Rutinas ¿y anti-rutinas?

Se habla mucho de lo importantes que son los hábitos en los niños, de la seguridad que les aporta saber sus rutinas, lo que toca hacer, qué va a pasar después. Estoy totalmente de acuerdo, las rutinas son súper necesarias para nuestros hijos, para pequeños y no tan pequeños, pero… ¿qué tipo de rutinas?

Me inspiré para escribir este post en un cortometraje que me llegó hace unos días a través de Facebook, titulado Cómo la rutina nos roba la vida. Antes de seguir leyendo, te aconsejo que lo veas haciendo clic aquí.

Una rutina es una serie de hábitos que nos ayuda a no tener que tomar decisiones cotidianas. Todos tenemos rutinas en nuestras vidas: salir de casa e ir siempre por las mismas calles para coger el autobús, ir preparando las tostadas del desayuno mientras se va haciendo el café, recoger a los niños en el cole e ir siempre al mismo parque, y un larguísimo etcétera. Las rutinas no tienen por qué ser algo negativo. Sin embargo, como vemos en el cortometraje, pueden serlo. Una vida demasiado rutinaria es aburrida, elimina por completo la creatividad y el “factor sorpresa”, que tan necesarios son, a mi parecer. Lo podríamos comparar con una relación de pareja: la monotonía y la rutina aburre y no ayuda a “mantener la llama”, ¿verdad? Pues creo que lo mismo pasa con nuestra vida diaria.

Este corto de Valeria Dakhovich nos muestra cómo un chico se encuentra atrapado en su rutina cotidiana. Cada día hace exactamente lo mismo, no varía absolutamente nada. Y así pasan los días, meses y años. Hasta que un día, esa rutina se convierte en un monstruo, que va creciendo, hasta que ya es demasiado tarde para cambiar y eliminar al monstruo. ¿Te imaginas cómo sería ver pasar tu vida así?

Quizás ahora te estarás preguntando: ¿y todo esto qué tiene que ver con Embarazo y crianza, que es el tema del post de hoy? Pues tiene mucho que ver, porque lo que quiero transmitirte es la importancia de criar acompañando a nuestros hijos en sus rutinas desde pequeños (eso sí, rutinas positivas), pero también de enseñarles a saber salir de esas rutinas. ¿Cómo? Ahora te cuento…

Te voy a dar tres consejos que considero fundamentales para saber salir de la rutina (y saber enseñar a tus hijos a salir de ella):

  • Sé más flexible: ¡cómo me cuesta a mí ésta, con lo cuadriculada que soy! Tenemos que intentar no tener unos patrones de pensamiento demasiado rígidos, porque todo puede cambiar. Aunque entre semana siempre le demos la cena a Bruno a las 20:30h y le acostemos a las 21h, si un día mi marido o yo hemos llegado más tarde de trabajar y tenemos ganas de jugar más rato con él o bien tenemos una cena en familia porque es el cumple de mi hermana, ¡no pasa nada! Por un día, se puede ir a dormir a las 23h. Lo que no se aconseja, porque es negativo para ellos, es que un día se acuesten a las 20:30 justo después de cenar, otro día a las 22h después de cenar y estar una hora jugando, otro día a las 23h porque nos vayamos a cenar fuera, etc. Si hacemos esto, no ayudamos a nuestro hijo a que pueda anticiparse y saber lo que pasará. En cambio, si casi siempre es igual, de vez en cuando podemos romper la rutina. ¡Por qué no! Por ejemplo, esta mañana ya le he explicado que, como hoy es el cumple de papi, esta noche iremos a cenar a un restaurante con los abuelos y los tíos, ¡y estaba contentísimo! En resumen: yo te aconsejaría darle una vida ordenada y, en general, bastante rutinaria, pero con flexibilidad para que se acostumbre a que no todo siempre tiene que ser exactamente igual.
  • Sigue tu estado anímico: parece evidente, pero no lo es tanto. Aunque los martes y jueves vayas al gimnasio sí o sí al salir de trabajar para no perder el hábito (cosa que me parece súper bien), si un martes sales de trabajar agotada, con dolor de cabeza y con ganas de irte a casa, no te empeñes en ir igualmente al gimnasio ni te estés toda la tarde arrepintiendo y maldiciendo por no haber ido. Y no te confundas, para nada voy en contra de tener voluntad, ¿eh? Para nada, que si me conoces sabrás que soy una persona súper constante y con una voluntad de hierro. Pero oye, si tu cuerpo dice que no, es que no. Escúchalo. Ahora, trasladando a nuestros hijos lo de seguir el estado anímico, te daré un ejemplo: al llegar del cole toca merendar y hacer los deberes. Cada día es así. Pero si un día notas a tu hijo irritable y ves que está tristón, ¿no es mejor estar más rato merendando juntos y preguntarle cómo le ha ido el cole? Seguramente te acabará explicando que se ha peleado con un amiguito suyo de la clase y que por eso está triste. Y seguro que se concentrará mejor para hacer los deberes habiéndotelo explicado que con ese disgusto. ¿Pasa algo por empezar más tarde a hacer los deberes? No, y habrás permitido que tu hijo exprese sus sentimientos, te tenga confianza y siga su estado anímico.
  • Date permiso para soñar: la vida no son solo los hechos, lo que va pasando, sino también lo que está por venir, el camino que tienes por delante. ¡Qué importante es saber soñar despierto! Como dice mi hermana, si no te lo imaginas, nunca sucederá. ¡Es tan cierto! No dejes que pasen los días, las semanas, e incluso los meses (o años), sin pensar cómo te gustaría que fuera tu vida, qué quieres conseguir, cómo te sientes. Es un soñador no debería ser una frase con connotaciones negativas, sino positivas. Me gustan las personas soñadoras y con ilusiones, mucho más que las personas grises y conformistas. Si lo trasladas a tus hijos, en este caso es muy fácil. No les cortes las alas que llevan ya “de serie” por ser niños. De pequeños, todos somos soñadores, fantasiosos y llenos de ilusión. Potenciemos estas cualidades en nuestros hijos y ayudémosles a saberlas mantener aunque vayan creciendo y madurando, porque las necesitarán cuando sean adultos. Me encantaría que las fantasías personales de Bruno (y de la enanita) sean el motor de su motivación personal cuando sean adolescentes y adultos. Y me esforzaré por transmitírselo.

Y tú, ¿te animas a salir de tus rutinas de vez en cuando? Yo poco a poco lo voy consiguiendo…

 

 

Un segundo…¡que llega el segundo!

Este artículo va dirigido a todas nuestras lectoras que son mamás de dos (o más) hijos, o a las que están embarazadas por segunda vez. ¿Es diferente el primer embarazo del segundo? Yo no era consciente de lo diferente que sería hasta que lo he vivido. De hecho, lo estoy viviendo, y aprovecho para contaros que ¡voy a ser mamá por segunda vez! Sí, Bruno tendrá una hermanita (o hermanito) a principios de octubre.

Recuerdo con mucho cariño los meses del embarazo de Bruno: los días tranquilos, los largos paseos en pareja hablando de cómo nos imaginábamos que sería esto de ser papás, el cansancio que se solucionaba con una larga siesta en el sofá a la hora que quisiera, el genial momento de volver a casa después de trabajar y poder leer libros y libros sobre embarazo y educación de los hijos, la sensación tan preciosa de ponerle música al bebé con unos auriculares en la barriga y que se moviera sin parar, y un larguísimo etcétera. En cambio, esta segunda vez, desde el momento en el que me hice el test de embarazo, ya todo fue diferente a la primera vez.

De entrada, el tema de las fotos: con Bruno mi marido me hacía una foto cada semana, de perfil, con la misma pared de fondo, para ver cómo iba creciendo la barriguita. Ahora estoy de 16 semanas ¡y todavía no me he hecho ninguna foto!

Después, las semanas se pasan volando. Recuerdo que, en mi primer embarazo, se nos hizo eterno hasta que llegamos a la semana 12, en la que se reduce mucho el riesgo de aborto espontáneo y parece que ya “ha pasado lo peor”. Esta vez, no me he dado casi ni cuenta ¡y ya casi he llegado a la mitad del embarazo!

En general, la primera vez estás mucho más atenta a los cambios que va experimentando tu cuerpo. La segunda vez (e imagino que en las siguientes, todavía debe pasar más) no tienes tanto tiempo para observarte ni para mimarte. Llegas a casa y tienes a tu hijo mayor que te reclama, quiere que juegues con él, y no te puedes tumbar en el sofá con las piernas en alto. No pasa nada, todo tiene su encanto, pero es así.

Otra diferencia muy importante: la barriguita y tú ya no sois el centro del universo, sino que lo es tu hijo mayor y cómo va a afrontar la llegada del nuevo bebé. Escribo esto y me río sola pensando en que es totalmente así. Las que ya lo habéis vivido, os ha pasado lo mismo, ¿verdad?

Ya no me quiero imaginar lo que será el tema de preparar la habitación, la maleta de la clínica con sus “primeras puestas”, etc. Con Bruno en la semana 32 o así (7 meses y pico de embarazo) ya lo tenía absolutamente todo preparado, esta vez ya veremos… ¡Supongo que apuraré bastante más!

Lo que sí espero que sea diferente son los kilos que me engorde. ¡Espero que sean bastantes menos que con Bruno, que fueron 18!!! Esta vez espero que sean 10 ó 11… se intentará. Porque me costó un año y pico perder todos los kilos y, ahora que ya estaba en mi peso normal, ¡vuelve a empezar la subida!

Vistas las diferencias, que supongo que todas vosotras ya habréis experimentado, ahora os voy a decir las cosas que no quiero que cambien. No sé si lo conseguiré, pero por lo menos lo voy a intentar.

Igual que hice en mi primer embarazo, quiero seguir cuidando mucho mi alimentación y comiendo sano, porque sé que, lo que yo como, va directo al bebé. Quiero seguirme dedicando mis “momentos relax”, aunque no puedan ser tantos como en el embarazo de Bruno. Mis sesiones de reiki una vez al mes no las perdono, ni tampoco mis ratitos en el sofá (estos sí que son muchos menos) con las manos en la barriga, conectando con mi bebé que se está formando aquí dentro. También quiero pasar un embarazo con calma, con el menor estrés posible. Quiero centrarme en que lo más importante para que el bebé nazca tranquilo y bien es que su mamá esté tranquila y bien. De esto no tengo la menor duda, porque me ha pasado con Bruno. Desde que nació es un niño que duerme y come muy bien y es muy feliz. Así quiero que sea mi segundo hijo (o hija). Feliz.

El tiempo es la necesidad que tenemos de sentirnos libres

Nadie nace sabiendo hablar, ni sabiendo leer, ni sabiendo vestirse solo. A todo nos tienen que enseñar o tenemos que aprender. De igual manera, nadie sabe ser mamá o papá cuando nace su primer hijo. A eso también tenemos que aprender, poco a poco.

Conozco a muchos tipos de madres y padres diferentes, ninguno mejor que otro, simplemente diferentes. Cada uno tiene su día a día, su trabajo, su forma de vivir e intenta ejercer su papel de padre o madre lo mejor que puede. Lo que sí suele ser un denominador común de todos es que, en algún momento, dicen la frase ¿Por qué el día no tiene más horas? No llego a todo.

¿Te suena? Seguramente sí. Hoy hablaremos de cómo podemos organizarnos y aprender a dedicarnos tiempo a nosotros mismos cuando somos mamás o papás. Sí, a eso también podemos aprender.

Hace unas semanas tuve el placer de pasar un par de horitas desayunando con otras mamás y, justamente, estuvimos tratando este tema de la falta de tiempo y de cómo nos las ingeniamos para sacar algún ratito al día para nosotras. El post de hoy se lo dedico a ellas y a todas las mamás que nos leen. Perdonadme los papás, pero hoy va para ellas, para nosotras.

Creo que, en general, las mujeres somos como las “directoras de orquesta” y, el resto de la familia, toca su instrumento cuando nosotras se lo indicamos. Quizás somos un poco controladoras y queremos tenerlo todo bajo control. Y el hecho de ver que, sin nosotras, la familia no tira, es una enorme responsabilidad, es una sobrecarga emocional que dificulta mucho que podamos descansar, tanto a nivel físico como mental.

Muchas veces tenemos la sensación de que no llegamos a todo e incluso nos sentimos culpables. ¿Sabes por qué? Por la presión social y por la idealización de la maternidad. Se espera que siempre tengamos que estar llenas de energía para nuestros hijos, siempre contentas y de buen humor, siempre dispuestas a ayudar. No olvidemos que, además de mamás, somos personas. Somos mujeres, hijas, esposas, hermanas, amigas, trabajadoras… Somos muchísimas cosas. Evidentemente, ser madres es lo más importante de nuestra vida, nuestros hijos y familia son nuestra prioridad, pero también necesitamos tiempo para nosotras. Si no, llega un punto en el que “petamos”.

No es cuestión de ponernos dramáticas, para nada, sólo es cuestión de ser conscientes de que también necesitamos nuestros momentos, nuestro tiempo libre. Muchas estaréis leyendo esto algo incrédulas y pensando: ¿Cómo lo puedo conseguir? Después te daré algunos consejos, pero los principales son dos: organizándote bien y, sobre todo, sin sentirte culpable.

Piensa que la única persona que puede cambiar el hecho de tener tiempo para sí misma o no, eres tú. Sólo tú. Y, además de tu(s) hijo(s), tu pareja, tu familia o tus amigos, tú también eres una prioridad. No olvides esto nunca. Si te abandonas y te dejas en segundo plano, si no te mimas, empezarás a sentirte triste, vacía y seguramente las cosas no irán bien.

Te voy a contar cómo lo hago yo, a ver si te puede funcionar a ti también. Empieza por un poquito: pueden ser quince minutos al día, una mañana a la semana o lo que tú puedas. Intenta que, como mínimo, sean quince o veinte minutos cada día, aunque lo ideal es una horita. Tómate ese ratito para relajarte, mimarte sólo a ti, para tener una cita contigo misma. Piensa: Tengo este ratito para mí y lo voy a aprovechar.

A partir de aquí, puedes hacer lo que más te apetezca, depende de tu manera de ser: ir a correr o a nadar, hacerte una mascarilla de esas que tienes guardadas y que nunca te pones, ir de compras, leer una revista tranquilamente sentada en una terracita al sol, quedar con una amiga, leer un capítulo (o más) de un libro, mirar un capítulo (o más) de una serie, escuchar tu lista de canciones preferidas en Spotify, tomarte una infusión calentita, disfrutar de un baño tú sola sin que nadie entre, hacer esa llamada a una amiga que tanto te apetece y que nunca haces, salir a pasear tranquilamente y sin rumbo… y un larguísimo etcétera. Depende de lo que más te guste o más te apetezca en ese momento. Al principio te parecerá muy difícil y tendrás que “obligarte” a dedicarte ese tiempo diario (o semanal), como tú decidas. Pero intenta que no sea media hora al mes, porque no es suficiente. Sin embargo, como sucede con todas las rutinas, en cuanto te acostumbres, te darás cuenta de cuántos beneficios tiene. Aprovecha estos momentos, aunque sean cortitos. Regálate unos minutos al día ¡y verás qué bien te sientan!

La siguiente duda que tendréis muchas es: ¿y cuándo lo hago? No busques tiempo, hazte tiempo. Por la mañana antes de que se despierten los niños, mientras duermen la siesta, por la noche cuando duerman, mientras están en la extraescolar… “Mi momento” es una horita o horita y media (depende del día) es después de cenar con mi marido, cuando Bruno está durmiendo. Y, una vez al mes, intento reservarme una mañana o una tarde enteras para mí. Tienes que encontrar el momento. Ganarás muchísimo, créeme. Lo he comprobado. Ganarás autoestima, paciencia, positivismo, reducirás tus niveles de estrés y, sobre todo, valorarás mucho más el tiempo que estés con tus hijos, porque también tendrás el tuyo contigo misma.

Después, también considero muy importante que dediquemos una noche a la semana (o cada dos semanas) para ir al cine con nuestra pareja, o a dar un paseo, o a cenar. Sí, los dos solos, no es lo mismo ir todos que ir los dos. Somos papá y mamá, pero también somos pareja y necesitamos nuestro tiempo juntos, para que el amor siga creciendo y evolucionando. Muchas veces acabamos hablando de los hijos, es cierto, porque es lo más importante que hemos hecho juntos, pero no pasa nada. Aunque hablemos de ellos, estaremos solos, disfrutando el uno del otro. Y, si podemos permitirnos dejar a los niños con los abuelos o con los tíos e irnos de finde romántico los dos, ¡todavía mejor! Sé que esto, para muchos, son palabras mayores, pero si nos lo proponemos, seguro que podemos conseguirlo.

Te regalo una reflexión que intenta resumir lo que pienso sobre este tema:

Está claro que mi hijo me ocupa muchísimo tiempo que antes tenía libre, pero esto de mi vida personal se acabó, ahora sólo soy mamá, no puede ser. Ser madre es maravilloso, pero también es un trabajo muy demandante y cansado, por eso tengo que recargar energías, disfrutar de mi tiempo, porque mis necesidades son igual de importantes que las del resto de la familia. Es evidente que el rol que me requiere más tiempo es el de ser mamá y acepto que nunca había sido tan feliz, pero dedicarme mi tiempo y estar por mí misma no es egoísmo, sino amor propio. Si estoy bien y soy feliz, mi hijo también lo será.

Me gustaría terminar citando una frase de Séneca que dice: Todas las cosas nos son ajenas, sólo el tiempo es nuestro. ¡Ánimo, no siempre es fácil, pero puedes conseguirlo!

Tampoco tan terribles

Es mío, yo solo, tú no o no quiero. ¿Te suenan? Entonces es que tienes algún hijo o hija de más de dos años y que estáis (o ya habéis estado) inmersos en la primera adolescencia.

Yo no tenía ni idea de que existía esta fase hasta que la he vivido con Bruno. De hecho, la estoy viviendo. Es una etapa que tiene muchos nombres: terrible twos, la primera adolescencia o la edad del “yo”. En ella los peques pasan de bebés a niños, se dan cuenta de que tienen su propia identidad y de que pueden elegir y hacer cosas solos, sin la ayuda de un adulto. Es el inicio de la independencia infantil, están constantemente aprendiendo, experimentando y descubriendo cosas nuevas. Por eso es una edad difícil, pero mágica. Suele durar desde los dieciocho meses o dos años (depende del niño) hasta los tres o tres y pico.

Te darás cuenta de que tu hijo ha entrado en esta etapa cuando su respuesta al noventa por ciento de las preguntas sea un “no” enfadado o desafiante, cuando las rabietas estén a la orden del día, cuando lo veas rebelde y caprichoso. Estos son algunos de los comportamientos. No tienen que tenerlos todos, algunos niños, como Bruno, no hacen tantas pataletas pero sí pasan una época de mandones y gritones. Todo depende de cómo sea el niño o la niña. Lo que sí se cumple en la gran mayoría de los casos es que recurren a diferentes estrategias para intentar llamar la atención de los padres.

Te estarás preguntando: ¿y qué puedo hacer para ayudar a mi hijo a sobrellevar esta etapa lo mejor posible? Pues aquí tienes unos cuantos consejos:

  • Crear rutinas diarias y respetarlas, para que tenga una vida ordenada y pueda anticiparse a lo que tocará después.
  • Darle mucho cariño, aunque a veces te saque de quicio. Cuando tengas ganas de pegarle un grito, abrázale. ¡Ya verás cómo cambia su estado de ánimo! Cuando Bruno hace alguna gamberrada y, en vez de gritarle, le abrazo y le digo “Va, Bruno, no hagas esto, que mami se pone triste”, ¡reacciona mucho mejor y me hace más caso!
  • Empieza a marcarle límites y normas. Es mejor empezar por pocos y fáciles, para que los tenga muy claros. Nosotros, por ejemplo, si Bruno pega a un niño en el parque (ha pasado una temporada un poco complicada con el tema de pegar), ya sabe que le tiene que pedir perdón y darle un abrazo. Si no lo hace, nos vamos del parque. Un par de veces lo hemos tenido que hacer, porque le podía más salirse con la suya que pedir perdón.
  • Cumple con lo que digas y deja que asuma las consecuencias. Tanto si es bueno, como si es malo. Si le prometes que cuando vayáis a dar un paseo le comprarás unos palitos de pan, hazlo. Y si le dices que si pega os iréis del parque, cúmplelo también. Aunque te cueste. Será la única manera de que confíe en ti y te crea.
  • Háblale con calma y paciencia y no seas demasiado autoritario. Con buenas palabras y con cariño, todo se recibe mejor. Tanto si somos niños, como si somos adultos.

Estos son algunos pequeños consejos, pero tampoco es que haya ninguna receta mágica. Los terribles dos son una etapa más de la infancia, con su principio y su final. Como me decía el otro día una amiga, cuando son bebés en realidad es fácil: comen, duermen, están un ratito despiertos… ¡pero luego la cosa se complica! Pasar de bebé a niño no debe ser fácil, por eso es importante que estés al lado de tu peque durante esta etapa y la lleves lo mejor posible.

Siempre me gusta ver el lado positivo de las cosas. Y un aspecto muy positivo de esta época, que he estado observando en Bruno, es que no se rinde. Cuando quiere algo, tanto si es coger un cuento de la estantería que está un poco alta como si es pedirme mil veces que bailemos juntos, no se rinde. Lo intenta una y otra vez, hasta que lo consigue. Y si no puede, pide ayuda, pero rendirse no es una opción. Creo que es una cualidad de la que los adultos tendríamos que tomar ejemplo porque, generalmente, cuando vamos creciendo nos volvemos más conformistas y, en mi opinión, no debería ser así.

Como conclusión, me gustaría recordarte que tu peque te está desafiando constantemente para saber hasta dónde puede llegar y debes tener en cuenta que todavía no sabe gestionar sus emociones, sólo las siente y a veces se desborda ante ellas. Como intento transmitir en todos mis posts, todo depende de cómo se mire. Si intentas ver la parte positiva de cada situación y afrontas esta etapa con paciencia y mucho cariño, los terribles dos no serán tan terribles.

Así nacen y… ¿no cambian?

Bruno es físicamente igual que mi marido, lo vimos desde que nació. De carácter… eso ya es otra cosa. Creo que es más mezcla de los dos. Mi padre dice que su forma de ser le recuerda mucho a mí de pequeña. Claro, yo hay cosas de las que no me acuerdo, pero por los vídeos que he visto de esa época, sí que algo mío tiene, como que habla por los codos y es muy extrovertido. Mi madre, en cambio, dice que tiene rasgos de mi hermana, como la personalidad tan marcada o el ir en contra de las normas. Y mi suegra, por su lado, dice que es pillo y gamberrete como mis cuñados cuando eran niños.

Es mandón a su muy simpática manera de ser, absorbente, listo y le encanta que estemos siempre por él. Por ejemplo, muchas veces, cuando estoy hablando con alguien, suelta el clásico Hola, mami! Una cosa… Yo le respondo: ¿qué? y él: mmm…. No sé. Como madre primeriza, me parece increíble que, quedándole dos meses y pico para cumplir los dos años, ya tenga una personalidad tan marcada.

Realmente cada día es una sorpresa y, hasta que no eres madre, no eres consciente de la maravilla que es ver crecer, evolucionar y aprender a tu hijo.

El otro día justo lo hablaba con mi marido y con mi suegra. La personalidad, ¿nace o se hace? Muchas veces he leído que la forma de ser de una persona se forja en sus primeros tres años de vida. ¡Qué fuerte! Antes de ser madre, no me lo acababa de creer, pero ahora corroboro que es así.

Éste es uno de los temas que siempre se ha discutido en el mundo de la psicología. ¿Somos lo que somos desde el momento en el que somos concebidos o también influye la forma y el ambiente en que se nos eduque? Algunos filósofos clásicos, como Platón y Descartes, aseguraban que ciertos aspectos de nuestra personalidad ya existen cuando nacemos y que, independientemente del ambiente en el que crezcamos, desarrollaremos nuestro carácter según la genética que tengamos. Unos siglos más tarde, Locke hablaba de la tabula rasa, que afirma que los seres humanos nacemos con la mente en blanco y que nuestra personalidad se desarrolla a partir de las experiencias que vivamos durante la infancia y la adolescencia. Ni tanto, ni tan calvo.

Volviendo a mi experiencia como mamá de Bruno, he observado (y sigo observando cada día) que tiene rasgos del carácter muy míos o de mi marido (es decir, rasgos heredados), como ser mandón o perseverante, por ejemplo. Y también tiene rasgos que se le han ido definiendo por nuestra forma de tratarle y por el ambiente en el que vive. Voy a daros algunos ejemplos.

¿Por qué es así de sociable y simpático con todo el mundo? Pues porque va a la guardería desde los siete meses, porque está acostumbrado a estar con gente diferente y porque sabe que cada día no le va a buscar su papá o su mamá a la guardería, sino también su abuelo, su abuela, etc.

¿Por qué le gusta que estemos siempre por él y no es demasiado independiente? Pues porque es hijo único, primer nieto por un lado y tercero por el otro, y casi siempre es el centro de atención (en el buen sentido, ¿eh?). Es evidente que recibirá un trato muy diferente al del hijo de mi prima, que es del mismo mes que Bruno y tiene un hermanito con el que se lleva trece meses exactos. El mayor no recuerda haber estado nunca “de hijo único” con sus padres, porque desde que tiene uso de razón siempre ha compartido protagonismo con su hermano. Ningún caso es mejor ni peor que otro, cuidado. Simplemente son situaciones muy diferentes que me sirven para ilustrar la teoría de que el ambiente, la familia y el contexto en el que crezcamos influirán mucho en nuestra personalidad.

Ahí va el último ejemplo. El otro día me di cuenta de que Bruno ya empieza a intentar expresar sus sentimientos. Cuando se le va la mano y pega a algún niño, le digo que mami está triste porque no le gusta que pegues. Cuando oye esto, entonces le da un besito al niño y me viene corriendo a decir ¿mami contenta? Y le respondo Sí, ahora mami está muy contenta porque Bruno ha pedido perdón al niño y le ha dado un besito. Y entonces, le cambia la cara. Sonríe y se queda súper tranquilo y feliz. Qué pasada. A ver, es pequeño y claro, no sabe expresar muchos sentimientos, pero por lo menos la diferencia entre contento y triste ya la entiende perfectamente.

Con esto quiero decir que, por supuesto, otro aspecto determinante en la que será su personalidad es la forma en la que lo eduquemos emocionalmente. Y en esta educación emocional no sólo intervenimos su papá y su mamá, sino también sus profesoras, abuelos o tíos, por ejemplo. De nosotros depende, en gran parte, que en un futuro sepa identificar sus emociones y  expresar cómo se siente. Básico.

Así pues, estoy de acuerdo con la mayoría de corrientes psicológicas de la actualidad, que afirman que la personalidad nace y se hace. Un bebé nacerá con los ojos marrones y la simpatía de su padre y con el pelo liso y el perfeccionismo de su madre, pero también se irá haciendo más o menos sociable, más o menos independiente y más o menos tozudo dependiendo de la educación que reciba de su familia, su escuela y su entorno.

 

Lo que es normal para ti, es mágico para ellos

Me siento a escribir este post sobre Embarazo y crianza y, según mi agenda, veo que me toca la parte de Crianza, porque la última vez escribí sobre mi embarazo. Entonces, me pongo a pensar… En seguida me viene a la cabeza lo que hablábamos con mi marido el otro día: la paciencia que hemos desarrollado desde que somos padres. ¡Y eso que no nos podemos quejar, porque Bruno es un niño muy fácil y duerme muy bien por las noches! Sin embargo, igualmente, hay muchos momentos en los que tenemos que respirar, contar hasta diez, y… Ooooommmm. Ni me quiero imaginar a los papás y mamás que no duermen, que tienen que hacer malabares para que sus peques coman o que los tienen con fiebre cada dos por tres.

Este post es muy realista, pero le daré un toque de ironía porque, al fin y al cabo, describe situaciones reales que vale la pena que nos tomemos con humor.

Primer episodio: el otro día volvíamos en coche de pasar el fin de semana fuera. Veníamos del Empordà. Una hora y media larga de coche y Bruno había hecho la siesta justo antes de subir al coche (¡gran error!), así que no se durmió en todo el viaje. Primero íbamos cantando, mirando los coches y motos que pasaban por la autopista… pero estas distracciones duraron quince minutos, veinte como máximo. Después, empezó el ¡Mami, milaaaaa! (su versión de ¡Mami, mira!). Cada cosa que veía o hacía, me decía ¡Mami, milaaaa! Se estaba aburriendo, y me iba explicando, a su manera, todo lo que veía o todo lo que le venía a la cabeza. Iba llamando mi atención para que estuviera pendiente de él. ¡Me giré tantas veces a mirarle! Creo que más de cien, en serio. Y terminé con tortícolis en el cuello.

Segundo episodio: mi hermana ha estado casi un mes fuera de viaje. Bruno la adora (y ella a él, claro) y casi cada día me preguntaba ¿Y Paula? Yo le respondía Se ha ido de viaje en avión. Y ya decía Paula, avión. El día que volvía le fuimos a dar una sorpresa a su casa cuando llegó. Le expliqué a Bruno que iríamos a casa de Paula porque ya había vuelto “del avión”. Pues se pasó toooodo el día (pero todo, de verdad) preguntándome ¿Casa Paula? (su manera de decir ¿Vamos a casa de Paula?). Cada diez minutos o así, me lo iba preguntando. Había algún rato que se le olvidaba, pero luego se volvía a acordar y otra vez lo mismo. Desde las diez de la mañana, hasta las seis de la tarde, cuando por fin fuimos a casa de mi hermana.

Tercer episodio: nueve de la mañana, justo antes de salir hacia el parvulario. Recién vestido y peinado, pañal limpio, mochilita preparada… Me voy un momento a la cocina a buscar el tupper que me llevaré para comer y oigo un ruido enorme de repente! Voy a su habitación y había tirado toooodos los Legos que tiene. Los había sacado de su caja y todos por el suelo. Pensé que en ese momento no daba tiempo de recogerlos, teníamos que salir de casa porque si no llegaríamos tarde y empezaríamos mal el día. Podría haberme puesto histérica, gritarle, decirle que el día antes me había pasado toda la tarde ordenando su habitación. Pero no, no lo hice. Pensé que no pasaba nada, que por la tarde ya lo recogeríamos. ¿Qué más da? Flexibilidad y paciencia son dos palabras clave que me encantan desde que soy madre.

Estos tres episodios son un pequeño ejemplo para contarte que el día a día con un niño, con un bebé, o con un toddler (palabra inglesa que me gusta mucho y que hace referencia a los peques de uno a tres años) muchas veces es cansado, incluso agotador, pero nos hace desarrollar muchísimo nuestra paciencia. Además, como ya sabrás si eres mamá, aunque casi no tengamos tiempo para nosotras y estemos agotadas después de la “doble jornada laboral” (la de trabajo y la de estar con nuestros hijos), nos compensa muchísimo ver que ellos crecen felices y que nuestro tiempo es oro para ellos.

Cuando estaba terminando de escribir este post, me acordé de un vídeo de estos que veo por Facebook y me guardo porque me gustan mucho y sé que los usaré para algo en un futuro.

Éste me llegó al alma porque es súper real y por la frase del final, que me hizo saltar las lágrimas. Lo único que no me gustó es que muestra que la madre está todo el día con sus hijas, lo hace todo, y el padre sólo llega a casa para darles las buenas noches y preguntarles cómo les ha ido el día. Aparte de esto, que encuentro bastante machista, el vídeo es genial.

Lo normal para ti… es mágico para ellos. Muchas veces lo pienso. Cuando estamos todos manchados porque ha comido macarrones con tomate y tengo que poner a lavar el babero, el pijama, la funda de la trona y fregar el suelo de debajo de donde ha comido, tendría dos opciones: o desesperarme, quejarme y decirle “el próximo día te daré yo los macarrones para que no te manches, porque esto es un desastre” o sonreír, pensar en lo que ha disfrutado saboreando sus macarrones, en lo mayor que se ha sentido comiendo solo con su tenedor pequeñito y haber disfrutado de este momento de risas que hemos pasado los dos. Porque, como resume el vídeo al final, lo que es normal para nosotros, para ellos es mágico.

Pues eso, que ojalá todos los problemas fueran estos y no olvidemos que todos los momentos divertidos, de amor y de alegría que pasemos con nuestros hijos, quedarán grabados en su mente y en su alma para siempre.

¿Estás bien? Pues tus hijos, también

Últimamente, cuando me pongo a escribir un post, me sale hacer referencia a mis gurús, a las personas que me inspiran, a los que yo llamo “mis guías espirituales”. Hace unas semanas os hablé de Victor Küppers, que me encanta. Otra de las personas que más me inspiradora últimamente es Lucía Galán, más conocida como “Lucía mi pediatra”.

Es una pediatra asturiana que vive y ejerce en Alicante, mamá de dos hijos, que escribe y da conferencias sobre crianza, compaginar el trabajo con la educación de nuestros hijos, encontrar tiempo para nosotras…

Hace algunas semanas, un sábado por la mañana, tuve la oportunidad de ir a escucharla al auditorio del colegio de Los Corazonistas. “Educar desde la tranquilidad”. Qué gran título para la conferencia. Cuando lo leí, ya quise comprar la entrada.

En la conferencia hablaba de cosas muy diversas: el postparto, las enfermedades más comunes que pueden tener los niños, cómo dedicarles tiempo de calidad, etc. Escuchar a Lucía me transmitió mucha tranquilidad y me ayudó a entender que los padres somos los referentes más importantes de nuestros hijos y que, lo que nos ocurre a nosotros, les afecta a ellos. Si estamos tranquilos e intentamos no vivir ahogados en las prisas y en el ritmo de vida frenético, nuestros hijos lo agradecerán. Muchísimo.

Al salir de la conferencia, me compré el segundo libro que ha escrito Lucía, Eres una madre maravillosa. Casi me lo he terminado y he marcado varias páginas para copiarme frases suyas que me gustan y que me quiero copiar para irlas releyendo de vez en cuando. Una de mis preferidas la voy a compartir contigo, a ver si te puedo transmitir la tranquilidad que sentí yo al leerla.

Y aprendí. Aprendí a no juzgarme. A no ser tan dura conmigo misma. Aprendí de mis errores, descubrí cómo potenciar mis fortalezas y cómo trabajar y mejorar mis debilidades. Así que, la próxima vez que la culpa sobrevuele tu cabeza, que intente amargarte la vida y oscurecer el espejo donde cada mañana se miran tus hijos, repítete: Aun con toda mi montaña de defectos, soy una madre maravillosa”.

Genial. Absolutamente genial. La tengo muy presente porque llevo varias semanas trabajando muchísimo. Dejo a Bruno en la guardería a las nueve de la mañana y muchos días llego a casa tarde, sobre las siete o siete y media de la tarde. Son muchas horas, sí. Pero, ¿qué voy a hacer, sentirme mal por trabajar? No, de ninguna manera. Tengo la grandísima suerte de trabajar en algo que me apasiona, a lo que no me importa dedicar muchas horas, así que tengo que aprovecharlo. Evidentemente, elegí ser mamá para dedicarme a mi hijo lo máximo posible, pero no por compaginarlo con el trabajo tengo que sentirme mal.

A veces es difícil, porque estoy trabajando y pensando en qué estará haciendo él, pero he aprendido a verlo de manera positiva. En la guardería está encantadísimo, disfruta mucho. Después, una tarde está con su papá, otra con su abuela, otra con su abuelo y dos conmigo. ¡No me puedo quejar!

Original file ‎ (1,024 × 768 pixels, file size: 373 KB, MIME type ...

Además, me he dado cuenta de que es cierto lo del “tiempo de calidad”. Parece que sea una moda de esta sociedad en la que las mamás y los papás no tenemos demasiado tiempo, pero creo que es verdad. He comprobado que es mejor tiempo de calidad que cantidad de tiempo.

Es mágico llegar a casa, dejar el móvil en silencio, estirarme con mi hijo en el suelo y contarle cuentos. Le encanta. Le encanta y me encanta. Después, cuando se cansa, me pongo a tocar la guitarra y cantamos los dos juntos. Le encanta. Le encanta y me encanta. Luego a la bañera con calma, le doy la cenita tranquilamente, y a dormir. Con calma y tranquilidad. Felices porque hemos pasado la tarde juntos y ha sido súper divertido. Y muchos días llega su papá y podemos estar un rato los tres. Todavía mejor.

Con esto quiero decir que me he dado cuenta de que, si otro día de esa semana llego más tarde y no puedo explicarle cuentos, no pasa nada. Los días que pueda, lo haré. Antes, me sentía mal porque tengo amigas que salen de trabajar a las dos y pasan todas las tardes con sus hijos. Ahora ya no, en gran parte gracias a la conferencia de Lucía y a su segundo libro. Te lo recomiendo.

Otro aspecto importante que a muchos nos cuesta es dedicarnos tiempo a nosotros mismos e invertir tiempo en nuestra pareja. ¡Es tan importante! Así, estaremos más descansados y felices para dedicarles tiempo de calidad a nuestros hijos. No hacen falta grandes cosas. Yo mañana, por ejemplo, me tomo la mañana libre, hago un pequeño “parón” después de estas tres semanas tan frenéticas, y me voy a un SPA en el centro de Barcelona, me harán un masajito y luego me iré a comer tranquilamente con mi marido. ¿Es malo hacer esto porque, mientras tanto, nuestro hijo estará en la guardería? ¡Pues claro que no! Cuando le vayamos a buscar, estaremos tan relajados y contentos, que nos hará muchísima ilusión pasar toda la tarde jugando con él, explicándole cuentos o cantando.

Si nosotros estamos bien, nuestros hijos también lo estarán.

¿Responsabilidades para nuestros hijos? Sin prisa, pero sin pausa

Desde que nace, un bebé depende completamente de sus padres al cien por cien. Es de los pocos mamíferos que, sin su mamá y su papá, no podría sobrevivir. Tras haber sido mamá he ido viendo que, poco a poco, van aprendiendo a valerse por sí mismos y a ser autónomos. Los padres les ayudamos en ese proceso al enseñarles a hablar, a andar, a comer, pero además de ayudarles a desarrollarse, me he dado cuenta de que tenemos que ir dejando que asuman pequeñas responsabilidades. Es decir, dejar poco a poco de ser imprescindibles y animar a nuestros hijos a que tomen sus propias decisiones.

Evidentemente, no es de un día para otro y no podemos pretender que con dos años se hagan la cama o que con cuatro años saquen a pasear al perro, pero se trata de empezar por pequeñas cosas. Aquí tenéis una pequeña tabla publicada por guiainfantil.com que me ha gustado.

 

 

El otro día fui a casa de una amiga y aluciné cuando su hijo, de dos años y medio, puso el plato y los cubiertos en el lavavajillas al acabar de cenar. Me quedé impresionada y le pregunté: ¿cómo lo has hecho? Me respondió: se lo enseñé y… paciencia. Creo que ahí está la clave. Muchas veces, los padres preferimos hacer las tareas del hogar nosotros porque las hacemos más rápido y mejor. Considero que es un error. Deberíamos intentar ofrecerles a nuestros hijos espacio, tiempo y confianza para que las hagan ellos.

Es difícil, lo sé. Nosotros estamos empezando ahora con la rutina de que Bruno nos ayude a recoger sus juguetes y hay muchos días en los que acabo recogiéndolos yo, porque no tengo la paciencia de esperar a que lo haga él solito. Cuando terminamos de jugar y toca irse a la bañera, le digo: “¡Vamos a recogeeeer!” y entonces se me queda mirando fijamente (en plan “te estoy entendiendo”) y pone dos juguetes en la caja de madera donde sabe que se guardan y sigue jugando con los otros. Algunos días espero, con paciencia, a que lo vaya haciendo, poco a poco. Pero reconozco que muchos lo acabo haciendo yo, porque no quiero que se haga tarde y que se nos retrase la hora del bañito y la cena. Así que, señoras y señores, el problema es nuestro por vivir a un ritmo tan frenético en el que no somos capaces de esperar a que lo hagan solos. Porque ahora, con 15 meses, es recoger los juguetes, pero con cuatro años será ducharse solo y, con siete, prepararse la mochila del cole.

Yo recuerdo que, cuando era pequeña y mi madre me pedía ayuda para hacer algo, me sentía importantísima y súper mayor. Me encantaba ir a comprar el pan cogida de la mano de mi hermana en el pueblo donde pasábamos el verano (la panadería estaba a una calle de casa), o ayudar a poner la mesa, o a emparejar calcetines. El hecho de sentirse útiles sube mucho la autoestima de los niños y le aporta autonomía e independencia, dos cualidades que les servirán mucho en el futuro.

Siguiendo con nuestro papel como padres, daría tres consejos:

  • Ser constantes: si queremos enseñar a nuestro hijo a que se vista solo o a que ponga la mesa, lo debemos mantener cada día. No le tenemos que decir un día que se tiene que vestir solo y, al siguiente, vestirle nosotros porque tenemos prisa.
  • Explicarle cómo se hace: es nuestro deber, como padres, enseñarles a hacer lo que les pedimos. No les podemos pedir que se bañen solos si no saben cómo se lava el pelo o cómo se abre la botella del gel de baño.
  • Valorar sus logros: ¡felicitemos a nuestros hijos! Les animará mucho ver que son capaces de hacer las cosas por ellos mismos y que nosotros, sus papás, estamos contentísimos con lo que han conseguido.

Para terminar, compartiré con vosotros algo que me encantaba de pequeña: las tareas con puntos. Mi padre, en su trabajo, imprimía en color (¡en aquella época era algo muy especial!) una tabla con el nombre de mi hermana y mío y las diferentes tareas que teníamos que hacer en casa: poner y sacar la mesa, hacer la cama, ducharse sola, poner la ropa en la cesta de la ropa sucia, recoger los juguetes, vestirse sola, etc. Cuando hacíamos bien algo, nos ponía una pegatina en el recuadro de esa tarea. A final de semana, dependiendo de cómo lo habíamos hecho, ¡había premio! Y recuerdo que podía ser ir el domingo al quiosco a comprar un chicle Bubaloo o un sobre de cromos ¡y éramos la mar de felices!

Leyendo sobre este tema, he visto que a esto que hace veintipico años ya hacía mi padre, se le llama “Tabla de logros”. Os invito a que la hagáis en casa, es una pasada. ¡Yo ya tengo ganas de que Bruno sea más mayor para hacerla! Aquí tenéis algunos ejemplos de las que más me han gustado de las que he encontrado. Sugerencia: si queréis poner premio, que no sea algo material, sino cosas como: que papá y mamá me preparen mi plato preferido para comer el domingo, que vayamos al parque una tarde en la que no solemos ir, que me hagan cosquillas en la cama, que me dejen disfrazarme con su ropa…

¡Espero que disfrutéis mucho preparando la “Tabla de logros” de vuestra familia con vuestros hijos!

Digital image

Mil millones de veces mejor que como lo había imaginado

Mira que me la habían repetido mis padres, pero no entendí esta frase hasta que fui mamá.  “No hay ninguna carrera ni máster que te enseñe a ser padre (o madre)”. Totalmente cierto. Además, añadiría que la maternidad son unos estudios muy largos (creo que duran desde que el día en que nace tu primer hijo y para toda la vida) y que empiezan directamente con las prácticas.

Cuando me pusieron a Bruno “piel con piel”, recién nacido, todavía sucio y desnudito, vi a una personita tan indefensa, mirándome fijamente con los ojos súper abiertos, apretándome fuerte el dedo índice con sus manitas todavía arrugadas después de tantos meses nadando en líquido… que no me lo podía creer. Me lo había estado imaginando durante todo el embarazo, pero fue mil millones de veces mejor. Si has sido mamá, entenderás este sentimiento tan inexplicable. Y es que, realmente, no se puede describir con palabras. Todavía me emociono cuando lo pienso.

En ese primer momento, además del subidón hormonal, te suele entrar un poco de vértigo, porque ves que esa personita depende totalmente de ti ¡y que nadie te ha enseñado qué tienes que hacer ni cómo debes hacerlo! Creo que, desde el primer día, tienes que confiar en ti misma, seguir lo que te diga tu corazón, apoyarte en tu pareja (si la tienes) y familia, y disfrutar.

Generalmente, durante el embarazo, todo el mundo te “prepara” para la maternidad, diciéndote que es lo más bonito del mundo (supongo que por eso la mayoría repiten una, dos ¡o incluso más veces!), pero que te esperan unos meses (o años) sin dormir, sin tener tiempo para ti, con el peque enfermo porque lo pillará todo en la guarde, con muchas lloreras y un larguísimo etcétera. Después de mi experiencia, te aseguro que cada niño es un mundo, no hay que generalizar. No siempre es así. En mi caso, por ejemplo, la verdad es que ha sido muy fácil, mucho más de lo que me esperaba: Bruno es un tragón desde que nació, la lactancia fue fácil y sin mastitis, el “destete” lo hizo él solo, a poco a poco y a su ritmo, dormía 6 horas seguidas desde los 3 meses, va unas horas a la guarde desde el mes de septiembre y, en estos siete meses, sólo ha estado enfermo tres días… En mi caso, ha sido una maravilla. Eso sí, también es cierto que tengo amigas que no han dormido más de cinco horas seguidas durante el primer año, que han sufrido los cólicos de sus bebés o que han tenido una lactancia complicada. Puede que sea una lotería, o que haya aspectos genéticos que influyan. No lo sé. En cualquier caso, lo que sí te aconsejo es que vayas con buena predisposición, no pensando en negativo (“no voy a dormir” o “seguro que dar el pecho duele un montón”) y con energía positiva. Eso siempre. Porque estoy convencida de que el bebé lo nota. La energía de la mamá y del papá (pero sobre todo la de la mamá, porque es quien más tiempo suele pasar con el bebé) se transmite al bebé. Si estás nerviosa y preocupada, seguramente tu peque no sabrá relajarse solito para dormir bien. En cambio, si le transmites serenidad y alegría, probablemente tendrá más facilidad para mamar y para hacer una buena digestión.

Un aspecto que sí que me gustaría destacar es que tienes que ser consciente de que tu ritmo de vida cambiará y tus prioridades también. Debes ser consciente de que te será más difícil hacer planes y quedar con una amiga a una hora concreta, porque seguramente antes de salir de casa tu bebé se hará caca y tendrás que cambiarle el pañal. Si eres flexible y no tan exigente contigo misma, te sentirás mejor. Otro consejillo: no te exijas estar “divina de la muerte” ni intentes recuperar tu figura dos meses después del parto, como las modelos que salen en las revistas del corazón. Eso pasa en un bajísimo porcentaje de chicas que son mamás. Tranquila, no te estreses, todo llegará. Lo importante es que tú estés bien, animada, positiva y con ganas de “hacer de mami”.

Mira que durante el embarazo leí un montón de blogs de mamás primerizas, artículos sobre crianza, educación positiva, etc. La teoría me la sabía súper bien (como todas las embarazadas), pero cuando tuve a Bruno en mis brazos… me olvidé de todo y me salió algo que debía ser mi esencia, el instinto o algo así. Me salió quererle, mimarle, darle muchos besitos, acariciarle, cantarle canciones… Eso es, para mí, empezar a ser mamá.

Ahora ya ha cumplido un año (que, efectivamente, como todas me decíais, ha pasado volando) y sigo leyendo mucho sobre formas de educar, sobre cómo compaginar el trabajo con la maternidad (este tema da para un post entero), sobre actividades para disfrutar con el bebé… pero sin presionarme, con calma, sin querer ser la madre perfecta, ya que la perfección no existe.

Sobre todo, lo que más  es dedicarle tiempo de calidad, estar con él y hacerle feliz. Para mí siempre será el mejor hijo y, yo para él, la mejor mamá del mundo.