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Sentir con los cinco sentidos

Cuando trabajo los cinco sentidos con mis alumnos, les explico que, para llegar a ser grandes científicos y descubrir cosas nuevas, es muy importante concentrarse en cada uno de sus sentidos. Si ya me miran con cara de what?, imaginaos sus caritas cuando la profe happy flower hace dinámicas con las siguientes preguntas e indicaciones:

  • Close your eyes
  • Concentrate on your eyes
  • Imagine the colour of your eyes
  • What is the shape of your eyes?
  • What can you do with your eyes?
  • Open your eyes
  • What can you see with your eyes?

Y así, con todos los sentidos.

He de confesar que cada vez me resulta más difícil lograr mi objetivo de que los pequeños se concentren en una sola cosa, en un solo sentido. Cuando tengo algo escondido en una bolsa y les pido que escuchen con sus orejas bien abiertas y que intenten adivinar qué hay dentro sólo utilizando el sentido del oído, les resulta casi imposible no acercarse a tocar la bolsa. Algunos lo intentan pero, si no adivinan, rápidamente se desesperan.

También tengo que decir que tengo seis años de experiencia como profesora de niños y cada vez veo cómo les cuesta más y más concentrarse y…relajarse. Lo quieren todo y lo quieren ya.

En otras ocasiones ya os he comentado lo importante que me parece que practiquemos el tan famoso mindfulness con nuestros hijos y lo intentemos aplicar a las actividades del día a día. Pues hoy os comparto los ejercicios que hago en clase con mis niños para practicar la atención plena en algo que es básico para nuestra supervivencia: nuestros sentidos. Creo que son dinámicas súper divertidas que puedes hacer en familia un sábado o domingo que no sepas qué hacer y todo lo que necesitas seguro que lo tienes por casa.

Te recomiendo que hagas una serie de preguntas sobre los cinco sentidos (como las que escribí arriba). Habla con tus hijos sobre para qué sirve cada una de las partes de nuestro cuerpo. A mí me pasan los días en los que miro sin observar, oigo sin escuchar, como sin realmente saborear, etc… Estamos expuestos a tantos estímulos que algo tan básico como nuestros sentidos, pasa cada vez más desapercibido. En fin, aquí van las dinámicas que te propongo para trabajar en esto: 

I touch with my hands

Escoge varios objetos que tengas en casa y que tengan diferentes texturas. Puede ser un zapato, una chaqueta peluda, un peine, un trozo de algodón, una cuchara, etc., la lista es infinita. Habla con tus hijos de las diferentes texturas que tienen las cosas. Ahora, con los ojos vendados, hay que adivinar qué están tocando. Enséñales a ser pacientes. Por experiencia te digo que, cuando no adivinan a la primera, se agobian y se quieren quitar la venda. Ayúdales a confiar en que, si son persistentes, lo lograrán. ¡El subidón que tienen cuando lo adivinan es muy gratificante!

I smell with my nose

A mí los olores me transportan a momentos, lugares y recuerdos. Por ejemplo, recuerdo cuando hice este ejercicio  y me dieron a oler canela. Pensé en el arroz con leche muuuucho antes de adivinar lo que estaba oliendo así que, partiendo de esta base, puede ser muy divertido elegir de la cocina ingredientes de platos que sepas le gusten a tus hijos.

También, puedes coger un poco de tierra húmeda, pasta de dientes, alcohol, crema del cuerpo, el champú que utilizan, etc.

I taste with my tongue

Igual que con el olfato, con los ojos vendados, hay que adivinar qué es lo que estamos probando. Repasa los sabores con ellos. ¿Qué te gusta más, lo dulce o lo salado? ¿A qué sabe? ¿A qué te recuerda? Ésta es la parte que más les gustó a mis alumnos, ese día comimos chocolate, palomitas y mandarina. ¡Les encantó!

I see with my eyes

Y…¿para qué sirven nuestros ojos? Gracias a ellos podemos identificar si un objeto es rojo o amarillo, grande o pequeño… Gracias a nuestros ojos podemos saber si mamá o papá están contentos, tristes o enfadados. Así que, la dinámica que puedes hacer es jugar a adivinar con señas. Puedes adivinar estados de ánimo, acciones, lo que quieras. Lo más importante es decirles a tus hijos que tienen que observar muy bien con sus ojos bien abiertos lo que está sucediendo.

Otro juego al que también juego mucho con mis niños es «I spy» que es la versión en inglés del «Veo, veo». I spy… with my little eye… something (blue, red, yellow, green, etc.) Gracias al poder de nuestros ojos podremos completar la adivinanza.

I hear with my ears 

Tumba a los peques boca arriba con los ojos vendados. Te diría que les digas que cierren los ojos pero, seamos realistas, es imposible que lo hagan. Diles que abran sus orejas, que imaginen cómo éstas se van haciendo cada vez más y más grandes y que escuchen atentamente los sonidos a su alrededor. ¿Qué escuchan? En mi caso, se escuchaba a la profe de la clase de a lado, el teléfono sonar, a Marta hablar con alguna mamá, los niños cantando, etc. Después, ponles sonidos de animales y diles que se concentren para que adivinen qué animal es. Te recomiendo mucho este enlace para los más pequeñitos, es de animales y es muy sencillo. Éste otro enlace, tiene sonidos también de cosas y objetos que hay en nuestra casa, instrumentos musicales y acciones. De hecho, puedes hacer un concurso a ver quién adivina más sonidos. Es muy divertido y a los niños les encanta. En Internet encontrarás muchísimos enlaces para adivinar sonidos.

Hasta aquí el post de hoy, familias. Espero que disfrutéis tanto como yo de jugar con vuestros peques a conocer y explorar los cinco sentidos. ¡Ya me contaréis!

 

 

 

 

Para, respira, conecta… Mindfulness

Llegamos tarde al cole. Miles de coches para cruzar la ciudad. Muchos whatsapps. Una cola kilométrica en el super. Va, a la ducha, que tenemos que cenar y es tarde. ¿Te suena? Estas dinámicas son cada vez más habituales en muchas casas y no hacen nada más que generar estrés y malestar. Justamente lo contrario de lo que busca el mindfulness.

El mindfulness, también llamado atención plena, es la concentración en el momento presente para aumentar la atención y sin juzgar. No es lo mismo que meditación, es diferente. El mindfulness es un descubrimiento personal, un viaje interno que cada uno hace por su cuenta. Es mucho más que una serie de ejercicios, respiraciones o movimientos.

Tanto los adultos como los niños, vivimos tan ajetreados, sobreeestimulados y prácticamente siempre con prisas que, de vez en cuando, es necesario parar y, simplemente, escuchar nuestra respiración. No hacer nada. Estamos constantemente preocupados por el pasado o por el futuro que está por llegar. El mindfulness consiste en detenernos en el momento presente y pensar: ¿qué está ocurriendo?, ¿qué siento?, ¿qué pensamientos pasan por mi mente?, ¿qué veo?, ¿qué oigo?

En nuestro día a día frenético, hacemos muchas cosas a la vez y constantemente nos interrumpimos. Por eso es normal que cada vez nos cueste más concentrarnos en una única tarea. Aquí es donde el mindfulness puede ayudarnos. Tanto a adultos como a niños, porque ellos también viven a mil revoluciones y necesitan algo para relajarse y desconectar. He estado investigando bastante sobre el tema y he encontrado métodos y ejercicios súper interesantes y relajantes para hacer en casa con nuestros hijos o en el aula con nuestros alumnos. De todos ellos, el que más me ha gustado es el famoso Método de la rana, para ayudar a la relajación y mejorar la atención de los niños. Creado por la terapeuta holandesa Eline Snel, autora de Tranquilos y atentos como una rana, es un libro  con ejercicios de respiración y relajación para niños y niñas de cinco a dieciocho años divididos en sesiones cortas, de entre 3 y 10 minutos. Los niños aprenden a entrenar la atención de forma lúdica y tomando consciencia de su su mente está en calma o no. Si te interesa este tema, te recomiendo muchísimo que te compres este libro y que lo tengas como libro de consulta para ir descubriendo nuevos ejercicios y actividades para hacer con tus hijos. ¡Ya tengo ganas de que Bruno y Martina sean un poco más mayores para empezar a hacerlos con ellos!

Yo ya me lo he comprado y lo he ojeado un poco. Uno de los ejercicios que más me ha gustado es el del Parte meteorológico personal, que consiste en enseñar a nuestros hijos que la mente se parece mucho a un gran océano. A veces está en calma y liso como un espejo y podemos ver las profundidades y otras está lleno de remolinos violentos con olas gigantes. Cada día podemos jugar con ellos a ver cómo se sienten, meteorológicamente hablando.

Otros ejercicios muy sencillos que me han gustado y que te recomiendo si quieres incorporar el mindfulness al día a día de tu familia son:

  • Caminad juntos en silencio, escuchando los sonidos que os acompañan.
  • Saboread lo que coméis. Dedicad un ratito a saborear un plato en silencio, notando las sensaciones que os produce esa comida.
  • Haced un “escáner corporal”. Siéntate o túmbate con tus hijos y, empezando por los dedos de los pies, tomad consciencia de cada parte de vuestro cuerpo, hasta llegar a la cabeza. Este ejercico se puede hacer en silencio o nombrando cada parte en voz alta, para dirigir la meditación de los más pequeños.

Me gustaría terminar compartiendo una reflexión de Allende Villorejo de Landia, directora de la escuela Mente y Vida, que dice lo siguiente: El sentimiento de insatisfacción que sufren muchas personas pese a tener a su disposición un gran bienestar material, los conflictos interpersonales en el entorno laboral y en el familiar, o la frustración que experimentamos cuando no conseguimos sacarle todo el partido a nuestro potencial como seres humanos son algunos de los campos en los cuales la inteligencia emocional y el mindfulness nos pueden dar las soluciones que necesitamos. Si queremos ganar bienestar, conectar mejor con los demás y con el exterior, primero necesitamos conectar mejor con nosotros mismos. Así es. Y a esto nos puede ayudar mucho el mindfulness.

Mindfulness hasta en la sopa

¡Hola, 2018! Hace diez días que empezó el año y cada día he escuchado mínimo a dos o tres personas decir: ya no puedo comer más, este año iré al gimnasio, comienza la operación bikini, me he pasado mucho estas vacaciones, etc. La lista de propósitos relacionados con el deporte y la comida ya la conocéis. Aviso que este post no va de consejos para cumplir estos propósitos ni de cómo lograr depurar los excesos de las navidades a través de mágicos batidos. Este post va de algo con lo que topé hace algunos días que quizá os ayude a cumplir vuestros propósitos. A mí me hizo pensar.

El 27 de diciembre la nutricionista Natalia Moragues escribió un artículo en El País en el que explicaba que en estas fechas es muy fácil olvidarnos de nuestras buenas costumbres o dejarlas de lado justificándonos por las fechas, las visitas familiares, etc. Tenemos la excusa perfecta para comer todo lo que queramos. Y no debería ser así.

Y a ver, seamos honestos, yo subí un par de kilos estas Navidades y, entre turrón y chocolate, dije más de una vez: total, si en enero empiezo dieta y gym, vamos a darle alegría al cuerpo, Macarena. Después, me encontré con este artículo que me hizo reflexionar sobre el daño que le podemos hacer al cuerpo con estos cambios de alimentación.

No es necesario olvidarnos de todos nuestros buenos hábitos sólo porque sean fechas especiales. Lo mismo pasa en verano con las vacaciones. Creo que mi propósito este año es tener claro qué hábitos saludables me gustaría seguir de verdad e intentar cumplirlos todo el año. Está claro que habrá maravillosas excepciones, pero en el artículo leí algo que me pareció muy acertado: diciembre tiene treinta y un días y el número de días festivos en los que están más que permitidos los caprichos son tres. Yo me pasé veinte celebrando que era Navidad. Aquí os dejo el artículo por si queréis leerlo, la verdad es que la manera de escribir me gustó mucho y, a su vez, me llevó a pensar en mi propósito personal del 2018: practicar el Mindful eating.

¿Cómooooo? Cuando leí el término en el periódico me llamó mucho la atención. Y, últimamente, leo mindfulness por todas partes. Es una práctica que se está poniendo muy de moda y yo, he de confesar, que incluso hasta me gusta. ¿Por qué? Porque significa que cada vez más gente es consciente de lo importante que es parar un momento y ser reflexivos con lo que hacemos.

En uno de los primeros artículos que escribí para este blog, os conté cómo había cambiado mi vida desde que comencé a dedicarle tiempo a mis mañanas, mi despertar, mi desayuno, deporte y demás rituales matutinos. Pues bien, este año pienso aprender a comer con conciencia y tranquilidad. Este mundo va tan rápido que cada vez nos es más fácil olvidarnos de los pequeños grandes placeres de la vida como es comer. Le dedicamos muy poco tiempo a cocinarnos, a mimarnos, a escoger los productos que más nos gusten, que nos vayan mejor para el cuerpo y ¿por qué? La mayoría de la gente me responde: porque no tengo tiempo. Es ahí cuando pienso que si sumáramos todos los minutos que estamos metidos en el móvil tendríamos tiempo para cocinar hasta para veinte personas. Lo sé, estoy exagerando, pero ya me entendéis.

Y entonces, ¿qué es el mindful eating? La atención plena y consciente en lo que comemos incluyendo todos sus procesos: los ingredientes, la preparación y el momento adecuado para comer, cuándo comemos porque tenemos hambre y no por estrés, ansiedad o aburrimiento, etc. Es dedicar tiempo a comer, saborear, masticar y reflexionar sobre lo que estoy comiendo y cómo va a responder mi cuerpo ante eso. Yo, que soy fan de las patatas de churrería, ya os contaré qué me pasa la próxima vez que las coma y haga esta reflexión. Quizá sea momento de hacerle caso a mi amiga vegetariana y comenzar a comer chips de boniato y otras verduras que dice que están muy ricas.

Como siempre, creo que todo es cuestión de encontrar el equilibrio. De lo que sí estoy convencida es de lo importante que es dedicarle el tiempo necesario a algo que es esencial para nuestro cuerpo: la comida.

No olvidemos también que nosotros somos el ejemplo de las futuras generaciones. Nuestros niños tienen que ser capaces de entender y disfrutar de la comida. Hacerlo a su ritmo y sin prisas. Este fin de semana estuve conviviendo con una niña de dos años y, a la hora de la merienda, estuvimos hablando de su manzana, el color, lo jugosa que era, lo rica que estaba, nos imaginamos la manzana bajar por la barriga…¡fue muy divertido! A ver, no estoy diciendo que esto se haga cada vez que le damos de comer a los niños porque nos podemos volver locos. Pero sí que es verdad que, si les damos más tiempo para que exploren y experimenten, ellos irán descubriendo a través de la comida diferentes maneras de nutrir su cuerpo y su mente. Sabrán que, finalmente, somos lo que comemos.