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Siempre hay colores intermedios

Hoy es el quinto día que llevamos encerrados en casa, el quinto día de confinamiento. Confinamiento, una palabra que no usábamos muy a menudo y que, en estos días, está en boca de todos, significa recluir algo o a alguien dentro de límites. Eso es lo que estamos haciendo estos días, pasar las 24h del día dentro de los límites de nuestra casa, sólo pudiendo salir a comprar. Cómo cuesta, madre mía. ¡Y todavía nos quedan diez días más, por lo menos!

Te voy a contar, de forma muy sincera y natural, cómo están siendo para mí este confinamiento. Durante estos días, he experimentado diferentes formas de envidia: envidia de aquellos que no tienen hijos y que pueden confinarse tranquilamente en su casa solos o en pareja. Seguramente tendrán que trabajar desde casa un ratito, pero también podrán leer, descansar, ver series, charlar tranquilamente con su pareja, hacer videollamadas con sus amigos, etc. ¡Qué diferente a lo que puedo hacer yo! Jornada completa non stop con mis hijos (suerte que también está mi marido), jugando con ellos, pensando mil y una actividades para que no se aburran, para que podamos ir ocupando las horas y se cansen, para poder dormir por la noche.

También he sentido envidia de aquellos que trabajan para otros. Algunos de ellos tendrán que trabajar desde casa (la mayoría), si su trabajo se lo permite. Pero bueno, una vez hayan cumplido con su obligación, dormirán tranquilos porque sabrán que cobrarán igualmente a final de mes. No es ese mi caso, ni el de muchos otros pequeños empresarios, que estamos acojonados (hablando en plata) por cómo va a ir evolucionando todo esto, rogando que el confinamiento no se alargue más de las dos semanas que nos han dicho, porque eso podría tener consecuencias muy muy negativas para nuestras empresas. Para algunos, incluso irreversibles.

También he sentido envidia de los que tienen una casa con jardín o con terraza grande, porque ellos podrán salir un ratito a tomar el sol cada día. Por lo menos un ratito al exterior, se necesita como el agua. En estos días, la gran ilusión del día es bajar la basura o ir a comprar el pan, leche o lo que haga falta. Seguro que a muchos de vosotros os pasa igual, ¿a que sí?

También he sentido envidia de los que tienen tiempo para ponerse a hacer las clases de yoga, de zumba o de aerobic online. ¡Cuántas opciones nos están llegando estos días! Quizás parecerá un poco contradictorio, porque estamos todo el día en casa, pero todavía no he conseguido sacar tiempo para hacer estas cosas. Estoy todo el día con los niños, jugando con ellos para que se lo pasen lo mejor posible, preparando comidas y cenas, ordenando lo que puedo la casa para que no esté hecha un desmadre… ¡No he tenido ni tiempo para unirme a una de estas clases en un directo de Instagram!

Dicho esto, te diré que hace un rato, cuando he tenido unos minutos para tumbarme en el sofá mientras mi hijo veía un ratito la tele, he pensado que tenía que hacer un clic, un cambio de mentalidad. Porque, si no, es para volverse loco.

Está claro que cualquier ser humano se vuelve loco y se rebela cuando le coartan la libertad. Eso es el primer problema que está ocasionándonos el maldito coronavirus. Que te prohiban salir de casa si no es por un motivo de extrema necesidad, es realmente difícil de asumir. Creo que para cualquier persona, pero sobre todo si eres alguien tan activo y callejero como yo, que no soy de estar mucho por casa. Es como si me faltara el aire, necesito salir e ir caminando donde me apetezca. Miro por la ventana, veo la calle tan vacía, y me dan escalofríos.

El segundo problema es el de no ver claramente dónde está el final. Hasta cuándo. Eso es algo muy incierto, porque cada día va saliendo información nueva. Algunos que dicen que no habrá cole hasta mayo (esperemos que no), otros que dicen que la incorporación a la vida normal será progresiva, para que no se vuelva a disparar el número de contagios… Y muchas más predicciones que no sabemos si acertarán o no. En cualquier caso, sólo nos aportan incertidumbre y miedo, porque no sabemos lo que va a ocurrir.

El tercer problema es la impotencia que causa el no poder hacer nada por evitar que sigan multiplicándose los casos de infectados. Lo único que podemos hacer es quedarnos en casa, pero mientras haya gente que tenga que ir a trabajar, coger el metro y moverse por la calle, los contagios no pararán. Y mientras haya personas mayores paseando tranquilamente por la calle, el número de fallecidos no disminuirá. Esta mañana he salido un ratito al super y, por la calle, ¡sólo veía personas mayores! Sí, con mascarilla y todo lo que quieras, ¡pero mayores! ¿Por qué no se quedan en casa? Siento impotencia al ver lo estrictos que han sido en China y lo poco estrictos que estamos siendo aquí. Claro que el tipo de país y el tipo de sociedad no se parecen en nada, no se puede comparar, pero si no lo hacemos estrictamente bien… en dos meses no habremos evolucionado y estaremos exactamente igual que ahora.

El cuarto problema es la crisis económica en la que va a quedar sumida España (y muchos otros países) después del coronavirus. Los pobres dueños y trabajadores de restaurantes se quedan sin ingresos, igual que los dueños y dependientes de las tiendas, igual que los pequeños empresarios, que tendremos que ingeniárnoslas muy mucho y trabajar muy duro para salir de ésta. Porque no es ninguna tontería. A ver si es verdad que el gobierno permite que durante algunos meses no se paguen cuotas de autónomos, no se paguen alquileres o no se pague la Seguridad Social de los trabajadores. Nos lo han prometido, pero no sé si me lo creo. Ojalá que así sea.

Uf, me estoy quedando a gusto escribiendo este artículo, necesitaba verbalizar todo lo que estoy sintiendo. Como decía antes, veo claramente que tengo que hacer un cambio de chip e intentar verle la parte positiva a todo esto, porque seguro que la tiene. La reina de ver la parte positiva a cualquier cosa es mi madre, una gran maestra en esto. Ella siempre dice que lo que tenga que ser, será. Vivamos siempre con una sonrisa. Pienso mucho en esta reflexión estos días. Por otro lado, la frase estrella de mi padre, que nos ha repetido muchas veces a mi hermana y a mí desde que éramos pequeñas, es En esta vida, ni todo es blanco, ni todo es negro, siempre hay colores intermedios. También muy cierta y adecuada a la situación que estamos viviendo. Tendría que tatuarme estas dos frases para no olvidarlas estos días, porque me harán mucha falta.

¿Qué voy a hacer entonces?

Voy a intentar no preocuparme tanto por lo que vendrá, sino trabajar las máximas horas que pueda, sin autoexigirme lo imposible tampoco, e intentar potenciar mi creatividad. Seguro que se me ocurra alguna idea brillante para que, cuando todo vuelva a la normalidad, mi empresa pueda superar este bache tan fuerte.

Voy a intentar tener más paciencia con mis hijos y no saltar a la mínima, porque para ellos esta situación también es muy difícil. No entienden nada, quieren salir al parque, a casa de sus abuelos y a jugar con sus amigos, y no puede ser. Está en mis manos y en las de mi marido que estos días sean lo más divertidos posible para ellos. Hay un montón de recursos e ideas súper entretenidas que muchas gente está compartiendo estos días de forma totalmente desinteresada. Así que voy a aprovechar que estos días tenemos todo el tiempo del mundo para estar juntos y voy a disfrutar de ellos, de su evolución y de todos sus aprendizajes.

Voy a intentar no comparar mi situación con la de otros, sintiendo que yo estoy peor, más preocupada, más nerviosa o más condicionada. Cada uno tiene el escenario que tiene y no sirve de nada compararse. Tenemos que  conformarnos y agradecer todo lo que tenemos. Ser agradecido es gratis y se puede hacer sin salir de casa, así que no hay excusa.

Voy a intentar ser agradecida, valorar todo lo que tengo, sobre todo mi familia y mis amigos incondicionales. Y mi salud, eso también, que muchos no la tienen. Para darme un “chute de agradecimiento” creo que retomaré una rutina que hice durante un tiempo que era apuntar, cada noche antes de acostarme, tres cosas positivas que me hubieran pasado durante ese día. ¡Qué bien que va! Si no lo has probado, te lo recomiendo. Ayuda muchísimo a ser conscientes de la suerte que tenemos.

Y, por último, voy a intentar sacar algunos minutos al día para mí, para darme un bañito relajante, para asistir a alguna clase de yoga online, para leer esos libros que hace tanto tiempo que tengo pendientes o, simplemente, para llamar a mi hermana y estarme media hora hablando con ella tranquilamente. Porque estos días, por suerte, tenemos tiempo de sobras.

Sé que si focalizo mi atención en esta última parte de mi escrito en vez de en la primera, el confinamiento será muy diferente. Tanto el mío, como el de mi marido, como el de mis hijos. Porque, recordando la frase de mi padre, estaré viéndolo de colores intermedios, no tan negro como antes. Cada día será una fiesta el ratito que nos hacemos una videollamada con mi familia para vernos todos y compartir lo que hemos hecho ese día, aunque sea poquita cosa. Y lo que sí que será un fiestón de los grandes será el día en que podamos reunirnos todos para comer juntos en una terracita y abrazarnos todo lo que queramos. Estoy segura de que la mayor enseñanza que nos regalará toda esta pesadilla será la de valorar los pequeños placeres de la vida que antes dábamos por sentados.

¿Estrés infantil?…Act crazy!

Estrés, estrés, estrés. Estoy estresada / me duele la cabeza porque estoy estresado / ¡uf! qué estrés / he tenido un día muy estresante, etc. No sé tú, pero yo cada vez me encuentro con más personas estresadas por la vida. Así que te reto a que leas este artículo sin estresarte. ¿Lo conseguirás? La pobre María no lo logró.

Los adultos somos capaces de reconocer que nos encontramos bajo mucho estrés e intentamos entender por qué nos sentimos de una u otra manera. También creo que cada vez somos más conscientes y trabajamos en ello. Vamos a yoga, regulamos nuestra alimentación, practicamos meditación, corremos por la mañana, planeamos escapadas, etc.

Sin embargo, ¿qué pasa con nuestros niños? El estrés ha dejado de ser un problema sólo de los adultos. Me parece tristemente lógico. La histeria adulta también se contagia. Este post nace a raíz de un estudio que leí hace poco que demostraba que el estrés es uno de los principales problemas de salud infantil hoy en día. Lo preocupante del asunto es que, a diferencia de los adultos, los niños no tienen experiencia en comunicar y expresar cómo se sienten. Tampoco son capaces por ellos mismos de organizar una excursión por la montaña para escapar de los días estresantes.

El hecho de que no lo puedan comunicar, no quiere decir que no lo sientan y que no sufran las mismas consecuencias que nosotros: cambios de humor, dolores de cabeza, irritabilidad, enfermedades, etc. Por eso, como responsables de nuestros pequeños, hemos de observar muy bien sus actitudes para identificar si se encuentran bajo una situación estresante y actuar para cuidar su salud.

¿Y por qué se estresan? Por las mismas razones que nosotros. Básicamente, el estrés infantil se manifiesta de tres maneras diferentes: estrés en la escuela, en la familia y por exceso de información. Varias fuentes coinciden en que el estrés es inevitable y, hasta cierto punto, necesario para que los niños aprendan a gestionar situaciones difíciles. Y aquí es donde entramos nosotros, los adultos. Ellos tienen que saber que aquí estamos para ayudarles a entender lo que les pasa y lograr que desarrollen habilidades que les serán útiles cuando se hagan mayores.

El estrés en la escuela es uno de los más inevitables, porque los niños están llenos de deberes, obligaciones y actividades. Yo recuerdo que, desde pequeña, siempre tenía muchas cosas que hacer de la escuela, tenía que comer y hacer deberes porque luego estaba toda la tarde entrenando. En el instituto, el nivel de exigencia era altísimo. La nota mínima para aprobar era un 7. Y, la universidad, ni te cuento. Pero no recuerdo tener un trauma a causa de esto. Al contrario. Creo que mis padres me ayudaron bastante a entender que éstas eran mis responsabilidades y que era muy importante saber gestionarlas bien. Y realmente creo que, si hoy en día sé trabajar bajo presión y hacer bien las cosas, es gracias a eso.

Hay muchos factores familiares que pueden ocasionar estrés a los pequeños. Básicamente los mismos nervios de los padres ocasionados por: problemas con la pareja, problemas en el trabajo, problemas financieros y un largo etcétera. Yo sólo puedo hablar desde mi punto de vista como profesora y lo que recuerdo como hija, que no es mucho. Así que como teacher os digo que cuando estoy estresada por algo, mis niños lo notan enseguida. Se irritan, tienen cambios de humor y la clase se convierte en algo muy difícil de llevar. Hemos de tener mucho cuidado con lo que transmitimos. Tengan la edad que tengan, los niños lo perciben todo.

Por último, es el estrés ocasionado por el exceso de información y la tecnología. Los niños están expuestos a una cantidad de estímulos impresionantes. Hoy en día no tienen tiempo para aburrirse. Tienen que estar siempre haciendo cosas y me da mucho miedo pensar que, en su mayoría, están relacionadas con la tecnología. Por otro lado, si vemos las noticias en casa, nuestros niños que son un pelín más mayores, ya se enteran de lo que está pasando a su alrededor. Y, seamos realistas, la mayoría de las noticias con las que nos encontramos hoy en día son terribles. Imagínate el estrés que puede provocar una noticia a un niño que ya entiende mas ó menos cómo funcionan las cosas (sin toda la información y aguante que podemos tener los adultos). Bueno, yo no. Yo, cada vez que se me ocurre ver la tele, acabo llorando.

Todo esto me llevó a investigar qué hacer para combatir de la mejor manera posible este malestar infantil. Aquí os dejo mis consejos.

  1. Aprende a reconocer los síntomas del estrés en niños. Como pasa con los adultos, éstos pueden ser físicos y/o de comportamiento.
  2. Alienta a los niños a expresar sus sentimientos. No importa la edad que tengan, lo más importante es que sepan identificar las emociones (miedo, tristeza, ansiedad, aprensión). Los niños tienen que sentirse seguros de expresar cómo se sienten. Tienen que saber que están en un ambiente en el que se sientan aceptados y valorados.
  3. Concéntrate en las causas del estrés y no en las consecuencias. Es más importante pensar en las razones y en la raíz del problema que corregir sus nuevas actitudes.
  4. Ten las reglas y límites claramente definidos y sobre todo síguelos. Los niños funcionan muy bien con rutinas bien establecidas.
  5. Básico. Si a nosotros nos ayuda, imagínate a ellos. Crea rutinas de ejercicio para ellos y también en familia. Predica con el ejemplo. Recuerda que si desconectas tú, te desestresas tú, te relajas tú, para ellos será todo más fácil.
  6. Utiliza libros e historias infantiles para tratar con ellos temas difíciles (una separación o una pérdida, por ejemplo). Hay muchos libros infantiles que te pueden ayudar a tratar temas delicados con tu hijo de una manera más cercana a ellos.
  7. Lo más importante de todo: dedica tiempo a divertirte con ellos. Expresad vuestros sentimientos de maneras divertidas, reíros sin sentido, haced caras frente al espejo, haceros cosquillas, chillad y gritad en el parque, simplemente…act crazy! Yo lo hago con mis alumnos y es lo más divertido y anti-estrés que hay.

Me encantaría poder pensar que vivimos en un mundo en el que palabras como ESTRÉS no existen, pero no es así. Lo único que sé es que sólo nosotros somos capaces de decidir cómo queremos vivir nuestra vida y cuánta importancia le damos a según qué cosas. Y, lo más importante de todo, sólo nosotros somos responsables de lo que vamos a transmitir a las futuras generaciones.

El timo del «tiempo de calidad»

Te matas trabajando todo el día para que a tus hijos no les falte de nada. Y, al final, les faltas tú. Toma ya. Vaya reflexión. La leí en el perfil de Instagram de Barcelonette hace unos días y me marcó mucho. Tanto que me inspiró para escribir el post de esta semana.

¿Cuánto tiempo pasamos con nuestros hijos? ¿Mucho o poco? Obviamente, todo es relativo, depende de cómo se mire. Para alguna mamá, quizás, dedicarle una tarde a la semana a su hijo es mucho y, para otra, quizás dedicarle tres horas cada tarde es poco. Como decía, es algo muy relativo. Y, ¿sabes qué? Todo depende de nuestras necesidades, las de nuestros hijos y de la calidad del ratito. El “tiempo de calidad” es un concepto que quizás está un poco sobrevalorado porque se ha puesto de moda. Recuerdo que he hablado del tiempo de calidad en otros artículos y, si vuelvo a tratar este tema, es porque realmente lo considero importante.

Si tuviera que definir el “tiempo de calidad”, diría que es un tiempo que dedicamos exclusivamente a nuestros hijos: jugando con ellos, contándoles un cuento, bañándoles, dándoles la cena, hablando de cómo nos ha ido el día… sin distracciones. Sin móviles, sin estar pendientes de que no se nos queme la carne y sin estar mirando de reojo el reloj.

Lo que ocurre es que, cada vez más, se nos inculca que no importa tanto el tiempo que pasemos con nuestros hijos, sino la calidad de ese tiempo. En cierta parte estoy de acuerdo, pero no del todo. El “tiempo de calidad” es un poco una invención de la sociedad de nuestros días, que dedica muchas horas al trabajo. Es como un consuelo para los padres y madres que, por obligaciones laborales, casi no pueden dedicar tiempo a sus hijos. Según una encuesta de ARHOE (Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios en España), los padres y madres españoles dedicamos poco más de dos horas al día (incluidos los fines de semana) a cuidar y atender a nuestros hijos. El 68% de los encuestados considera que este tiempo es menos de lo necesario.

Pues sí, yo también creo que este tiempo es menos de lo necesario. De hecho, mucho menos. Antes de continuar, quiero aclarar que con este artículo no quiero atacar ni criticar a ninguna mamá ni a ningún papá, porque entiendo que todos lo hacemos lo mejor que podemos. Eso está claro. Sólo quiero abrirnos un poco los ojos y ayudar a darnos cuenta de que nuestros hijos nos necesitan. El “tiempo de calidad” es un poco un timo, porque los niños necesitan pasar tiempo con sus padres. Cuanto más, mejor. Sea «de calidad» o no. Es decir, puede haber tiempos de los que estamos con nuestros hijos que sean de calidad (cuando dejamos el móvil y les leemos un cuento, cuando jugamos juntos o cuando hablamos con ellos de cómo nos ha ido el día) y otros que no sean «de calidad», pero sí sean tiempo (cuando estamos preparando la cena y ellos juegan cerca de nosotros, cuando estamos doblando ropa y ellos nos ayudan, cuando vamos al supermercado y ellos nos acompañan, cuando simplemente vivimos el día a día con ellos a nuestro lado).

Muchos padres y madres reconocen que sólo ven a sus hijos en pijama y que llegan, con suerte, para contarles el cuento de antes de ir a dormir. Permíteme que diga que no basta con que los padres les lean un cuento antes de dormir y les den el beso de buenas noches porque, muchas veces, a esas horas los niños hijos ya están cansados o  nerviosos y ya no están dispuestos a recibir ese tiempo de calidad. Un poco triste, ¿verdad?

Aquí entra el tema de la conciliación. Gran tema. Es muy difícil conciliar. Dependes de un jefe, si éste considera que estar presente en el día a día de tus hijos es importante o no. Es cierto que, en este aspecto, yo he tenido (y sigo teniendo) mucha suerte, porque no dependo de nadie que me autorice a poder pasar más tiempo con mis hijos. Tener una empresa propia tiene muchos aspectos negativos (aunque no lo parezca) y otros muchos positivos. Para mí, de los más positivos es éste, el poder pasar todo el tiempo que quiera con mis hijos. Poder ir a buscarles al cole varios días a la semana, poder ir a su festival de Navidad, a su desfile de Carnaval, poderles acompañar cada mañana… Es un lujazo, es verdad. Sin embargo, lo que creo que es muy triste es que, en el año 2020, todavía no sea posible conciliar. Sí, “conciliar” es otra palabra que parece que está muy de moda, pero nos queda muchísimo por aprender. No nos engañemos, muchas personas (sobre todo mujeres) se han visto obligadas a tener que elegir entre el cuidado de su familia o seguir proyectando su carrera profesional. Incluso muchas mamás que deciden pedir una reducción de jornada para poder dedicarles las tardes a sus hijos se sienten culpables cada vez que tienen que recordarle a su jefe o a sus compañeros de trabajo que no pueden asistir a la reunión de la tarde porque su jornada termina a las 15h. Estamos a años luz de otros países europeos, espero que poco a poco vayamos mejorando. Suerte que hay grupos muy influyentes como Malasmadres, que han lanzado iniciativas tan potentes como la de YoNoRenuncio. Si no la conoces, te invito a que hagas clic en este enlace para saber un poco más, vale la pena.

Para concluir este post tan reivindicativo y personal que he escrito hoy, me gustaría presentarte una reflexión. No es mía, es de Charuca. ¿Sabes quién es? Es una diseñadora de artículos de papelería que me encanta, que diseña agendas, planificadores y muchas cosas más con frases motivadoras. Una de sus frases estrella es: “Tener éxito es estar enamorada de tu vida”. Nada más que añadir, ahí está la clave. Para algunos, el éxito puede ser formar una familia y tener un trabajo que les motive y que les permita pasar tiempo con su familia. Para otros, el éxito puede ser dedicarse a tope a su vocación laboral y viajar en su tiempo libre. Esto son dos casos entre otras mil opciones más de éxito que hay, según los valores y las prioridades de cada persona. Sólo me gustaría que pienses cuál sería tu éxito.

 

El frasco de la vida en versión infantil

Hace unos días me topé con un vídeo cuyo mensaje es recordarte las cosas importantes de la vida. Creo que, esta vida tan acelerada que llevamos (o por lo menos a veces, yo), nos lleva a olvidar lo que es realmente importante. Los días pasan rápidamente y, conforme vamos creciendo, más.

Trabajar con niños conlleva una enorme responsabilidad. Cada palabra, información, tono y reacción son determinantes para la formación de nuestros pequeños. Cuando vi este vídeo pensé que esta idea se podía transformar en una actividad dedicada a mis niños, me puse a trabajar en ello y hoy he decidido compartirla con vosotros. Primero, os muestro el mensaje inspiracional y, después, mi idea bombero.

Hace mucho tiempo un anciano profesor reunió a todos los alumnos de su clase y sin decir palabra, tomó un frasco vacío y grande de boca ancha, y procedió a llenarlo con pelotas de golf. Luego le preguntó a sus estudiantes si el frasco estaba lleno.
Los estudiantes respondieron que sí.
Así que el profesor tomó una caja llena de canicas y la vació dentro del frasco. Las canicas llenaron los espacios vacíos entre las pelotas de golf y el profesor volvió a preguntarle a sus alumnos si el frasco estaba lleno y ellos volvieron a decir que sí.
Luego el profesor tomó una caja con arena y la vació dentro del frasco. Por supuesto, la arena llenó los espacios vacíos y el profesor preguntó nuevamente si el frasco estaba lleno.
En esta ocasión los estudiantes respondieron con un ¡¡ sí!! , rotundo.
El profesor enseguida agregó 2 tazas de café al contenido del frasco y efectivamente llenó todos los espacios vacíos entre la arena.
Los estudiantes no lo podían creer. Cuando la risa se apagaba, el profesor dijo:
– “Quiero que se den cuenta que este frasco representa la vida. Las pelotas de golf son las cosas importantes, como la familia, los hijos, la salud, los amigos… las cosas que te apasionan. Son cosas que aún si todo lo demás lo perdiéramos y sólo éstas quedaran, nuestras vidas aún estarían llenas.
Las canicas son las otras cosas que importan, como el trabajo, la casa, el coche, etc.
La arena es todo lo demás, las pequeñas cosas.
Si ponemos la arena en el frasco primero, no habrá espacio para las canicas ni para las pelotas de golf. Lo mismo ocurre con la vida. Si gastamos todo nuestro tiempo y energía en las cosas pequeñas, nunca tendremos lugar para las cosas realmente importantes.”
Uno de los estudiantes levantó la mano y preguntó qué representaba el café. El profesor sonrió y dijo:
“Sólo es para demostrarles que no importa lo ocupada que tu vida pueda parecer, siempre hay lugar para un par de tazas de café con un amigo.”

Interesante, ¿no? Estuve un tiempo considerable haciendo una lista de las cosas más importantes, primero para mí y después para los niños. Realmente fue un ejercicio ponerme a pensar y priorizar. Los adultos tenemos nuestras prioridades, algunas veces más claras que otras pero este post está dedicado a los pequeños, así que aquí vamos.

Para hacerlo más divertido, decidí cambiar las pelotas de golf por pelotas de ping pong. ¿Por qué? Aparte de que personalmente pienso que el ping pong es más divertido que el golf, son más fáciles de pintar. Muchos conocéis mi poca habilidad para dibujar, pero como tenía muchas ganas de hacer esta actividad hoy seré muy valiente y os mostraré mis dibujos.

Para mí el amor y el cariño son fundamentales. Creo que es básico enseñarles a nuestros niños lo importante que es querer y cuidar a la familia, a los amigos, y a nosotros mismos. Con esto, tendríamos cubiertas nuestras pelotitas de ping pong. Comencemos por la familia: nuestros padres, abuelos, tíos y primos, nuestra mascota, etc. Según lo grande que decidáis sea el frasco, las pelotas que dediquemos a esto.

La salud representa un amor y un cariño hacia nosotros mismos, esto podríamos representarlo a través de buenos hábitos como lo son: comer bien, hacer ejercicio, dormir suficiente, reírnos mucho, meditar y relajarnos.

Las personas que decidimos nos acompañen en el camino, también son muy importantes. Esas personas que van a nuestra clase, que se sientan a nuestro lado en el comedor, que juegan con nosotros en el patio, que comparten las mismas inquietudes, que tienen las mismas preguntas y sobre todo que crecen al mismo tiempo que nosotros. Esas personas que llamamos amigos y están ahí para apoyarnos en todo momento. Me pongo muy sensible con este tema porque al estar fuera de mi país y lejos de mi familia, los amigos para mí son fundamentales. Son esas personas que me han ayudado y guiado por el camino y que considero importantísimo cuidar y querer.

En el texto del mensaje no aparece nada sobre cuidar el mundo en el que vivimos, pero ya nos conocemos y saben que mi vena ecologista salta en todo momento. Me parece imprescindible inculcarles a nuestros pequeños el amor por el mundo en el que vivimos, así que yo dibujaría esto en una gran pelota de ping pong.

Ahora bien, continuemos con las canicas. Encontré en nuestro almacén unas bolitas de porexpan más pequeñas que las pelotas de ping pong y me parecieron geniales para reemplazar las canicas. De acuerdo al mensaje, las canicas son las «otras» cosas que importan. Cuidar de nuestra casa y de nuestras cosas es muy importante, ir contentos a la escuela y aprender mucho, decidir junto a nuestros padres las actividades después del cole que más nos gustan y disfrutarlas.  Me parece que aquí es fundamental que nos sentemos con ellos y les preguntemos qué cosas les gustan, qué es lo que creen ellos es importante y ayudarlos a priorizar según los valores que queramos inculcarles.

La parte de la arena puede ser muy divertida. Si tenemos sal y colorante en casa, podríamos hacer sal de colores. La arena representa las pequeñas cosas como los juguetes, la ropa y otras cosas materiales que son importantes pero no imprescindibles para ser feliz. No es necesario tener las bambas más molonas o el juego más tecnológico.

Continuamente me encuentro con lecciones como éstas que me ayudan a recordar lo que es fundamental para ser feliz y a poner las cosas en su lugar. Creo firmemente que,  si adaptamos estas lecciones con mensajes que nuestros pequeños puedan entender, que estén relacionados con sus intereses según la edad que tengan y según lo que les guste, seguramente de mayores no necesiten continuos recordatorios de lo que es más importante. A mí me hubiese encantado tener una profe que me enseñara estas cosas. Ya os contaré qué tal me va cuando haga la actividad con mis alumnos.

Pues con esta entrada nos despedimos del blog por un par de semanas. La próxima semana comenzamos con el casal de Navidad…¡tenemos muchas ganas! Os deseamos a todos Feliz Navidad y un año 2020 lleno de cosas increíbles. Gracias por un maravilloso 2019.

 

No es mejor quien más cosas tiene

Esta semana tocaba escribir sobre ecología y experimentos. Está claro que, con el título que acabáis de leer, esto no va de experimentos. El no comprar de manera excesiva, reciclar juguetes y ropa y concienciar a nuestros pequeños sobre este tema está completamente relacionado con cuidar el mundo en el que vivimos por tanto, con la ecología. Dicho esto… aquí vamos. 

En los últimos días, he tenido varias discusiones referentes a esto del Black Friday, ¿vosotros, qué opináis?

El Black Friday es una tradición americana que se celebra justo el día después de Thanksgiving (festividad que aquí no se conoce en la que, aparte de “dar gracias” comen hasta reventar). Hay varias teorías sobre el origen del Black Friday y todas coinciden en que es una oportunidad para cambiar los números de la contabilidad de tu negocio de red a black. Todos los americanos, después de haberse pegado un buen festín en Thanksgiving, esperan con ansias el Black Friday. Cuando viví en Estados Unidos, realmente flipé con lo importante que es esta fecha para ellos. Cuatro o cinco (o a veces más) meses atrás, comienzan a hacer la lista de cosas que “necesitan” comprar, los negocios invierten una cantidad exorbitante de dinero en publicidad para anunciar sus descuentos ese día, las familias tienen tradiciones de despertarse a las cuatro de la mañana para evitar colas en las tiendas, toda una revolución envuelta en el consumismo. Era la conversación por excelencia de la sobremesa del Thanksgiving, incluso los niños sabían de qué iba. No podía evitar pensar qué les estábamos enseñando. No me gustaba nada en ese entonces, no me gusta nada ahora.

Cuando llegué a vivir a Barcelona hace diez años, no había ni black ni red ni orange Friday. Halloween no se celebraba, los Reyes y el Caga Tió eran lo que había y las luces y los arbolitos navideños aparecían en las tiendas a finales de noviembre y no a principios, como ahora. Cuando yo llegué a vivir a Barcelona, percibía un sentimiento bastante general de rechazo a la cultura americana. Esto me gustaba, hablaba de Barcelona como una ciudad que defendía sus tradiciones, su idioma, su cultura. En cambio, hoy me parece que tiene más fuerza y convocatoria un evento relacionado con Halloween que uno relacionado con la castañada.

México, país en el que me crié, tiene una influencia americana fuertísima. Siempre me pareció un país que, por cercanía, seguía las costumbres de Estados Unidos olvidando las suyas y esto me daba mucha tristeza. En la escuela, recuerdo a una profesora que defendía a capa y espada el Día de Muertos ante Halloween. Aquellos que no conocéis la tradición, os invito a ver este vídeo, es precioso.

Bueno, esta profesora tampoco apoyaba el Valentines Day y la venta excesiva de tarjetas, flores y globos en forma de corazón. También nos enseñó que la Navidad es un momento de agradecimiento, ilusión y felicidad en familia más que los regalos, la cantidad de regalos, la calidad de regalos, el envoltorio de los regalos, etc.

Volvamos a por qué comencé este post diciendo que he tenido varias discusiones sobre el tema del Black Friday. Alguien que conozco está montando su oficina desde cero, lleva semanas pensando en lo que se quiere comprar en el Black Friday, con sus listas y todo. Claro, cuando le expuse mi manera de pensar, no le pareció bien. Lo entiendo, entiendo que finalmente el Black Friday sea una oportunidad para comprar todas estas cosas que necesitas y no dejarte la cartera en el intento. Entiendo también por qué María y yo estuvimos discutiendo si hacíamos algún tipo de descuento en nuestra tienda o no. También lo entiendo porque yo mañana aprovecho los descuentos que hacen en mi óptica para graduarme las gafas y comprarme unas lentillas, llamadme incongruente pero estoy en formato ahorro.

Está claro que hay «tradiciones» que han llegado para quedarse, especialmente en las grandes empresas.  Me cuesta aceptarlo porque, los que me conocéis, sabéis que a veces vivo en un mundo de yupi en el que me encantaría que las cosas fueran como antes y que no se fueran perdiendo tradiciones que son importantes.

Comienzan los días en los que la ilusión por la Navidad está muy presente. Mis alumnos llegan a clase cantando villancicos y hablan de su cartita a los Reyes. Me cuentan que su estación favorita del año es Winter porque es Navidad. Y aquí, otro momento confesión: no solía gustarme mucho la Navidad. Tranquilos, creo que el hecho de trabajar con niños me ha hecho cambiar de idea. Me da la oportunidad de aportar mi granito de arena para recordarles, como lo hizo mi profesora en su momento, lo importante que es estar felices y agradecidos con lo que tenemos a nuestro alrededor. También me da la oportunidad de vivir la ilusión con ellos y, sorprendentemente, me encanta.

Está claro que los niños aprenden de nosotros. Muchas veces sin que nos demos cuenta, ellos observan todo lo que pasa a su alrededor y, si nos ven obsesionados con las compras, el dinero y los descuentos, es posible que crezcan pensando que esa obsesión es natural, y no lo es. Es una realidad que el mundo está cambiando pero creo firmemente que la clave está en la compensación y el equilibrio. Si educamos a nuestros niños con valores, por mucho consumismo que haya en el mundo, se desarrollarán mejor.

Vamos a enseñarles a nuestros niños que no es mejor quien más cosas tiene. Vamos a enseñarles lo importante que es comprar cositas en comercios pequeños que estén en nuestro barrio. Vamos a enseñarles a cuidar el mundo en el que vivimos cuidando los envoltorios, reciclando o haciéndolos nosotros mismos. Vamos a enseñarles lo importante que es compartir y quedemos un día para ir a donar los juguetes y ropa que ya no usemos a niños que lo necesitan. Una vez escuché a una mami que cada Navidad hacía que su hijo escogiera sus tres juguetes favoritos y, de esos tres, debía elegir uno para regalar. Me encantó. Vamos a montar el arbolito recordando que lo más importante es estar juntos cantando villancicos, comiendo turrón y riéndonos en familia. No dejemos que olviden las tradiciones que han marcado nuestra historia y creemos nuevas tradiciones familiares que se basen siempre en el cariño, la ilusión y la emoción que toda esta época mágica conlleva. Eso sí, cuando los niños duerman, en el ordenador, ¡a aprovechar las rebajas!

Me encantaría una iniciativa en la que todos los comercios de barrio y proximidad se unieran para crear sus propios descuentos. Una iniciativa que nos motive a comprar los regalitos navideños ahorrando y apoyando negocios locales. Es una de las cosas que me encanta de trabajar aquí, la vida de barrio. Así que, si tenéis alguna propuesta, ¡nosotras nos apuntamos!  Mientras tanto, vamos a disfrutar de esta época tan bonita como lo que es: una época bonita.

 

La tele no siempre es un demonio

El único momento del día en el que Bruno ve vídeos es después de cenar, justo antes de irse a dormir. Desde mi móvil elegimos los que quiere ver y, gracias a Chromecast, los vemos en la tele (pantalla grande, mucho mejor). Son cuatro canciones que él elija o vídeos cortitos, de máximo cinco minutos. Desde que era pequeño le expliqué que en mi móvil los vídeos sólo se ven en inglés (bendita inocencia). Como nunca lo toca si no estoy al lado, no puede ver vídeos en otro idioma, porque se los selecciono yo.

Depende del día elige ver cuatro canciones o algunas canciones y algún capítulo de Peppa Pig… eso sí, como decía, siempre en inglés.

Un día de la semana pasada acabó de cenar y tocaba nuestro “momento vídeos”. Estaba mi madre en casa y, de repente, Bruno dice: pobre Nina, no lo va a entender, que ella no sabe tanto inglés (“Nina” es como Bruno llama a mi madre). Se la quedó mirando con una cara de pena, pensando lo que se pierde la pobre por no saber inglés. ¡Puntazo!, pensé. Porque él es consciente de que saber inglés es una suerte, porque gracias a eso podemos disfrutar de muchas cosas, como entender las canciones o las historias de Peppa Pig.

Este episodio me sirve para empezar mi post de hoy en el que reflexiono sobre cómo un ratito al día viendo la tele con nuestros hijos puede servir para reforzar nuestro vínculo con ellos y también para compartir nuestro “ratito en inglés”.

El primer consejo que me gustaría darte es que ni demonicemos ni veneremos la tele (o el móvil). Para mí, bien usado y con unos límites (por supuesto) no tiene nada de malo. Todo lo contrario, tiene muchas cosas buenas. Es nuestro ratito de relax juntos antes de ir a dormir. Además, nos sirve para dialogar, porque comentamos lo que está pasando. Para que no se quede embobado, le voy haciendo preguntas sobre lo que está pasando. Para hablar, van mejor los capítulos, porque las canciones no tienen tanto argumento. Gracias a Peppa Pig hemos aprendido valores como trabajar en equipo, compartir, ayudar, etc. A veces, incluso pongo el pause para poder comentar mejor lo que me interese.

El segundo consejo es que, si este ratito compartido es en inglés, muchísimo mejor. Porque entonces, además de relajarnos juntos y compartir nuestras reflexiones, aprenderemos inglés. Aprenden un montón de vocabulario y se acostumbran a la pronunciación nativa, que cuando sean más mayores les servirás para poder ver películas más largas o documentales sin tener que leer los subtítulos. Además, cuando los padres acompañamos a nuestros hijos en cualquier actividad, como por ejemplo ver dibujos en inglés, les estamos dando ejemplo y transmitiendo que los valoramos. No olvidemos que los niños aprenden cuando se sienten valorados, escuchados y seguros. Por tanto, cuando apoyamos una actividad suya, se sienten apoyados, mejora su autoestima y aprenden mejor.

El tercer consejo es que elijas capítulos, pelis, canciones o lo que sea de temas que interesen a tu hijo. Tanto para niños pequeños, como para más mayores. Si a tu hijo la gustan los trenes o los piratas, busca cosas sobre estos temas. Por ejemplo, nosotros vemos vídeos de garbage trucks (camiones de la basura) y diggers (excavadoras). Para niños más mayores (a partir de seis o siete años) hay vídeos cortitos de cocina en inglés súper chulos y fáciles de entender. Lo importante es que el tema le apasione (así aprenderá motivado) y también que el lenguaje sea sencillo y claro (para que no le cueste entenderlo). Con Youtube, Netflix o cualquier plataforma de estas lo tenemos fácil, tenemos infinidad de opciones para elegir.

Por último, ten en cuenta el tiempo de duración. En mi opinión, antes de los cuatro o cinco años no son capaces de mantener la atención tanto tiempo como para ver una película entera (de una hora u hora y media). Creo que, con la “dificultad” añadida de que sea en inglés, sería too much. Te aconsejo que empecéis por canciones o capítulos más cortos, de un máximo de quince minutos. Eso en general, claro. Quizás tu hijo con tres años ya se concentra dos horas seguidas y puede ver une peli. El mío, de momento, no.

Así pues, si lo que te he explicado te convence, puedes empezar a aplicarlo con tus hijos. Evidentemente, no sólo por ver la tele en inglés tus hijos aprenderán el idioma, pero sí será una buena herramienta para ayudarles a mejorar. ¡Sobre todo si ven los mismos capítulos una y otra vez! Es lo que suelen hacer los niños porque les da seguridad y les encanta saber lo que va a pasar. Además, les servirá para aprender el vocabulario y las estructuras gramaticales y afianzarlos. ¿Te animas a que tu móvil también se vea sólo en inglés?

No es egoísmo, sino amor propio

El año pasado escribí un artículo que trataba sobre cómo las mamás teníamos que intentar encontrar tiempo para nosotras, tiempo para relajarnos y disfrutar de hacer lo que nos apetezca.

Hace unos días me puse a buscar el artículo (aquí lo tienes), porque sentí que necesitaba leerlo otra vez. Tenía una sensación de nervios, estrés, agobio… de no llegar a todo. Últimamente me pasa bastante a menudo. Siento que no llego a todo y que, a veces, no hago las cosas tan bien como me gustaría. A veces por falta de energía, otras por falta de concentración, y otras por varias razones a la vez. Varios ejemplos: estoy en el trabajo sintiéndome mal porque esta mañana he dejado a Bruno en el cole muy rápido porque iba con prisa y no le he dado un abrazo tan grande como le gusta. O estoy trabajando y me doy cuenta de que a las 15:30h tengo que recoger a Martina, son las 15h, estamos enfrascadas en una reunión importante y todavía no he comido. ¿Qué va a pasar? Que tendré que coger un taxi, ir con la lengua fuera, sin comer, y corriendo a recogerla. O estoy en casa tumbada en el sofá, cuando los niños ya duermen, y me siento mal porque quizás no he aportado tantas ideas como aportaba antes en nuestra reunión de trabajo de esta mañana. ¿Por qué? Porque estaba cansada y algo desconcentrada. O estoy en casa jugando con los niños una tarde y me llega un email importante que tengo que responder. Intento disimular para que no me vean con el móvil, ¡pero me pongo a responder el email! Yo, que tanto había criticado a las mamás que estaban con sus hijos y mirando de reojo el móvil. Pues sí, a veces, también soy de estas.

Entonces, hay días en que, cuando los dos duermen y estoy en mi ratito de calma y tranquilidad, pienso… ¿lo estoy haciendo bien? ¿Por qué tengo esta sensación de que intento abarcar mucho y no llego? Me pasa bastante a menudo. Es una mezcla entre autoexigencia, insatisfacción y culpabilidad. Incluso, algunas veces, siento como un ahogo que me cuesta de calmar. Entonces, me paro y pienso: María, ¿cuáles son tus prioridades? Creo que sí que estoy centrándome en mis prioridades o, por lo menos, eso intento. Sin embargo, creo que intento seguir el mismo ritmo de autoexigencia y de hacer mil cosas que llevaba antes de tener hijos y ahí está el error. Porque soy una persona súper activa, llena de energía, con muchísimas ilusiones y proyectos, con nuevas ideas que van surgiendo de mi cabeza muy a menudo… pero no soy superwoman. Ni lo soy ni puedo pretender serlo, porque los días tienen 24h y 8h son para dormir, así que tenemos 16h cada día para hacer cosas, vivirlas y disfrutarlas. Así que… elijamos de qué manera queremos vivir esas horas.

Después, en algún lugar, estaría yo. Mi persona, que también es (o debería ser) una prioridad. Como decía en mi artículo de hace unos meses que te citaba al principio, es evidente que el rol que me requiere más tiempo es el de ser mamá y acepto que nunca había sido tan feliz, pero dedicarme mi tiempo y estar por mí misma no es egoísmo, sino amor propio. Si estoy bien y soy feliz, mi hijo también lo será.

Las mamás deberíamos eliminar de nuestro vocabulario las palabras egoísmo, culpa y multitasking. ¿Y si las intentamos cambiar por amor propio, necesidad de espacio para nosotras y una cosa después de la otra? Cuando trato estos temas, pienso mucho en Malasmadres. Supongo que ya las conoces pero, por si acaso, te copio cómo se definen: una comunidad emocional 3.0 de madres que tenemos mucho sueño, poco tiempo, alergia a la ñoñería y ganas de cambiar el mundo, porque no queremos renunciar a nuestra carrera profesional, pero tampoco queremos renunciar a ver crecer a nuestros hijos. Olé, qué pasada de definición, ¡me da un subidón leerla! Son geniales y sus posts valen muchísimo la pena. Ellas defienden que no somos malasmadres por tener ganas de irnos a cenar con una amiga y dejar a los niños con su padre y que tampoco somos malasmadres por ir a yoga un día a la semana y tener que jugar menos con nuestros hijos ese día porque llegamos más tarde a casa. No, no somos malasmadres, somos personas que necesitamos reajustar nuestra vida para dedicarnos lo máximo posible a esas personitas a las que tanto queremos, pero sin tener que renunciar a todo lo demás. Evidentemente, como decía, no podemos pretender vivir igual que antes de que existieran esas personitas, porque nos ocupan muchísimo tiempo y muchísima energía, pero tampoco vivir sólo por y para ellos. No por tener “otra vida” a parte de la de mamás somos egoístas, para nada. Simplemente necesitamos sentir que también somos seres individuales, amigas, mujeres, hijas, hermanas, esposas, profesionales, y muchísimas cosas más que se te puedan ocurrir.

Voy a ir terminando este post tan personal que he escrito hoy. Como primer post del curso no está mal, ¿no? Me ha salido solo, sin pensar demasiado, sólo escribiendo lo que necesitaba expresar. Me he propuesto aprovechar este inicio de curso para hacer un reset, replantearme muchas cosas, organizarme mejor en mi trabajo y en mis tareas domésticas, usar menos el móvil, disfrutar de los míos sin sentirme culpable, dejar volar mi imaginación como hacía antes y volviendo a soñar. Que soñar es gratis, oye, y va muy bien.

Que tengas un muy buen inicio de curso y, cuando tengas un día de esos desbordados, respira hondo y piensa: lo estoy haciendo bien.

Para, respira, conecta… Mindfulness

Llegamos tarde al cole. Miles de coches para cruzar la ciudad. Muchos whatsapps. Una cola kilométrica en el super. Va, a la ducha, que tenemos que cenar y es tarde. ¿Te suena? Estas dinámicas son cada vez más habituales en muchas casas y no hacen nada más que generar estrés y malestar. Justamente lo contrario de lo que busca el mindfulness.

El mindfulness, también llamado atención plena, es la concentración en el momento presente para aumentar la atención y sin juzgar. No es lo mismo que meditación, es diferente. El mindfulness es un descubrimiento personal, un viaje interno que cada uno hace por su cuenta. Es mucho más que una serie de ejercicios, respiraciones o movimientos.

Tanto los adultos como los niños, vivimos tan ajetreados, sobreeestimulados y prácticamente siempre con prisas que, de vez en cuando, es necesario parar y, simplemente, escuchar nuestra respiración. No hacer nada. Estamos constantemente preocupados por el pasado o por el futuro que está por llegar. El mindfulness consiste en detenernos en el momento presente y pensar: ¿qué está ocurriendo?, ¿qué siento?, ¿qué pensamientos pasan por mi mente?, ¿qué veo?, ¿qué oigo?

En nuestro día a día frenético, hacemos muchas cosas a la vez y constantemente nos interrumpimos. Por eso es normal que cada vez nos cueste más concentrarnos en una única tarea. Aquí es donde el mindfulness puede ayudarnos. Tanto a adultos como a niños, porque ellos también viven a mil revoluciones y necesitan algo para relajarse y desconectar. He estado investigando bastante sobre el tema y he encontrado métodos y ejercicios súper interesantes y relajantes para hacer en casa con nuestros hijos o en el aula con nuestros alumnos. De todos ellos, el que más me ha gustado es el famoso Método de la rana, para ayudar a la relajación y mejorar la atención de los niños. Creado por la terapeuta holandesa Eline Snel, autora de Tranquilos y atentos como una rana, es un libro  con ejercicios de respiración y relajación para niños y niñas de cinco a dieciocho años divididos en sesiones cortas, de entre 3 y 10 minutos. Los niños aprenden a entrenar la atención de forma lúdica y tomando consciencia de su su mente está en calma o no. Si te interesa este tema, te recomiendo muchísimo que te compres este libro y que lo tengas como libro de consulta para ir descubriendo nuevos ejercicios y actividades para hacer con tus hijos. ¡Ya tengo ganas de que Bruno y Martina sean un poco más mayores para empezar a hacerlos con ellos!

Yo ya me lo he comprado y lo he ojeado un poco. Uno de los ejercicios que más me ha gustado es el del Parte meteorológico personal, que consiste en enseñar a nuestros hijos que la mente se parece mucho a un gran océano. A veces está en calma y liso como un espejo y podemos ver las profundidades y otras está lleno de remolinos violentos con olas gigantes. Cada día podemos jugar con ellos a ver cómo se sienten, meteorológicamente hablando.

Otros ejercicios muy sencillos que me han gustado y que te recomiendo si quieres incorporar el mindfulness al día a día de tu familia son:

  • Caminad juntos en silencio, escuchando los sonidos que os acompañan.
  • Saboread lo que coméis. Dedicad un ratito a saborear un plato en silencio, notando las sensaciones que os produce esa comida.
  • Haced un “escáner corporal”. Siéntate o túmbate con tus hijos y, empezando por los dedos de los pies, tomad consciencia de cada parte de vuestro cuerpo, hasta llegar a la cabeza. Este ejercico se puede hacer en silencio o nombrando cada parte en voz alta, para dirigir la meditación de los más pequeños.

Me gustaría terminar compartiendo una reflexión de Allende Villorejo de Landia, directora de la escuela Mente y Vida, que dice lo siguiente: El sentimiento de insatisfacción que sufren muchas personas pese a tener a su disposición un gran bienestar material, los conflictos interpersonales en el entorno laboral y en el familiar, o la frustración que experimentamos cuando no conseguimos sacarle todo el partido a nuestro potencial como seres humanos son algunos de los campos en los cuales la inteligencia emocional y el mindfulness nos pueden dar las soluciones que necesitamos. Si queremos ganar bienestar, conectar mejor con los demás y con el exterior, primero necesitamos conectar mejor con nosotros mismos. Así es. Y a esto nos puede ayudar mucho el mindfulness.

¿Tu cascabel sigue sonando?

El post de hoy es el último de 2018. Qué fuerte, ya termina este año. Qué rápido ha pasado otro año más… Y a mí especialmente, por el embarazo de Martina y mi estreno como mamá de dos desde octubre. Están siendo unos meses súper intensos, con muchísimo amor e ilusión, pero también desbordada de trabajo. Además, esta semana está siendo un poco locura porque, además de mis dos peques, mi «otro hijo», Wonderfun, me necesita cada tarde para los Parents Days. Por eso he decidido repostear el artículo que escribí el año pasado por estas fechas. Porque sigo pensando exactamente lo mismo acerca de la ilusión y del cascabel que todos deberíamos tener dentro, seamos niños o no tan niños.
Que lo disfrutes mucho y… ¡que tengas una muy muy feliz Navidad!

Magia e ilusión. Estas son las dos palabras que aparecen en mi mente cuando pienso en la Navidad, en estos días de familia, regalos y alegría.

Todavía me emociono al recordar lo nerviosa que estaba yo de pequeña, desde el día 20 o 21 de diciembre que terminaba el cole, porque pronto llegaría Papá Noel y mis queridísimos Melchor, Gaspar y Baltasar. En mi casa cumplíamos con todas las tradiciones (y muchas de ellas las seguimos cumpliendo): montar el árbol de Navidad y el pesebre en el puente de la Purísima, ir a Santa Llúcia a comprar figuritas nuevas para el pesebre, hacernos la foto de rigor con el paje de los Reyes Magos del Corte Inglés, ir a ver las luces de las calles de Barcelona decoradas por Navidad, ir adelantando cada día un poquito a los Reyes en el pesebre para que se fueran acercando al portal de Belén, abrir cada día una ventanita del calendario de Adviento durante todo el mes de diciembre, ir a la Cabalgata de Reyes a la calle Pelayo a entregar nuestra carta sin importarnos que hubiera tantísima gente, dejar comida para sus Majestades y, por supuesto, para los camellos… y un larguísimo etcétera. Sí, en mi familia siempre hemos vivido con muchísima ilusión estas fiestas, nos encantan los villancicos y las lucecitas de colores y disfrutamos pasando estos días tan especiales todos juntos.

La verdad es que he tenido mucha suerte. Mis padres nos transmitieron a mi hermana y a mí que esta ilusión no la podemos perder nunca porque es algo maravilloso y que, aunque ya no seamos niñas, debemos mantenerla. Una forma de mantener esta magia será copiando lo que ellos hicieron, que me encantaba y me sigue encantando. Quiero copiar lo de dejar unos pocos trocitos de turrón en los platos para que vean que Melchor, Gaspar y Baltasar se han terminado casi todo lo que les hemos dejado; o lo de vaciar todo el bol de agua porque los camellos están sedientos tras recorrer todo el mundo en una sola noche. También me gustaría seguir con la tradición de ir recopilando catálogos de juguetes de diferentes jugueterías durante los meses de noviembre y diciembre y pasar una tarde (o varias) con mis hijos marcando los juguetes que se piden. Y, por supuesto, lo que seguro que copiaré será la respuesta cuando, de aquí a unos años, mis hijos me pregunten mami, ¿es verdad que los Reyes y Papá Noel son los padres? La respuesta de los míos empezó con una pregunta: ¿tú qué crees? Yo les respondí: ¡creo que sí que existen! A lo que ellos añadieron: los Reyes y Papá Noel son mágicos. Si tú sigues creyendo en ellos, seguirán siendo mágicos toda la vida. Gran respuesta que nos marcó mucho. Te aseguro que mi hermana y yo seguimos durmiendo nerviosas y con maripositas en el estómago todos los 5 de enero, deseando que llegue la mañana para ir corriendo al salón y poder empezar a abrir los regalos.

Como ves, toda la vida me ha encantado esta época del año. Desde que empecé a tener algo de dinero para comprar regalitos, con quince o dieciséis años, disfruto muchísimo pensando qué regalo le puede hacer ilusión a cada miembro de mi familia, doy mil vueltas para encontrar la mejor opción, llego a casa cargada de bolsas y de rollos de papel de envolver… Algunos quizás pueden pensar que es consumismo pero te aseguro que no. Es ilusión. Consumismo sería comprar compulsivamente, gastando sin pensar, pero ese no es mi caso. Intento comprar en tiendas del barrio, cada vez regalo más experiencias y menos cosas materiales y, sobre todo, compro con ilusión.

El año pasado las navidades fueron súper especiales porque fueron las primeras con Bruno. Cierto es que, con diez meses, todavía no era consciente de Papá Noel, los Reyes, etc, pero lo disfrutamos mucho igualmente. Participó en poner las bolas del árbol, en romper unas cuantas y, por supuesto, le llevamos a la Cabalgata de la calle Pelayo (siguiendo la tradición familiar) y alucinó con tantas luces, música, caballos, etc. Este año ya es mucho más consciente, ya nos ha ayudado a montar el pesebre sin romper ninguna figurita, se para a mirar los “pajes” de Papá Noel que ve por la calle, sabe el nombre de los tres Reyes… Me encanta, ¡disfruto tanto alimentando su ilusión! Y sé que, de ahora en adelante, cada año será aún más especial, porque lo irá viviendo cada vez más.

Para terminar con este post tan personal, me gustaría darte una recomendación: la película de Polar Express. La intento ver cada año por estas fechas. Me encanta porque transmite exactamente lo que comentaba antes de no perder la ilusión aunque dejemos de ser niños. Cuando Billy  agita el cascabel de Papá Noel, no suena, porque no cree en la Navidad. En cambio, al final de la peli, cuando ha estado en el Polo Norte con Papá Noel y todos sus ayudantes y ha recuperado la ilusión por la Navidad, entonces el cascabel le suena súper fuerte. Si no la has visto, te la recomiendo. Los dibujos son maravillosos y, la música, aún mejor. Recuerdo perfectamente que la fuimos a ver al cine con mis padres y mi hermana y, cuando salimos, mi padre (que es el más “friki de la Navidad” de toda la familia) nos dijo: quiero que vuestro cascabel suene siempre, tengáis la edad que tengáis. Ese año, uno de los regalos que nos trajo Papá Noel fue un cascabel, que yo aún guardo en el cajón de mi mesita de noche. Cuando lo agito, suena fuerte y su tintineo me encanta. Estoy segura de que siempre sonará porque la semilla de la ilusión que plantaron mis padres nunca dejará de crecer.

ESTAR, CON MAYÚSCULAS

Ayer por la mañana una amiga me envió este vídeo por Whatsapp. Quizás tú también lo habrás recibido, porque estos días ha circulado mucho. Si todavía no lo has visto, te recomiendo que lo hagas haciendo clic en este enlace. Son cuatro minutos y te aseguro que vale mucho la pena.

¿Qué te ha parecido? Fuerte, ¿no? A mí me dio una llorera… Es cierto que, a causa de mi nueva maternidad, tengo las hormonas a tope y estoy con la lágrima fácil, pero me ha hecho reflexionar muchísimo.

En primer lugar, me ha hecho tomar consciencia de que la vida tiene un fin y de que tenemos que aprovecharla. No voy a ponerme dramática ahora, pero creo que, si pensamos que nuestro tiempo no será eterno, seguro que lo aprovecharemos mucho mejor. Sobre todo, haciendo cosas que realmente nos gusten y pasándolo con aquellas personas que realmente nos importen. Estoy convencida de que Ruavieja ha lanzado esta campaña publicitaria tan impactante y a la vez tan real para que nos demos cuenta de que el estrés diario, las redes sociales y el ritmo de vida tan acelerado que llevamos nos quita muchísimo tiempo de calidad que antes pasábamos con las personas a las que más queríamos. ¿A que sí?

No quiero caer en el tópico de si tecnologías sí o tecnologías no. Está claro que las pantallas forman parte de nuestra vida cada segundo: ordenador, móvil, tele, tablet… pero, como nos recuerda el vídeo, no por estar rodeados de tecnología y de pantallas tenemos que perder el contacto personal. No negaré que las tecnologías tienen muchísimos aspectos súper positivos y extremadamente útiles, claro que sí, pero nunca podrán suplir el contacto humano. Las cifras que muestra el anuncio ponen la piel de gallina: en los próximos 40 años pasaremos 442 días jugando con el móvil, 520 días viendo series, 6 años viendo la tele, 8 años navegando por Internet y 10 años mirando pantallas. En cambio, en los próximos 40 años sólo pasaremos algunos días con las personas que más nos importan. Inadmisible, ¿no? Leer estas cifras me ha hecho rebelarme, no quiero “pasar por el aro” y estar hiperconectada constantemente. Todos afirmamos que nuestros seres queridos son lo más importante, pero la forma en que distribuimos nuestro tiempo no lo demuestra. ¡Cambiémoslo ya!

Desayunar con mi mejor amiga, cenar tranquilamente con mi marido, tomar un café con mi hermana, comer con mis padres o pasar la tarde jugando con mis hijos es muchísimo mejor que hacerlo a través del móvil. Pero muchísimo mejor. Y creo que nos equivocamos cuando, por hablar un rato por WhatsApp con nuestra madre, pensamos que ya hemos tenido contacto con ella ese día. No, ese no es el contacto face to face, el contacto que queremos.

Las redes sociales, por ejemplo, están súper bien para mantener el contacto con amigos o familiares que tenemos lejos. Yo, por ejemplo, mantengo el contacto con mis amigos del Erasmus gracias a Facebook e Instagram. Cada uno vivimos en una parte del mundo y es realmente útil poder hablar en tiempo real y compartir nuestras fotos y experiencias. Reconozco que, en este caso, las redes sociales van muy bien. En este caso sí que defiendo el hecho de pasar un tiempo delante de una pantalla para mantener el contacto entre nosotros. Sin embargo, ¿para mantener el contacto con mi hermana, que vive cinco calles más arriba que yo? Eso sí que no. Me niego.

Reconozco que me produjo un poco de anisedad pensar que no me queda tanto tiempo para vivir con las personas más importantes de mi vida, que son mi familia y mis amigos. Por eso voy a seguir el consejo del anuncio: “Tenemos que vernos más”. Aparcaré el móvil y dedicaré más tiempo a estas personas tan importantes. A partir de ahora, cuando esté con estas personas, lo estaré de verdad. Porque estar con alguien es ESTAR, con mayúsculas. A partir de ahora, me prohíbo estar jugando con mi hijo y mirando de reojo el móvil porque recibo algún email o porque me habla alguien por WhatsApp. Después de ver este anuncio, estos momentos no pueden volver a repetirse. Nunca más.