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¿Tu cascabel sigue sonando?

Magia e ilusión. Estas son las dos palabras que aparecen en mi mente cuando pienso en la Navidad, en estos días de familia, regalos y alegría.

Todavía me emociono al recordar lo nerviosa que estaba yo de pequeña, desde el día 20 o 21 de diciembre que terminaba el cole, porque pronto llegaría Papá Noel y mis queridísimos Melchor, Gaspar y Baltasar. En mi casa cumplíamos con todas las tradiciones (y muchas de ellas las seguimos cumpliendo): montar el árbol de Navidad y el pesebre en el puente de la Purísima, ir a Santa Llúcia a comprar figuritas nuevas para el pesebre, hacernos la foto de rigor con el paje de los Reyes Magos del Corte Inglés, ir a ver las luces de las calles de Barcelona decoradas por Navidad, ir adelantando cada día un poquito a los Reyes en el pesebre para que se fueran acercando al portal de Belén, abrir cada día una ventanita del calendario de Adviento durante todo el mes de diciembre, ir a la Cabalgata de Reyes a la calle Pelayo a entregar nuestra carta sin importarnos que hubiera tantísima gente, dejar comida para sus Majestades y, por supuesto, para los camellos… y un larguísimo etcétera. Sí, en mi familia siempre hemos vivido con muchísima ilusión estas fiestas, nos encantan los villancicos y las lucecitas de colores y disfrutamos pasando estos días tan especiales todos juntos.

La verdad es que he tenido mucha suerte. Mis padres nos transmitieron a mi hermana y a mí que esta ilusión no la podemos perder nunca porque es algo maravilloso y que, aunque ya no seamos niñas, debemos mantenerla. Una forma de mantener esta magia será copiando lo que ellos hicieron, que me encantaba y me sigue encantando. Quiero copiar lo de dejar unos pocos trocitos de turrón en los platos para que vean que Melchor, Gaspar y Baltasar se han terminado casi todo lo que les hemos dejado; o lo de vaciar todo el bol de agua porque los camellos están sedientos tras recorrer todo el mundo en una sola noche. También me gustaría seguir con la tradición de ir recopilando catálogos de juguetes de diferentes jugueterías durante los meses de noviembre y diciembre y pasar una tarde (o varias) con mis hijos marcando los juguetes que se piden. Y, por supuesto, lo que seguro que copiaré será la respuesta cuando, de aquí a unos años, mis hijos me pregunten mami, ¿es verdad que los Reyes y Papá Noel son los padres? La respuesta de los míos empezó con una pregunta: ¿tú qué crees? Yo les respondí: ¡creo que sí que existen! A lo que ellos añadieron: los Reyes y Papá Noel son mágicos. Si tú sigues creyendo en ellos, seguirán siendo mágicos toda la vida. Gran respuesta que nos marcó mucho. Te aseguro que mi hermana y yo seguimos durmiendo nerviosas y con maripositas en el estómago todos los 5 de enero, deseando que llegue la mañana para ir corriendo al salón y poder empezar a abrir los regalos.

Como ves, toda la vida me ha encantado esta época del año. Desde que empecé a tener algo de dinero para comprar regalitos, con quince o dieciséis años, disfruto muchísimo pensando qué regalo le puede hacer ilusión a cada miembro de mi familia, doy mil vueltas para encontrar la mejor opción, llego a casa cargada de bolsas y de rollos de papel de envolver… Algunos quizás pueden pensar que es consumismo pero te aseguro que no. Es ilusión. Consumismo sería comprar compulsivamente, gastando sin pensar, pero ese no es mi caso. Intento comprar en tiendas del barrio, cada vez regalo más experiencias y menos cosas materiales y, sobre todo, compro con ilusión.

El año pasado las navidades fueron súper especiales porque fueron las primeras con Bruno. Cierto es que, con diez meses, todavía no era consciente de Papá Noel, los Reyes, etc, pero lo disfrutamos mucho igualmente. Participó en poner las bolas del árbol, en romper unas cuantas y, por supuesto, le llevamos a la Cabalgata de la calle Pelayo (siguiendo la tradición familiar) y alucinó con tantas luces, música, caballos, etc. Este año ya es mucho más consciente, ya nos ha ayudado a montar el pesebre sin romper ninguna figurita, se para a mirar los “pajes” de Papá Noel que ve por la calle, sabe el nombre de los tres Reyes… Me encanta, ¡disfruto tanto alimentando su ilusión! Y sé que, de ahora en adelante, cada año será aún más especial, porque lo irá viviendo cada vez más.

Para terminar con este post tan personal, me gustaría darte una recomendación: la película de Polar Express. La intento ver cada año por estas fechas. Me encanta porque transmite exactamente lo que comentaba antes de no perder la ilusión aunque dejemos de ser niños. Cuando Billy  agita el cascabel de Papá Noel, no suena, porque no cree en la Navidad. En cambio, al final de la peli, cuando ha estado en el Polo Norte con Papá Noel y todos sus ayudantes y ha recuperado la ilusión por la Navidad, entonces el cascabel le suena súper fuerte. Si no la has visto, te la recomiendo. Los dibujos son maravillosos y, la música, aún mejor. Recuerdo perfectamente que la fuimos a ver al cine con mis padres y mi hermana y, cuando salimos, mi padre (que es el más “friki de la Navidad” de toda la familia) nos dijo: quiero que vuestro cascabel suene siempre, tengáis la edad que tengáis. Ese año, uno de los regalos que nos trajo Papá Noel fue un cascabel, que yo aún guardo en el cajón de mi mesita de noche. Cuando lo agito, suena fuerte y su tintineo me encanta. Estoy segura de que siempre sonará porque la semilla de la ilusión que plantaron mis padres nunca dejará de crecer.

Estoy del Black Friday…

Esta semana tocaba escribir sobre ecología y experimentos. Está claro que, con el título que acabáis de leer, esto no va de experimentos. El no comprar de manera excesiva, reciclar juguetes y ropa y concienciar a nuestros pequeños sobre este tema está completamente relacionado con cuidar el mundo en el que vivimos por tanto, con la ecología. Dicho esto… aquí vamos. 

En los últimos días, he tenido varias discusiones referentes a esto del Black Friday, ¿vosotros, qué opináis?

El Black Friday es una tradición americana que se celebra justo el día después de Thanksgiving (festividad que aquí no se conoce en la que, aparte de “dar gracias” comen hasta reventar). Hay varias teorías sobre el origen del Black Friday y todas coinciden en que es una oportunidad para cambiar los números de la contabilidad de tu negocio de red a black. Todos los americanos, después de haberse pegado un buen festín en Thanksgiving, esperan con ansias el Black Friday. Cuando viví en Estados Unidos, realmente flipé con lo importante que es esta fecha para ellos. Cuatro o cinco (o a veces más) meses atrás, comienzan a hacer la lista de cosas que “necesitan” comprar, los negocios invierten una cantidad exorbitante de dinero en publicidad para anunciar sus descuentos ese día, las familias tienen tradiciones de despertarse a las cuatro de la mañana para evitar colas en las tiendas, toda una revolución envuelta en el consumismo. Era la conversación por excelencia de la sobremesa del Thanksgiving, incluso los niños sabían de qué iba. No podía evitar pensar qué les estábamos enseñando. No me gustaba nada en ese entonces, no me gusta nada ahora.

Cuando llegué a vivir a Barcelona hace nueve años, no había ni black ni red ni orange Friday. Halloween no se celebraba, los Reyes y el Caga Tió eran lo que había y las luces y los arbolitos navideños aparecían en las tiendas a finales de noviembre y no a principios, como ahora. Cuando yo llegué a vivir a Barcelona, percibía un sentimiento bastante general de rechazo a la cultura americana. Esto me gustaba, hablaba de Barcelona como una ciudad que defendía sus tradiciones, su idioma, su cultura. En cambio, hoy me parece que tiene más fuerza y convocatoria un evento relacionado con Halloween que uno relacionado con la castañada.

México, país en el que me crié, tiene una influencia americana fuertísima. Siempre me pareció un país que, por cercanía, seguía las costumbres de Estados Unidos olvidando las suyas y esto me daba mucha tristeza. En la escuela, recuerdo a una profesora que defendía a capa y espada el Día de Muertos ante Halloween. Aquellos que no conocéis la tradición, os invito a ver este vídeo, es precioso.

Bueno, esta profesora tampoco apoyaba el Valentines Day y la venta excesiva de tarjetas, flores y globos en forma de corazón. También nos enseñó que la Navidad es un momento de agradecimiento, ilusión y felicidad en familia más que los regalos, la cantidad de regalos, la calidad de regalos, el envoltorio de los regalos, etc.

Volvamos a por qué comencé este post diciendo que he tenido varias discusiones sobre el tema del Black Friday. Alguien que conozco está montando su oficina desde cero, lleva semanas pensando en lo que se quiere comprar en el Black Friday, con sus listas y todo. Claro, cuando le expuse mi manera de pensar, no le pareció bien. Lo entiendo, entiendo que finalmente el Black Friday sea una oportunidad para comprar todas estas cosas que necesitas y no dejarte la cartera en el intento. Entiendo también por qué María y yo estuvimos discutiendo si hacíamos algún tipo de descuento en nuestra tienda o no. También lo entiendo porque yo mañana aprovecho los descuentos que hacen en mi óptica para graduarme las gafas y comprarme unas lentillas, llamadme incongruente pero estoy en formato ahorro.

Está claro que hay “tradiciones” que han llegado para quedarse, especialmente en las grandes empresas.  Me cuesta aceptarlo porque, los que me conocéis, sabéis que a veces vivo en un mundo de yupi en el que me encantaría que las cosas fueran como antes y que no se fueran perdiendo tradiciones que son importantes.

Comienzan los días en los que la ilusión por la Navidad está muy presente. Mis alumnos llegan a clase cantando villancicos y hablan de su cartita a los Reyes. Me cuentan que su estación favorita del año es Winter porque es Navidad. Y aquí, otro momento confesión: no solía gustarme mucho la Navidad. Tranquilos, creo que el hecho de trabajar con niños me ha hecho cambiar de idea. Me da la oportunidad de aportar mi granito de arena para recordarles, como lo hizo mi profesora en su momento, lo importante que es estar felices y agradecidos con lo que tenemos a nuestro alrededor. También me da la oportunidad de vivir la ilusión con ellos y, sorprendentemente, me encanta.

Está claro que los niños aprenden de nosotros. Muchas veces sin que nos demos cuenta, ellos observan todo lo que pasa a su alrededor y, si nos ven obsesionados con las compras, el dinero y los descuentos, es posible que crezcan pensando que esa obsesión es natural, y no lo es. Es una realidad que el mundo está cambiando pero creo firmemente que la clave está en la compensación y el equilibrio. Si educamos a nuestros niños con valores, por mucho consumismo que haya en el mundo, se desarrollarán mejor.

Vamos a enseñarles a nuestros niños que no es mejor quien más cosas tiene. Vamos a enseñarles lo importante que es comprar cositas en comercios pequeños que estén en nuestro barrio. Vamos a enseñarles a cuidar el mundo en el que vivimos cuidando los envoltorios, reciclando o haciéndolos nosotros mismos. Vamos a enseñarles lo importante que es compartir y quedemos un día para ir a donar los juguetes y ropa que ya no usemos a niños que lo necesitan. Una vez escuché a una mami que cada Navidad hacía que su hijo escogiera sus tres juguetes favoritos y, de esos tres, debía elegir uno para regalar. Me encantó. Vamos a montar el arbolito recordando que lo más importante es estar juntos cantando villancicos, comiendo turrón y riéndonos en familia. No dejemos que olviden las tradiciones que han marcado nuestra historia y creemos nuevas tradiciones familiares que se basen siempre en el cariño, la ilusión y la emoción que toda esta época mágica conlleva. Eso sí, cuando los niños duerman, en el ordenador, ¡a aprovechar las rebajas!

Me encantaría una iniciativa en la que todos los comercios de barrio y proximidad se unieran para crear sus propios descuentos. Una iniciativa que nos motive a comprar los regalitos navideños ahorrando y apoyando negocios locales. Es una de las cosas que me encanta de trabajar aquí, la vida de barrio. Así que, si tenéis alguna propuesta, ¡nosotras nos apuntamos!  Mientras tanto, vamos a disfrutar de esta época tan bonita como lo que es: una época bonita.