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Siempre hay colores intermedios

Hoy es el quinto día que llevamos encerrados en casa, el quinto día de confinamiento. Confinamiento, una palabra que no usábamos muy a menudo y que, en estos días, está en boca de todos, significa recluir algo o a alguien dentro de límites. Eso es lo que estamos haciendo estos días, pasar las 24h del día dentro de los límites de nuestra casa, sólo pudiendo salir a comprar. Cómo cuesta, madre mía. ¡Y todavía nos quedan diez días más, por lo menos!

Te voy a contar, de forma muy sincera y natural, cómo están siendo para mí este confinamiento. Durante estos días, he experimentado diferentes formas de envidia: envidia de aquellos que no tienen hijos y que pueden confinarse tranquilamente en su casa solos o en pareja. Seguramente tendrán que trabajar desde casa un ratito, pero también podrán leer, descansar, ver series, charlar tranquilamente con su pareja, hacer videollamadas con sus amigos, etc. ¡Qué diferente a lo que puedo hacer yo! Jornada completa non stop con mis hijos (suerte que también está mi marido), jugando con ellos, pensando mil y una actividades para que no se aburran, para que podamos ir ocupando las horas y se cansen, para poder dormir por la noche.

También he sentido envidia de aquellos que trabajan para otros. Algunos de ellos tendrán que trabajar desde casa (la mayoría), si su trabajo se lo permite. Pero bueno, una vez hayan cumplido con su obligación, dormirán tranquilos porque sabrán que cobrarán igualmente a final de mes. No es ese mi caso, ni el de muchos otros pequeños empresarios, que estamos acojonados (hablando en plata) por cómo va a ir evolucionando todo esto, rogando que el confinamiento no se alargue más de las dos semanas que nos han dicho, porque eso podría tener consecuencias muy muy negativas para nuestras empresas. Para algunos, incluso irreversibles.

También he sentido envidia de los que tienen una casa con jardín o con terraza grande, porque ellos podrán salir un ratito a tomar el sol cada día. Por lo menos un ratito al exterior, se necesita como el agua. En estos días, la gran ilusión del día es bajar la basura o ir a comprar el pan, leche o lo que haga falta. Seguro que a muchos de vosotros os pasa igual, ¿a que sí?

También he sentido envidia de los que tienen tiempo para ponerse a hacer las clases de yoga, de zumba o de aerobic online. ¡Cuántas opciones nos están llegando estos días! Quizás parecerá un poco contradictorio, porque estamos todo el día en casa, pero todavía no he conseguido sacar tiempo para hacer estas cosas. Estoy todo el día con los niños, jugando con ellos para que se lo pasen lo mejor posible, preparando comidas y cenas, ordenando lo que puedo la casa para que no esté hecha un desmadre… ¡No he tenido ni tiempo para unirme a una de estas clases en un directo de Instagram!

Dicho esto, te diré que hace un rato, cuando he tenido unos minutos para tumbarme en el sofá mientras mi hijo veía un ratito la tele, he pensado que tenía que hacer un clic, un cambio de mentalidad. Porque, si no, es para volverse loco.

Está claro que cualquier ser humano se vuelve loco y se rebela cuando le coartan la libertad. Eso es el primer problema que está ocasionándonos el maldito coronavirus. Que te prohiban salir de casa si no es por un motivo de extrema necesidad, es realmente difícil de asumir. Creo que para cualquier persona, pero sobre todo si eres alguien tan activo y callejero como yo, que no soy de estar mucho por casa. Es como si me faltara el aire, necesito salir e ir caminando donde me apetezca. Miro por la ventana, veo la calle tan vacía, y me dan escalofríos.

El segundo problema es el de no ver claramente dónde está el final. Hasta cuándo. Eso es algo muy incierto, porque cada día va saliendo información nueva. Algunos que dicen que no habrá cole hasta mayo (esperemos que no), otros que dicen que la incorporación a la vida normal será progresiva, para que no se vuelva a disparar el número de contagios… Y muchas más predicciones que no sabemos si acertarán o no. En cualquier caso, sólo nos aportan incertidumbre y miedo, porque no sabemos lo que va a ocurrir.

El tercer problema es la impotencia que causa el no poder hacer nada por evitar que sigan multiplicándose los casos de infectados. Lo único que podemos hacer es quedarnos en casa, pero mientras haya gente que tenga que ir a trabajar, coger el metro y moverse por la calle, los contagios no pararán. Y mientras haya personas mayores paseando tranquilamente por la calle, el número de fallecidos no disminuirá. Esta mañana he salido un ratito al super y, por la calle, ¡sólo veía personas mayores! Sí, con mascarilla y todo lo que quieras, ¡pero mayores! ¿Por qué no se quedan en casa? Siento impotencia al ver lo estrictos que han sido en China y lo poco estrictos que estamos siendo aquí. Claro que el tipo de país y el tipo de sociedad no se parecen en nada, no se puede comparar, pero si no lo hacemos estrictamente bien… en dos meses no habremos evolucionado y estaremos exactamente igual que ahora.

El cuarto problema es la crisis económica en la que va a quedar sumida España (y muchos otros países) después del coronavirus. Los pobres dueños y trabajadores de restaurantes se quedan sin ingresos, igual que los dueños y dependientes de las tiendas, igual que los pequeños empresarios, que tendremos que ingeniárnoslas muy mucho y trabajar muy duro para salir de ésta. Porque no es ninguna tontería. A ver si es verdad que el gobierno permite que durante algunos meses no se paguen cuotas de autónomos, no se paguen alquileres o no se pague la Seguridad Social de los trabajadores. Nos lo han prometido, pero no sé si me lo creo. Ojalá que así sea.

Uf, me estoy quedando a gusto escribiendo este artículo, necesitaba verbalizar todo lo que estoy sintiendo. Como decía antes, veo claramente que tengo que hacer un cambio de chip e intentar verle la parte positiva a todo esto, porque seguro que la tiene. La reina de ver la parte positiva a cualquier cosa es mi madre, una gran maestra en esto. Ella siempre dice que lo que tenga que ser, será. Vivamos siempre con una sonrisa. Pienso mucho en esta reflexión estos días. Por otro lado, la frase estrella de mi padre, que nos ha repetido muchas veces a mi hermana y a mí desde que éramos pequeñas, es En esta vida, ni todo es blanco, ni todo es negro, siempre hay colores intermedios. También muy cierta y adecuada a la situación que estamos viviendo. Tendría que tatuarme estas dos frases para no olvidarlas estos días, porque me harán mucha falta.

¿Qué voy a hacer entonces?

Voy a intentar no preocuparme tanto por lo que vendrá, sino trabajar las máximas horas que pueda, sin autoexigirme lo imposible tampoco, e intentar potenciar mi creatividad. Seguro que se me ocurra alguna idea brillante para que, cuando todo vuelva a la normalidad, mi empresa pueda superar este bache tan fuerte.

Voy a intentar tener más paciencia con mis hijos y no saltar a la mínima, porque para ellos esta situación también es muy difícil. No entienden nada, quieren salir al parque, a casa de sus abuelos y a jugar con sus amigos, y no puede ser. Está en mis manos y en las de mi marido que estos días sean lo más divertidos posible para ellos. Hay un montón de recursos e ideas súper entretenidas que muchas gente está compartiendo estos días de forma totalmente desinteresada. Así que voy a aprovechar que estos días tenemos todo el tiempo del mundo para estar juntos y voy a disfrutar de ellos, de su evolución y de todos sus aprendizajes.

Voy a intentar no comparar mi situación con la de otros, sintiendo que yo estoy peor, más preocupada, más nerviosa o más condicionada. Cada uno tiene el escenario que tiene y no sirve de nada compararse. Tenemos que  conformarnos y agradecer todo lo que tenemos. Ser agradecido es gratis y se puede hacer sin salir de casa, así que no hay excusa.

Voy a intentar ser agradecida, valorar todo lo que tengo, sobre todo mi familia y mis amigos incondicionales. Y mi salud, eso también, que muchos no la tienen. Para darme un “chute de agradecimiento” creo que retomaré una rutina que hice durante un tiempo que era apuntar, cada noche antes de acostarme, tres cosas positivas que me hubieran pasado durante ese día. ¡Qué bien que va! Si no lo has probado, te lo recomiendo. Ayuda muchísimo a ser conscientes de la suerte que tenemos.

Y, por último, voy a intentar sacar algunos minutos al día para mí, para darme un bañito relajante, para asistir a alguna clase de yoga online, para leer esos libros que hace tanto tiempo que tengo pendientes o, simplemente, para llamar a mi hermana y estarme media hora hablando con ella tranquilamente. Porque estos días, por suerte, tenemos tiempo de sobras.

Sé que si focalizo mi atención en esta última parte de mi escrito en vez de en la primera, el confinamiento será muy diferente. Tanto el mío, como el de mi marido, como el de mis hijos. Porque, recordando la frase de mi padre, estaré viéndolo de colores intermedios, no tan negro como antes. Cada día será una fiesta el ratito que nos hacemos una videollamada con mi familia para vernos todos y compartir lo que hemos hecho ese día, aunque sea poquita cosa. Y lo que sí que será un fiestón de los grandes será el día en que podamos reunirnos todos para comer juntos en una terracita y abrazarnos todo lo que queramos. Estoy segura de que la mayor enseñanza que nos regalará toda esta pesadilla será la de valorar los pequeños placeres de la vida que antes dábamos por sentados.

La ciencia de leer

Este fin de semana vi la película de El Principito, ¿la has visto? Creo que se ha convertido en una (más) de mis pelis favoritas. Si no la has visto, te recomiendo ampliamente que, un fin de semana de estos, hagas palomitas y disfrutes con tu familia de una súper peli basada en un gran libro, quizá uno de los mejores.

Cuando terminé de ver la película, me dieron muchísimas ganas de leer el libro otra vez. Pensé que, para los más pequeños, podría ser una manera divertida de introducirles el libro y generarles curiosidad por leerlo. Me hace pensar un poco en lo que a mí me pasó de pequeña con la película de La historia interminable (que también es un libro). Yo quería ser como Bastián, el protagonista, y leer muchos libros que me llevaran a mundos mágicos llenos de personajes raros y divertidos.

Pero este post no va de pelis, sino de esos objetos cuadrados que tienen páginas llenas de letras y que son capaces de meterte a mundos maravillosos y dar rienda suelta a la imaginación. Esos objetos llamados libros.

Hace poco, mientras cotilleaba las redes sociales, leí un estudio desarrollado por la Universidad de Yale que demuestra que leer mejora la calidad y esperanza de vida con una ventaja de supervivencia de dos años. Entonces me puse a investigar. Leer proporciona muchísimos beneficios, es divertido, fácil y, si quieres, gratis. Leer nos transporta a lugares vistos y descritos por otras personas. Leer nos permite acceder a sentimientos y formas de pensar del autor y sus personajes. Leer nos abre la mente para ver el mundo más allá de lo que vemos todos los días. Leer aumenta la empatía.

¿Por qué? A ver, he estado leyendo muchos estudios científicos sobre los beneficios de la lectura. Quería darte información más allá de lo importante que es para los niños leer, imaginar y despertar la curiosidad ¡y estoy aprendiendo muchísimo! Voy a intentar explicar lo que más me ha gustado de lo que aprendí escribiendo este post. Y digo intentar porque lo mío no es la ciencia. Aunque tengo que reconocer que cada vez me gusta más.

Te explico. Las redes y conexiones del cerebro que utilizamos para comprender cualquier historia se solapan con las redes que utilizamos para interactuar con los seres humanos. Esto nos da la oportunidad de entender las intenciones de las otras personas. Esta capacidad cerebral que tenemos se llama «teoría de la mente». Si no lo sabes, la teoría de la mente es aquella facultad que tenemos de entender al otro. Nos ayuda a tener conciencia de que existen otros puntos de vista aparte del nuestro. Es el camino para el desarrollo de un valor tan importante como la empatía. La verdad es que tengo que decir que me quedé fascinada con toda la información y los ejemplos que encontré.

No quiero alargarme mucho explicándote esta teoría porque creo que es contenido de un post entero, simplemente quiero contarte la relación que hay con la teoría de la mente y la importancia de inculcar la lectura desde pequeños. Esta capacidad cerebral se desarrolla a partir de los cuatro años mas o menos. Antes, el niño no ha desarrollado la habilidad de entender que hay otros puntos de vista aparte del suyo. Por ejemplo, si tú vas a una tienda de juguetes con un niño de dos ó tres años a comprar un regalo para un amiguito o amiguita suya, elegirá un regalo que le guste a él. Sin embargo, si vas con uno de seis, seguramente el niño tenga la capacidad de pensar qué es lo que le gustaría a su amigo para elegir el regalo. Interesante, ¿no?

Los estudios demuestran que los libros nos brindan esta única y maravillosa oportunidad de aumentar esta capacidad cerebral a través del entendimiento de los personajes, sus situaciones y emociones. Tiene todo el sentido del mundo.

Por eso, te invito a ser la tía o tío que siempre regala libros o la madre que  lleva un libro en el bolso por si su hijo necesita distraerse. Posiblemente, si lo hacemos desde que son bebés, funcione igual o mejor que un móvil, ¿no? No lo sé.

Hoy, de camino al trabajo, venía pensando en esto de la teoría de la mente, los libros, los niños y lo mucho que aprendí escribiendo este post. Entonces pensé en mi libro favorito: Elmer. Es la historia perfecta para enseñarle a nuestros pequeños que existe la diversidad. Que el camino que siempre gana es el de ser tú mismo, quererte y respetarte. Te enseña que cada uno es diferente. Lo leí taaaantas veces que hoy me pregunto qué tanto habré aprendido mientras lo leía.

Leer un libro es «escuchar» cómo ven y sienten las cosas otros ojos. Leer un libro te abre la mente a que existen situaciones diferentes a la tuya. Leer un libro te ayuda a viajar y descubrir países, culturas, costumbres e historia. Leer te ayuda a entender que no todo es como tú piensas. Leer es lo más. Hay muchísimas razones por las cuales hay que leer y hoy he descubierto una que me parece muy importante: la empatía. Ese valor que, tanto niños como adultos, buscamos todos los días. Vamos a fomentarlo.

V = (C+H) x A

Me encantaría enseñarles a mis hijos esto: “Lo más importante es que lo más importante de la vida sea lo más importante”. Esta frase tan genial no es mía, es de Victor Küppers. Supongo que ya lo conocerás. Si no lo conoces, te animo a que lo busques en Google y veas algunos de sus muchos vídeos. Lo recomiendo siempre, porque a mí me cambió la forma de ver la vida y de tomarme las cosas.

Pensando en lo que quería escribir esta semana sobre “Educar en las emociones”, creí que la psicología positiva era un tema muy interesante y, a mi parecer, necesario. En general, pensamos mucho en que nuestros hijos estudien, que el día de mañana vayan a la universidad, que estén bien formados… Por supuesto, estos aspectos son importantes pero, ¿y su actitud ante la vida? ¿Y su manera de afrontar las cosas buenas y las cosas malas? Siguiendo con mi ídolo Küppers, te voy a explicar la fórmula que él utiliza: V = (c+h) x a

V= valor (lo que vale una persona) / c= conocimientos / h= habilidades / a= actitud. Vemos que los conocimientos y habilidades suman valor a una persona. En cambio, la actitud multiplica. Totalmente cierto, ¿verdad? Esto es lo que quiero transmitirle a Bruno y a mis “niños de WonderFUN”, que la actitud, multiplica. Que si vivimos con pasión y entusiasmo, la vida es maravillosa. Y no quiero hacer ninguna demagogia, sino que defiendo firmemente la psicología positiva. Estoy convencida de que si aprendemos desde pequeñitos a ser agradecidos y a valorar lo que tenemos, es mucho más fácil. Cuanto antes interioricemos buenos hábitos como estos, muchísimo mejor. Porque no olvidemos que la alegría se trabaja, no tiene por qué venirnos de forma innata. ¡Enseñémosles! Cuando alguien te pregunte: “¿qué tal estás?” no respondas “Pfff, bueno… ¡tirando!”. ¿Qué transmitirás a tus hijos así? Que la vida es difícil, complicada, que tenemos que luchar… bla bla bla. Sí que habrá momentos no tan buenos, ¡pero disfrutemos a tope los que sí que lo son, que son muchos!

Otro aspecto que se trata muy a fondo en la psicología positiva es que hagamos lo que nos apasione. Es muy famosa la frase de Confucio que dice “Elige un trabajo que te apasione y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. ¡Me da un subidón leerla! A mí me pasó. Yo soy traductora, intérprete de conferencias, estuve varios años trabajando en ese mundillo tan frenético, de timings súper ajustados, con prisas, tratando con empresarios, siempre con adultos… Hasta que un día decidí que los idiomas me encantaban, pero también (y todavía más) los niños. Cada día me emociona pensar lo afortunada que soy por trabajar en lo que me apasiona, porque estoy viviendo mi sueño y, trabajar así, es algo increíble. Por eso la pasión y la ilusión también son dos valores que quiero transmitirles a mis hijos.

Si ya lees nuestro blog desde hace un tiempo, te habrás dado cuenta de que me gustan bastante las listas, enumerar cosas que me parecen importantes. Esta semana no va a ser menos, por eso te voy a regalar una lista de cosas sencillas que puedes enseñar a tus hijos. Está inspirada en los consejos de Küppers:

  1. Sonríe.
  2. Utiliza las palabras “por favor” y “gracias”.
  3. Dile a los demás cuánto les quieres y dedícales tiempo.
  4. Acepta a los demás tal y como son. No intentes cambiarlos y valora todo lo bueno que tienen, que es mucho.
  5. Saluda con alegría a todas las personas. A todas, conocidas y desconocidas.
  6. Escucha a los demás. Preocúpate por ellos. Pregúntales por sus cosas.
  7. Ayuda a los demás siempre que puedas. Si lo piensas, puedes siempre.
  8. Anima y levanta el ánimo a las personas que lo necesitan.
  9. Ten detalles y sorpresas con los demás.
  10. No te quejes, haz algo para mejorarlo.
  11. Pasea por la naturaleza.
  12. Relativiza los problemas. Sólo cuatro son graves.
  13. Genera paz y armonía a tu alrededor. No quieras tener siempre razón o que se haga lo que tú quieres.
  14. Pide perdón cuando te equivoques.

Catorce puntos muy fáciles pero muy difíciles, ¿verdad? Ojalá todos pudiéramos cumplir la mitad. ¡Ya sería un éxito!

Para terminar, una reflexión de este grandísimo gurú de la psicología positiva que, una vez más, te animo a seguir. La he intentado adaptar y escribir a mi manera, pero me sigue gustando muchísimo más la suya, por eso la copio tal cual. Que la disfrutes:

Vivimos en la sociedad del escaparate, en la que cuenta mas parecer que ser; la sociedad del aparentar, del figurar, del exhibir. Es el reino de lo ficticio, del envoltorio, de Instagram, es una carrera sin tregua que nos intenta arrastrar a todos, nos desgasta, nos desequilibra. La sociedad actual ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muchas dificultades para generar felicidad y alegría interior, que es lo que, en el fondo, todos buscamos. Porque todos queremos encontrar sentido a nuestras vidas; en el fondo de cada uno de nosotros existe el anhelo de vivir una vida de grandeza, de dejar huella, de aportar algo, de tener una vida con sentido. Y eso hay que buscarlo en el silencio, apartándose un poco de la sociedad, que lo es del ruido. En un entorno como el actual, que no vamos a cambiar y que se caracteriza por la rapidez y el estrés, es responsabilidad de cada uno de nosotros reivindicar momentos para la pausa, buscar espacios para la reflexión. Sin silencio nuestras vidas se ven invadidas por lo urgente, por lo superficial, sin tiempo para lo importante. Sin silencio olvidamos lo que es prioritario en nuestras vidas y nos dispersamos en mil cosas intrascendentes. Sin parar a pensar, sin parar a reflexionar, pasamos por la vida pero no la vivimos en profundidad. El tiempo y el esfuerzo que muchas personas invierten en acumular y mantener riquezas externas o materiales, corriendo como pollos sin cabeza, deja muy pocas oportunidades para cultivar la riqueza interior con cualidades como la bondad, la compasión, la amabilidad, la paciencia, la tolerancia, la humildad y la generosidad, que son las cualidades más importantes que podemos tener como padres, parejas, amigos y profesionales.

 

¿Nuevos hábitos? Sí, gracias

Hace casi un año que decidí comenzar un estilo de vida diferente. ¿Por qué? Pues porque me dolía el pie. Sí, el pie. A mis escasos 30 años tenía un problema que me impedía caminar normalmente, tuve que ir al médico y él, con una sonrisa muy amable en la cara, me dijo: has de ir más tranquila por la vida, camina despacio y relájate. ¿Caminar despacio? ¿Qué es eso? En ese momento con el dolor que tenía era mi única opción. A veces pienso que la vida te da señales y que es tu decisión hacerles caso o no. En mi caso comencé a toparme, sin querer, con información relacionada a la slow life. Un amigo me envió este artículo (a modo de burla porque me conoce y sabe lo difícil que soy por las mañanas) y, aparte de gustarme mucho cómo está escrito, me hizo pensar en un nuevo reto: levantarme una o dos horas más temprano cada día. ¿Para qué? Pues para hacer justo lo que me dijo el médico: ir más tranquila por la vida. Al principio no fue ni cada día, ni dos horas antes. Me costó muchísimo trabajo. Hasta ese momento tenía todo perfectamente programado para destinar el menor tiempo posible en: café, desayunar, ducharme y arreglarme y el mayor en…dormir. No soy (era) una morning person, me cuesta mucho despertarme, generalmente no lo hago de buen humor y siempre quiero dormir más.

El siguiente paso fue hacer ejercicio, glup. Fue lo que más me costó. Levantarme a las 6 de la mañana para ir al gimnasio nunca fue una opción para mí. Pues ahora lo es. Aprendí a proponerme objetivos que fueran cumplibles porque si no me frustraba. Comencé por ir 2 días a la semana lloviese o tronase. Me lo impuse de manera muy estricta y madre mía, ¡qué complicado fue!  Claro, había que dormirse muy temprano la noche anterior y eso era muy difícil ya que era la típica persona que decía: yo por la noche funciono mejor y tengo más energía. Pues, queridos,  todo cuestión de acostumbrarse y generar hábitos que te hagan sentir bien. En el 2014, El País publicó un artículo en su sección Buena Vida sobre cómo transformar y crear nuevos hábitos que me ayudó mucho en mi proceso y me enseñó a entender que puedes modificar y reconfigurar tu mapa cerebral con nuevos hábitos. Comencé a sentirme y verme mejor,  me aficioné a dormirme temprano y caminar despacio me hizo descubrir cosas nuevas por la calle y, en efecto, a estar más tranquila.

Pero a ver, todo esto cuesta muchísimo y aquí una confesión: hasta ayer llevaba dos semanas sin levantarme temprano ni pisar el gimnasio. Tenía mil excusas completamente válidas a las 6 de la mañana: estoy exhausta, me estoy poniendo enferma, mi compi de gym no se despierta pues yo tampoco, dormí mal, tengo sueño, ya iré mañana, etc. Ayer por la noche me fui a dormir pensando que como siguiera así iba a perder el hábito y todo lo que había logrado hasta ahora. Para mí, y creo que para muchos, es muy fácil perder los hábitos (buenos) porque generalmente son los que más cuestan, los que requieren disciplina.  Me fui a dormir convencida a las 10 de la noche y, la última vez que vi el reloj, era la 1 de la mañana.  Hoy, cuando sonó el despertador, me quería morir, pero fui. En la clase me quedaba dormida en los descansos (de 5 segundos) y hoy me espera un día difícil lleno de bostezos y mañana, agujetas. ¡Qué bien!

Meri Viñas, psicóloga y coach, menciona en el artículo algo que para mí es la clave de seguir adelante con esto: “debemos cultivar la paciencia y saber con certeza que estás conectado con algo bueno para ti, que estás conectado con tus objetivos y valores. Gracias a los valores tomamos decisiones, son la raíz por la que nos movemos y actuamos. Cuando vas a tomar una decisión, la pregunta que deberías hacerte es: ¿esta acción honra alguno de mis valores o los traiciona? Si el nuevo hábito está ligado a un valor importante para ti, no va a costarte realizarlo”.

Esta sección del blog está destinada a lo que para mí son hábitos saludables y por eso pensé que la mejor manera de empezar era a través de una historia personal que ha funcionado.  Sé que la mayoría de las personas que nos leen son papás y mamás que quizá estarán pensando: «Sí claro, con hijos y locura de vida yo me voy a levantar 2 horas antes». Buscando una imagen para esta entrada me encontré con una frase de Aristóteles que me encantó.

Adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no tiene poca importancia: tiene una importancia absoluta.

Si  comenzamos inculcando  buenos hábitos en familia estoy segura de que la recompensa será aún mejor. Los pequeños aprenderán valores como la constancia y la disciplina y se darán cuenta, a su manera, de que determinadas acciones les harán sentir mejor.

El objetivo de todo este rollo, que espero que os hayáis leído, es motivaros a elegir un habit to be (acción que queramos que se convierta en hábito) y hacerlo durante un tiempo de manera constante. Algo que no sea muy difícil pero que cueste un poquito, que no altere mucho la rutina y, lo más importante de todo, que mientras lo hagas te sientas bien, ¡muy bien! Es la única manera de lograrlo.