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Antes de quitar el móvil a los niños, quítaselo a los padres

Toma ya. Vaya título más potente. Uno parecido me encontré hace unos días cuando me puse a investigar sobre el tema de los móviles y los niños. Digo “potente” porque a mí me afectó, cuando leí el artículo me di por aludida. Qué rabia me dio, pero es cierto.

Leí este párrafo: Son las cinco de la tarde y los colegios cierran sus puertas. Ha llegado la hora de ir al parque. O a merendar a una cafetería. La escena se repite cada día: padres, madres y otros cuidadores pegados al móvil mientras los críos miran al cielo, se columpian, llenan cubos de tierra o juegan a la pelota. Si el pequeño intenta hablar con el adulto, este comparte su tiempo entre la pantalla y su hijo. ¿Es un gesto inocente y sin consecuencias? No. Los expertos advierten: cuando los niños se conviertan en adolescentes, ¿con qué autoridad les vamos a decir que no se pasen todo el día mirando una pantalla?

La pura realidad. Todos sabemos que somos el ejemplo de nuestros hijos para todo, para lo bueno y para lo malo. Si nos ven casi siempre con el móvil en la mano y mirando la pantalla, ellos querrán hacer lo mismo. ¿Tan difícil es dejar el móvil en el bolso o en un cajón mientras estamos con nuestros hijos? Yo ya lo he empezado a hacer, porque realmente me di mucho por aludida cuando leí el artículo. No porque Bruno esté mucho con el móvil, que por suerte no es el caso, sino porque yo sí que lo estoy. Siempre pendiente de si recibo un email, un whatsapp, o cotilleando por Instagram. ¡Pues se acabó! Ayer ya empecé mi “desintoxicación” del móvil y, cuando fui al parque con Bruno y Martina, lo dejé todo el rato en el bolso, en vez de en el bolsillo. ¡Y disfruté muchísimo más de ellos, sin estar pendiente de la dichosa pantallita!

Pero bueno, este artículo no irá de cómo “desintoxicar” a los padres, sino de cómo tratar el tema de los móviles y los niños. Ahí va. Empezaremos por la típica pregunta: ¿A partir de qué edad le podemos dejar mirar el móvil (o la tele, o la tablet, o el ordenador) al niño? Los expertos recomiendan retrasar la edad el mayor tiempo posible. Se desaconseja cualquier tipo de pantalla antes de los 2 años. A los 3 años se puede empezar a introducir contenido (siempre que sea educativo). Y de 3 a 6 años, una hora al día, como máximo. Para comprarles su primer móvil, tendríamos que esperar a los 16 años, que se considera que ya son lo suficientemente maduros como para navegar solos por Internet, etc.

Esto es lo que aconsejan los expertos. Después, cuando ves las estadísticas, se ponen los pelos de punta. Uno de cada cuatro niños (un 25%) de 10 años tiene smartphone. A los 11 años ya es uno de dada dos (el 50%) y, a los 12, tres de cada cuatro (el 75%).

Que quede claro que no quiero demonizar el uso del móvil u otros dispositivos electrónicos, porque forman parte de nuestra vida cotidiana. Simplemente tenemos que aprender a convivir con ellos sin que dirijan totalmente nuestras vidas. Eso es lo que, en mi opinión, no puede ser.

Hoy en día, usamos los móviles para distraer al niño y que se termine la papilla. Para entretener al niño cuando tiene que esperar en el pediatra. Para despistar al niño cuando tiene que esforzarse en ponerse el pijama antes de irse a dormir. No abusemos. Aunque nuestros hijos sean nativos digitales, los móviles y las tablets no son un juguete. Esto hay que tenerlo muy claro. ¡Cuánto se pierden los niños por estar delante de una pantalla! Jugar al aire libre, correr, saltar, pintar, leer un cuento… o, simplemente, conversar con sus padres, hermanos o amigos.

Dicho esto, vamos a reconocer una cosa. Es cierto que este tema se ve muy diferente cuando no tienes hijos, que dices yo nunca le dejaré el móvil, a cuando los tienes. Pero es importante hacerlo sin pasarse. Yo, por ejemplo, había visto a hijos de amigas mías que no había manera de que comieran si no tenían el móvil de su madre delante con dibujos animados. Eso sí que me negué a que me pasara. Y, por suerte, no me ha pasado. Bueno, por suerte o porque he puesto todo de mi parte para que así sea. Bruno hasta los casi dos años no había visto nunca la tele, ni el móvil. A partir de los dos años, más o menos, tenemos la rutina de ver tres capítulos de Peppa Pig cada día, antes de acostarse. Son quince minutos y los vemos en inglés (siempre, por supuesto) y juntos. Por lo menos, el ratito que está viendo la tele, estamos con él  ayudándole a entender lo que está viendo y aplicándolo al mundo que le rodea. Y esos quince minutos son el único rato diario que pasa mirando una pantalla.

Con Martina seguramente me costará más, porque al ver que su hermano mayor lo hace, ella supongo que también querrá ver ese ratito de tele cada día. Y será antes de los dos años, casi seguro. Pero bueno, no les voy a acostumbrar al móvil para que se callen. Yo siempre digo que el móvil es un canguro gratis, porque los niños se quedan embobados mirando la pantalla y podrían estar horas y horas. En algunos momentos, es realmente muy tentador. Pero después,  ¿qué ocurre cuando les quitamos el móvil? ¿Rabieta? ¿Frustración?

He observado que los niños a los que sus padres les dejan bastante el móvil, son niños con menos paciencia, menos atentos y con menor capacidad de esfuerzo. ¿Por qué? Pues porque en las pantallas todo es muy rápido, no hace falta concentrarse demasiado. ¡A los diez segundos de empezar a ver un vídeo en Youtube ya se han aburrido y están buscando otro! Y aquí viene otra pregunta: ¿están preparados los niños tan pequeños para navegar solos por Internet? ¿Y para autocontrolarse el tiempo de juego con el móvil? Si a mí ya me cuesta racionarme mi tiempo de juego al Candy Crush y tengo treinta y dos años… ¡imaginemos un niño!

Terminaré diciendo que, por supuesto, hay aplicaciones muy interesantes, educativamente hablando. Sólo tenemos que aprender a usarlas bien y con medida. Un día quizás escribiré un post con una lista de aplicaciones o juegos que me gustan para niños, que las hay. De momento, me gustaría que te quedaras con esta reflexión final: nuestros hijos son nativos digitales pero que un ratito jugando con el móvil nunca supla una conversación o unas risas con mamá y papá. Ya saben vivir con la tecnología. Lo que tienen que aprender es a vivir, también, sin ella.

Queda inaugurada la temporada de pelis

Hace unos días cayó en mis manos un libro cuya historia tenía olvidada. Un libro de Michael Ende en el que se inspiraron para realizar una de las películas que más vi cuando era niña. Una película que mezcla fantasía y realidad y que me encanta: La historia interminable. ¿La habéis visto? Yo sí, cientos de veces. Era la típica película que ponían en la tele un domingo por la mañana y, como en ese entonces la programación televisiva no era muy amplia, la vi muchos domingos durante muchos años. Conforme iba creciendo, entendía cada vez más cosas, lo que la transformó no sólo en una de las pelis que más vi sino en una de mis favoritas.

Estuve recordando lo mucho que me gustaba la peli y pensé, como típica abuela, que ya no hacían películas como las de antes. Es verdad, ya no las hacen. Aquellos que la habéis visto recordaréis el miedo que sentíamos de que Bastian no pudiese salvar a la Emperatriz. Nunca olvidaré a Falcor, el perro volador y su mejor amigo, al muñeco comepiedras, a la vieja y sabia tortuga que hablaba lentísimo y la tristeza que sentí cuando Atreyu perdió su caballo. Es una historia cargada de valores y simbolismos a través de personajes mágicos y muy divertidos.

El otro día, mientras comíamos en el parque, no sé por qué, salió a la conversación la emperatriz Sissi y yo pensé en la emperatriz de La historia interminable (los que habéis visto la peli sabréis que es un personaje muy importante). Se lo comenté a María y se me quedó mirando con cara de no saber de qué estaba hablando. Me quedé muy sorprendida de que no hubiese visto la peli o leído el libro. Le dije que tenía que verla con Bruno cuando fuera un pelín más mayor. Gracias a su personaje principal, aprendí lo increíble que es leer un libro, meterte en su historia, imaginar lugares, situaciones y personajes y no querer dejar de leer ni para comer. Me gustaría mucho que a Bruno le pasara lo mismo.

Pensando y recordando lo mucho que me gustaba de niña ver esta película, recordé un estudio que leí hace un tiempo que explica por qué a los niños les encanta ver una misma película una, y otra, y otra y otra vez. También pensé que, si hoy en día ya no hacen películas como antes, quizá nuestros niños y niñas están expuestos a contenidos cuyo argumento no tiene tanto valor.

Según este estudio, a los niños les encanta ver la misma película muchas veces porque, cuantas más veces la ven, más la entienden. Para ellos, por muy sencilla que sea la trama, es muy complicado seguir el argumento cuando ven por primera vez una película. Esto también pasa con los cuentos y los libros. La repetición no les aburre, al contrario, les ayuda a desarrollar habilidades  y mejora su nivel de comprensión. Además, la repetición les permite anticipar el futuro, saber qué pasará a continuación y dominar una historia. Esto les hace sentir especialmente seguros.

Todas las personas adultas que conozco tienen una peli que han visto cientos de veces. Yo tengo muchas, pero la que más vi de pequeña fue Peter Pan. Si los niños siguen viendo las películas una y otra vez, es muy importante que cuidemos mucho los valores que estas pelis representan y lo hablemos con ellos. Igual pasa con los dibujos animados en la tele, la música que escuchan y los libros que leen. Estoy segura de que, gracias a una película como La historia interminable, me aficioné a la lectura y que Peter Pan me dio la facilidad de comportarme como una niña más cuando estoy con mis alumnos, entre otras cosas.

Es por todo esto que hoy os propongo que no os olvidéis de las pelis e historias que hacían en los viejos tiempos y las veáis con vuestros hijos.  Encontré esta web que propone treinta clásicos familiares que no está nada mal. Hay algunos que yo no vería con los míos, pero todo es cuestión de gustos. Así que vamos a disfrutar que ya llegó el frío viendo una película en familia con mantita y palomitas. Es uno de mis planes favoritos.