la madre está todo el día con sus hijas, lo hace todo, y el padre sólo llega a casa para darles las buenas noches y preguntarles cómo les ha ido el día. Aparte de esto, que encuentro bastante machista, el vídeo es genial.

Lo normal para ti… es mágico para ellos. Muchas veces lo pienso. Cuando estamos todos manchados porque ha comido macarrones con tomate y tengo que poner a lavar el babero, el pijama, la funda de la trona y fregar el suelo de debajo de donde ha comido, tendría dos opciones: o desesperarme, quejarme y decirle “el próximo día te daré yo los macarrones para que no te manches, porque esto es un desastre” o sonreír, pensar en lo que ha disfrutado saboreando sus macarrones, en lo mayor que se ha sentido comiendo solo con su tenedor pequeñito y haber disfrutado de este momento de risas que hemos pasado los dos. Porque, como resume el vídeo al final, lo que es normal para nosotros, para ellos es mágico.

Pues eso, que ojalá todos los problemas fueran estos y no olvidemos que todos los momentos divertidos, de amor y de alegría que pasemos con nuestros hijos, quedarán grabados en su mente y en su alma para siempre.