La tele no siempre es un demonio

El único momento del día en el que Bruno ve vídeos es después de cenar, justo antes de irse a dormir. Desde mi móvil elegimos los que quiere ver y, gracias a Chromecast, los vemos en la tele (pantalla grande, mucho mejor). Son cuatro canciones que él elija o vídeos cortitos, de máximo cinco minutos. Desde que era pequeño le expliqué que en mi móvil los vídeos sólo se ven en inglés (bendita inocencia). Como nunca lo toca si no estoy al lado, no puede ver vídeos en otro idioma, porque se los selecciono yo.

Depende del día elige ver cuatro canciones o algunas canciones y algún capítulo de Peppa Pig… eso sí, como decía, siempre en inglés.

Un día de la semana pasada acabó de cenar y tocaba nuestro “momento vídeos”. Estaba mi madre en casa y, de repente, Bruno dice: pobre Nina, no lo va a entender, que ella no sabe tanto inglés (“Nina” es como Bruno llama a mi madre). Se la quedó mirando con una cara de pena, pensando lo que se pierde la pobre por no saber inglés. ¡Puntazo!, pensé. Porque él es consciente de que saber inglés es una suerte, porque gracias a eso podemos disfrutar de muchas cosas, como entender las canciones o las historias de Peppa Pig.

Este episodio me sirve para empezar mi post de hoy en el que reflexiono sobre cómo un ratito al día viendo la tele con nuestros hijos puede servir para reforzar nuestro vínculo con ellos y también para compartir nuestro “ratito en inglés”.

El primer consejo que me gustaría darte es que ni demonicemos ni veneremos la tele (o el móvil). Para mí, bien usado y con unos límites (por supuesto) no tiene nada de malo. Todo lo contrario, tiene muchas cosas buenas. Es nuestro ratito de relax juntos antes de ir a dormir. Además, nos sirve para dialogar, porque comentamos lo que está pasando. Para que no se quede embobado, le voy haciendo preguntas sobre lo que está pasando. Para hablar, van mejor los capítulos, porque las canciones no tienen tanto argumento. Gracias a Peppa Pig hemos aprendido valores como trabajar en equipo, compartir, ayudar, etc. A veces, incluso pongo el pause para poder comentar mejor lo que me interese.

El segundo consejo es que, si este ratito compartido es en inglés, muchísimo mejor. Porque entonces, además de relajarnos juntos y compartir nuestras reflexiones, aprenderemos inglés. Aprenden un montón de vocabulario y se acostumbran a la pronunciación nativa, que cuando sean más mayores les servirás para poder ver películas más largas o documentales sin tener que leer los subtítulos. Además, cuando los padres acompañamos a nuestros hijos en cualquier actividad, como por ejemplo ver dibujos en inglés, les estamos dando ejemplo y transmitiendo que los valoramos. No olvidemos que los niños aprenden cuando se sienten valorados, escuchados y seguros. Por tanto, cuando apoyamos una actividad suya, se sienten apoyados, mejora su autoestima y aprenden mejor.

El tercer consejo es que elijas capítulos, pelis, canciones o lo que sea de temas que interesen a tu hijo. Tanto para niños pequeños, como para más mayores. Si a tu hijo la gustan los trenes o los piratas, busca cosas sobre estos temas. Por ejemplo, nosotros vemos vídeos de garbage trucks (camiones de la basura) y diggers (excavadoras). Para niños más mayores (a partir de seis o siete años) hay vídeos cortitos de cocina en inglés súper chulos y fáciles de entender. Lo importante es que el tema le apasione (así aprenderá motivado) y también que el lenguaje sea sencillo y claro (para que no le cueste entenderlo). Con Youtube, Netflix o cualquier plataforma de estas lo tenemos fácil, tenemos infinidad de opciones para elegir.

Por último, ten en cuenta el tiempo de duración. En mi opinión, antes de los cuatro o cinco años no son capaces de mantener la atención tanto tiempo como para ver una película entera (de una hora u hora y media). Creo que, con la “dificultad” añadida de que sea en inglés, sería too much. Te aconsejo que empecéis por canciones o capítulos más cortos, de un máximo de quince minutos. Eso en general, claro. Quizás tu hijo con tres años ya se concentra dos horas seguidas y puede ver une peli. El mío, de momento, no.

Así pues, si lo que te he explicado te convence, puedes empezar a aplicarlo con tus hijos. Evidentemente, no sólo por ver la tele en inglés tus hijos aprenderán el idioma, pero sí será una buena herramienta para ayudarles a mejorar. ¡Sobre todo si ven los mismos capítulos una y otra vez! Es lo que suelen hacer los niños porque les da seguridad y les encanta saber lo que va a pasar. Además, les servirá para aprender el vocabulario y las estructuras gramaticales y afianzarlos. ¿Te animas a que tu móvil también se vea sólo en inglés?

Rutinas ¿y anti-rutinas?

Se habla mucho de lo importantes que son los hábitos en los niños, de la seguridad que les aporta saber sus rutinas, lo que toca hacer, qué va a pasar después. Estoy totalmente de acuerdo, las rutinas son súper necesarias para nuestros hijos, para pequeños y no tan pequeños, pero… ¿qué tipo de rutinas?

Me inspiré para escribir este post en un cortometraje que me llegó hace unos días a través de Facebook, titulado Cómo la rutina nos roba la vida. Antes de seguir leyendo, te aconsejo que lo veas haciendo clic aquí.

Una rutina es una serie de hábitos que nos ayuda a no tener que tomar decisiones cotidianas. Todos tenemos rutinas en nuestras vidas: salir de casa e ir siempre por las mismas calles para coger el autobús, ir preparando las tostadas del desayuno mientras se va haciendo el café, recoger a los niños en el cole e ir siempre al mismo parque, y un larguísimo etcétera. Las rutinas no tienen por qué ser algo negativo. Sin embargo, como vemos en el cortometraje, pueden serlo. Una vida demasiado rutinaria es aburrida, elimina por completo la creatividad y el “factor sorpresa”, que tan necesarios son, a mi parecer. Lo podríamos comparar con una relación de pareja: la monotonía y la rutina aburre y no ayuda a “mantener la llama”, ¿verdad? Pues creo que lo mismo pasa con nuestra vida diaria.

Este corto de Valeria Dakhovich nos muestra cómo un chico se encuentra atrapado en su rutina cotidiana. Cada día hace exactamente lo mismo, no varía absolutamente nada. Y así pasan los días, meses y años. Hasta que un día, esa rutina se convierte en un monstruo, que va creciendo, hasta que ya es demasiado tarde para cambiar y eliminar al monstruo. ¿Te imaginas cómo sería ver pasar tu vida así?

Quizás ahora te estarás preguntando: ¿y todo esto qué tiene que ver con Embarazo y crianza, que es el tema del post de hoy? Pues tiene mucho que ver, porque lo que quiero transmitirte es la importancia de criar acompañando a nuestros hijos en sus rutinas desde pequeños (eso sí, rutinas positivas), pero también de enseñarles a saber salir de esas rutinas. ¿Cómo? Ahora te cuento…

Te voy a dar tres consejos que considero fundamentales para saber salir de la rutina (y saber enseñar a tus hijos a salir de ella):

  • Sé más flexible: ¡cómo me cuesta a mí ésta, con lo cuadriculada que soy! Tenemos que intentar no tener unos patrones de pensamiento demasiado rígidos, porque todo puede cambiar. Aunque entre semana siempre les demos la cena a Bruno y Martina a las 20:30h y les acostemos a las 21h, si un día mi marido o yo hemos llegado más tarde de trabajar y tenemos ganas de jugar más rato con ellos o bien tenemos una cena en familia porque es el cumple de mi hermana, ¡no pasa nada! Por un día, se pueden ir a dormir a las 23h. Lo que no se aconseja, porque es negativo para ellos, es que un día se acuesten a las 20:30 justo después de cenar, otro día a las 22h después de cenar y estar una hora jugando, otro día a las 23h porque nos vayamos a cenar fuera, etc. Si hacemos esto, no ayudamos a nuestro hijo a que pueda anticiparse y saber lo que pasará. En cambio, si casi siempre es igual, de vez en cuando podemos romper la rutina. ¡Por qué no! Por ejemplo, esta mañana ya le he explicado que, como hoy es el cumple de papi, esta noche iremos a cenar a un restaurante con los abuelos y los tíos, ¡y estaba contentísimo! En resumen: yo te aconsejaría darle una vida ordenada y, en general, bastante rutinaria, pero con flexibilidad para que se acostumbre a que no todo siempre tiene que ser exactamente igual.
  • Sigue tu estado anímico: parece evidente, pero no lo es tanto. Aunque los martes y jueves vayas al gimnasio sí o sí al salir de trabajar para no perder el hábito (cosa que me parece súper bien), si un martes sales de trabajar agotada, con dolor de cabeza y con ganas de irte a casa, no te empeñes en ir igualmente al gimnasio ni te estés toda la tarde arrepintiendo y maldiciendo por no haber ido. Y no te confundas, para nada voy en contra de tener voluntad, ¿eh? Para nada, que si me conoces sabrás que soy una persona súper constante y con una voluntad de hierro. Pero oye, si tu cuerpo dice que no, es que no. Escúchalo. Ahora, trasladando a nuestros hijos lo de seguir el estado anímico, te daré un ejemplo: al llegar del cole toca merendar y hacer los deberes. Cada día es así. Pero si un día notas a tu hijo irritable y ves que está tristón, ¿no es mejor estar más rato merendando juntos y preguntarle cómo le ha ido el cole? Seguramente te acabará explicando que se ha peleado con un amiguito suyo de la clase y que por eso está triste. Y seguro que se concentrará mejor para hacer los deberes habiéndotelo explicado que con ese disgusto. ¿Pasa algo por empezar más tarde a hacer los deberes? No, y habrás permitido que tu hijo exprese sus sentimientos, te tenga confianza y siga su estado anímico.
  • Date permiso para soñar: la vida no son solo los hechos, lo que va pasando, sino también lo que está por venir, el camino que tienes por delante. ¡Qué importante es saber soñar despierto! Como dice mi hermana, si no te lo imaginas, nunca sucederá. ¡Es tan cierto! No dejes que pasen los días, las semanas, e incluso los meses (o años), sin pensar cómo te gustaría que fuera tu vida, qué quieres conseguir, cómo te sientes. Es un soñador no debería ser una frase con connotaciones negativas, sino positivas. Me gustan las personas soñadoras y con ilusiones, mucho más que las personas grises y conformistas. Si lo trasladas a tus hijos, en este caso es muy fácil. No les cortes las alas que llevan ya “de serie” por ser niños. De pequeños, todos somos soñadores, fantasiosos y llenos de ilusión. Potenciemos estas cualidades en nuestros hijos y ayudémosles a saberlas mantener aunque vayan creciendo y madurando, porque las necesitarán cuando sean adultos. Me encantaría que las fantasías personales de Bruno y Martina sean el motor de su motivación personal cuando sean adolescentes y adultos. Y me esforzaré por transmitírselo.

Y tú, ¿te animas a salir de tus rutinas de vez en cuando? Yo poco a poco lo voy consiguiendo…

 

 

Más vitamina N, por favor

Hace aproximadamente un mes una amiga me envío un podcast de Charuca y Borja Vilaseca que me gustó mucho. A Charuca ya la conocía desde hace tiempo. María es fan absoluta de todo lo que hace y la verdad es que yo un poquito también. A Borja Vilaseca lo leí alguna vez en el periódico, me encantó  y gracias a eso comencé a seguirlo por las redes sociales. Me gusta muchísimo lo que escribe y la percepción que tiene sobre la educación infantil. Bueno, después de esta pequeña introducción, te cuento qué fue exactamente lo que me inspiró de estos dos.

El podcast trataba de reinvención profesional. Muy interesantes opiniones y perspectivas sobre cómo convertirte en jefa de tu vida y amar lo que haces. A mí ya me gusta mucho lo que hago así que de esto no va el post de hoy. En un momento en el que los dos están hablando, Borja comenta algo que me hace clic en la cabeza. Él dice que hoy en día, los seres humanos se van de fin de semana para “desconectar” cuando en realidad es al revés. Vivimos continuamente tan desconectados de la tierra que, cuando salimos fuera a ver un paisaje que no tenga edificios, a oler árboles y a sentir la tierra mojada, ya nos parece que estamos desconectando. Sí, estamos desconectando de la tecnología, los móviles, las rutinas diarias pero en realidad estamos conectando con lo que es realmente importante. Estamos conectando con algo de lo que no tendríamos que desconectar nunca: nuestra tierra. Me quedé un rato pensando y es verdad. Estamos toda la semana trabajando, cumpliendo nuestras rutinas y, en nuestros ratos de aburrimiento, en lugar de conectar con nuestros sentidos y con lo que pasa alrededor, nos conectamos al teléfono.

Lo que más me preocupa de todo este escenario son los niños que nos ven y nos toman como ejemplo. Niños que la mayor parte del día están sentados en la escuela, que tienen muy pocas horas de patio y/o contacto con la naturaleza y que, al recogerlos del cole o extraescolares se van directos a cumplir la “rutina vespertina” de cada día. Niños que ven cada vez a más adultos conectados a los móviles que leyendo un libro en el metro.

Potenciar la relación con la naturaleza entre los jóvenes y niños no es hippie, ni místico ni “happy flower”, potenciar esta relación es necesario y, lo más importante, es salud.

Estar en contacto con la naturaleza cura el cuerpo. Un estudio de Scientific American demostró que los pacientes que estaban en habitaciones con tres ventanas con vistas, estaban hospitalizados menos tiempo y necesitaban menos medicamento para el dolor que aquellos que estaban entre cuatro paredes y una pequeña ventana.

Los niños que crecen en la naturaleza se desarrollan mejor a nivel sensorial, emocional, afectivo, motor, intelectual, etc. Y tiene todo el sentido del mundo. Desde hace miles de años, los seres humanos nos hemos desarrollado en un entorno natural. Nuestro cuerpo está diseñado perfectamente para este entorno y no para estar en una clase y en un patio de cuatro paredes.

Es posible que el sistema educativo se esté concienciando más sobre la necesidad que tienen los niños no sólo de aprender jugando, sino de hacerlo en un entorno green friendly. Pero hasta que todas las escuelas no sean como la Bosquescuela de Cerceda en Madrid (que por cierto, es una pasada) es nuestra responsabilidad como educadores y padres proporcionar a nuestros niños y niñas la oportunidad de tener un contacto con la naturaleza para potenciar sus sentidos.

Es nuestra responsabilidad criar niños saludables, conscientes y amables con el medio ambiente. Niños que no vivan estresados y marcados sólo por las rutinas de la escuela y de la casa. Niños cuyos padres y educadores también sean conscientes de la falta de Vitamina N (N, de naturaleza) que comienza a haber entre nosotros y decidan hacer algo al respecto. Esto no significa que dejes tus rutinas de lado. No. Significa que, dentro de ellas, decidas darle la importancia que tiene al contacto con la naturaleza.

Los niños que tienen más contacto con la naturaleza generan autonomía y curiosidad por explorar, ayudando así también a su autoestima. Son más empáticos y saben trabajar en equipo. Sus relaciones son menos agresivas y más cooperativas. Los niños que crecen alrededor de la naturaleza son, sin duda alguna, más felices.

Y ya para terminar, te cuento que, el término de Vitamina N no me lo inventé yo. Lo encontré en un artículo y me puse a leer e investigar y hay muchísima información al respecto. Te dejo aquí un artículo que encontré que me gustó mucho. Te puede ayudar  a practicar un poco tu inglés y también a generar consciencia de lo importante que es estar conectado a algo que realmente despierte tus sentidos. Que lo disfrutes.

Está prohibido prohibir porque sí

Cuando los padres educamos a nuestros hijos buscamos la manera de establecer límites y normas para que aprendan a comportarse y sean felices. Lo que guía estos límites y las normas de comportamiento de los niños es cómo los padres resolvemos las situaciones cotidianas. Es decir, consintiendo y prohibiendo diferentes cosas a los pequeños. Por tanto, el comportamiento de nuestros pequeños será consecuencia directa de las respuestas que vayamos dando ante sus diferentes conductas y está en nuestras manos enseñarles a ser personas autónomas, seguras de sí mismas y que sepan moverse por el mundo.

En mi opinión, hay tres aspectos totalmente necesarios a la hora de educar: primero de todo, muchísimo amor y empatía para que nuestros hijos sean niños felices, que para mí es lo más importante. En segundo lugar, darles desde muy pequeños las herramientas necesarias para que sepan expresar cómo se sienten y qué necesitan, para que se conviertan en personas independientes y capaces de salir adelante ante cualquier situación. Por último, creo que es fundamental enseñarles a comportarse, que sepan que en su familia hay unas normas y marcar unos límites que ellos conozcan desde pequeñitos. El “todo vale” o la libertad extrema, creo que no funciona. Como todos sabemos, los niños necesitan sus rutinas y sus límites, así aprenden cómo tienen que actuar en cada situación.

Dicho esto, voy a lanzar ahora la frase que he elegido como título de este post: ESTÁ PROHIBIDO PROHIBIR PORQUE SÍ. Responderle a nuestro hijo “porque lo digo yo”  o “tú haz esto y calla” no funciona. Obviamente, hay situaciones en las que es necesario que intervenga un adulto (llámese madre, padre o profesor), porque existe un peligro real. Pero muchas veces los padres prohibimos cosas porque nosotros mismos les tenemos miedo. Si les prohibimos cosas constantemente, nuestros hijos crecerán con la idea de que hay cosas peligrosas que deben evitar y aprenderán a ser inseguros, asustadizos y dependientes. Por tanto, cuando los adultos tomemos la decisión de prohibir conductas, debemos hacerlo con moderación para evitar consecuencias negativas en nuestros pequeños. Y, sobre todo, razonarles muy bien por qué les estamos aconsejando que no hagan (o que sí hagan) ciertas cosas.

¡No les sobreprotejamos! Hay determinadas cosas que no deberíamos prohibir nunca a un niño:

  • Correr, saltar y gritar: porque a veces son la manera que tienen de expresar sus emociones. Los padres tenemos que tener paciencia y poner límites (eso siempre) pero límites en los que nuestros hijos puedan moverse y expresarse libremente.
  • Dibujar o pintar: muchas veces nos da pereza que lo ensucien todo y ni siquiera les dejamos sacar las pinturas del cajón. ¿Habías pensado que así podríamos estar coartando su creatividad?
  • Dar su opinión: el niño tiene sus propios pensamientos y deseos y necesita poder expresarlos. Por eso, es importante que no se reprima lo que tiene que decir con expresiones como. “Ya sé lo que te pasa, tú eres muy pequeño para entenderlo”.
  • Comer solos: a menudo, por falta de tiempo, hay padres que prefieren dar de comer a sus hijos en vez de enseñarles a comer solos. Así no ensucian y van más rápido. Pero a los niños les encanta sentirse autónomos y útiles, así que… ¿qué pasa si tardan una hora en cenar en vez de veinte minutos?
  • Ayudar en casa: muchos papás no dejan que sus hijos les ayuden y les dicen “lo vas a tirar”, “se te va a caer al suelo”, “es igual, déjalo, que yo ya lo puedo hacer sola”… Luego, cuando el niño es mayor, se suelen quejar porque no hacen nada. Pues para evitar esto, es bueno dejar que el niño colabore en las tareas de la casa desde pequeño. Esto hará que se sienta útil. A Bruno, por ejemplo, le encanta ayudarme a poner la lavadora. Evidentemente, cuando me ayuda él tardo mucho más que si la pongo yo sola, ¡pero lo disfrutamos tanto! Le gusta sacar la ropa sucia de la cesta, ponerla dentro de la lavadora, cerrar la tapa, ¡y ya poner el jabón es lo más de lo más!

En mis artículos siempre intento citar a autores que me gustan y que tienen reflexiones que creo que nos pueden servir a todos. Hoy he recuperado una reflexión de Rosa Jové, la popular psicóloga autora de maravillas como La crianza feliz, Ni rabietas ni conflictos o Dormir sin lágrimas (libros que, por cierto, te recomiendo). En uno de sus artículos escribió que Educar niños obedientes no trae como resultado dar al mundo niños felices. La obediencia se consigue casi siempre a través del miedo, así que lo más conveniente es educar personas que entiendan desde bien temprano qué es el respeto, la reciprocidad y esa empatía construida a través del afecto sincero. ¡Me escribiré esta frase bien grande y la colgaré en la nevera de casa para tenerla siempre presente! Creo que es muy necesario huir de la tradicional psicología conductista en la que, si hacemos algo malo, se nos castiga y, si hacemos algo bueno, se nos premia. Los premios y los castigos quizás funcionan a corto plazo, pero a la larga, no.

Es evidente que, si les castigamos por todo o les prohibimos casi todo, nuestros hijos no serán felices ni seguros de sí mismos. Actuarán por miedo y sin entender el porqué de las cosas. Pero tampoco lo serán si les permitimos todo, porque no sabrán cómo tienen que comportarse en cada situación ni entenderán dónde están los límites. Como en todo en la vida, lo mejor es un término medio. Como dice mi padre Ni todo es blanco, ni todo es negro. Siempre hay colores intermedios.

Prohibirlo todo es un error. El niño al que le exigen que no chille, a esconder sus lágrimas porque llorar es de débiles o al que le obligan a estar quieto para no molestar, acabará desarrollando una represión emocional y personal que puede ser peligrosa en un futuro.

Estoy convencida de que a nuestros hijos les entrará mucho mejor una orden del tipo “espera un momentito, no toques esto, ahora te ayudo y te enseño cómo se hace” a una del tipo “¡es que mira que eres tonto! ¿No ves que si lo coges así se rompe? ¡Parece mentira que no lo entiendas!”. Seguro que, si nos esforzamos por hablarles y actuar con respeto y empatía, ellos también lo harán. Y, al final, eso es lo que queremos.

Ciudades que se hunden

¡Hola, familias! Estoy muy contenta de estar de nuevo en el WonderBlog. Echaba mucho de menos escribir y como no podía ser de otra manera, este primer post pertenecerá a una de mis categorías favoritas: ecología y experimentos. Si me conoces sabes del gran interés que tengo por compartir la preocupación que tengo por nuestros pequeños que ya forman parte de este mundo y que formarán parte de las decisiones de nuestro futuro.

Hace aproximadamente un mes leí en El Periódico una noticia que decía algo así como: Indonesia comenzará la construcción de su nueva capital en el 2020. Era una pequeña nota que explicaba que ya estaba todo preparado para comenzar a construir una nueva ciudad debido a que Yakarta se está hundiendo. Yakarta es una de las capitales más contaminadas de todo el mundo que se hunde porque está construida sobre ríos, porque sus habitantes sacan agua  de manera ilegal y porque el cambio climático está ocasionando que suba el nivel del mar. Vaya.

Mientras leía el artículo se me iba haciendo un nudo en el estómago. ¿Sabes por qué? Porque iba imaginando la ciudad hundida y toda su basura hundida con ella en el mar. Ya no sólo el cambio climático está haciendo que el agua de los polos se derrita y las ciudades se hundan. También está ayudándonos a generar más basura dentro del mar. Y encima la construcción de esta nueva ciudad será en una isla que es hábitat de orangutanes y tigres que ya está pasando por un proceso de deforestación. En serio, ¿a dónde vamos a ir a parar? No sé si llegaremos a verlo y espero que nuestros niños tampoco pero creo, sinceramente, que estamos muy cerca de un verdadero desastre natural.

El 29 de julio del 2019 agotamos los recursos de todo el año. En 1999 se agotaron el 28 de septiembre y, en 1979, el 28 de octubre. Si seguimos a este ritmo, en 60 años agotaremos los recursos el 28 de enero y estaremos en números negativos prácticamente todo el año. Y honestamente creo que, si no hacemos algo radical pronto, será mucho antes.

No es mi intención ser fatalista ni negativa pero es que, cuando me encuentro noticias como la de un alcalde de una población de Corea del Sur que, el Día Internacional de la limpieza de playas, ensució la playa antes de limpiarla para poder tener mejores fotos del antes y el después me quedo un poco a cuadros.

Y entonces ¿cuál es mi intención? Que nos unamos todos los que somos guías de los más pequeñitos y los eduquemos de una manera consciente, responsable y, lo más importante, con el ejemplo.

Para mí, la mayor y mejor acción que podemos hacer es aumentar el vínculo entre los niños y la naturaleza. No sólo les ayudará a ellos a tener mejoras en salud, creatividad y bienestar sino que si un niño quiere y respeta algo, lo cuidará. No tengo ninguna duda. Es muy importante conectar diariamente con la naturaleza. El otro día escuchaba un podcast de Borja Vilaseca y Charuca del que te hablaré detalladamente en mi próximo post en el que él decía que hoy en día la gente se va de fin de semana para “desconectar” y que la realidad debería ser al revés. Estamos tan desconectados diariamente de todo que, cuando nos vamos el fin de semana a la montaña, conectamos de verdad. Interesante, ¿no crees?

Ser conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor es también muy importante. Por ejemplo, si somos conscientes de la cantidad de basura que generamos al día en cuanto a packaging se refiere, entonces quizá comenzaremos a asistir a las tiendas estas tan bonitas que están de moda con nuestros botes de cristal y comprar a granel. Si, cuando vamos a comprar el café de la mañana, somos conscientes de que la tapa de plástico tiene un período de vida de diez minutos antes de terminar en la basura, quizá la próxima vez pidamos el café sin tapa. Creo que ya te había contado que a mí me miraban muy raro cuando pedía mi café sin tapa. Ahora ya saben que soy “la que se lo toma sin tapa” y el otro día un abuelito me dijo “muy bien, no hace falta tanto plástico”. Ahora la chica que me sirve el café ya no me mira raro, me sonríe.

Podría estar escribiendo toda la mañana acciones para mejorar el mundo pero no lo voy a hacer. La última acción igual de importante que las otras dos es enseñar con el ejemplo. Enséñale a tus hijos las acciones que haces que son positivas para reducir basura y cuidar del planeta y explícales por qué. Si vas al súper con ellos, hazles responsables de las bolsas de tela que usarás después. Que te acompañen a tirar la basura a los contenedores y que sean ellos quienes lleven el cartón o el plástico. Dedica algún día a la semana a hacer un batido de frutas y explícales que, si lo haces tú, no sólo es más saludable sino que no hay bricks de basura. Con los niños mayores puedes hacer un tipo Master Chef zero waste y que gane el que mejor cocine y el que menos basura genere. ¡Qué gran idea, igual hago un taller de esto!

Creo que hay muchísimas acciones divertidas que puedes hacer con  los niños que les ayuden a desarrollar su conciencia y crecer como auténticos guerreros que luchen por un mundo mejor, por un mundo en el que las ciudades ya no se hundan. No hay excusas.

Ellos son los que componen la melodía

¿Has visto el cortometraje llamado A cloudy lesson?

Son apenas dos minutos y, antes de leer este post, te recomiendo que lo veas, porque haré muchas referencias a él.

Cuando lo hayas visto, quizás pensarás: ¿y esto qué tiene que ver con aprender inglés? Pues creo que tiene mucho que ver. Sigue leyendo…

A mí, la moraleja principal que me transmitió esta pequeña historia es que enseñar es sinónimo de enriquecer, no de limitar. Enseñar algo a un niño siempre es algo positivo y bonito  (o debería serlo), porque le ayudará a abrir sus horizontes, a ir forjando su manera de pensar, a crecer. Lo mismo pasa (o tendría que pasar) con los idiomas. Aprender inglés, francés, alemán, chino o el que más te apetezca, enriquece.

Imagínate el cerebro como un mueble lleno de cajones con madejas de lana de colores dentro de cada cajón. Aprender un nuevo idioma permite que, en el cerebro de la persona que lo está aprendiendo, se abran cajones que hasta entonces estaban cerrados. Estos cajoncitos son: nueva fonética, nueva pronunciación, nuevas estructuras gramaticales, etc.

El gran lingüista Noam Chomsky, entre muchos otros, estudió a fondo este tema, el del aprendizaje de lenguas extranjeras. Y demostró que, estos cajones, si se empiezan a abrir cuando somos pequeños (de hecho, lo ideal es que sea antes de los 6 años), funcionan mucho mejor. Las juntas de metal están nuevas y no chirrían, la madera brilla y se desliza bien, las madejas de lana que hay dentro de cada cajón todavía están  enteras, no están deshilachadas o desteñidas… Cuando aprendemos un idioma de mayores, ya es diferente. Recuerdo cuando, en primero de carrera, estudié Lingüística, y nos enseñaron todas las variables que intervienen en el cerebro de una persona que aprende un idioma extranjero nuevo con más de 8 años: hay prejuicios, malos hábitos ya adquiridos en nuestro idioma materno que solemos aplicar a los nuevos idiomas que aprendemos, dificultad a la hora de pronunciar bien… y un larguísimo etcétera que no voy a escribir ahora, porque entonces este post se convertiría en algo demasiado técnico.

Así pues, creo que estarás de acuerdo en que, cuanto antes se aprenda un idioma, mejor.

Entonces, volviendo a la historia de A cloudy lesson, otra de las enseñanzas que extraje de ella es la importancia de transmitirles a los niños que aprender inglés o cualquier otro idioma puede ser divertido. Tu actitud es muy importante en el proceso de aprendizaje de tu hijo, en éste y en todos los aprendizajes de su vida, porque él se fija en ti y, generalmente, copia tu manera de actuar y de ver las cosas. Así pues, deberías transmitirle en todo momento positivismo, para que el niño vea que aprender un nuevo idioma es algo guay, interesante, y que se sienta privilegiado de poder hacerlo. Además, no olvidemos que a los niños les gusta aprender jugando, sin darse cuenta, mientras que las actividades aburridas se les dificultan y hacen que pierdan rápidamente el interés. Por lo que, tanto padres como profesores, deberíamos buscar métodos divertidos para motivar el aprendizaje del idioma, sin obligarles a memorizar ni a traducir, simplemente motivándoles y no cortándoles las ganas.

Para terminar, me gustaría compartir contigo las tres conclusiones que saqué del cortometraje:

  1. No existe una única forma de hacer las cosas ni una única manera correcta, cada uno tiene que experimentar por sí mismo y encontrar la estrategia con la que se sienta más cómodo y que respete mejor su personalidad. El papel de los padres, madres, educadores y profesores es ayudar y guiar a los niños y niñas para que lleguen a ser capaces de saber qué les funciona mejor según su manera de ser y de aprender.
  2. De los errores pueden nacer grandes cosas. Los errores son parte del proceso de aprendizaje, por lo que no debemos temerlos ni transmitirles a los niños una idea negativa sobre ellos. En vez de evitar y castigar los errores, debemos animar a los niños a que aprendan de ellos e intenten descubrir su lado positivo. ¡Qué difícil es esto, eh?! En mi opinión, el gran cambio en la educación que haremos en este siglo (¡ojalá!) va en esta dirección. De este tema escribiremos un artículo más adelante, porque es muy muy muy interesante.
  3. El apoyo es esencial. Si el abuelo del cortometraje hubiera reñido a su nieto y no le hubiera animado a hacer nuevas nubes, el niño habría vivido esa experiencia como un fracaso que probablemente le habría marcado para siempre, generándole un gran sentimiento de culpa. Sin embargo, el apoyo, la confianza y el amor lo cambian todo. ¡No lo olvides nunca! No son las experiencias, sino nuestra reacción ante ellas, lo que determina si nos estancamos o crecemos.

Estos tres puntos los podemos aplicar también a la forma de enseñar un idioma: respetar la forma y el ritmo de aprender de cada niño, permitir que se equivoque y darle nuestra confianza siempre.

Como conclusión, me gustaría regalarte una frase que me ha inspirado muchísimo: A los niños podemos enseñarles las notas musicales, pero debemos dejar que sean ellos quienes compongan la melodía. Creo que me la voy a escribir en grande, de colorines y bien bonita y me la colgaré en mi despacho. Es un gran consejo.

No es egoísmo, sino amor propio

El año pasado escribí un artículo que trataba sobre cómo las mamás teníamos que intentar encontrar tiempo para nosotras, tiempo para relajarnos y disfrutar de hacer lo que nos apetezca.

Hace unos días me puse a buscar el artículo (aquí lo tienes), porque sentí que necesitaba leerlo otra vez. Tenía una sensación de nervios, estrés, agobio… de no llegar a todo. Últimamente me pasa bastante a menudo. Siento que no llego a todo y que, a veces, no hago las cosas tan bien como me gustaría. A veces por falta de energía, otras por falta de concentración, y otras por varias razones a la vez. Varios ejemplos: estoy en el trabajo sintiéndome mal porque esta mañana he dejado a Bruno en el cole muy rápido porque iba con prisa y no le he dado un abrazo tan grande como le gusta. O estoy trabajando y me doy cuenta de que a las 15:30h tengo que recoger a Martina, son las 15h, estamos enfrascadas en una reunión importante y todavía no he comido. ¿Qué va a pasar? Que tendré que coger un taxi, ir con la lengua fuera, sin comer, y corriendo a recogerla. O estoy en casa tumbada en el sofá, cuando los niños ya duermen, y me siento mal porque quizás no he aportado tantas ideas como aportaba antes en nuestra reunión de trabajo de esta mañana. ¿Por qué? Porque estaba cansada y algo desconcentrada. O estoy en casa jugando con los niños una tarde y me llega un email importante que tengo que responder. Intento disimular para que no me vean con el móvil, ¡pero me pongo a responder el email! Yo, que tanto había criticado a las mamás que estaban con sus hijos y mirando de reojo el móvil. Pues sí, a veces, también soy de estas.

Entonces, hay días en que, cuando los dos duermen y estoy en mi ratito de calma y tranquilidad, pienso… ¿lo estoy haciendo bien? ¿Por qué tengo esta sensación de que intento abarcar mucho y no llego? Me pasa bastante a menudo. Es una mezcla entre autoexigencia, insatisfacción y culpabilidad. Incluso, algunas veces, siento como un ahogo que me cuesta de calmar. Entonces, me paro y pienso: María, ¿cuáles son tus prioridades? Creo que sí que estoy centrándome en mis prioridades o, por lo menos, eso intento. Sin embargo, creo que intento seguir el mismo ritmo de autoexigencia y de hacer mil cosas que llevaba antes de tener hijos y ahí está el error. Porque soy una persona súper activa, llena de energía, con muchísimas ilusiones y proyectos, con nuevas ideas que van surgiendo de mi cabeza muy a menudo… pero no soy superwoman. Ni lo soy ni puedo pretender serlo, porque los días tienen 24h y 8h son para dormir, así que tenemos 16h cada día para hacer cosas, vivirlas y disfrutarlas. Así que… elijamos de qué manera queremos vivir esas horas.

Después, en algún lugar, estaría yo. Mi persona, que también es (o debería ser) una prioridad. Como decía en mi artículo de hace unos meses que te citaba al principio, es evidente que el rol que me requiere más tiempo es el de ser mamá y acepto que nunca había sido tan feliz, pero dedicarme mi tiempo y estar por mí misma no es egoísmo, sino amor propio. Si estoy bien y soy feliz, mi hijo también lo será.

Las mamás deberíamos eliminar de nuestro vocabulario las palabras egoísmo, culpa y multitasking. ¿Y si las intentamos cambiar por amor propio, necesidad de espacio para nosotras y una cosa después de la otra? Cuando trato estos temas, pienso mucho en Malasmadres. Supongo que ya las conoces pero, por si acaso, te copio cómo se definen: una comunidad emocional 3.0 de madres que tenemos mucho sueño, poco tiempo, alergia a la ñoñería y ganas de cambiar el mundo, porque no queremos renunciar a nuestra carrera profesional, pero tampoco queremos renunciar a ver crecer a nuestros hijos. Olé, qué pasada de definición, ¡me da un subidón leerla! Son geniales y sus posts valen muchísimo la pena. Ellas defienden que no somos malasmadres por tener ganas de irnos a cenar con una amiga y dejar a los niños con su padre y que tampoco somos malasmadres por ir a yoga un día a la semana y tener que jugar menos con nuestros hijos ese día porque llegamos más tarde a casa. No, no somos malasmadres, somos personas que necesitamos reajustar nuestra vida para dedicarnos lo máximo posible a esas personitas a las que tanto queremos, pero sin tener que renunciar a todo lo demás. Evidentemente, como decía, no podemos pretender vivir igual que antes de que existieran esas personitas, porque nos ocupan muchísimo tiempo y muchísima energía, pero tampoco vivir sólo por y para ellos. No por tener “otra vida” a parte de la de mamás somos egoístas, para nada. Simplemente necesitamos sentir que también somos seres individuales, amigas, mujeres, hijas, hermanas, esposas, profesionales, y muchísimas cosas más que se te puedan ocurrir.

Voy a ir terminando este post tan personal que he escrito hoy. Como primer post del curso no está mal, ¿no? Me ha salido solo, sin pensar demasiado, sólo escribiendo lo que necesitaba expresar. Me he propuesto aprovechar este inicio de curso para hacer un reset, replantearme muchas cosas, organizarme mejor en mi trabajo y en mis tareas domésticas, usar menos el móvil, disfrutar de los míos sin sentirme culpable, dejar volar mi imaginación como hacía antes y volviendo a soñar. Que soñar es gratis, oye, y va muy bien.

Que tengas un muy buen inicio de curso y, cuando tengas un día de esos desbordados, respira hondo y piensa: lo estoy haciendo bien.

Este verano, déjalos que se ensucien

Última semana de coles para muchos. Las vacaciones están a la vuelta de la esquina, los planes de verano, las escapadas y los días largos en los que algunas veces no sabes qué hacer con los niños. Los padres también se quieren relajar. Las madres también necesitan descansar. Todos quieren un poquito de silencio pero, seamos sinceros, con niños es prácticamente imposible. Así que, una vez aceptado esto, te voy a dar un consejo: este verano, déjalos que se ensucien, que exploren, que la líen, que mezclen agua con tierra y piedras, que ensucien sus muñecos, que se bañen en barro, que coman con las manos, que sean libres. Recuerda que, con muy poco, puedes hacer que estén entretenidos durante mucho tiempo.

Creo que no me equivoco cuando digo que cada vez estamos más estresados por tenerlo todo planificado. Y es muy importante tener planes. Y ser organizado. Pero es tan importante esto como dejarse ir un poquito. Y tus hijos tienen que verlo para aprenderlo. Al final, como dice mi padre: los hijos no hacen lo que tú les dices, simplemente te imitan. Si esto es cierto, si te ven relajado, se relajarán; si te ven aburrido, se aburrirán; si te ven descansar, descansarán. Y qué difícil es, ¿eh? A mí, con mis alumnos, me cuesta muchísimo. Algunas veces me dan ganas de tirar la toalla, pero es siempre cuestión de paciencia. Otra cualidad importantísima de enseñar.

¿Y a qué viene todo esto? Pues viene de que, hace algunas semanas, en mi clase con los más pequeñitos, organicé un circuito de equilibrio y texturas para que jugaran. Invertí mucho tiempo preparando los materiales, pensando en la mejor manera de poner las bandejas, qué materiales irían en cada una, etc. Quedó increíble y me moría de ganas de que llegase el viernes y ponernos a jugar. Y así fue.

Jugaron menos de 5 minutos. Ya está. Mi plan de que hicieran el circuito muchísimas veces y sintieran la tierra, y el algodón y los pompones y la pasta…finalizó en un abrir y cerrar de ojos. Me acuerdo que le comenté a una de las mamás lo fuerte que me parecía cómo a veces invertimos tanto tiempo preparando algo para los niños para que ellos en menos de lo que canta un gallo se aburran y decidan no seguir “tu plan”.

Me quedé con la espinita clavada y el viernes pasado decidí volver a montar el circuito. Les enseñé de nuevo cuál era el objetivo del juego (mi objetivo) y los dejé tranquilos. Me senté en una esquina a observarlos y dejé que hicieran lo que quisieran.

Fue increíble. Estuvieron 15 minutos (que ya es bastante) jugando en el circuito, mezclando las piedras con el agua, la tierra y el arroz, vaciando las jarras de agua, pasándoselo pipa y jugando a los equilibrios cuando ellos querían, cuando ellos lo decidían.

Aprendí que los niños necesitan tiempo para entender lo que nosotras damos por sentado. Aprendí que es muy importante ser paciente con ellos y dejar que exploren, toquen, sientan, revuelvan y descubran causas y consecuencias por ellos mismos. Me di cuenta, una vez más, de que el juego es el idioma universal de cualquier niño y que cada uno lo desarrolla a su manera.

Te invito a que este verano te ensucies con tus hijos. Tengas paciencia y no lo planees exactamente todo. Créeme que te servirá tanto a ellos como a ti. Si tienes niños pequeños, te invito a que hagas este circuito con ellos. Los materiales los eliges tú, yo utilicé:

  • 3 bandejas grandes
  • 2 pequeñas
  • Piedras
  • Tierra
  • Agua
  • Juguetes que se puedan mojar
  • Arroz y garbanzos pintados (ojo con los más pequeñitos)
  • Pan rallado
  • Esponjas
  • Pasta cruda

Pones cada cosa en las bandejas, ¡y a jugar!. Y no esperes que hagan el circuito con un equilibrio perfecto y sin ensuciar nada. Al contrario. Déjalos que exploren y jueguen. Enséñales cómo divertirse y hacer equilibrios en las bandejas grandes y luego siéntate, observa, descansa y disfruta de ver a tus hijos cómo exploran, cómo aprenden y, sobre todo, cómo crecen.

Hoy nos despedimos del WonderBLOG. A partir de la próxima semana estaremos súper centradas en nuestro Summer Camp y después…¡vacaciones! Nos vemos en septiembre familias, muchísimas gracias a todos los que han hecho de este curso ¡un gran curso!

Feliz verano a todos.

¡6 mil millones de gracias!

¡Hoy cumplimos 6 años! Parece mentira. 6 años desde aquel miércoles 12 de junio en el que abrimos las puertas de WonderFUN. Familia y amigos celebrando el inicio de este proyecto tan deseado y tan auténtico. Y empezaron a informarse las primeras familias del barrio. Esas fueron muy valientes, porque confiaron en nosotras desde el principio. ¡Fue una confianza ciega! Me viene a la cabeza Eli con Gabriel e Irene, Betty con Alicia y Carlos, Teresa con Berta, Ethel con Nil y Hugo, Yolanda con Alexandra, Georgina con Georgina, Elena con Alex y Victor, Elisa con Guillem, Inma con Jaume y Carmen, Virginia con Inés y Nacho, Eva con Ada, Elsa con Martina y Guillem… Familias valientes que confiaron en nosotras para algo tan importante como transmitirles a sus hijos nuestra pasión por el inglés y por aprenderlo jugando. ¿Y sabes qué es lo mejor? Que, de esas familias, muchas siguen siendo Familias WonderFUN, siguen trayendo a sus hijos cada semana para que sigan hablando en inglés cada día mejor.

Tras esta pequeña introducción, en mi artículo de esta semana de nuestro 6º aniversario me gustaría compartir 6 frases muy inspiradoras sobre aprender idiomas y hacerlo jugando. Son frases que intento tener siempre en mente para seguir creando y mejorando. Ahí van:

  • Toda auténtica educación se efectúa mediante la experiencia. (John Dewey)

 

  • La enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón. (Howard G. Hendricks)

 

  • Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo. (Benjamin Franklin)

 

  • Un idioma te coloca en un pasillo de por vida. Dos idiomas te abren todas las puertas a lo largo del camino. (Frank Smith)

 

  • Los niños y niñas no juegan para aprender, sino que aprenden porque juegan. (Jean Piaget)

 

  • Se habla a menudo del juego como si se tratar de un descanso del aprendizaje serio. Pero para los niños el juego es parte fundamental del aprendizaje serio. El juego es realmente el trabajo de la infancia. (Fred Rogers).

Justamente en estas 6 frases tan geniales se basa el Método WonderFUN. Creemos firmemente que el aprendizaje se tiene que vivir, se tiene que disfrutar y se tiene que jugar.

Muchísimas gracias a todo el equipo de cracks que forman parte de este equipo: Nathalie, Marta, Bel, Jodie y a las que han formado parte de él: Marta, Laura, Sylvia, Antoinette, Amy, Lucy, Marta, Annalisa, Waad…

Muchísimas gracias a todos y a todas por confiar en nosotras: mamás, papás, abuelos, abuelas, canguros… Pero, sobre todo, gracias a nuestros niños, los más de novecientos que han dejado su huella en WonderFUN en estos 6 años. Sin vosotros, este sueño que nació hace 6 años no hubiera sido posible. ¡6 MIL MILLONES DE GRACIAS!

 

Donde fueres, haz lo que vieres

Ahora que ya tenemos el verano a la vuelta de la esquina, me imagino que muchos de vosotros ya estaréis pensando en las tan ansiadas vacaciones. Me imagino que algunos ya las tendréis organizadas desde hace ya algunos meses, otros quizás sois más del last minute. Si viajas con niños, mi consejo es que las organices con tiempo y, sobre todo, con cabeza. Aquí puedes leer un post que escribí el año pasado sobre este tema.

Pensando en qué podría escribir esta semana sobre Educación en idiomas, se me ocurrió que podría hablar de otras culturas. Para mí, lo más interesante de aprender un idioma extranjero es aprender una nueva cultura, una nueva forma de vivir, con otras costumbres y otras tradiciones diferentes a las nuestras.

¿Sobre qué culturas podría hablar? Pues pensé que era una buena idea buscar los destinos de vacaciones a los que más viajamos los españoles en verano. Eso sí, los destinos a los que viajamos en familia, con niños. Porque Tailandia es uno de los destinos más visitados por los españoles en verano, pero con hijos, ¡pocos se atreven a ir tan lejos! Debo decir que, según las estadísticas que he estado viendo, la mayoría de familias decidimos pasar las vacaciones por España: Baleares, Canarias, Andalucía, Galicia… pero como queremos descubrir culturas diferentes a la nuestra, vamos a viajar al extranjero.

Así pues, el top 4 de destinos son cuatro países de Europa, en este orden: Inglaterra, Francia, Italia y Portugal.

Voy a daros cuatro costumbres de cada uno de estos países que he encontrado curiosas y útiles de saber si viajas a uno de ellos.

Inglaterra:

  • Los ingleses son muy polite y, en general, bastante serios con los desconocidos. Así que, para saludar, ¡ni se te ocurra dar dos besos! Cuando te presenten a alguien, dale exclusivamente la mano.
  • Respeta las colas. Los ingleses hacen cola para casi todo y, si intentas colarte, te empezarán a chillar y te obligarán a volver a colocarte al final de la cola.
  • Hay una costumbre muy extendida en los supermercados ingleses: el cashback. Consiste en pagar con tarjeta de crédito un importe superior al de la compra que hemos hecho para recibir en efectivo la diferencia. Es una forma rápida de obtener algo de libras en efectivo sin tener que ir al cajero.
  • A los ingleses les encanta la moqueta. Si alquiláis un apartamento, seguramente será todo de moqueta, cosa que a nosotros no suele gustarnos demasiado, porque es un nido de polvo. A veces, ¡incluso ponen moqueta en el baño!

Francia:

  • Los franceses siempre saludan a la persona acompañando el saludo con su nombre de pila. El trato habitual hacia personas que no conocen es siempre el Monsieur (Señor), Madame (Señora) y Mademoiselle (Señorita).
  • Una costumbre en Francia que no resulta muy cómoda para los turistas es que los franceses casi nunca responderán en un idioma que no sea el suyo, aunque lo conozcan. Aprecian que los visitantes intenten hablar su idioma, aunque no lo hagan correctamente.
  • En los lugares públicos, los franceses hablan en voz muy baja, para no molestar al resto de las personas que estén en el lugar. Recuerda: ¡intenta no levantar la voz para que no te miren raro!
  • ¿Quieres un buen postre? No lo dudes, elige el queso. ¡En Francia tienen más de 500 variedades y están todos riquísimos!

Italia:

  • Los italianos llevan el café en la sangre, esta bebida ocupa un puesto de honor en la cultura italiana. Si pides “un café” te mirarán raro, porque los italianos especifican mucho más. Puede ser un ristretto (café corto e intenso), un espresso (café muy corto), un lungo (café largo), un machiatto (leche con un poquito de café), un cappuccino, etc.
  • En Italia, el saludo típico consiste en saludarse con las manos y, después, dar un beso en la mejilla de la otra persona sin rozarla con los labios. Aunque este movimiento recuerde a la costumbre española de darse dos besos, a diferencia de los españoles, los italianos ofrecen primero la mejilla izquierda en lugar de la derecha. ¡Es súper raro para nosotros!
  • La pasta es el centro absoluto de la gastronomía italiana. Algo que un italiano no tolerará bajo ningún concepto es que cortes los espaguetis. Los espaguetis no se cortan. Nunca. Jamás de los jamases. Y menos aún se te ocurra comerlos con cuchara.
  • Ciao quiere decir tanto hola como adiós. Curioso, ¿no? Así que, con esta palabra, podrás saludar y despedirte.

Portugal:

  • En muchos países, un plato limpio al final de la comida es una señal de que ha disfrutado de la comida, pero en Portugal, se considera de buena educación dejar un poco de comida en el plato una vez hayamos terminado.
  • Además de la multa por viajar en transporte público sin pagar que se aplica en muchos países del mundo, en Portugal existe otra sanción bastante curiosa. Se multa a aquellas personas que ocupan lugares prioritarios en el transporte público y no lo ceden a personas con discapacidad, ancianos, mujeres embarazadas y también a personas con niños pequeños. El importe de la multa varía entre 50 y 1000€.
  • No te asustes si en las cartas de los restaurantes lees vino verde. No es que el vino sea de este color, sino que es un tipo de vino al que se le llama verde por la poca maduración de las uvas con que se fabrica, es decir que son uvas jóvenes. El vino verde puede ser blanco o tinto.
  • En Portugal es de mala educación pedir sal o pimienta en un restaurante. Se considera una ofensa al cocinero. Si no quieres parecer maleducado y que piensen que la comida está insípida, no pidas estos condimentos al camarero.

Qué costumbres más curiosas, ¿verdad? Como decía al principio del artículo, lo que más me gusta de aprender idiomas es descubrir nuevas culturas y formas diferentes de ver la vida. Allá donde sea que viajes este verano, ¡disfruta de su cultura y de sus tradiciones!