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Siempre hay colores intermedios

Hoy es el quinto día que llevamos encerrados en casa, el quinto día de confinamiento. Confinamiento, una palabra que no usábamos muy a menudo y que, en estos días, está en boca de todos, significa recluir algo o a alguien dentro de límites. Eso es lo que estamos haciendo estos días, pasar las 24h del día dentro de los límites de nuestra casa, sólo pudiendo salir a comprar. Cómo cuesta, madre mía. ¡Y todavía nos quedan diez días más, por lo menos!

Te voy a contar, de forma muy sincera y natural, cómo están siendo para mí este confinamiento. Durante estos días, he experimentado diferentes formas de envidia: envidia de aquellos que no tienen hijos y que pueden confinarse tranquilamente en su casa solos o en pareja. Seguramente tendrán que trabajar desde casa un ratito, pero también podrán leer, descansar, ver series, charlar tranquilamente con su pareja, hacer videollamadas con sus amigos, etc. ¡Qué diferente a lo que puedo hacer yo! Jornada completa non stop con mis hijos (suerte que también está mi marido), jugando con ellos, pensando mil y una actividades para que no se aburran, para que podamos ir ocupando las horas y se cansen, para poder dormir por la noche.

También he sentido envidia de aquellos que trabajan para otros. Algunos de ellos tendrán que trabajar desde casa (la mayoría), si su trabajo se lo permite. Pero bueno, una vez hayan cumplido con su obligación, dormirán tranquilos porque sabrán que cobrarán igualmente a final de mes. No es ese mi caso, ni el de muchos otros pequeños empresarios, que estamos acojonados (hablando en plata) por cómo va a ir evolucionando todo esto, rogando que el confinamiento no se alargue más de las dos semanas que nos han dicho, porque eso podría tener consecuencias muy muy negativas para nuestras empresas. Para algunos, incluso irreversibles.

También he sentido envidia de los que tienen una casa con jardín o con terraza grande, porque ellos podrán salir un ratito a tomar el sol cada día. Por lo menos un ratito al exterior, se necesita como el agua. En estos días, la gran ilusión del día es bajar la basura o ir a comprar el pan, leche o lo que haga falta. Seguro que a muchos de vosotros os pasa igual, ¿a que sí?

También he sentido envidia de los que tienen tiempo para ponerse a hacer las clases de yoga, de zumba o de aerobic online. ¡Cuántas opciones nos están llegando estos días! Quizás parecerá un poco contradictorio, porque estamos todo el día en casa, pero todavía no he conseguido sacar tiempo para hacer estas cosas. Estoy todo el día con los niños, jugando con ellos para que se lo pasen lo mejor posible, preparando comidas y cenas, ordenando lo que puedo la casa para que no esté hecha un desmadre… ¡No he tenido ni tiempo para unirme a una de estas clases en un directo de Instagram!

Dicho esto, te diré que hace un rato, cuando he tenido unos minutos para tumbarme en el sofá mientras mi hijo veía un ratito la tele, he pensado que tenía que hacer un clic, un cambio de mentalidad. Porque, si no, es para volverse loco.

Está claro que cualquier ser humano se vuelve loco y se rebela cuando le coartan la libertad. Eso es el primer problema que está ocasionándonos el maldito coronavirus. Que te prohiban salir de casa si no es por un motivo de extrema necesidad, es realmente difícil de asumir. Creo que para cualquier persona, pero sobre todo si eres alguien tan activo y callejero como yo, que no soy de estar mucho por casa. Es como si me faltara el aire, necesito salir e ir caminando donde me apetezca. Miro por la ventana, veo la calle tan vacía, y me dan escalofríos.

El segundo problema es el de no ver claramente dónde está el final. Hasta cuándo. Eso es algo muy incierto, porque cada día va saliendo información nueva. Algunos que dicen que no habrá cole hasta mayo (esperemos que no), otros que dicen que la incorporación a la vida normal será progresiva, para que no se vuelva a disparar el número de contagios… Y muchas más predicciones que no sabemos si acertarán o no. En cualquier caso, sólo nos aportan incertidumbre y miedo, porque no sabemos lo que va a ocurrir.

El tercer problema es la impotencia que causa el no poder hacer nada por evitar que sigan multiplicándose los casos de infectados. Lo único que podemos hacer es quedarnos en casa, pero mientras haya gente que tenga que ir a trabajar, coger el metro y moverse por la calle, los contagios no pararán. Y mientras haya personas mayores paseando tranquilamente por la calle, el número de fallecidos no disminuirá. Esta mañana he salido un ratito al super y, por la calle, ¡sólo veía personas mayores! Sí, con mascarilla y todo lo que quieras, ¡pero mayores! ¿Por qué no se quedan en casa? Siento impotencia al ver lo estrictos que han sido en China y lo poco estrictos que estamos siendo aquí. Claro que el tipo de país y el tipo de sociedad no se parecen en nada, no se puede comparar, pero si no lo hacemos estrictamente bien… en dos meses no habremos evolucionado y estaremos exactamente igual que ahora.

El cuarto problema es la crisis económica en la que va a quedar sumida España (y muchos otros países) después del coronavirus. Los pobres dueños y trabajadores de restaurantes se quedan sin ingresos, igual que los dueños y dependientes de las tiendas, igual que los pequeños empresarios, que tendremos que ingeniárnoslas muy mucho y trabajar muy duro para salir de ésta. Porque no es ninguna tontería. A ver si es verdad que el gobierno permite que durante algunos meses no se paguen cuotas de autónomos, no se paguen alquileres o no se pague la Seguridad Social de los trabajadores. Nos lo han prometido, pero no sé si me lo creo. Ojalá que así sea.

Uf, me estoy quedando a gusto escribiendo este artículo, necesitaba verbalizar todo lo que estoy sintiendo. Como decía antes, veo claramente que tengo que hacer un cambio de chip e intentar verle la parte positiva a todo esto, porque seguro que la tiene. La reina de ver la parte positiva a cualquier cosa es mi madre, una gran maestra en esto. Ella siempre dice que lo que tenga que ser, será. Vivamos siempre con una sonrisa. Pienso mucho en esta reflexión estos días. Por otro lado, la frase estrella de mi padre, que nos ha repetido muchas veces a mi hermana y a mí desde que éramos pequeñas, es En esta vida, ni todo es blanco, ni todo es negro, siempre hay colores intermedios. También muy cierta y adecuada a la situación que estamos viviendo. Tendría que tatuarme estas dos frases para no olvidarlas estos días, porque me harán mucha falta.

¿Qué voy a hacer entonces?

Voy a intentar no preocuparme tanto por lo que vendrá, sino trabajar las máximas horas que pueda, sin autoexigirme lo imposible tampoco, e intentar potenciar mi creatividad. Seguro que se me ocurra alguna idea brillante para que, cuando todo vuelva a la normalidad, mi empresa pueda superar este bache tan fuerte.

Voy a intentar tener más paciencia con mis hijos y no saltar a la mínima, porque para ellos esta situación también es muy difícil. No entienden nada, quieren salir al parque, a casa de sus abuelos y a jugar con sus amigos, y no puede ser. Está en mis manos y en las de mi marido que estos días sean lo más divertidos posible para ellos. Hay un montón de recursos e ideas súper entretenidas que muchas gente está compartiendo estos días de forma totalmente desinteresada. Así que voy a aprovechar que estos días tenemos todo el tiempo del mundo para estar juntos y voy a disfrutar de ellos, de su evolución y de todos sus aprendizajes.

Voy a intentar no comparar mi situación con la de otros, sintiendo que yo estoy peor, más preocupada, más nerviosa o más condicionada. Cada uno tiene el escenario que tiene y no sirve de nada compararse. Tenemos que  conformarnos y agradecer todo lo que tenemos. Ser agradecido es gratis y se puede hacer sin salir de casa, así que no hay excusa.

Voy a intentar ser agradecida, valorar todo lo que tengo, sobre todo mi familia y mis amigos incondicionales. Y mi salud, eso también, que muchos no la tienen. Para darme un “chute de agradecimiento” creo que retomaré una rutina que hice durante un tiempo que era apuntar, cada noche antes de acostarme, tres cosas positivas que me hubieran pasado durante ese día. ¡Qué bien que va! Si no lo has probado, te lo recomiendo. Ayuda muchísimo a ser conscientes de la suerte que tenemos.

Y, por último, voy a intentar sacar algunos minutos al día para mí, para darme un bañito relajante, para asistir a alguna clase de yoga online, para leer esos libros que hace tanto tiempo que tengo pendientes o, simplemente, para llamar a mi hermana y estarme media hora hablando con ella tranquilamente. Porque estos días, por suerte, tenemos tiempo de sobras.

Sé que si focalizo mi atención en esta última parte de mi escrito en vez de en la primera, el confinamiento será muy diferente. Tanto el mío, como el de mi marido, como el de mis hijos. Porque, recordando la frase de mi padre, estaré viéndolo de colores intermedios, no tan negro como antes. Cada día será una fiesta el ratito que nos hacemos una videollamada con mi familia para vernos todos y compartir lo que hemos hecho ese día, aunque sea poquita cosa. Y lo que sí que será un fiestón de los grandes será el día en que podamos reunirnos todos para comer juntos en una terracita y abrazarnos todo lo que queramos. Estoy segura de que la mayor enseñanza que nos regalará toda esta pesadilla será la de valorar los pequeños placeres de la vida que antes dábamos por sentados.

El timo del «tiempo de calidad»

Te matas trabajando todo el día para que a tus hijos no les falte de nada. Y, al final, les faltas tú. Toma ya. Vaya reflexión. La leí en el perfil de Instagram de Barcelonette hace unos días y me marcó mucho. Tanto que me inspiró para escribir el post de esta semana.

¿Cuánto tiempo pasamos con nuestros hijos? ¿Mucho o poco? Obviamente, todo es relativo, depende de cómo se mire. Para alguna mamá, quizás, dedicarle una tarde a la semana a su hijo es mucho y, para otra, quizás dedicarle tres horas cada tarde es poco. Como decía, es algo muy relativo. Y, ¿sabes qué? Todo depende de nuestras necesidades, las de nuestros hijos y de la calidad del ratito. El “tiempo de calidad” es un concepto que quizás está un poco sobrevalorado porque se ha puesto de moda. Recuerdo que he hablado del tiempo de calidad en otros artículos y, si vuelvo a tratar este tema, es porque realmente lo considero importante.

Si tuviera que definir el “tiempo de calidad”, diría que es un tiempo que dedicamos exclusivamente a nuestros hijos: jugando con ellos, contándoles un cuento, bañándoles, dándoles la cena, hablando de cómo nos ha ido el día… sin distracciones. Sin móviles, sin estar pendientes de que no se nos queme la carne y sin estar mirando de reojo el reloj.

Lo que ocurre es que, cada vez más, se nos inculca que no importa tanto el tiempo que pasemos con nuestros hijos, sino la calidad de ese tiempo. En cierta parte estoy de acuerdo, pero no del todo. El “tiempo de calidad” es un poco una invención de la sociedad de nuestros días, que dedica muchas horas al trabajo. Es como un consuelo para los padres y madres que, por obligaciones laborales, casi no pueden dedicar tiempo a sus hijos. Según una encuesta de ARHOE (Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios en España), los padres y madres españoles dedicamos poco más de dos horas al día (incluidos los fines de semana) a cuidar y atender a nuestros hijos. El 68% de los encuestados considera que este tiempo es menos de lo necesario.

Pues sí, yo también creo que este tiempo es menos de lo necesario. De hecho, mucho menos. Antes de continuar, quiero aclarar que con este artículo no quiero atacar ni criticar a ninguna mamá ni a ningún papá, porque entiendo que todos lo hacemos lo mejor que podemos. Eso está claro. Sólo quiero abrirnos un poco los ojos y ayudar a darnos cuenta de que nuestros hijos nos necesitan. El “tiempo de calidad” es un poco un timo, porque los niños necesitan pasar tiempo con sus padres. Cuanto más, mejor. Sea «de calidad» o no. Es decir, puede haber tiempos de los que estamos con nuestros hijos que sean de calidad (cuando dejamos el móvil y les leemos un cuento, cuando jugamos juntos o cuando hablamos con ellos de cómo nos ha ido el día) y otros que no sean «de calidad», pero sí sean tiempo (cuando estamos preparando la cena y ellos juegan cerca de nosotros, cuando estamos doblando ropa y ellos nos ayudan, cuando vamos al supermercado y ellos nos acompañan, cuando simplemente vivimos el día a día con ellos a nuestro lado).

Muchos padres y madres reconocen que sólo ven a sus hijos en pijama y que llegan, con suerte, para contarles el cuento de antes de ir a dormir. Permíteme que diga que no basta con que los padres les lean un cuento antes de dormir y les den el beso de buenas noches porque, muchas veces, a esas horas los niños hijos ya están cansados o  nerviosos y ya no están dispuestos a recibir ese tiempo de calidad. Un poco triste, ¿verdad?

Aquí entra el tema de la conciliación. Gran tema. Es muy difícil conciliar. Dependes de un jefe, si éste considera que estar presente en el día a día de tus hijos es importante o no. Es cierto que, en este aspecto, yo he tenido (y sigo teniendo) mucha suerte, porque no dependo de nadie que me autorice a poder pasar más tiempo con mis hijos. Tener una empresa propia tiene muchos aspectos negativos (aunque no lo parezca) y otros muchos positivos. Para mí, de los más positivos es éste, el poder pasar todo el tiempo que quiera con mis hijos. Poder ir a buscarles al cole varios días a la semana, poder ir a su festival de Navidad, a su desfile de Carnaval, poderles acompañar cada mañana… Es un lujazo, es verdad. Sin embargo, lo que creo que es muy triste es que, en el año 2020, todavía no sea posible conciliar. Sí, “conciliar” es otra palabra que parece que está muy de moda, pero nos queda muchísimo por aprender. No nos engañemos, muchas personas (sobre todo mujeres) se han visto obligadas a tener que elegir entre el cuidado de su familia o seguir proyectando su carrera profesional. Incluso muchas mamás que deciden pedir una reducción de jornada para poder dedicarles las tardes a sus hijos se sienten culpables cada vez que tienen que recordarle a su jefe o a sus compañeros de trabajo que no pueden asistir a la reunión de la tarde porque su jornada termina a las 15h. Estamos a años luz de otros países europeos, espero que poco a poco vayamos mejorando. Suerte que hay grupos muy influyentes como Malasmadres, que han lanzado iniciativas tan potentes como la de YoNoRenuncio. Si no la conoces, te invito a que hagas clic en este enlace para saber un poco más, vale la pena.

Para concluir este post tan reivindicativo y personal que he escrito hoy, me gustaría presentarte una reflexión. No es mía, es de Charuca. ¿Sabes quién es? Es una diseñadora de artículos de papelería que me encanta, que diseña agendas, planificadores y muchas cosas más con frases motivadoras. Una de sus frases estrella es: “Tener éxito es estar enamorada de tu vida”. Nada más que añadir, ahí está la clave. Para algunos, el éxito puede ser formar una familia y tener un trabajo que les motive y que les permita pasar tiempo con su familia. Para otros, el éxito puede ser dedicarse a tope a su vocación laboral y viajar en su tiempo libre. Esto son dos casos entre otras mil opciones más de éxito que hay, según los valores y las prioridades de cada persona. Sólo me gustaría que pienses cuál sería tu éxito.