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El gran poder de un abrazo

Últimamente con Bruno estamos en una época de emociones a flor de piel. Cuando está triste, está tristísimo; cuando está contento, está contentísimo y, cuando está enfadado, está enfadadísimo. Todo es muy intenso y explosivo.

Hace unos meses, en una conferencia sobre Disciplina positiva a la que asistí, nos recomendaron el cuento Las emociones de Nacho, de Liesbet Slegers. Si no lo has leído con tus hijos, te lo recomiendo muchísimo. Explica diferentes situaciones que vive Nacho: está contento, enfadado, asustado, triste… En cada emoción, nos describe por qué podemos sentirnos así y qué podemos hacer cuando nos sentimos de esta manera. Todo de forma muy sencilla, para que los niños se sientan identificados, lo entiendan bien y puedan aplicar los consejos a su vida cotidiana.

El otro día recordé que había comprado este cuento y que podría ser muy útil leerlo con Bruno en el momento en el que se encuentra. Como te decía, un momento de emociones a flor de piel.

Una tarde, le propuse cambiar los cuentos que le cuento siempre por éste. Al principio no estaba muy convencido, pero al final aceptó.

Fuimos leyéndolo poco a poco, observando los dibujos (que le llamaron mucho la atención) y llegamos a la parte del sentimiento del enfado. Cuando Nacho está enfadado, dice que consigue que se le pase el enfado y calmarse cuando su mamá le da un abrazo. ¡Qué buena idea y qué sencilla!, pensé. Recuerdo perfectamente la cara de Bruno cuando se lo conté. ¡Estaba encantado! Como pensando: ¡Por fin he encontrado una solución para cuando estoy enfadado!

Le expliqué que podíamos probarlo a partir de ahora. Cuando estuviera enfadado, me podía decir: Mami, estoy enfadado. ¿Me das un abrazo para que se me pase? Y me respondió: vale, mami. Su siguiente enfado fue al día siguiente, en el parque, y así lo hicimos. Primero, le ayudé a identificar que estaba enfadado:

  • Bruno, ahora que este niño no te deja el camión, estás enfadado, como Nacho, ¿verdad?
  • ¡Sí mami, estoy muy enfadado! (gritando)
  • ¿Pues quieres que te dé un abrazo muuuy fuerte a ver si se te pasa y te pones más contento?
  • ¡Vale, mami

Y le di un abrazo de esos que duran varios segundos, apretándole fuerte contra mí. Cuando terminó, me dijo: ¡Qué bien, ya estoy más contento!

Qué ilusión me hizo, qué orgullosa me sentí de él y de mí. De mí, por haberle dado una herramienta para saber identificar una emoción muy básica y enseñarle a tener un recurso para sentirse mejor. Y muy orgullosa de él por haber captado a la perfección el sentido del cuento y por haberse dejado guiar y ayudar.

Te daré otro ejemplo de cómo Bruno identificó otra emoción hace unos días, también gracias al cuento. Íbamos por la calle y vimos cómo una niña se caía del patinete y se ponía a llorar desconsoladamente, porque se había hecho una rascada en la rodilla. Ésta fue nuestra conversación:

  • Mami, esta niña se ha hecho pupa en la pierna
  • Sí, pobrecita, se ha caído del patinete
  • Yo creo que está triste, como Nacho, porque está llorando
  • Es verdad, ¡tienes razón! ¿Y qué crees que podría hacer para estar más contenta?
  • Pues que su mamá le dé un abrazo!

El abrazo de mamá se ha convertido en la solución cuando se siente mal. Me gusta, porque él siente que le ofrezco mi apoyo incondicional y eso es lo que quiero transmitirle. Que estoy ahí siempre. Evidentemente, cuando vaya creciendo no estaré físicamente con él siempre que se sienta mal para darle un abrazo, pero ahora que es el inicio de su “vida autónoma”, ahora sí.

Volviendo a la conferencia que te comentaba al principio del post, empecé a investigar más sobre la gestión de las emociones en los niños. Para terminar el artículo de hoy, te voy a dar un poco de “parte teórica” que me parece interesante:

  • Las cinco grandes emociones que manejan nuestra vida son: alegría, tristeza, ira, miedo y asco. ¿Por qué no ayudamos a nuestros hijos e hijas a aprender a identificarlas desde pequeñitos? Les ahorraremos algún que otro problema cuando sean adultos.
  • Un niño siente muchas emociones a lo largo del día. Lo primero que debe saber es identificarlas, ponerles nombre y encontrar el camino para canalizar lo que está sintiendo.
  • Es muy importante transmitirle que ninguna emoción es buena o mala, todas son necesarias y no debe tenerle miedo a ninguna. Evitemos frases del tipo: No llores, no me gusta que estés triste por Entiendo que estés triste, vamos a ver qué podemos hacer para que te sientas mejor.
  • Una pataleta no es más que una frustración que siente nuestro hijo porque no sabe expresar bien lo que siente y porque no sabe gestionar lo que le está pasando. Si le damos herramientas para que lo haga, se sentirá más seguro y… ¡conseguiremos reducir las pataletas!

Al final, los padres y las madres somos los guías de nuestros hijos. De nosotros toman ejemplo para ver cómo tienen que comportarse y cómo tienen que actuar. Todas las herramientas que les demos para sentirse bien y para adquirir seguridad en ellos mismos, las recibirán encantados y les serán súper útiles ahora y siempre. Y, recuerda: ninguna muestra de cariño sobra ni es excesiva. Todo lo contrario, todas suman.

¿Es malo estar triste, mamá?

Hace unos días, en mi ratito de lectura diaria, llegó a mis manos un artículo que me encantó y que me inspiró mucho para escribir sobre cómo trabajar las emociones con nuestros hijos en casa. El artículo explicaba cómo ayudarles a expresarlas, tanto si son positivas como negativas. Una herramienta que está siendo un éxito en muchas familias es “El botiquín de las emociones”. Se trata de un botiquín que podemos usar tanto los adultos como los niños y que ayuda a curar las “heridas internas”, calmar el malestar emocional y a transformar cualquier mal momento en alegría.

El primer paso es que construyas el botiquín con tus hijos, para que se impliquen en hacerlo y entiendan para qué sirve cada uno de los objetos que hay dentro de él. Podéis forrar una caja de cartón con papel de seda de colores o con goma eva y hacer separadores en el interior de la caja para que cada objeto vaya en su sitio.

Una vez lo tengáis preparado, deberíais dejar el botiquín en un sitio visible de la casa para que los niños (y los adultos) podáis acceder a él fácilmente.

El funcionamiento es el siguiente: un adulto puede curar a un niño y un niño puede curar a otro niño o a un adulto, o incluso curarse a sí mismo. Lo primero que tenemos que hacer es preguntar al “paciente” qué le pasa, que problema tiene, qué emoción necesita tratar. Después, le daremos un diagnóstico y, finalmente, le recetaremos lo que consideremos más oportuno. De esta forma, el niño aprende a ponerse en el lugar de los demás, a intentar entender lo que nos pasa, aprende a empatizar. También empieza a saber qué siente con cada emoción, cuáles le hacen sentir bien o mal, etc.

Al principio puede ser un poco complicado que sepan usarlo ellos solos pero, con tu ayuda,  poco a poco tus hijos irán aprendiendo qué objeto necesitan y cuál les funciona mejor según lo que sientan.

¿Qué ha de tener el “Botiquín de las emociones”?

  • Tiritas pegabesitos: tiritas de colores o con dibujos. Hay que tener muchas, porque curan la mayoría de los males y se usan casi cada día.
  • Pedorretas lanzarrisas: son un remedio genial cuando estamos tristes. Las puedes comprar en una tienda de bromas.Resultado de imagen de whoopee cushion
  • Gasas abrazadoras: tienen que ser largas para que podamos abrazar bien al paciente. Cuanto peor se sienta, más grande ha de ser el trozo de gasa.
  • Toalla recogelágrimas: cualquier toalla de manos puede servir, pero son muy chulas las toallas compactas con dibujos, porque ocupan poco y así podemos tener varias dentro del botiquín.
  • Cojín quitapenas: si es de colores alegres o con alguna frase motivadora, mejor. Sirve para abrazarlo y que las penas desaparezcan.
  • Vaporizador antimiedos: sólo necesitas un vaporizador y un poquito de colonia diluida en agua. Puedes pegarle el dibujo de un monstruo para que los niños sepan que, si vaporizan ese spray, los miedos desaparecen. Si tu hijo tiene miedo por la noche, se lo puede llevar a la cama, por si necesita vaporizar en algún momento por la noche.
  • Caramelos curangustia: son el complemento perfecto para la toalla recogelágrimas, porque suelen eliminar el llanto del todo. Te aconsejo que tengas bastantes en un botecito dentro del botiquín, porque nunca se sabe cuándo harán falta.

  • Pelota antirrábica: ideal para tratar el estrés, el enfado o la rabia. Puedes lanzarla contra el suelo para deshacerte de estas malas sensaciones. Tiene que ser una pelota de goma de esas que botan mucho. Cuanto más alto bote, mejor se sentirá el paciente.
  • Tarro de la calma: es el complemento perfecto que se puede usar después de la pelota antirrábica. Una vez el paciente ha conseguido calmarse, puede ponerse a contemplar el tarro de la calma. Simplemente tienes que coger un bote con tapa que cierre bien (mejor que sea de plástico, para que no se rompa si se cae al suelo) y llenarlo de agua, purpurina y tres o cuatro gotitas de colorante del color que te guste. Así, cuando tu hijo (o tú) necesitáis tranquilizaros, sólo tenéis que agitar el bote y ver como cae la purpurina y se mezcla con el líquido de color.

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  • Como parte opcional, puedes añadir un fonendoscopio y una bata de médico, para que tus hijos se lo pongan cada vez que tengan que curar una emoción y entren en el papel más fácilmente.

Esto es todo. Cuando lo leí, me pareció un recurso súper chulo, tanto para tenerlo en casa como en la clase. Es una herramienta muy accesible y atractiva para los peques, que les ayudará muchísimo a saber identificar lo que les pasa y a “autocurarse”. De esta forma, podrán conocerse bien e ir canalizando las emociones de manera positiva. Y, sobre todo, entenderán que estar enfadado, triste o tener miedo no es malo, sino que son emociones y sentimientos que existen, que irán sintiendo a lo largo de toda su vida y que es importante que sepan gestionar.

Como dice el gurú Daniel Goleman, la inteligencia emocional es “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, así como los ajenos, de motivarnos y de saber manejar las emociones”. Tal cual. Está en nuestras manos, como papás y mamás, ayudar a nuestros hijos a identificar sus problemas, entender lo que les pasa, y saber solucionarlo. Si lo necesitan, les prestaremos ayuda y, poco a poco, ellos solitos sabrán hacerlo.