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Rutinas ¿y anti-rutinas?

Se habla mucho de lo importantes que son los hábitos en los niños, de la seguridad que les aporta saber sus rutinas, lo que toca hacer, qué va a pasar después. Estoy totalmente de acuerdo, las rutinas son súper necesarias para nuestros hijos, para pequeños y no tan pequeños, pero… ¿qué tipo de rutinas?

Me inspiré para escribir este post en un cortometraje que me llegó hace unos días a través de Facebook, titulado Cómo la rutina nos roba la vida. Antes de seguir leyendo, te aconsejo que lo veas haciendo clic aquí.

Una rutina es una serie de hábitos que nos ayuda a no tener que tomar decisiones cotidianas. Todos tenemos rutinas en nuestras vidas: salir de casa e ir siempre por las mismas calles para coger el autobús, ir preparando las tostadas del desayuno mientras se va haciendo el café, recoger a los niños en el cole e ir siempre al mismo parque, y un larguísimo etcétera. Las rutinas no tienen por qué ser algo negativo. Sin embargo, como vemos en el cortometraje, pueden serlo. Una vida demasiado rutinaria es aburrida, elimina por completo la creatividad y el “factor sorpresa”, que tan necesarios son, a mi parecer. Lo podríamos comparar con una relación de pareja: la monotonía y la rutina aburre y no ayuda a “mantener la llama”, ¿verdad? Pues creo que lo mismo pasa con nuestra vida diaria.

Este corto de Valeria Dakhovich nos muestra cómo un chico se encuentra atrapado en su rutina cotidiana. Cada día hace exactamente lo mismo, no varía absolutamente nada. Y así pasan los días, meses y años. Hasta que un día, esa rutina se convierte en un monstruo, que va creciendo, hasta que ya es demasiado tarde para cambiar y eliminar al monstruo. ¿Te imaginas cómo sería ver pasar tu vida así?

Quizás ahora te estarás preguntando: ¿y todo esto qué tiene que ver con Embarazo y crianza, que es el tema del post de hoy? Pues tiene mucho que ver, porque lo que quiero transmitirte es la importancia de criar acompañando a nuestros hijos en sus rutinas desde pequeños (eso sí, rutinas positivas), pero también de enseñarles a saber salir de esas rutinas. ¿Cómo? Ahora te cuento…

Te voy a dar tres consejos que considero fundamentales para saber salir de la rutina (y saber enseñar a tus hijos a salir de ella):

  • Sé más flexible: ¡cómo me cuesta a mí ésta, con lo cuadriculada que soy! Tenemos que intentar no tener unos patrones de pensamiento demasiado rígidos, porque todo puede cambiar. Aunque entre semana siempre le demos la cena a Bruno a las 20:30h y le acostemos a las 21h, si un día mi marido o yo hemos llegado más tarde de trabajar y tenemos ganas de jugar más rato con él o bien tenemos una cena en familia porque es el cumple de mi hermana, ¡no pasa nada! Por un día, se puede ir a dormir a las 23h. Lo que no se aconseja, porque es negativo para ellos, es que un día se acuesten a las 20:30 justo después de cenar, otro día a las 22h después de cenar y estar una hora jugando, otro día a las 23h porque nos vayamos a cenar fuera, etc. Si hacemos esto, no ayudamos a nuestro hijo a que pueda anticiparse y saber lo que pasará. En cambio, si casi siempre es igual, de vez en cuando podemos romper la rutina. ¡Por qué no! Por ejemplo, esta mañana ya le he explicado que, como hoy es el cumple de papi, esta noche iremos a cenar a un restaurante con los abuelos y los tíos, ¡y estaba contentísimo! En resumen: yo te aconsejaría darle una vida ordenada y, en general, bastante rutinaria, pero con flexibilidad para que se acostumbre a que no todo siempre tiene que ser exactamente igual.
  • Sigue tu estado anímico: parece evidente, pero no lo es tanto. Aunque los martes y jueves vayas al gimnasio sí o sí al salir de trabajar para no perder el hábito (cosa que me parece súper bien), si un martes sales de trabajar agotada, con dolor de cabeza y con ganas de irte a casa, no te empeñes en ir igualmente al gimnasio ni te estés toda la tarde arrepintiendo y maldiciendo por no haber ido. Y no te confundas, para nada voy en contra de tener voluntad, ¿eh? Para nada, que si me conoces sabrás que soy una persona súper constante y con una voluntad de hierro. Pero oye, si tu cuerpo dice que no, es que no. Escúchalo. Ahora, trasladando a nuestros hijos lo de seguir el estado anímico, te daré un ejemplo: al llegar del cole toca merendar y hacer los deberes. Cada día es así. Pero si un día notas a tu hijo irritable y ves que está tristón, ¿no es mejor estar más rato merendando juntos y preguntarle cómo le ha ido el cole? Seguramente te acabará explicando que se ha peleado con un amiguito suyo de la clase y que por eso está triste. Y seguro que se concentrará mejor para hacer los deberes habiéndotelo explicado que con ese disgusto. ¿Pasa algo por empezar más tarde a hacer los deberes? No, y habrás permitido que tu hijo exprese sus sentimientos, te tenga confianza y siga su estado anímico.
  • Date permiso para soñar: la vida no son solo los hechos, lo que va pasando, sino también lo que está por venir, el camino que tienes por delante. ¡Qué importante es saber soñar despierto! Como dice mi hermana, si no te lo imaginas, nunca sucederá. ¡Es tan cierto! No dejes que pasen los días, las semanas, e incluso los meses (o años), sin pensar cómo te gustaría que fuera tu vida, qué quieres conseguir, cómo te sientes. Es un soñador no debería ser una frase con connotaciones negativas, sino positivas. Me gustan las personas soñadoras y con ilusiones, mucho más que las personas grises y conformistas. Si lo trasladas a tus hijos, en este caso es muy fácil. No les cortes las alas que llevan ya “de serie” por ser niños. De pequeños, todos somos soñadores, fantasiosos y llenos de ilusión. Potenciemos estas cualidades en nuestros hijos y ayudémosles a saberlas mantener aunque vayan creciendo y madurando, porque las necesitarán cuando sean adultos. Me encantaría que las fantasías personales de Bruno (y de la enanita) sean el motor de su motivación personal cuando sean adolescentes y adultos. Y me esforzaré por transmitírselo.

Y tú, ¿te animas a salir de tus rutinas de vez en cuando? Yo poco a poco lo voy consiguiendo…

 

 

Otoño, ¡por fin!

Hace unos meses, cuando escribí sobre la primavera, os comenté que el otoño es mi estación favorita del año. Recuerdo perfectamente la cara de María cuando lo leyó y me preguntó ¿Otoño?… ¡pero si a mí me encanta el verano! Cada estación marca un cambio y, para mí, el otoño es como mi año nuevo personal. Es la época en la que dejo atrás las cosas que no me gustan, me propongo nuevos retos y objetivos y tengo la necesidad de volver a mis hábitos pre-veraniegos y de crear nuevas rutinas.

No es nada fácil. El otoño representa el final de los días largos y soleados trayendo consigo días más cortos y grises. En Barcelona, se ha marchado el verano de golpe. Desde el día uno, septiembre se ha llenado de lluvias, días fríos y nublados y nos ha dejado sin la oportunidad de disfrutar los últimos tintes de verano. Ésta es una época en la que me siento especialmente nostálgica, no me sorprende. Siempre he sido una persona muy sensible a los cambios de temperatura y los días nublados tienden a cambiarme los ánimos. Desde pequeña, cuando llovía, los ánimos se me alteraban y no había quien me aguantase. Hablando con otras personas me pude dar cuenta de que no soy la única que pasa por esto y, después, investigando, me encontré con el término TAE (Trastorno afectivo estacional) un trastorno afectivo-emocional ocasionado por los cambios estacionales.

Una de las razones por las cuales tenemos cambios de ánimo es por la falta de luz solar. El sol nos proporciona, aparte de un bronceado bonito en verano, un aumento en los niveles de serotonina. La serotonina son neurotransmisores que se encuentran en el sistema nervioso central y que están directamente relacionados con el estado de ánimo y el bienestar de las personas. Estos neurotransmisores se encargan de regular sobre todo el apetito y el sueño. Me parece que todos sabemos de sobra lo mucho que se puede ver afectado nuestro carácter si comemos y dormimos mal. Leyendo sobre esto, también encontré que los hombres producen un 50% más de serotonina que las mujeres. Mmm…ahora entiendo muchas cosas.

Está claro que el cambio afecta  o, mejor descrito, altera. Durante todo el año, el cuerpo se encuentra en constante adaptación a los cambios y estaciones y, como no podría ser de otra manera, este post lo dedico a ofrecer consejos que se basan sobre todo en la alimentación y los buenos hábitos para poder superar este cambio estacional de la mejor manera posible. No olvidemos que los niños también sufren alteraciones en su estado de ánimo a causa de este cambio así que estos consejos también van para ellos.

Una de las cosas que considero más importantes es el cuidado de la alimentación, finalmente somos lo que comemos y estoy segura que nuestro sabio planeta nos proporciona alimentos de temporada para combatir cualquier tipo de trastorno estacional. Vamos a ver.

Por ejemplo, durante esta época del año encontramos espinacas (no, no las de bolsa o congeladas que hay en el súper todo el año) sino manojos de espinacas que, salteadas con un buen aliño, están muy buenas. Al igual que las acelgas, estas dos plantas tan monas ayudan a la producción de serotonina en nuestro cuerpo.

Los alimentos que contienen carbohidratos y almidón también ayudan. La calabaza, protagonista del otoño, es un alimento que tiene un contenido considerable de carbohidratos y almidones. A mí me encanta en un buen sofrito o al horno. Yo no sabía  que el cabello de ángel, que a mí no me gusta nada, se hace con calabaza. Así que para los amantes de este relleno, ya sabéis qué pedir en la pastelería.

Las manzanas son alimentos ricos en hidratos de carbono y éstos a su vez ayudan a la producción de serotonina. Yo no soy muy fan de las manzanas pero sí de los hidratos de carbono, ¡y quién no!

Más de una vez he escuchado a la gente decir: come carbohidratos que estarás más feliz. Sí, es verdad, pero hay que tener mucho cuidado con el tipo de carbohidrato que comemos. Es evidente que un plato de pasta con una salsa exquisita y mucho queso hace feliz a cualquiera pero estos alimentos producen un subidón de energía exclusivamente momentáneo.

Dicen por ahí que: “Después del verano, la uva llega al mercado”. Puede que las semillitas sean un poco incómodas pero… ¡qué ricas están! Hay que recordar que la fruta, si se come entera, mejor. La fibra de las pepitas y la piel ayudan a contrarrestar el alto contenido de azúcar que tiene la uva, proporcionándonos todos los nutrientes. Aparte que son antioxidantes, depurativas y nos dan mucha energía.

Si preguntáis a mis alumnos cuál es mi fruta favorita, los que me prestan un poco de atención, os responderán: la mandarina. Esta fruta llega al final del otoño y tiene todos los nutrientes para prepararnos para el invierno. Me encanta.

Una vez, alguien me contó que leyó un estudio en el que durante equis tiempo los taxistas de Nueva York tenían que comer sólo pescado. ¿Por qué? Pues porque el pescado contiene altos niveles de Omega 3 que ayuda a reducir el estrés. Después de unas semanas de sólo comer pescado, los taxistas se encontraban de mucho mejor humor, su estado de ánimo había cambiado y el estrés de una gran ciudad no les afectaba tanto como antes. No encontré el estudio pero sí que encontré que el consumo de Omega 3 ayuda a incrementar la serotonina. Yo tengo una ligerita pelea personal con el pescado ya que, según de dónde venga, tiene altos niveles de mercurio por lo que yo me decanto por otros alimentos ricos en Omega 3 como lo son los frutos secos y sus aceites: el lino, por ejemplo, tanto en aceite como en semilla es excelente. La chía, las nueces, el cáñamo y el sésamo, también. Es importante saber que estos aceites no deben utilizarse para freír, en crudito mejor.

Por último, mi recomendación favorita, es comer chocolate. No sólo aumenta los niveles de serotonina sino también de endorfinas. Mucho cuidado con el chocolate que elegís, el componente que nos produce esta felicidad es el cacao, así que cuanto más oscuro, mejor.

Aparte de la alimentación, practicar buenos hábitos nos ayudará a combatir estos cambios estacionales. Hacer ejercicio de manera regular siempre ha sido bueno para el cuerpo. Si hoy hemos aprendido que la serotonina es producida por la luz, es muy importante intentar pasar el mayor tiempo posible al aire libre. Si caminamos 30 minutos y disfrutamos de la luz del día, mataremos dos pájaros de un tiro. Aunque esté nublado, nuestro cuerpo lo agradecerá. El estrés, sí, ese sentimiento que a veces nos invade y no nos damos ni cuenta, interfiere en la producción de serotonina, por lo que es recomendable también realizar prácticas como yoga, meditación y ejercicios de respiración.

Y ahora, mi consejo muy personal… ¡Disfrutad del otoño! Los colores de sus parques, las hojas y los cielos son las razones por las cuales ésta es mi estación favorita.