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Y tú, ¿cómo aprendes? Nosotros, jugando.

Quería que el post de hoy resolviera un tipo de dudas que algunas mamás nos preguntan de vez en cuando. ¿Cómo puede ser que mi hijo mayor se aprendiera las tablas de multiplicar de memoria y con el pequeño no hay manera? O ¿Por qué a ella no se le da bien hacer trabajos en grupo?

Para resolver estas dudas con un poco de fundamento me he tenido que documentar bastante. He estado varios días leyendo artículos de psicología, pedagogía y didáctica sobre cómo aprendemos, qué aspectos influyen en el aprendizaje, etc.

Así que, primero, te voy a hacer una introducción un poco teórica de los diferentes tipos de aprendizaje que existen y después pasaremos a la parte más práctica.

Pues bien, hay trece tipos de aprendizaje: aprendizaje implícito, aprendizaje explícito, aprendizaje asociativo, aprendizaje no asociativo, aprendizaje significativo, aprendizaje cooperativo, aprendizaje colaborativo, aprendizaje emocional, aprendizaje observacional, aprendizaje experiencial, aprendizaje por descubrimiento, aprendizaje memorístico, y aprendizaje receptivo.

No los voy a explicar todos, porque entonces el post sería larguísimo y demasiado técnico, pero sí que me gustaría dejarte la fuente que he utilizado para informarme (lo explica de forma bastante sencilla y clara). Es la web de psicología https://psicologiaymente.net/desarrollo/tipos-de-aprendizaje.

Voy a destacar tres tipos de aprendizaje que considero importantísimos y que me gustaría que los profesores tuvieran muy en cuenta a la hora de enseñar un idioma (o, en realidad, cualquier otra cosa): el aprendizaje implícito (el que no es intencionado, porque la persona que aprende no es consciente sobre qué aprende, lo hace sin darse cuenta); el aprendizaje emocional (la persona aprende porque está motivada, porque le hace ilusión, porque le interesa lo que le están explicando); aprendizaje observacional (la persona que aprende lo hace observando e imitando al que le enseña, que generalmente es el profesor). Para mí, un buen aprendizaje debería combinar estos tres.

Ahora, pasemos a la parte más práctica. Si un niño o una niña aprende inglés sin darse cuenta, porque le encanta e imitando el acento y entonación de su profesora, es un éxito. Es un éxito porque, para el resto de su vida, el inglés será siempre algo divertido, motivante e interesante. Sabemos que, si lo aprende así, en seguida lo hablará fluidamente o no le costará demasiado recordar las palabras nuevas que vaya aprendiendo. Para nosotras es un orgullo ver a los alumnos cómo se motivan por aprender inglés. Recuerdo que, cuando este proyecto comenzó, nos encontramos con niños mayores (7-8 años) que, a causa de haber tenido una experiencia negativa con el inglés de pequeños, le tenían manía, era muy complicado motivarlos y, por tanto, muy difícil que aprendiesen. Fue un reto para nosotras darle la vuelta a la situación, pero quedó comprobadísimo que, si les ayudábamos a aprender a través de sus propios intereses, era más fácil cambiar su visión acerca del inglés.

Ay, que me voy por las ramas… Si intento responder a las dudas con las que empezaba este post, diría a las mamás que, efectivamente, cada niño tiene una manera de aprender. El niño al que le cuesta aprenderse las tablas de multiplicar, quizás no tiene tanta facilidad para el aprendizaje memorístico y la niña que tiene dificultades para hacer trabajos en grupo, seguramente no ha desarrollado el aprendizaje cooperativo. No pasa nada, tendrán otras formas de aprender exactamente igual de aceptables. Siempre se ha dicho que Cada maestrillo tiene su librillo, pero es que cada alumno también tiene su propio estilo de aprendizaje.

Un niño (y un adulto) puede combinar diferentes estilos de aprendizaje. Lo importante es que, como madre, padre o como profesor, te des cuenta de cuál es el estilo de aprendizaje de cada niño para, de esta manera, ser capaz de ayudarle a aprender y que no pierda la motivación.

Motivación. Gran palabra clave. En mi opinión, es el fundamento de cualquier aprendizaje, también del aprendizaje del inglés.

Para terminar, me gustaría compartir contigo una reflexión. Seguro que recordarás al típico profesor que “pegaba el rollo” sin tener en cuenta si a los alumnos nos interesaba lo que estaba explicando o cómo lo estaba explicando. Y también recordarás al profesor ese tan genial y adorado que nos hacía enamorarnos de algún tema o de alguna asignatura. Qué maneras tan diferentes de enseñar, ¿verdad?

Y quizás ahora te estarás preguntando: ¿y esto qué tiene que ver con aprender un idioma? Pues tiene mucho que ver, porque, por suerte, en las clases de inglés (francés o alemán) cada vez estamos más lejos de las clases magistrales, los alumnos escuchando durante una hora o más al profesor, repitiendo su entonación y apuntando en la agenda los deberes que tienen que hacer en casa para la semana siguiente. Cada vez más, las clases son participativas, activas, divertidas… motivadoras para los niños (y para los no tan niños).

¡Qué pasada que un niño aprenda las formas y los colores jugando con una caja de cartón y una hoja de colores!  Es un juego que hicimos en Play English ¡y les encantó! ¿No te parece genial? Pues éste es un simple ejemplo de muchos otros que podríamos citar para referirnos a diferentes formas de aprender.

Esfuer… ¿qué? Sí, esfuerzo.

¿Sientes que tu hijo no se esfuerza por nada? ¿Que cuando algo le cuesta un poco, enseguida se rinde? Como padres, o como profesores, una de las mayores satisfacciones que podemos tener es ver que nuestros hijos, o alumnos, se esfuercen para conseguir sus objetivos, para aprender, para superarse, para crecer.

Una de las cualidades que más valoro de Bruno es su perseverancia. Creo que es una cualidad genial que tiene para conseguir lo que se proponga. Ahora, con tres años, su perseverancia le ayuda a darme muchos argumentos hasta conseguir convencerme para ir al parque después del cole o le ayuda a aprender a “dibujar” la letra B porque tiene muchísimas ganas de saber escribir su nombre. ¡Cuántas veces lo ha intentado! Ha llenado hojas y hojas de su cuaderno. Estoy segura de que, cuando sea más mayor, la perseverancia le permitirá luchar por lo que más le interese y alcanzar las metas que se marque, tanto a nivel profesional como personal.

El alfarero es un cortometraje que me pareció excelente para transmitir a nuestros hijos e hijas lo importante que es esforzarse por conseguir lo que queremos. Antes de seguir escribiendo, me gustaría que lo vieras. Aquí lo tienes:

Después de ver este cortometraje, hay varios puntos que considero interesantes para tratar con los niños:

  • Aprender algo nuevo no es fácil, implica mucho esfuerzo y supone cometer muchos errores antes de llegar al resultado que esperamos.
  • No tenemos que frustarnos por no conseguir hacer bien las cosas a la primera. Con paciencia, todo se consigue.
  • La emoción es fundamental en el aprendizaje. Sin emociones, no podemos aprender. Por eso es tan importante que motivemos a nuestros hijos o alumnos por aprender cosas nuevas, que sientan que les serán útiles en un futuro.
  • Los errores son necesarios y nos ayudan a aprender. Aunque a todos nos gustaría acertar o hacer las cosas bien a la primera, no siempre es así.
  • La frustración no tiene que ser una barrera, sino un trampolín para superar los retos que nos marquemos. Para desarrollar más este aspecto, me gustaría copiar una reflexión de Noelia López-Cheda, que decía que no tenemos que enseñar a los niños a tolerar la frustración, a aguantar la frustración estoicamente, sino que tenemos que enseñarles a gestionar sus opciones. Ante un obstáculo, tolerar la frustración nos llevaría a aguantar la insatisfacción que nos produce este obstáculo, pero gestionar las opciones nos pone en marcha para superarlo.

También me gustaría darte algunas claves para fomentar el esfuerzo en casa. Las he resumido en tres puntos:

  • Ser ejemplo de esfuerzo: contarles a nuestros hijos lo que nos han costado algunos de nuestros logros, mostrar que no nos rendimos, aunque las cosas nos cuesten.
  • No sobreprotegerlos: es mucho mejor fomentar que nuestros hijos consigan las cosas por sí mismos. Aunque les cueste más, su satisfacción personal será mucho mayor y, de esta forma, aumentará su autoestima y seguridad.
  • Alabar y valorar el esfuerzo y no tanto lo listos o lo buenos que son en algo: muchas veces caemos en decirles a nuestros hijos que son los más guapos, o los más listos, o los mejores en esto o lo otro. Si valoramos su esfuerzo, su interés por las cosas, si les hacemos ver lo bien que se sienten cuando se esfuerzan por algo, hayan o no logrado el resultado, estaremos fomentando que aprendan a esforzarse.

Hasta aquí mi artículo de esta semana. Espero que te sirva para transmitirles a tus hijos que Quien la sigue, la consigue. Y, aunque no la consiga, lo habrá intentado y seguro que habrá aprendido mucho durante ese proceso.

¡Todos a dormir!

Si nos lees con regularidad, sabrás que la mayoría de mis posts en el WonderBlog están basados en experiencias personales. En comentarios que escucho, en situaciones que vivo, en cosas que me gustaría cambiar, etc.

Pues, hace un par de semanas, una amiga me mencionó algo sobre la «higiene del sueño». Nunca había escuchado este término así que decidí ponerme a investigar. Y me siento muy agradecida. Después de tanto leer e investigar, me merezco un buen estirón de orejas porque, a causa de lo rápido que me pasa la vida, he olvidado lo importante que es este ritual para mi cuerpo, mente  y, sobre todo, para mis emociones.

La higiene del sueño es una serie de prácticas y hábitos necesarios para dormir bien. Es muy importante cuidar  la cantidad y la calidad del sueño. Algunos de los principios básicos de una buena higiene del sueño son: irse a dormir siempre a la misma hora, no tomar estimulantes después de la media tarde, tener un ritual relajante antes de irte a dormir, no ver pantallas ni móviles en la cama,  no cenar en exceso, no abusar de la siesta y despejar la cabeza antes de dormir con alguna meditación o dinámica de relajación.

Estos consejos son muy importantes y se pueden aplicar tanto a adultos como a niños pero, a mí, lo que realmente me interesó mientras investigaba del tema, es lo que pasa en nuestro cerebro cuando dormimos y también cuando no lo hacemos.Dormir es la mejor terapia detox que puede llevar a cabo nuestro cuerpo, tanto física como mental. Numerosos estudios demuestran que, mientras dormimos, el cerebro trabaja constantemente para regenerar las células del cuerpo. La melatonina, también conocida como la «hormona del sueño», tiene un papel clave en nuestra salud física y mental.

Dormir bien nos protege de problemas cardiovasculares, previene la diabetes, protege nuestros genes, cuida nuestros huesos, tiene función antiinflamatoria y apoya a nuestro sistema inmune. Dormir también combate la obesidad y el envejecimiento. Todo es positivo.

Dormir nos ayuda a pensar claramente y aumenta nuestra concentración. Nos proporciona una capacidad de reacción más alta y asienta nuestra memoria. Dormir nos hace tomar mejores decisiones. Y, aunque no es novedad que, si no dormimos estamos más irritables y menos lúcidos, hay una explicación científica detrás de todo esto.

Cuando estamos despiertos, nuestras neuronas están constantemente estableciendo conexiones y recuerdos basados en nuestras experiencias. Si nos hemos hecho daño con el borde de la cama, en nuestro cerebro asociaremos el concepto de cama con dolor, creando un recuerdo y una conexión para que no vuelva a suceder. Nos pasan miles de ejemplos como éste. De mayor y menor importancia, por supuesto. Lo interesante está en que, cuando dormimos, el cerebro se encarga de enjuagar y lavar las conexiones que no son importantes para dar espacio a nuevos recuerdos.

Numerosos estudios demuestran que, en la fase REM, que es cuando soñamos y mejor descansamos, el cerebro elimina esas conexiones neurológicas tóxicas que se pueden acumular durante el día. Si no dormimos, el cerebro no limpia. Mientras leía e investigaba, esto me llamó muchísimo la atención, porque, aunque es bien sabido que quien no duerme está de peor humor, menos concentrado, etc., no tenía ni idea de este proceso neurológico que hace nuestro cerebro mientras dormimos.

La falta de sueño afecta directamente a nuestra amígdala, estructura cerebral que se encarga de controlar muchas de nuestras emociones inmediatas. Cuando no dormimos bien, la amígdala se intensifica causando reacciones más intensas ante cualquier situación.

La falta de sueño también dificulta la comunicación entre la amígdala y la corteza prefrontal, un área del cerebro que regula la impulsividad en nuestras reacciones. En uno de los estudios que leí decía que, esta parte del cerebro, es como un agente de tráfico emocional. Es la parte del cerebro que nos ayuda a frenar la impulsividad de nuestras emociones. Está claro que cada persona tiene una inteligencia emocional diferente, por lo que la falta de sueño afectará a unas personas más que a otras. Yo, por ejemplo, que ya soy impulsiva por naturaleza, creo que necesito vigilar mis hábitos de sueño y trabajar para que la amígdala y la corteza prefrontal se comuniquen bien.

No voy seguir escribiendo sobre lo importante que es dormir porque hay muchísima información y no terminaría nunca. Lo único que puedo decirte es que, una vez más, estoy maravillada con lo impresionante e importante que es el funcionamiento de nuestro cerebro. Me encanta aprender y descubrir cómo funciona. Creo que, cuanto más nos conozcamos, mejor nos cuidaremos.

Cuidemos nuestros hábitos de sueño y, sobre todo, enseñemos a los más pequeños lo importante que es descansar y dormir. No me voy a meter en consejos de rutinas de sueño, a qué hora hay que irse a dormir, si hay que dejarlos llorar hasta que se duerman solos, a qué edad pasarlos de la cuna a la habitación, etc. Creo que es una decisión muy personal y que cada familia es un mundo. Lo que sí te invito es a enseñarle a tus hijos que dormir es un ritual esencial. Diseña tu rutina personal antes de irte a dormir. Deja los móviles, tablets y pantallas a la misma hora siempre y dedica un momento para desconectar. Un baño de agua caliente, un masajito en los pies, una dinámica de relajación, un ritual para ponerse el pijama, lee siempre un libro, una meditación guiada como la de «El globo volador» que a mí me encanta.  Sea cual sea tu rutina, disfrútala y repítela cada día. Estoy segura de que, si cuidamos nuestra higiene del sueño, y enseñamos a los más pequeños a cuidarla, tendremos una familia emocionalmente más fuerte. Y también física y mental.¡A por ello!

Cría guerreros

Este trimestre me tocan los alumnos «más mayores» y tengo que decir que estoy muy contenta porque este año veo a niños más conscientes con el planeta. Aquí viene otra vez la green Miss Nathalie a darnos una lectura sobre lo importante que es cuidar el mundo en el que vivimos. Pues sí. Este año veo alumnos que en lugar de desayunar leche con algún producto industrial azucarado, desayunan tostada de aguacate orgánico con aceite de oliva (me quedé flipando). Ayer, cuando fueron a lavar sus pinceles y abrieron el grifo de agua a tope, les dije en voz alta: Waaaaaaaaaaaater (siempre lo hago) y ellos ya saben que entraré al lavabo y les diré lo importante que es cuidar el agua, que se imaginen un día levantarse por la mañana y abrir el grifo para lavarse la cara y que, de repente, no haya agua. ¿Cómo iréis a la escuela con la cara así? Me río sólo de recordar sus caras de what is she talking about? Pero ayer Martí, uno de mis alumnos, por primera vez respaldó lo que estaba diciendo. Se puso muy serio y dijo en voz alta a todos que era muy importante cuidar el agua, que contaminábamos muchísimo, que Estados Unidos era el país que más contaminaba… Me sorprendió porque fue la primera vez que vi a un niño realmente preocupado por el medio ambiente. Me sorprendió y me motivó a seguir siendo un ejemplo para mis niños.

Y no es que ya no quiera serlo pero últimamente estoy muy desanimada con nuestro mundo en general. Durante estos días de vacaciones, he tenido tiempo para ver la tele, las noticias, leer las publicaciones de alguna que otra red social y me muero del miedo. Primero, está el gran gigante estadounidense y sus «políticas» nefastas para proteger la tierra que nos acoge. Ahora, Brasil y su nuevo gobierno que ha decidido que el Amazonas es el lugar perfecto para deforestar y construir granjas llenas de animales que nos den de comer carne. Ha decidido acabar con las tribús indígenas, que son las únicas que saben realmente cómo cuidar el bosque, para hacer carreteras. Ha decidido que, el gran pulmón de este mundo, no es importante y, todos los esfuerzos que durante años se han hecho para cuidarlo y preservarlo, no sirven para nada. ¿Qué clase de mundo le estamos dejando a nuestras niñas y niños? Y esto es sólo la parte ecológica, porque también reinaban las noticias sobre violencia machista. Ya escribiré de esto en otra ocasión.

Volviendo a mi pregunta, no sé exactamente qué clase de mundo tendrán nuestros niños del mañana. ¿Vosotros os lo imagináis? Yo, no. El otro día, en una conversación entre mujeres, varias de ellas se planteaban no tener hijos por el pánico que les generaban las respuestas a estas preguntas. Hasta que una de ellas, madre, dijo claramente que era verdad que el mundo estaba muy mal pero que ella tenía muy claro que su misión en la vida es criar guerreros. Este mundo necesita guerreros que luchen por sus ideales, que luchen por un mundo mejor. Tiene toda la razón.

Comienza un nuevo año cargado de propósitos y yo os propongo generar hábitos que ayuden a estos guerreros a crecer fuertes y preparados.

El ejemplo del aguacate orgánico es un gran ejemplo. ¿Por qué? Porque con este desayuno la niña está aprendiendo a consumir productos orgánicos que no lleven pesticidas ni viajen kilómetros para llegar a su mesa. Posiblemente, esta niña acompaña a su madre a la frutería, que seguramente es una tienda local de barrio. Lo más importante es que esta niña está aprendiendo a desayunar sanamente y que el desayuno no es sólo un vaso de leche y unas galletas industriales. Esta niña ve que el desayuno se hace y no sale de un envoltorio de plástico y que la basura que genera su comida es 100% orgánica. Me encanta.

Yo creo que lo máximo de lo máximo ya sería que elaborásemos toda nuestra comida. Mi hermana lo hace y cuando fui a visitarla me quedé muy sorprendida con su forma de vivir. Todo lo que consume es orgánico y prácticamente no genera basura. Ella se hace su propia leche de almendras, arroz y avena, su muesli y su yogur, su helado de frutas sin azúcar, sus barritas energéticas con cacao e incluso, a veces, su propio pan. Prácticamente todo lo que consume es en crudo y no come nada de carne. A ver, me estoy yendo a un ejemplo muy extremo, pero es un ejemplo que viví muy de cerca y que me di cuenta que tampoco es tan difícil.  Obviamente requiere muchísimo tiempo y posiblemente este estilo de vida no está diseñado para nosotros que vivimos en la ciudad, tenemos niños y trabajamos 8-10 horas al día. No. Pero, ¿y si nos proponemos un fin de semana hacer leche de almendras con nuestros hijos? ¿O preparar el muesli de la semana con almendras, nueces, avena y miel? Realmente, es súper fácil y, para ellos, súper divertido. Si todas las familias lo hiciéramos, haríamos una gran diferencia.

Por lo tanto, yo aquí veo que tenemos dos opciones: o hacemos la vista gorda, disfrutamos de los momentos sin pensar mucho más allá en las consecuencias o criamos guerreros fuertes y decididos a luchar con y para el mundo. Yo decido criar guerreros. ¿Y vosotros?

Learning by doing

Esta semana es la última del curso, la semana que viene empezamos nuestro Summer Camp y… ¡mañana empieza oficialmente el verano! ¡Qué ilusión y qué ganas tengo de calorcito, playa y baños en el mar y en la piscina!
El de hoy será nuestro último post hasta después de verano, porque ahora nos viene una época de muchísimo trabajo con todos los niños del Camp y hemos decidido hacer un parón en nuestra newsletter de los miércoles y, por lo tanto, también en nuestro WonderBlog. Así pues, con el artículo de hoy nos despediremos hasta el 5 de septiembre.
Hoy quiero escribiros sobre “Educación en idiomas”, pero centrándome en lo útil que es aprender inglés (o cualquier otro idioma extranjero) a partir de situaciones cotidianas. Es algo que siempre había pensado que era fundamental. Sin embargo, hasta que no lo viví de cerca con Bruno, no fui totalmente consciente de lo que representaba.
Hace unos meses se incorporó al equipo de profes de la guardería de Bruno una tal “Miss Anna”. Nos dijeron que era una auxiliar de conversación y que sólo les hablaría en inglés (de hecho, Bruno se cree que no sabe hablar castellano ni catalán). Y yo pensé: ¿auxiliar de conversación para niños de 0 a 3 años? ¡Qué gracia! No sabía exactamente cómo aplicarían la tarea de una auxiliar de conversación a niños tan pequeños.
Lo que hace Miss Anna es ir pasando de clase en clase durante toda la mañana, adaptándose a la actividad que estén haciendo los niños en ese momento. Hay cinco clases en total. Por ejemplo, a primera hora, cuando explican el cuento, está en una de las clases. Después, cuando hacen pipí en el orinal y se lavan las manos, está con otra clase. Cuando salen al patio, está con otra clase. Cuando comen, con otra. ¿Y qué ocurre? Pues que los niños aprenden palabras y estructuras en inglés de manera totalmente cotidiana y natural. No es una clase de inglés en un horario establecido en la que se explica un cuento o se hace una actividad determinada, sino que cada día los inputs de inglés les entran de una manera diferente.
Interesante, ¿no? La verdad es que estoy alucinando de lo bien que funciona, porque Bruno de repente dice frases cotidianas como change my nappy (cambiar el pañal), please, sit down o time to clean up! (es la hora de recoger). ¿Por qué? Porque las ha aprendido de forma natural y espontánea y, como todo en la vida, es mucho más útil si se aprende a través de situaciones cotidianas y no dentro de una clase formal. Esto me hace pensar en nuestros alumnos mayores, que este trimestre han aprendido súper bien a dar direcciones a través del proyecto de “the city”. Es un proyecto que les ha motivado muchísimo: han construido ellos mismos una ciudad (con materiales reciclados, por supuesto) y, a través de la ciudad, han aprendido a dar las direcciones, como: How can I go to the hospital? Go straight on and turn left (¿Cómo puedo ir al hospital? Ve recto y gira a la izquierda). Estoy convencida de que se les quedarán mucho más las estructuras gramaticales de esta manera que no dándoles una clase magistral de “giving directions” siguiendo un libro. ¿Por qué? Porque lo han aprendido haciendo (learning by doing), jugando y de forma espontánea, no impuesta.


Por último, ya que pronto llegarán las tan ansiadas vacaciones, te doy un consejo: si vas a viajar a algún lugar en el que se hable inglés (o algún hotel en el que haya niños extranjeros también sirve), motiva a tus hijos a que hablen inglés. Si tienen que pedir agua al camarero, no se lo pidas tú cada día, enséñales que se dice: Can I have some water, please? y que ellos lo practiquen cada día. Practicándolo in situ, seguro que las palabras y frases que aprendan, las recordarán mucho mejor. Es la misma filosofía que te contaba con el proyecto de «the city» y con Miss Anna. Se llama de muchas maneras: learning by doing, aprender idiomas en situaciones cotidianas, la enseñanza orientada a la acción, etc. Como dice mi uno de mis gurús en temas de educación. Roger Schank: el aprendizaje ocurre cuando alguien quiere aprender, no cuando alguien quiere enseñar.

Mi paso por la neurociencia

Todos los que me conocéis sabéis lo mucho que apuesto por el aprendizaje a través del juego. De hecho, personalmente ha sido una de las cosas más bonitas que he aprendido a lo largo de mi carrera como profesora. Empíricamente me he dado cuenta de que, si los niños son felices, aprenden más y mejor. Pues hoy voy a intentar explicároslo de manera científica. A ver qué tal.

La semana pasada publicamos un vídeo en nuestro Facebook en el que David Bueno, doctor en biología y profesor de genética en la Universidad de Barcelona, nos explica el proceso de aprendizaje desde el punto de vista de la neurociencia. Es un vídeo que dura más de una hora y varias mamás nos han dicho que habían comenzado a verlo pero que duraba mucho tiempo y les resultaba muy difícil terminarlo. Como me encantó y descubrí cómo aprenden mis niños desde el punto de científico, he decidido contaros lo que me ha parecido más interesante.

El vídeo comienza explicando lo importante que es aprender música, artes plásticas y educación física. Este tema me tomaría un post entero así que, para poneros un ejemplo, me voy a enfocar en lo imprescindible que es la educación física en el proceso de aprendizaje. El ejercicio exige coordinación de movimientos y nos enseña que existen secuencias. Por ejemplo, ¿qué proceso nos lleva encestar una canasta? Primero hay que coger la pelota, mirar a la canasta y después lanzarla. Si hacemos los movimientos al revés, sería completamente imposible encestar. Este proceso tan sencillo establece conexiones en nuestro cerebro y se queda almacenado como aprendizaje de secuencias. Respetar la secuencia de las cosas es crucial para resolver sumas y restas o para seguir un proceso de laboratorio químico. El rendimiento en el aula siempre es mejor si entendemos que todo tiene un orden.

Y, científicamente, ¿cómo aprendemos? A ver si logro explicarme bien porque soy más de letras que de ciencias.

Cualquier cosa que nosotros aprendemos, el cerebro la guarda como un patrón de conexiones. Nuestro cerebro está formado por 85 mil millones de neuronas, pero lo importante son las conexiones que hacen entre ellas. Cuantas más conexiones haya, mejor. Éstas se logran si el aprendizaje involucra varias partes del cerebro. Es decir, si toca las emociones, si contextualiza, si el aprendizaje es transversal. Si aprendemos química a través de un experimento que implique tocar, sentir, oler, escuchar, observar y sorprenderse con el resultado, lograremos un aprendizaje  mucho mayor y más completo que si lo hacemos a través de una tabla de fórmulas químicas, un cuaderno y veinticinco niños sentados a nuestro alrededor.  El cerebro funciona como un todo integrado.

Aprender es fácil y la forma instintiva que tenemos de aprender como especie humana es a través del juego. De hecho, es como aprendemos de pequeños. El juego es ensayo, error y perfeccionamiento. Es aprender a interactuar con el entorno y con las demás personas. El juego te da la posibilidad de equivocarte sin que pase nada. El juego debería ser considerado una herramienta educativa obligatoria. Esto no significa estar divertido, significa estar motivado. Está comprobado que sin motivación no hay aprendizaje y ¿a quién no le motiva jugar?

Vamos ahora a la parte genética. Ser inteligente, de acuerdo al científico, viene de serie y también se puede entrenar. Está claro que nosotros llegamos a este mundo con una genética heredada y establecida que nos hace ser diferentes y tener distintas capacidades mentales.

Para explicarlo mejor, el profesor reparte hojas de papel a todos los asistentes de la conferencia y les pide que sigan sus instrucciones para construir un avión de papel. Cuando termina, los asistentes muestran sus aviones y todos son diferentes y raros. Incluso se ríe un poco y comenta que más de uno no volará. ¿Por qué? Porque todos tenían un trozo de papel de diferente tamaño y forma. Si sigues las mismas instrucciones para un papel diferente, el resultado puede ser desastroso. Lo mismo pasa con la educación. Tengo que deciros que me encantó el ejemplo. En él se explica de una manera tan sencilla que, si a todo el mundo lo educamos de la misma manera, habrá algunos que respondan bien y otros que no. Si la persona que tenía el trozo de papel más deforme, lo hubiese doblado de diferente manera, le hubiese salido un avión más pequeño pero con capacidad de volar.

Sí, hay personas que nacen con diferentes capacidades, pero si los educamos de la manera correcta, contextualizando la información e involucrando emociones positivas, lograremos el mejor resultado posible de cada cerebro.

Y ahora hablemos de emociones. ¿Qué son las emociones para nuestro cerebro? Son patrones de conducta que se generan sin que seamos conscientes de ello y, hasta que no se manifiestan, no podemos ser conscientes de dichas emociones. Por ejemplo, cuando vamos caminando por la calle y olemos algo que no nos gusta nada, en ningún caso nos detenemos a pensar: Qué mal huele, ahora voy a sentir asco. No. Automáticamente es: ¡Uy! qué asco, qué mal huele. Las emociones son patrones de reacción rápida. Es aquello que nos permite reaccionar sin pensar ante una situación que puede ser una amenaza o una oportunidad.

David Bueno asegura que, sin emoción, el cerebro no recuerda nada, simplemente porque no le importa. El cerebro almacena únicamente aquel aprendizaje que lleve emoción. Todo esto está muy bien, mientras la emoción sea positiva. Si los niños aprenden con miedo, asociarán el aprendizaje con una emoción negativa y serán personas que no querrán aprender cosas nuevas en el futuro. Serán adultos que no tendrán ningún interés en ser transformadores de su entorno.

En la conferencia, el profesor habla de dos emociones imprescindibles para generar personas que quieran cambiar el mundo: la alegría y la sorpresa. Por una parte, el aprendizaje a través de la alegría es un aprendizaje con confianza. Si sentimos alegría, querremos manifestarla y compartirla con los demás. Por otro lado, la sorpresa activa en nuestro cerebro una zona que se llama tálamo. Si queréis saber en dónde está y la explicación más específica os recomiendo visitar este enlace. Bueno, el tálamo es una glándula que se encarga de la atención. Es por esto que la sorpresa incrementa la atención de los niños. Sin atención, no hay aprendizaje. El tálamo no sólo se encarga de la atención si no también de la motivación.

La motivación se manifiesta como un aporte extra de energía, en forma de glucosa y oxígeno, para nuestro cerebro. Una persona motivada puede trabajar durante horas y horas sin cansarse. La motivación nos genera placer y esto hace que, todo lo que aprendamos, el cerebro lo valore como algo positivo.

Espero no haberos mareado con tanto término. No olvidéis que mi objetivo principal es justificar el aprendizaje a través del juego y las emociones desde un punto de vista científico. Si sabemos cómo funciona nuestro cerebro, seremos capaces de entenderlo y trabajar por una mejor educación. Hasta aquí llegó mi explicación. Si sois padres o profesores de niños adolescentes, os recomiendo que sigáis el vídeo a partir del minuto 38. Es donde yo me quedé.

Science is FUN!

Recuerdo lo mal que lo pasaba de pequeña en cualquier clase que tuviese que ver con ciencias. No encontraba la manera de entender los procesos que me llevaban a x o y resultado. Será esta la razón por la que, cuando decidí qué carrera universitaria estudiar, lo primero que hice fue asegurarme de que esas asignaturas no estarían en mi plan de estudios.

Durante estos últimos años he aprendido mucho sobre lo importante que es la educación a través de actividades divertidas. Como profe de Nature, me doy cuenta de los conocimientos que obtienen y las habilidades que desarrollan los niños a través de los experimentos y proyectos de ciencia. Veo que la manera de enseñar está cambiando y eso me gusta. Finalmente, he entendido la frase que alguna vez escuché de Albert Einstein que dice que el aprendizaje son experiencias y que todo lo demás es información.

Os voy a poner un ejemplo. Esta foto es del verano pasado. Nuestros alumnos ese día hacían el «moco» éste que está tan de moda: slime. Nosotras probamos todos los experimentos antes de hacerlos para comprobar que funcionan. También es útil para conocer qué es lo que los niños aprenderán con la actividad. Pues bien, un día reuní todos los ingredientes que marcaba la receta y me puse manos a la obra. Por favor, ¡qué desesperación! La pasta se me pegaba en toda la mano, me parecía imposible lograr la consistencia no pegajosa y divertida que aparecía en el tutorial. Tenía pegamento hasta en el pelo. Poco a poco, con paciencia y persistencia, fui logrando que la slime fuera pillando la forma que yo quería. Al final, me lo pasé pipa jugando con esa cosa que los niños conocen como moco de baba. Me di cuenta de que era muy importante ser cuidadoso en el proceso, poner las medidas correctas de ingredientes, no saltarse ningún paso y, sobre todo, ser muuuuy paciente.

Paciencia. Según la RAE: Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho. Siendo muy honesta, cada vez veo menos desarrollada esta cualidad entre los más pequeñitos. Es por esta razón que me pareció una súper idea hacer experimentos como el slime ya que, a través de una actividad muy divertida, podrían practicar y jugar a ser pacientes. Tengo que decir que a algunos les costó más que a otros pero, cuando llegaban al resultado final, se sentían súper realizados y orgullosos de ellos mismos. Fue una pasada.

Aparte de paciencia, los experimentos y proyectos de ciencia promueven el trabajo en equipo. Ayudan a que los niños desarrollen el pensamiento escéptico es decir, a que se cuestionen las cosas, les enseña cómo funciona el mundo en el que vivimos y les despierta la mente. También aumentan su autoestima y seguridad al darse cuenta que ellos también pueden resolver problemas.

Para explotar al máximo los conocimientos que un experimento o proyecto nos puede dar, considero básico seguir los pasos del método científico. Sí, ese método que memoricé para pasar un examen sin realmente darme cuenta de lo que estaba aprendiendo. Recuerdo la primera vez que hice un experimento con mis niños me acordé de estos pasos y pensé: «bueno, quizá tanto memorizar me sirvió de algo».

Vamos a recordar estos pasos utilizando como ejemplo este experimento que es muy sencillo y a los peques les encanta.

Lo primero que tenemos que hacer es formular una pregunta, que en este caso sería: ¿Cómo inflar un globo sin soplar el aire nosotros mismos? Hay que dar espacio a todo tipo de respuestas, debemos recordar que lo más importante en un experimento es despertar la máxima curiosidad posible.

Ahora es momento de presentar lo que vamos a utilizar para nuestro experimento: bicarbonato de sodio, vinagre, botella de plástico, embudo y el globo. Es momento de observar. En este paso podemos oler nuestros ingredientes, tocarlos y, en este caso, probarlos un poco. El vinagre es ácido y el bicarbonato no. Si son un pelín mayores se les puede explicar que hay una reacción cuando combinamos dos ingredientes (uno ácido y uno base). De esta manera, cuando formulemos una hipótesis, ¿cómo vamos a inflar este globo con estos productos, qué pasos debemos seguir para lograrlo, será posible?, las respuestas serán más interesantes.

Ahora es momento de realizar el experimento. Es muy importante que, antes de experimentar, los niños y niñas tengan muy claro cuál es el orden de los pasos a seguir. También considero que es muy enriquecedor si el experimento se practica en parejas ya que es muy importante la colaboración y el trabajo en equipo.

Tengo que decir que una vez concluido el experimento, cuando se infla el globo, la cara de sorpresa de los peques es impresionante. ¡Les encanta! Y ahora…las conclusiones. ¿Por qué es posible inflar un globo con bicarbonato y vinagre? Es evidente que las conclusiones son muy diferentes dependiendo de la edad de los niños. Lo importante es que descubran que, mezclando dos ingredientes, es posible generar un gas que ayuda a inflar el globo.

Te recomiendo que veas el vídeo, te darás cuenta de que el experimento se puede extender tanto como quieras. Siempre teniendo en cuenta la edad de los niños que lo practican.

Los beneficios de aprender a través de la ciencia son infinitos: ayuda a los niños a desarrollar un pensamiento crítico, a preguntarse qué puede pasar. También les enseña que las cosas a veces no salen bien a la primera, que a veces nos equivocamos y que lo más importante es no rendirse y seguir probando. Y tengo que deciros que la cara de sorpresa que ponen cada vez que aprenden algo a través de un experimento no tiene precio.

 

 

Tampoco tan terribles

Es mío, yo solo, tú no o no quiero. ¿Te suenan? Entonces es que tienes algún hijo o hija de más de dos años y que estáis (o ya habéis estado) inmersos en la primera adolescencia.

Yo no tenía ni idea de que existía esta fase hasta que la he vivido con Bruno. De hecho, la estoy viviendo. Es una etapa que tiene muchos nombres: terrible twos, la primera adolescencia o la edad del “yo”. En ella los peques pasan de bebés a niños, se dan cuenta de que tienen su propia identidad y de que pueden elegir y hacer cosas solos, sin la ayuda de un adulto. Es el inicio de la independencia infantil, están constantemente aprendiendo, experimentando y descubriendo cosas nuevas. Por eso es una edad difícil, pero mágica. Suele durar desde los dieciocho meses o dos años (depende del niño) hasta los tres o tres y pico.

Te darás cuenta de que tu hijo ha entrado en esta etapa cuando su respuesta al noventa por ciento de las preguntas sea un “no” enfadado o desafiante, cuando las rabietas estén a la orden del día, cuando lo veas rebelde y caprichoso. Estos son algunos de los comportamientos. No tienen que tenerlos todos, algunos niños, como Bruno, no hacen tantas pataletas pero sí pasan una época de mandones y gritones. Todo depende de cómo sea el niño o la niña. Lo que sí se cumple en la gran mayoría de los casos es que recurren a diferentes estrategias para intentar llamar la atención de los padres.

Te estarás preguntando: ¿y qué puedo hacer para ayudar a mi hijo a sobrellevar esta etapa lo mejor posible? Pues aquí tienes unos cuantos consejos:

  • Crear rutinas diarias y respetarlas, para que tenga una vida ordenada y pueda anticiparse a lo que tocará después.
  • Darle mucho cariño, aunque a veces te saque de quicio. Cuando tengas ganas de pegarle un grito, abrázale. ¡Ya verás cómo cambia su estado de ánimo! Cuando Bruno hace alguna gamberrada y, en vez de gritarle, le abrazo y le digo “Va, Bruno, no hagas esto, que mami se pone triste”, ¡reacciona mucho mejor y me hace más caso!
  • Empieza a marcarle límites y normas. Es mejor empezar por pocos y fáciles, para que los tenga muy claros. Nosotros, por ejemplo, si Bruno pega a un niño en el parque (ha pasado una temporada un poco complicada con el tema de pegar), ya sabe que le tiene que pedir perdón y darle un abrazo. Si no lo hace, nos vamos del parque. Un par de veces lo hemos tenido que hacer, porque le podía más salirse con la suya que pedir perdón.
  • Cumple con lo que digas y deja que asuma las consecuencias. Tanto si es bueno, como si es malo. Si le prometes que cuando vayáis a dar un paseo le comprarás unos palitos de pan, hazlo. Y si le dices que si pega os iréis del parque, cúmplelo también. Aunque te cueste. Será la única manera de que confíe en ti y te crea.
  • Háblale con calma y paciencia y no seas demasiado autoritario. Con buenas palabras y con cariño, todo se recibe mejor. Tanto si somos niños, como si somos adultos.

Estos son algunos pequeños consejos, pero tampoco es que haya ninguna receta mágica. Los terribles dos son una etapa más de la infancia, con su principio y su final. Como me decía el otro día una amiga, cuando son bebés en realidad es fácil: comen, duermen, están un ratito despiertos… ¡pero luego la cosa se complica! Pasar de bebé a niño no debe ser fácil, por eso es importante que estés al lado de tu peque durante esta etapa y la lleves lo mejor posible.

Siempre me gusta ver el lado positivo de las cosas. Y un aspecto muy positivo de esta época, que he estado observando en Bruno, es que no se rinde. Cuando quiere algo, tanto si es coger un cuento de la estantería que está un poco alta como si es pedirme mil veces que bailemos juntos, no se rinde. Lo intenta una y otra vez, hasta que lo consigue. Y si no puede, pide ayuda, pero rendirse no es una opción. Creo que es una cualidad de la que los adultos tendríamos que tomar ejemplo porque, generalmente, cuando vamos creciendo nos volvemos más conformistas y, en mi opinión, no debería ser así.

Como conclusión, me gustaría recordarte que tu peque te está desafiando constantemente para saber hasta dónde puede llegar y debes tener en cuenta que todavía no sabe gestionar sus emociones, sólo las siente y a veces se desborda ante ellas. Como intento transmitir en todos mis posts, todo depende de cómo se mire. Si intentas ver la parte positiva de cada situación y afrontas esta etapa con paciencia y mucho cariño, los terribles dos no serán tan terribles.

Queda inaugurada la temporada de pelis

Hace unos días cayó en mis manos un libro cuya historia tenía olvidada. Un libro de Michael Ende en el que se inspiraron para realizar una de las películas que más vi cuando era niña. Una película que mezcla fantasía y realidad y que me encanta: La historia interminable. ¿La habéis visto? Yo sí, cientos de veces. Era la típica película que ponían en la tele un domingo por la mañana y, como en ese entonces la programación televisiva no era muy amplia, la vi muchos domingos durante muchos años. Conforme iba creciendo, entendía cada vez más cosas, lo que la transformó no sólo en una de las pelis que más vi sino en una de mis favoritas.

Estuve recordando lo mucho que me gustaba la peli y pensé, como típica abuela, que ya no hacían películas como las de antes. Es verdad, ya no las hacen. Aquellos que la habéis visto recordaréis el miedo que sentíamos de que Bastian no pudiese salvar a la Emperatriz. Nunca olvidaré a Falcor, el perro volador y su mejor amigo, al muñeco comepiedras, a la vieja y sabia tortuga que hablaba lentísimo y la tristeza que sentí cuando Atreyu perdió su caballo. Es una historia cargada de valores y simbolismos a través de personajes mágicos y muy divertidos.

El otro día, mientras comíamos en el parque, no sé por qué, salió a la conversación la emperatriz Sissi y yo pensé en la emperatriz de La historia interminable (los que habéis visto la peli sabréis que es un personaje muy importante). Se lo comenté a María y se me quedó mirando con cara de no saber de qué estaba hablando. Me quedé muy sorprendida de que no hubiese visto la peli o leído el libro. Le dije que tenía que verla con Bruno cuando fuera un pelín más mayor. Gracias a su personaje principal, aprendí lo increíble que es leer un libro, meterte en su historia, imaginar lugares, situaciones y personajes y no querer dejar de leer ni para comer. Me gustaría mucho que a Bruno le pasara lo mismo.

Pensando y recordando lo mucho que me gustaba de niña ver esta película, recordé un estudio que leí hace un tiempo que explica por qué a los niños les encanta ver una misma película una, y otra, y otra y otra vez. También pensé que, si hoy en día ya no hacen películas como antes, quizá nuestros niños y niñas están expuestos a contenidos cuyo argumento no tiene tanto valor.

Según este estudio, a los niños les encanta ver la misma película muchas veces porque, cuantas más veces la ven, más la entienden. Para ellos, por muy sencilla que sea la trama, es muy complicado seguir el argumento cuando ven por primera vez una película. Esto también pasa con los cuentos y los libros. La repetición no les aburre, al contrario, les ayuda a desarrollar habilidades  y mejora su nivel de comprensión. Además, la repetición les permite anticipar el futuro, saber qué pasará a continuación y dominar una historia. Esto les hace sentir especialmente seguros.

Todas las personas adultas que conozco tienen una peli que han visto cientos de veces. Yo tengo muchas, pero la que más vi de pequeña fue Peter Pan. Si los niños siguen viendo las películas una y otra vez, es muy importante que cuidemos mucho los valores que estas pelis representan y lo hablemos con ellos. Igual pasa con los dibujos animados en la tele, la música que escuchan y los libros que leen. Estoy segura de que, gracias a una película como La historia interminable, me aficioné a la lectura y que Peter Pan me dio la facilidad de comportarme como una niña más cuando estoy con mis alumnos, entre otras cosas.

Es por todo esto que hoy os propongo que no os olvidéis de las pelis e historias que hacían en los viejos tiempos y las veáis con vuestros hijos.  Encontré esta web que propone treinta clásicos familiares que no está nada mal. Hay algunos que yo no vería con los míos, pero todo es cuestión de gustos. Así que vamos a disfrutar que ya llegó el frío viendo una película en familia con mantita y palomitas. Es uno de mis planes favoritos.

Todo aprendizaje requiere su tiempo

Durante estos casi cuatro años de vida de WonderFUN hemos conocido a muchos niños con niveles de inglés muy diversos: desde el niño que con tres años ya lo entendía todo y se atrevía a hablar en inglés, con algunas palabras inventadas, hasta el niño de ocho que le tenía manía al idioma porque decía que no lo entendía. Por curiosidad, me he ido fijando en el tipo de exposición que tenía cada uno de ellos a esta lengua desde pequeños y ver qué es lo que funciona para que adquieran bien el idioma y lo aprendan con ilusión.

Lo que está claro es que cuanto antes empiecen a oír y escuchar el inglés (o cualquier otra lengua extranjera), mejor. Es ideal que sea antes de aprender a leer, porque así se fijan únicamente en la pronunciación, la fonética y asimilan las palabras de forma mucho más natural que si las ven escritas. Pero, ¿cuáles son las primeras palabras que aprenden? Las que les sirven para expresar lo que necesitan o lo que quieren. Por ejemplo, “quiero ir al lavabo” o “quiero agua”. Después ya vendrán los colores, los animales o las partes del cuerpo.

Una apuesta segura para que nuestros hijos puedan exponerse al idioma son las actividades en las que haya inmersión total, en las que no se hable español, para que se acostumbren a escuchar otra lengua, a su fonética y expresiones, para que asocien que las teachers hablan siempre en ese idioma y copien su acento y musicalidad nativos.

Aunque a algunos padres quizás les gustaría que sus hijos aprendieran el idioma en seguida, no hay que dar importancia si, al principio, los niños se resisten a hablar en inglés. Es totalmente normal que prefieran hablar en su propio idioma, porque se sienten más cómodos. Poco a poco irán atreviéndose porque, en las clases “por inmersión”, necesitarán el idioma para participar en las actividades.

Lo que no aconsejaría a los papás y a las mamás es que presionen a los niños a que hablen en inglés desde el primer día. Muchas veces, a la salida de clase, oímos el típico “dime algo en inglés” o “¿cómo se dice esto en inglés?”. Esta frase puede tener repercusiones muy negativas en el niño porque, si se siente presionado, acabará cogiéndole manía al idioma, ya que lo verá como una obligación y no lo disfrutará. Si no lo disfruta, difícilmente aprenderá.

Es importante que los padres comprendamos que aprender un idioma requiere su tiempo. Hay niños que tienen más facilidad que otros, hay niños que tienen más oído y cogen un buen acento enseguida, hay otros más tímidos a los que les cuesta más “arrancar”… No pasa nada, todos terminan aprendiendo. Siempre hay lo que se llama “el período de silencio”, que es el tiempo que el niño necesita para habituarse a este nuevo idioma. Todavía no podrá hablarlo, pero su cerebro estará trabajando y ordenando las palabras y estructuras nuevas que aprenda para que, de repente, un día empiece a construir frases correctamente.

Muchas veces hay mamás o papás que nos preguntan qué pueden hacer para reforzar lo que van aprendiendo en clase y para ayudar a que sus hijos se familiaricen y disfruten con el inglés. Para terminar, me gustaría daros tres ideas que creo que funcionan súper bien:

  • Ver siempre la tele en inglés. Siempre. Ahora, con el TDT, es muy fácil, sólo tenemos que cambiar las opciones de audio. Que los niños se crean que la tele es en inglés: los dibujos, las pelis, los documentales…, TODO. Sólo con esto, tenemos mucho ganado.
  • Buscar actividades divertidas y sencillas para inculcarles que aprender otro idioma es guay: por ejemplo, si están aprendiendo los colores, podemos buscar en casa cosas que sean blue, yellow o red o, si están aprendiendo a usar el futuro, hacer una lista de las actividades que haremos el próximo fin de semana. De esta forma, verán que aprender el idioma también es algo práctico y útil.
  • Que el papá o la mamá (o el hermano, o la tía, o la canguro) busque cada día 10 minutitos para jugar en inglés. Si se hace cada día, con 10 minutos ya es suficiente, no hace falta más. Es un ratito que les encanta porque es un juego y un reto muy motivador: jugar a tiendas en inglés, a muñecas, hacer construcciones, a algún juego de mesa… etc.

El primer paso, y el más importante, es que como padres nos sintamos bien y motivados por apuntarles a actividades en inglés después del cole, porque les estamos haciendo un favor. De pequeños es una actividad divertida y motivante para ellos y, cuanto más mayores se hagan, se convertirá en algo mucho más académico que verán como una obligación. Si les contagiamos el interés por aprender idiomas y les transmitimos lo útil y divertido que es, viajarán y entenderán a niños de otros países, aprenderán sobre otras culturas y lo más importante: lo harán con mucha ilusión, palabra clave para que el aprendizaje se quede no sólo en la mente sino también en el corazón.